REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

AINA DE COS Ser dramaturga en el siglo XXI

Edición y entrevista:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Mallorca. 13/11/2018.


Aina de Cos.

Hace un tiempo indeterminado de aquel encuentro. Ella a lo mejor ni se acuerda. Salí quince minutos a la puerta del mismo edificio que frecuento cada día —oda a cierto anacronismo cotidiano—. Era el típico descanso para fumar. Aina estaba allí con un amigo común, el Diego. Yo ya no fumaba o lo estaba dejando. En realidad, solo hago esos descansos, a veces, para ver a la gente que me mola y desconectar de otras voces. No nos dijimos nada pero supe, por algún motivo, que acabaríamos haciéndonos colegas. Hubo unas cuantas pausas casi cómodas durante aquella primera conversación. Recuerdo que se mentaron algunas palabras: cansancio, coño, Chulilla, hasta, serio, micro, mierda, sales, cerves, force, Grecia. Empezaba a llover y había que volver a subirse al ascensor. La tercera planta es más oscura que el resto: la abstracción paseando del brazo de la urgencia, un dominó humano de aspas, descartes o signos de interrogación. ‘En países como este la vida no vale nada’ (escucho al entrar por la puerta). Se puede hablar de Siria, se puede hablar de Sudán, de Myanmar o de España en el año 2018.

En términos musicales, la PAUSA es un breve intervalo en que se deja de tocar o cantar. Necesitar la PAUSA es necesitar el silencio. No obstante —se me ocurre— a la hora de componer una pieza o de recomponer un pedazo de vida, evocar el respeto a la PAUSA, también implica desencadenar la inevitabilidad de su ‘contrario’: el grito. Tal vez, la construcción y edición de esta entrevista, responden a esa exigencia. La luz de la antesala, la utilidad, el fin y el volumen corren a cargo de quien quiera leer o escuchar lo que a continuación se ofrece: hay testimonio, liberación, valor, reflexión, premio, gasolina y salida. Solo me queda una pregunta, no para la entrevistada, si no para el resto: después de leer esto, ¿qué parte de tu propia historia, de tu dolor o tu vergüenza, vas a seguir omitiendo?

‘La chica de la gasolinera’ es el título de tu obra, ganadora del último certamen ‘Teatre de Butxaca’ de Ciutadella. Pero, ‘la chica de la gasolinera’ es también el nombre de una joven de apenas veinte años que fue secuestrada, asesinada por su expareja al estrellar este el turismo que conducía contra una gasolinera de la N-340, en sentido Barcelona, en el término municipal de Benicàssim. Aina, tu obra está llena de matices e influencias diversas, pero ¿qué te lleva, en un primer momento, a utilizar como premisa o punto de partida, el caso tan terrible y trágico de esta chica?

A principios de este año participé en el torneo de dramaturgia de las Islas Baleares. Para entonces, pensando en qué quería escribir, creo que el tema directamente me eligió porque presenté una obra sobre violencia de género basada en una experiencia propia. Esto, por otra parte, es algo que siempre intento: partir de lugares que conozco o que he rozado, adentrarme después en esos lugares a través de un proceso profundo de documentación.

(PAUSA).

Me ocurrió una cosa con un compañero de piso y me di cuenta de que ese acontecimiento podría haber sido el inicio, si hubiéramos sido pareja, de una relación de abuso. A partir de ahí escribí un primer texto. Me pasé todo el año pasado escribiéndolo, investigando, leyendo, escuchando conferencias sobre violencia de género, sobre su origen. Estuve muy metida en ese proceso de investigación y sobre todo de lectura. Había momentos en lo que incluso tenía que parar porque era demasiado. Seguí el caso de Juana Rivas y todos los casos similares o relacionados que iban apareciendo en prensa. Por supuesto, seguí el juicio de la manada y, cuando me encontré con la noticia de la chica de la gasolinera, me partió en dos, me pareció terrible. Todos estos acontecimientos se empezaron a unir a la rabia, a la indignación, a un montón de sentimientos que me revolvían sin descanso y el texto salió así.

