REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

SARA B. DEL REY Septiembre en el intertiempo

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

SARA B. DEL REY

 

 

SEPTIEMBRE EN EL INTERTIEMPO

Un día me di cuenta de que mi vida es una figura de círculos concéntricos. Fue una noche, en la terraza trasera de mi apartamento en México, hace un par de años. Desde ahí se veían las paredes desconchadas del patio interior y un lateral del edificio contiguo, con ventanas enormes. A través de ellas se podía espiar la vida interior de sus habitantes. Cada tarde veía la misma imagen cuando salía a respirar en silencio, pero aquella vez fue diferente. Había luz de verano, hacía calor de Luna. El azar hizo que ese lugar cotidiano trasladara mi memoria a otro tiempo, a otro momento concreto de mi vida: Londres, diez años antes. Mi compañera de piso llora en su habitación asiática. Yo observo la noche, que amanece pronto, a través de una ventana gigante desde la que me pueden ver los que están afuera. Quisiera abrazarla, abrazarme. Pero estamos aún en el extrañamiento.

De forma instantánea, mi recuerdo del pasado cambió. Mi propia historia se transformó. Recordé el futuro desde el pasado. Ahora estaba en Londres sabiendo que estaría en México y, al mirar por la ventana, me saludé y cambié de nivel. Dos puntos concretos aparentemente desconectados eran parte del mismo presente. La sensación era la de haber recorrido una circunferencia entera hasta llegar “casi” al mismo punto. Pero estaba en otra órbita, más arriba o más abajo, no sabría decirlo. Fue así como descubrí el intertiempo.

Los electrones al pasar de un nivel a otro ganan o pierden energía, me dijo alguien una vez. La incertidumbre es no saber qué ocurre exactamente en el momento del cambio. No he encontrado todavía el patrón, así que juego con los espejos para hallar otro punto de vista que me permita habitarme en ese espacio-tiempo.

 

Primera ley del espejo: Todo lo que odias del otro está dentro de ti.

En algún momento quise explicarte que la vida era algo más que imaginarnos juntos, pero no me salían las palabras. Hilos de voz de pesadillas en las que el aire denso ahoga. Algo así. Luego me miré al espejo y se me olvidó.

Espero.

Y no pasa nada cuando lo hago.

Las horas, claro.

Y se escurre la miseria al borde de la mesa derramándose en el suelo cada vez más sucio.

Las baldosas blancas están hechas para guardar manchas de recuerdos. Las grietas en la pared, sin embargo, existen para mostrar que todo se puede derrumbar en cualquier momento. Me concentro tanto en la grieta que cada vez que la miro se hace más grande. A veces, dudo de su veracidad.

 

Segunda ley del espejo: Todo lo que quieres olvidar se convierte en deseo.

Los aeropuertos son espejos líquidos de las conciencias. No hay tiempo ni espacio. Todo está diluido entre el pasado y el futuro, el olvido y la expectativa. Hay un cartel en rojo que anuncia la posibilidad de cambio. Es un tiempo de suspensión, de intervalo, que se alarga y se expande, donde no hay acción y tampoco es fácil concentrarse. Igual que ahora.

Una mujer de sesenta años con vestido de flores y cabellos largos mira nerviosa el reloj, las pantallas y los aviones. La gota de sudor se resbala arrastrando maquillajes antiguos.

Un joven sentado con la cabeza entre las piernas revisa el móvil repetidamente, con la tristeza zozobrando por sus manos.

Un hombre serio se mantiene recto, con la mirada fija, envidiando un infinito imaginado.

Mi abuelo, sin embargo, sonríe como un niño asombrado preguntándose cómo es posible que tales máquinas se eleven en el aire.

Los aeropuertos son el tiempo de lo vulnerable.

Yo, mañana, cuando despierte, ya estaré a salvo, me digo.

 

Tercera ley del espejo: A oscuras se puede atravesar.

