REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

NUESTRA PLAYLIST (JUNIO, 2018) Viajando a través de agujeros de gusano

Hoy me desperté pensando en colores. Aunque cambió la estación en los calendarios, la primavera real tarda en llegar. La deseamos, tenemos necesidad. Anhelamos los rayos de sol atravesando nuestras ventanas y calentando nuestros cuerpos. Tal vez, por eso, soñé con colores fluorescentes, con fucsias y aguamarinas, con neones y sonidos metálicos. Y con los 80’s a flor piel salí del letargo, escuché Mum de Belako, una apología de Regreso al futuro, y entré en un agujero de gusano. La vida es cíclica, todo tiene su retorno, más o menos parecido, como los 80’s, eso es innegable. Así que me pongo el tema de estos jóvenes vascos y pienso en todo lo rescatado de ese poso: la moda con los vaqueros boyfriend y las camisetas ‘ombligueras’, los chándales de táctel fosforito y los bodies… En series, tenemos Stranger Things y otras que, como mínimo, rescatan la estética. Y en cine, remakes como el de Blade Runner, el nuevo film de Spielberg, Ready Player One, y otras tantas pelis con looks del rollo.

Con estos visionarios de los sonidos sintéticos, la percusión con gated-rev (reverberación del dispositivo llamado noise gate creado por Hugh Padgham en una grabación con Phil Collins) y unos cambios de ritmo con cortes en seco, me introduzco en el viaje a través del tiempo en busca del sol. Suena a un clásico lunes azul de New Order, a un indie noventero nacional en Cualquier otra parte de Dorian o a un nuevo Loving you de Jonathan Wilson. Incluso, se vaticina el próximo álbum de los Arctic MonkeysTranquility Base Hotel & Casino.

Ya con luz a final del túnel, llegan a mis oídos las notas de uno de los últimos aciertos de Calexico (recomendado por la ilustradora Helena Pérez). Estos tipos del desierto hacen bailar hasta a los cactus con su estilo tan propio y en constante evolución. Comenzaron allá por el 98, con un sonido de western a lo Tarantino, y han tocado muchos palos fusionando a la perfección música americana con folk y tex-mex. Y no se han cortado a la hora de introducir matices del rock indie, latino e, incluso, post-rock. En este último álbum, de hecho, dan un giro hacia la electrónica ochentera. Estas aguas están anegando todos los campos, aún en el desierto.

Recordé aquellos años felices enamorada de la vida, del mundo, de Los Planetas. Y, a pesar de que Los Planetas son de Granada, cuando si estaban locos por mí, cantaron verdiales malagueños en mi honor. Pero como dice el título, estaban, en pasado. De hecho, aunque es precioso y lo disfruto en cualquier momento, como Rosetta Kedzierski, ya es un tema que ha quedado atrás, pues tienen una nueva entrega después de un silencio de siete años: Zona temporalmente autónoma.

Esos días lluviosos que precedieron a la salida del sol, esos días grises que nos encerraban en casa, estuve viajando a 1944 y llenándolos con Stravinsky. Él era el que mejor comprendía mi corazón roto y también todas esas palabras queriendo brotar de mis dedos como retoños. Desde su imperio ruso me llegaba la voz agridulce de la viola lamentándose. Las elegías son quejas y no tienen métrica. Será porque esa desesperación no tiene medida.

Otros días eran frustrantes, porque las musas me habían abandonado y estaba tan deprimida y desganada que no quería ni viajar. Me quedaba en el presente y apretaba el botón de mi reproductor para que Coldplay me dijera que quería curarme, como lo hacía con Angela Dalinger.

Los días en que el tiempo se tornaba tormentoso, escuchaba Estudio en do menor Op 10 Nº12 de Chopin, el llamado Revolucionario. Así, viajaba a 1831 para salir de la desidia con la rabia del artista, aunque me inquietaban los truenos y relámpagos como a Coco Serrano.

La máquina del tiempo se volvió loca por un momento y, de la mano de The Pogues y Txetxu González, me trasladé a un verano en Siam. No hacía un tiempo muy caluroso, más bien había un cielo de calima y un ambiente algo húmedo. Sería por el incienso de los templos, las sishas, el tabaco de banana y el sonido del sitar en las costas paradisíacas de la nueva Tailandia. Eso sí, antes de que se prohibiera fumar en, al menos, una veintena de sus playas.