El texto ha querido ser un homenaje. Bueno, a lo mejor ‘homenaje’ suena demasiado pedante. Ha querido ser un grito. Un grito contra el patriarcado, contra la justicia patriarcal, por la desprotección que sufrimos las mujeres, por esa normalidad con la que se asumen ciertos comportamientos machistas y violentos.

La base del texto anterior es el ‘síndrome de la rana hervida’. No sé si lo conoces. Viene a decir que si pones a una rana en un cazo con agua tibia y vas calentando ese agua lentamente, como la rana regula su propia temperatura, no es capaz de percibir el peligro durante gran parte de ese proceso. Para cuando el agua está a punto de hervir y el peligro es ya inminente, a la rana ya le es imposible saltar o escapar porque ha invertido tanta energía en regular su temperatura y adaptarse al agua, que ya no le quedan fuerzas. En ocasiones, se utiliza este símil de la rana hervida para explicar este tipo de violencia.

(PAUSA).

El caso de la chica de la gasolinera me acabó de destapar, de romper. De romper desde un lugar de impotencia total. En ese momento pensé: ‘¿Qué coño hago? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué tengo? Tengo las palabras. Tengo mi trabajo, que es contar historias, que se basa en sentir’. Entonces llegué a la conclusión de que tenía que tirar por ahí con las herramientas a mi disposición. Supe que tenía que lanzar ese grito.

Cartel de ‘La chica de la gasolinera’, de Aina de Cos.

Estamos viviendo momentos difíciles, muy complejos, pero al mismo tiempo de una extraordinaria importancia en relación a un asunto vital, en el que nos va la vida. Este asunto, que creemos ha de ser siempre una prioridad entre el resto de prioridades, tiene que ver con una herencia cultural-patriarcal que hemos absorbido todos y todas como un veneno solapado. Se nos ha inoculado ese veneno durante décadas y décadas pero ahora, gracias al activismo, la lucha y la movilización sin descanso de tantas mujeres y colectivos, parece que al menos se han abierto puertas y ventanas, que se respira con cierta esperanza. ¿Qué nos falta aún para llegar a ese terreno tan deseable e inaplazable de la igualdad real?

Realmente, sí que siento que estamos en un momento muy muy especial desde hace un par de años. Yo lo siento como una revolución, como una revolución feminista. Me preguntas sobre lo que creo que nos falta para alcanzar una igualdad real, pero yo creo que no buscamos una igualdad real porque evidentemente no somos iguales. Yo creo que la palabra es equidad. Hablas del patriarcado que ha estado arraigado. Está arraigado. Y no hablamos de años, hablamos de siglos, hablamos de la historia de la humanidad. Hablamos de una cultura en la que todos hemos nacido, que todos hemos mamado. Yo fui consciente por marzo de 2016, cuando me pidieron hacer una pieza sobre el tema de la mujer. Y ahí, claro, revisé todo lo que quería decir y me di cuenta de que la primera machista era yo. Desde entonces, intento trabajarlo, pero sí: la primera que tenía actitudes machistas, vocabulario machista, era yo misma. Empecé esa revisión y además salió un texto que cuestionaba, precisamente, el vocabulario, temas relacionados con lo que se le exige a la mujer a nivel estético, esa esclavitud de estar siempre perfecta. En ese momento, coincidía además que yo trabajaba para una firma de perfumes. Me fijaba en todos esos anuncios de mujeres ‘perfectas’, en los que, casi siempre, su rol tiene que ver con una invitación sexual. Por ahí empecé yo a hacerme esa especie de examen, me dije: ‘Aina, revisa tus creencias, revisa todo porque formas parte de esta cultura’.

(PAUSA).

Han surgido un montón de movimientos que nos han ayudado a todas: el #metoo, el ‘Time’s up’, ahora también el movimiento de las actrices catalanas. En fin, todas las denuncias de abusos en el ámbito profesional, no solo en el doméstico, han ayudado mucho.