Cuando pasé al otro lado comprobé que no hay reyes ni reinas de corazones. Me siento tan inmóvil desde ahí, con el cuello rígido, las manos cerradas, los ojos bolas de cristal, que me entretengo en el intertiempo. Por ejemplo:

Un día, esperando a cruzar una calle, me encuentro contigo y nos reconocemos, como dos viejos amigos. Madrid, hace cinco años. En el brillo de la esquina del ojo repasamos lo que nos conecta y sonreímos porque sabemos que nos habíamos conocido en el futuro. A tan solo tres centímetros de distancia me preguntas si me acuerdo de aquella vez que bailaremos sin música, como si fuera una peli cursi de los ochenta. Y yo me río. Claro que me acuerdo. Cómo no acordarme de aquella noche en la que jugaremos en los charcos oscuros hasta que la alegría se hizo día en silencio. La Luna es un espejo en el que tú y yo nos reflejamos una vez y no quisimos ver los harapos descompuestos, te digo. ¿Te acuerdas de que nos despediremos un día de frío en medio de cristales rotos y una maleta cayendo al vacío? Claro que me acuerdo, y de los besos. El bombeo de mi sangre en la punta de los dedos. ¿Por qué no ahora?, le repito, me repito.

Te acercas, tanto, tanto, que la posibilidad existe. Pero es peligroso cambiar el pasado desde el otro lado del espejo. No deberíamos siquiera estar hablando, va contra las normas del espacio-tiempo. Mejor seguimos cada uno nuestro camino, sin despedirnos, y hacemos como si esto solo lo hubiéramos soñado. Me iré a mi casa, haré mis maletas y mañana estaré temprano en el aeropuerto. Y no te conoceré hasta dentro de muchos años.

¿Por qué no ahora?, me preguntas, de forma retenida. Corazón tostado, tambor de sexos y tactos de verano… Porque aún no nos conocemos. ¿Te acuerdas?

Al fondo hay un edificio con grandes ventanas transparentes a través de las cuales se puede espiar la vida de sus habitantes. Alguien me saluda desde el tercero.

 

Sexta ley del espejo: Todo lo que amas en el otro está dentro de ti.

Tal vez es eso. Que el amor se quedó dentro y no salió hacia afuera. El amor, si es que existe, es como un helado de chocolate que parece apetecible pero luego empacha o se derrite, porque está demasiado usado como frase de auto ayuda. Prefiero describirlo como tu sonrisa perdida en los huecos que abren los cangrejos en la arena.

No sabemos nada hasta que nos miramos a los ojos. No tenemos ni idea de lo que sentimos hasta que me tocas. Y entonces ya nada importa porque me resbalo por las esquinas de las rocas y llego hasta el mar para convertirme en plancton y ser el alimento de las ballenas. Tú y yo en el estómago de una ballena, como dos fetos bailando en otra época. Eso es, te conocí en el estómago de la ballena antes incluso de conocerte.

Creo que estoy viendo las cosas del revés. No quiero quedarme paralizada por el miedo, pensando en ballenas y la arena en los ojos.

Tengo que escuchar.

Hay gente gritando bajo los escombros.

El espejo no existe, se hizo añicos cuando se movió la vida. Los órganos cambian de lugar al ver mi reflejo en sus pedazos. El corazón ya no está a la izquierda ni a la derecha, el ojo está en la oreja y el ombligo en la boca.

Me he cortado los dedos al tratar de recomponerlo.

 

Morir es salir del espejo

Imagina que un día tiembla la tierra bajo tus pies y todo cambia. Y caen casas y paredes y suelos. Y quieres salir pero también entrar. Nada es seguro porque no hay suelo. Solo silencio de miedo. Todo cimiento desaparece y en la mente solo ves imágenes del pasado y del futuro que se entremezclan creando asociaciones, cambiando la historia.

Imagina que un día hay un terremoto en septiembre que arranca árboles y todo lo que conocías se traslada a otro nivel, como un electrón, como millones de electrones. Entonces, te miras al espejo y te des-conoces. No te encuentras bajo las ojeras y las miradas viejas. Eres otra, pero eres la misma, y la grieta en la pared es un agujero de tu existencia.

Me acerco despacio al agujero y miro. Estaba ahí desde el principio. Otro círculo.

He atravesado tantas veces las puertas de mi pecho que las esfinges me saludan, atentamente.

La salida está marcada desde el origen de los tiempos.

Creo que, pronto, volveré a cambiar de nivel.

Madrid, 2018.

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