En una fiesta con el ilustrador Nader Sharaf, frente a las olas cristalinas, llegó a mí una melodía de bossa nova. Una guitarra pellizcada y un piano loco daban paso a una voz que cantaba en brasileiro a una garota, al parecer de Río, del barrio de Ipanema. Una chica pasa camino del mar. Joao Gilberto era el que se sentía solo y quedaba deslumbrado al ver esa muchacha tan linda y llena de gracia. Otros muchos se fijaron en ella: Antonio Carlos Jobim, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Nat King Cole … Incluso, nacieron versiones revisadas como las de las Supremes, Amy Winehouse o Pau Donés en su Jarabe de Palo.

Me metí en el mar buscando ese golpe de vida que da el agua fría y la relajación que produce dejarse llevar por el vaivén de las corrientes. A mis oídos, sumergidos bajo la superficie acuosa, llegaban esos cantos de ballena de los que me había hablado Lola Nieto, en concreto los que armonizaba en su música Fátima Miranda.

Nadé con la libertad que siente el cuerpo cuando se conecta con la madre naturaleza. Y todos mis sentidos podían percibir millones de estímulos de este mar que se me hacía Océano mientras escuchaba a Anna Van Hausswolff, la sugerencia de Michaela Knizova.

Con un ex Smith Westerns y un ex Unknow Mortal, se formó Whitney, un grupo de indie que me hizo volar con el corte 9 de su único, pero muy estudiado, álbum de estudio: Light Upon the Lake (2016). Sus dulces voces y melodías, que recuerdan en ocasiones al indie pop británico o a algo cercano a los Beatles, me transportaron en globo aerostático, sobrevolando ciudades, tierras y mares, con Jaume Mora como piloto.

Sin un por qué, viajé a Italia con el billete que me compró Déborah Guerrero. Aunque es de hace unos 14 años, suena a los cantautores de los 70 y 80’s, con un toque electrónico. Nada Malanima, con música y retoques de Massimo Zamboni, ofrece un giro de 180 grados de lo que parece un clásico del spaguetti romántico. ‘Nada’ es una constante evolución, una maga del tiempo que se ha ido reinventando durante toda su prolífica carrera, sin descanso desde su debut en el festival de San Remo del 69, que posteriormente ganaría varias veces.

En ese lugar, una noche, me encontré con Sanel Kurbegovic que estaba acompañado de Paolo Conte, quien me cantó donde se escondía un Diavolo Rosso. Tras una carrera frenética con su batería de puro jazz, conseguí dar con él y nos perdimos juntos por bares y vasos de sangría.

Yosigo puso música al momento de despedida. Me alejaba de Paolo y su diavolo con Magnesia, una canción de la primera etapa de La buena vida. Los de San Sebastián describían perfectamente ese desenlace al que no se quiere llegar, pero irremediablemente acontece, y regalaban unas palabras en su lengua materna.

Leticia Delgado me presentó a Bon Iver y me dio el pasaporte para Canadá. El reloj, ya en nuestra década. Calgary es una de las canciones de estos estadounidenses que pinta algo de esperanza, comparado con el resto de repertorio, bastante más oscuro. Con ellos podemos experimentar como el folk se funde con otros estilos hasta que se pierden los límites.

Reprogramé mi máquina del tiempo y eso sonó algo turbio. No sabía si iba a estar de vuelta en mi habitación o me quedaría vagando entre tiempos y lugares toda la vida. Se empezó a repetir un mensaje. Parecía que se había quedado bloqueada y sonaba en bucle Yo mama. Se escucharon unos sonidos extraños: notas, aparentemente sin sentido, que se convirtieron en uno de los mejores solos de guitarra de la historia de Frank Zappa, según me contó Santiago Torres.

Cuando me invadía la violencia del mar rojo de Earthless, ya solo deseaba volver, aunque el viaje había sido espectacular y lleno de experiencias enriquecedoras. El último susto, al pensar que la máquina estaba bloqueada y que la travesía parecía irreversible, me había agobiado. Mi cabeza solo podía dar vueltas al ritmo de la intensa percusión y de la distorsión oscura y psicodélica de las guitarras de estos californianos desterrados que me recomendó Mercedes Bellido.

Por fin, me desperté con las noticias de las siete de la mañana. En lugar del presentador de los desayunos, era el cantautor mallorquín Paul Zinnard quien, a ritmo de su folk indie, me ponía al día y me devolvía a la dura realidad con un irónico positivismo. Esa esperanza que, a Lorena Blanco, a mí y a todos lo que estamos en este barco que es Thalamus, nos alimenta para seguir intentando que algún día las noticias de las siete de la mañana no sean las mismas de siempre.

 

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