Lees estadísticas. Se denuncian siete violaciones al día. Imagina las que realmente son si pudiéramos contabilizar las que no se denuncian. Se sabe que las mujeres que sufren abusos denuncian en un porcentaje muy bajo. La chica de la gasolinera había denunciado. Su agresor, su asesino, tenía una orden de alejamiento. Mira de qué sirvió. Mira cuán protectora fue nuestra justicia, nuestras leyes, nuestro patriarcado. La protegió un carajo.

¿Qué nos falta para llegar? Nos queda mucho camino, pero se está haciendo. Una de las diferencias que encuentro de este momento que vivimos con respecto a otros es que hemos empezado a hablar entre nosotras. Hemos empezado a compartir los abusos que hemos sufrido, a nivel profesional, a nivel físico, todas esas agresiones. Para mí, esa es ya una semilla importante. El hecho de hablar de ello hace que ese mensaje trascienda nuestro día a día y nos alcance la piel.

(PAUSA).

Hace falta mucha educación. Educar a los niños y las niñas en el feminismo. Tienen que cambiar muchas cosas todavía, tenemos que apoyarnos mucho más. Hace falta más sororidad, más comunicación. 

(PAUSA).

Respondiendo una vez más a tu pregunta: yo no creo que se busque igualdad. Yo creo que se busca equidad, ser considerados, no por una cuestión de género, sino por una cuestión humana, cada uno con sus capacidades, con sus limitaciones y con todo lo que uno trae como individuo.

Antes hablaba de las diversas influencias que hemos encontrado al leer y asistir a la puesta en escena de ‘La chica de la gasolinera’. La premisa es clara pero, las referencias a ciertos juicios  vergonzantes que han acontecido en los últimos tiempos en este país, también son igualmente evidentes. En este sentido y, desde luego asumiendo que la justicia no es igual para todas y todos, ¿qué papel crees que juego o ha de jugar el arte y más concretamente el teatro a la hora de compensar los agravios, la falta de sensibilidad de las leyes y de algunos jueces?

Evidentemente, hay una referencia muy clara e intencionada al juicio de la manada. Se dijo que como la víctima no se había resistido existía consentimiento. Y entonces piensas en aquella otra chica de Galicia que sí se resistió y acabó muerta.

(PAUSA).

Esa sensación de quedarte congelada delante del terror absoluto es algo que yo he experimentado como mujer.

(PAUSA).

Sufrí la agresión de un hombre, con arma blanca. A esta agresión yo la llamaba ‘el accidente’. Tampoco hablaba mucho de ello, pensaba: ‘bueno, he hecho mi terapia, he hecho mis cosas, lo tengo superado’. Pero el juicio de la manada despertó algo en mí, provocó que viera lo que yo misma había sufrido y vivido desde otro lugar. Te pasaré dos escritos que tengo que van precisamente sobre esto. Los escribí en Facebook, me atreví a compartirlo por ahí.

(PAUSA).

En noviembre del año pasado estaba haciendo una obra que se llamaba ‘Sodavil’ en la que, entre otras cosas, sufría un secuestro y me apuntaban con una pistola. Un día, mi compañero, que también era director me dijo: ‘Aina, es que tienes que morcillear un poco más’. Yo me daba cuenta de que en esa obra no estaba ‘morcilleando’ porque me ponía en una situación que me llevaba a ese lugar, al lugar y momento en que sufrí aquella agresión. Con todo y con eso, hice caso a mi compañero y comencé efectivamente a ‘morcillear’. Entonces, hubo un momento en que me salió aquella frase, exactamente la misma frase, las mismas palabras que le dije a aquel hombre, a mi agresor, cuando lo tuve delante: ‘no me hagas daño’.

(PAUSA).

