REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

RAÚL DEL VALLE El micro del arrabal

Raúl del Valle (1977). Dizque profesor de literatura en secundaria y escritor vocacional incapacitado para cualquier tipo de disciplina por lo que, en los últimos tiempos, seguramente por pereza, me he refugiado en el microrrelato, donde me pasa algo parecido a lo que le pasa al Atlético de Madrid en la Liga de Campeones: me hincho a jugar finales pero no gano nunca: en los tres últimos años mis micros han quedado finalistas en el concurso anual de La Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) en las ediciones de 2015, 2016 y 2017. Un año antes, en el 2013, un cuento mío quedó también finalistas en el Cosecha Eñe (Revista Eñe). Y en el pasado 2017, Pequeño monólogo sobre el viento, otro micro de mi creación, volvió a quedar finalista en la II edición del concurso organizado por IASA ascensores y la editorial Páginas de Espuma.

 

Raúl del Valle por Dina Pegamoide

 

Últimas notas de Julio Verne

Al principio pensé que era cosa mía. Altibajos emocionales regidos por la lógica del péndulo. Mi leve tendencia a la depresión. Llevo dos años viviendo en este semisótano sin apenas luz natural, con el suelo como medio metro por debajo del nivel de la acera. Se agradece cuando vienes cargado del súper pero te deja el ánimo a la altura del betún.

Hace unos meses, inesperadamente, me quedé en paro y empecé a pasar muchas más horas en casa pero, en lugar de aprovechar las ingentes cantidades de tiempo libre que me proporcionaba mi nueva situación laboral en hacer cosas útiles, me pasaba el día tirado en el sofá, viendo programas estúpidos en la tele, acumulando latas de cerveza vacías y ceniceros llenos de colillas, sin salir a la calle más que para realizar las compras imprescindibles. Las pocas veces que lo hacía me daba la impresión de que el piso estaba cada vez más hundido, como si se estuviese sufriendo un lento e inexplicable naufragio en seco. Pero, como ya dije antes, lo atribuí a mi estado anímico y no volví a pensar en ello.

Mi tendencia a la clausura iba a más. Cada vez hacía compras más grandes que me permitían pasarme largos periodos sin salir al exterior. Por eso no me di cuenta de que el proceso se estaba acelerando.

Hace ya unos días que se terminó la cerveza. No tengo luz ni agua. Acabo de apagar mi último cigarrillo. Sé que no aguantaré hasta ese momento, pero a veces me pregunto cuanto faltará para llegar al centro de la Tierra.

 

Noche de gloria

Me apetecía cagarme en sus muertos, pero el tipo tenía pinta de matón de discoteca así que me limité a decirle que me había parecido muy interesante su disquisición. Claro, aquello fue aún peor, pensó que le estaba vacilando con lo de disquisición y me estampó el puño en plena cara. Preferí no contradecirle y me dejé caer mientras me cagaba mentalmente y uno por uno en todos sus putos muertos. Encima me echaron del bar y a mí aún no me apetecía irme a casa.

Cuando en el siguiente bar, la camarera me vio intentando calmar la hinchazón galopante apretándome contra el pómulo la botella de cerveza recién pedida, me trajo una bolsa llena de cubitos. Tendrías que ver cómo le ha quedado la cara al otro, le dije intentando conservar la dignidad pero ella no pareció impresionarse. Sin embargo, me invitó a un chupito y, cuando llegó la hora de cerrar, muchas cervezas después, me pidió que la esperara.

Al día siguiente me despertó el dolor en el ojo y yo no recordaba ni haber llegado a su casa, ni desnudarme, ni desnudarla, ni lo que hicimos antes o después de haber llegado a su cama. Me levanté sin despertarla, consiguiendo no hacer ruido a pesar de que al incorporarme sentí como si el ojo me estallara. Le eché un vistazo al piso, ningún otro dormitorio, vive sola. No quise mirarme en el espejo. Encontré hielo en el congelador y me tumbé en el sofá, con una bolsa congelada en la cara.

Volví a quedarme dormido. Me despertó el inconfundible sonido de una buena meada. Me levanté y fui hacia el lavabo. Se había dejado la puerta abierta y meaba de pie, dándome la espalda.

 

Leningrado, 1942

Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Nos llamaban los rastreadores. Los bombardeos se repetían todas las noches negándonos cualquier posibilidad de descanso nocturno y durante el día había que aprovechar la circunstancia de  que, al estar las ruinas aún calientes, sólo los más desesperados nos atrevíamos a explorarlas, para recuperar cualquier cosa que se hubiese salvado de las bombas y las llamas.

La primera vez que vi a aquel par de tipos llevándose un cuerpo calcinado, pensé ingenuamente que debían ser familiares gastando energía en balde para dar sepultura al cadáver. Pocos días después, al verlos llevarse otro cuerpo de las ruinas de un edificio en otra zona de la ciudad, comprendí lo equivocado de mi apreciación inicial.

Cuando se lo conté a mi hermana, pude ver en sus ojos una mezcla de desprecio y repugnancia pero, a pesar de que no volvió a dirigirme la palabra, nunca rechazó un trozo de carne.

 

 

 

 

 

 

 

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