REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

FRANCISCO LAYNA RANZ La sospecha en los huesos

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Vermont. 07/08/18


Francisco Layna por Elia Layna

 

Francisco Layna Ranz es profesor en varias universidades norteamericanas desde hace más de veinte años. Tiene una dilatada experiencia en la crítica académica, tres libros sobre literatura medieval, del Siglo de Oro  y de Cervantes, y decenas de artículos publicados en España, Alemania, Francia, México, Estados Unidos, Inglaterra… Co-dirige la revista eHumanista/Cervantes de la Universidad de California, Santa Bárbara. Dirige la editorial de poesía Ay del seis. Tiene tres libros de poesía: Y una sospecha, como un dedo. Madrid: Amargord, 2016. Espíritu, hueso animal. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2017. Tierra impar. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2018.

Nos regala un poema de su cuarto libro (en curso), Oración en 17 años:

 

 Amor vincit omnia, se preguntaba abundante

Oía rozar los segundos, despierto el insecto mayor.
En el único lado que quedaba, cerca de palabras caídas, sin comas ni puntos.  El
sueño era una tela de araña en las manos del niño.

Cae en la oscuridad y se hace muro y cobijo y altura y semilla en el nervio y en el cansancio.

Una fila de centauros. Todos vienen a verme, decía abriendo las vocales blancas.
Harán de mi olor a ungido aceite el grito espeso y fecundo. ¡Cuánto dolía entonces
la sensación de rabia o edad debajo de tu nombre!

En este poema debiera intentarlo. Aquella esposa de voz y de voz en forma de aspa.
Ella sabría decirlo en ritmo de canción y coito con el tañido de los hombres.

¿Me estás escuchando? ¿Lees estas miserias que hacen del escozor un pan y un
vino y después una leyenda?

¡Se fue llenando lo objetivo de caricias en el ápice de la mirada! Soñé, crédulo, en
los orígenes de la necesidad. Cualquiera sabe que es error que la Historia aborrece.

Agua improbable a las diez y veinte, a las once y diez.

Llegan. Llegan y te alcanza el aullido ajeno, es humillación que entra por esa
vergüenza tan mía que tiene forma de exhalación. La reconozco incluso en los
momentos anteriores, cuando no tenía color alguno la tristeza.

Después, la semana y los almanaques, la paciencia y la pérdida de la paciencia. Mi
madre murió una noche del mes de mayo.

He sufrido, debo decirlo. Rebusqué en la oscuridad de mis pulmones una solución
discreta. Y encontré lo de siempre,  los mismos misterios y la misma melodía.
Siempre es una palabra cuaresmal.

No estoy seguro, pero creo que  hubo alguna sonrisa suya en forma de carne
contraria. La egolatría del placer, pensé.

El puño completo en la consonante bilabial. De enero a enero. Drogas y sacrificio
de salón abierto, muy abierto a quien quisiera entrar. La palabra de Dios, en su
relato, se hizo interjección.

Yo tenía 60 años, una hija adolescente y un cuaderno con letras y números
desconocidos.

Veo la hilera de los ginkgos, árbol sin parientes vivos. Avisan una suerte de
plegaria para los rezagados.

Tendrás el café a tu gusto, me decía, me reiré horizontalmente y saldremos de
paseo por Boston y por las ciudades de tus amigos.

En su casa había un cenicero lleno de mañanas enteras.

Me negó el beso, me negó tres veces el beso.

Tres mil trescientos puntos suspensivos… Bebe este calor, me dijo omnisciente.
Luego duerme.

 

 

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