Me quedé totalmente congelada, petrificada. No salí corriendo, no grité. Me apuñaló y, cuando lo hizo, yo no me di cuenta, solo noté un golpe en el estómago. Y me sentí muy culpable porque aquello sucedió una noche en la que yo volvía sola a casa, hacia las tres de la madruga, muy brava. Después de todo aquello, me sentí muy cuestionada cuando empecé a escuchar a otra gente decir cosas como ‘yo habría hecho esto, yo habría hecho lo otro, yo habría gritado, yo habría salido corriendo, yo le habría pegado un puñetazo, yo no habría vuelto sola a casa a las tres de la mañana’. En fin, todas esas frases de alguna manera te señalan, te culpabilizan de lo ocurrido.

(PAUSA).

El juicio de la manada despertó todo eso y, el día que me salió aquella frase: ‘no me hagas daño’, ahí cayó la ficha. Llegué a casa después del bolo y entonces, por primera vez, me puse a escribir y lo hice público en redes sociales que, como dice una compañera dramaturga de Barcelona que se llama Cris Clemente, son como la plaza del pueblo. Y recibí mucho apoyo. Tal vez lo recibí, también, por el momento en el que estamos. Una se siente más acompañada a la hora de hablar y, sobre todo, encuentra también la fuerza para ponerse a escribir.

(PAUSA).

El texto emanó, salió así. No fue algo excesivamente meditado. Por supuesto, estaban las notas, la investigación de los meses anteriores, pero la noche que por fin me puse a escribir salió todo hacia fuera casi como un vómito. De todos los textos que he escrito hasta ahora, este ha sido el que menos he tenido que retocar.

(PAUSA).

El teatro, dice mi maestro Javier Galitó-Cava, da la oportunidad de vivir tu propia vida, les da la oportunidad de vivir sus propias vidas. El teatro es un espejo. Si alguien que ha venido a ver la obra sale un poquito tocado o se hace alguna pregunta ya está, esa es la función del teatro para mí: lanzar preguntas. Y no cuidar tanto al público.

Otro profesor, José Sanchís Sinisterra, me dijo que el texto era una filigrana, que lo había escrito conociendo todo lo que había detrás, la trascendencia mediática, el juicio mediático. Y tiene razón, claro. Me cuidé mucho de no ser amarillista, de hacerlo con sutileza pero con una referencia obvia porque esos tipos estaban, por supuesto, en mi cabeza.

(PAUSA).

El juicio de la manada y, sobre todo la sentencia, nos deja a las mujeres en una situación de indefensión atroz. Y el teatro, en este caso y en muchos otros, nos ayuda a ver y entender dónde estamos realmente, a saber lo que está pasando.

En nuestro caso, el proceso de ensayos de ‘La chica de la gasolinera’ ha sido duro, nada fácil, claro. Pero después, cuando ves la respuesta de la gente, cuando amigas y mujeres te abrazan al terminar la función, te das cuenta de que era un grito que tenía que salir y ser compartido. Además, durante los ensayos, vi el monólogo de Hanna Gadsby ‘Nanette’, que desde aquí recomiendo a todo el mundo. Ella decía una cosa en ese monólogo: ‘mi historia es tu historia’. Esa es, para mí, la esencia del teatro.

Desde un punto de vista social y, por lo tanto político, cada vez se debate más en torno a la necesidad de que los hombres hagamos un ejercicio crítico profundo sobre el significado y reflejos cotidianos de nuestra propia masculinidad. Creemos que este es un debate fundamental, entre otras cosas por el fracaso evidente que, en términos de igualdad o equidad, de dignidad humana y defensa de la vida, han supuesto siglos de patriarcado. ¿Qué dirías a esos militantes conscientes o inconscientes del machismo que, incluso hoy, insisten en dibujar al hombre como víctima de este nuevo y celebrado movimiento feminista?

Nos falta educar a los hombres en el feminismo, nos falta más conciencia, nos falta mucha más escucha. No creo que nadie sea machista conscientemente, o a lo mejor sí. Yo creo que esta es una situación nueva que está destapando muchos actos normalizados. Hay cosas aparentemente pequeñas como aquello que leí en un artículo sobre el miedo que tienen algunas mujeres a ir solas por la calle. Eso es algo que hemos asumido. Yo, por ejemplo, lo de llevar las llaves en la mano y dejarme una entre los dedos en forma de puncha lo he hecho, y lo he asumido como algo normal. Cambiar de acera. Lo hago, cambio de acera. Mirar atrás antes de entrar en casa. Lo hago. Yo creo que estos son miedos que un hombre no ha vivido pero que necesita escuchar y comprender.

Más que víctimas, yo creo que algunos hombres se sienten, a día de hoy, un poco descolocados. No es malo que sea así porque lo que nos descoloca suele también, de alguna manera, obligarnos a revisar nuestras creencias y, con el tiempo, reubicarnos en un lugar nuevo, un lugar que implica más escucha y más conciencia. Tengo amigos que me lo dicen, que me dicen: ‘¿ya no se puede decir ‘tía buena’ por la calle o qué?’. Pues mira chico, no. A lo mejor no deberías decir ese tipo de cosas por la calle. Yo creo que a lo mejor ha llegado el momento de ponernos ‘duras’ en ese sentido y decir a los hombres que estas cosas importan, suceden y se sienten. Los hombres no conocéis ese miedo.

Volviendo un poco al teatro y a su rol dentro del panorama cultural presente, ¿crees que goza de buena salud? ¿Cuáles son tus propuestas o ideas para incrementar la inclusión de nuevas voces y dramaturgias, lejos de las viejas redes corporativistas, en las salas?

El que planteas es un asunto complicado, amplio, que debe tratarse en profundidad y que podríamos debatir durante horas. En cualquier caso, creo que lo primero que se debería hacer es apoyar de verdad a las creadoras, a los creadores. Porque, en general, se sigue pensando que la cultura no es un trabajo, que no cuesta dinero. En Madrid, por ejemplo, los grandes teatros, las grandes empresas buscan cabezas de cartel, determinada gente que atraiga mucho público. Por supuesto, un productor quiere obtener el máximo beneficio, pero un actor o creador tampoco quiere estar poniendo dinero de su bolsillo. Es verdad que hay varios niveles y yo, personalmente, en el nivel en el que estoy, puedo decir que estoy hasta el coño de poner dinero. Te doy un ejemplo: el año pasado me preseleccionaron para ir a Chile, a un encuentro internacional de dramaturgas. Este verano me confirman que estoy definitivamente seleccionada para asistir, pero no me pagan el viaje ni nada. Me pasé el verano buscando ayudas, pero no subvenciones que te pagan a posteriori, que además te pagan sin IVA. El caso es que al final decidí que, si no encontraba la ayuda suficiente que me permitiera asistir al encuentro sin poner un duro de mi propio bolsillo, no iría. Y, con todo el dolor del mundo, al final ha sido así: me quedé fuera de la programación oficial por la imposibilidad de encontrar una ayuda adecuada a tiempo. Esto sucede mucho. Los que nos dedicamos a esto lo sabemos.

Cuando me concedieron el premio ‘Teatre de Butxaca’ recibí cartas oficiales de felicitación de todos los organismos, del regidor de cultura, del presidente del gobierno balear, etcétera. Y es maravillosa tanta felicitación, se agradece, pero cuando una creadora necesita, en un momento dado, ayuda práctica o económica para poder ir a un encuentro internacional de dramaturgia y ve que no recibe ni una sola respuesta, es algo desalentador. Y estas son las cosas que hay que cuidar, porque una se forma y sigue trabajando, dejándose la piel precisamente para ofrecer y devolver ese trabajo a la sociedad. Así que, por supuesto, hay que invertir en las creadoras. No es de recibo que tengamos que estar pidiendo dinero para hacer nuestro trabajo. ¿Cómo puede hacerse? Pues en Mallorca, por ejemplo, a partir del año que viene, las subvenciones, por lo visto, van a arreglarlas un poquito. Se habla de que nos darán un cincuenta por ciento antes y otro cincuenta por ciento después. Y bueno, eso ya es algo.

La reflexión que quiero compartir es que si nosotros, como creadores, no valoramos nuestro trabajo, las condiciones en las que trabajamos, ¿quién lo hará? Yo estoy empezando a ponerme mucho más seria en este aspecto.

Eres actriz, directora, escritora, así que nos interesa mucho cómo enfrentas el proceso creativo que atañe a cada una de estas disciplinas. ¿Escribes pensando en dirigir y actuar? ¿A la hora de interpretar disfrutas más o menos trabajando tus propios textos o los de otras u otros? ¿Qué puedes contarnos sobre proyectos futuros? ¿Qué podemos esperar de la Aina directora, dramaturga, actriz en el futuro inmediato o a medio plazo?

En el caso de ‘La chica de la gasolinera’, como tenía claro que iba a dirigir yo y además sabía también el tipo de espacio donde quería presentarla, al escribir tuve en cuenta todos estos aspectos. Lo relativo al proceso de dirección también lo tuve claro desde el principio porque pasé mucho tiempo dándole vueltas. La estructura está inspirada en la obra de una autora mallorquina que se llama Marta Barceló. La obra se llama ‘Abans que arribi l’alemany/ Antes de que llegue el alemán’. Este texto está basado en una serie de escenas cortas y la dirección de Joan Fullana es brillante. Ellos necesitaban muy poco, simplemente cambios de personaje, movimiento y luz, nada más, cero alardeos innecesarios. Y bueno, en cuanto a estructura esa fue mi inspiración. El lema que me impuse fue ‘menos es más’, que en teatro creo que es algo que funciona siempre. Con esta máxima muy presente, el proceso de dirección no fue demasiado complicado y el proceso de escritura fue un poco a la par.

Cartel del III Festival de Teatro Español en Atenas (Grecia).

En otros casos de textos míos, como yo suelo haberlos dirigido antes, después puedo hacer la sustitución tranquilamente, no me supone un gran esfuerzo. En el caso de ‘La chica de la gasolinera’ he tenido que ejercer ambos roles y el cambio, por lo mismo que te decía antes, no supone un problema. Creo que, en general, a lo largo de mi carrera, he podido separar los diferentes roles o facetas bastante bien.

En cuanto a proyectos de futuro ‘La chica de la gasolinera’ se va a traducir al griego y además ha sido seleccionada para participar en el III Festival de Teatro Español en Atenas, cosa que me hace especial ilusión, como imaginaréis. En el largo plazo, me gustaría que la obra girará lo máximo posible. Estoy buscando festivales, convocatorias, pero centrándome en aquellos en los que las condiciones son más dignas porque no quiero poner dinero. Hasta ahora, para ‘La chica de la gasolinera’, las condiciones han sido óptimas porque yo me he preocupado de que así sea, me he preocupado de que el equipo, las actrices y yo misma, cotizáramos a la seguridad social y hayamos estado dadas de alta. Son cosas que son básicas, que deberían darse siempre. Hemos hablado de ello antes. Ahora, en este momento, estoy aprendiendo a valorar y sobre todo a exigir unas condiciones que considero justas para mí y para la gente que trabaja conmigo.

(PAUSA).

Como creadoras, como creadores, necesitamos tiempo para pensar, para tramar, incluso para aburrirnos, para ver, leer, investigar y, hoy en día, ese tiempo tan necesario para construir algo, de alguna manera, también lo tenemos que comprar

(PAUSA). 

Ser dramaturga, en el siglo XXI, significa sentarse en un bar con una libreta y un boli cuando a tu alrededor todo son pantallas. Viajar en un carril aparte, o en un tren más lento. Significa observar mapas de comportamiento suspendida en el tiempo; escuchar cómo y dónde te golpea el eco de la realidad y mirarla a los ojos desde las realidades que llevo puestas. Significa, además, participar de una revolución donde la voz de la mujer se está haciendo cada vez más fuerte. Significa un honor, y una deuda, y un compromiso. 

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