DÉBORAH GUERRERO Mujer Pez

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/01/2019.


Nació en el 83 con el frío de Noviembre, según su madre, ‘disparada como la bala de un cañón’. Sus orígenes son confusos, fue probando involuntariamente ciudades del mediterráneo, aunque hace más de una década que Madrid le ha vuelto a parir. Actriz desde que descubrió que la gente aplaude en los espectáculos, se dedica a escribir cuando nadie la observa. Amante de la comida con mucho aceite de oliva, dialoga con los insectos que habitan entre las plantas. Se considera un alma perdida pero con el carácter suficiente como para apartar a patadas cualquier obstáculo que le impida llegar al punto blanco del final del túnel.

DÉBORAH GUERRERO POR DAVID SAGASTA

 

MUJER PEZ

 

Me levanto cada día a las cinco y media de la mañana para recibir la mercancía en el mercado. Mis manos huelen a pescado desde hace veintinueve años. Mis uñas blanquecinas se funden con el pellejo que me queda en los dedos, arrugados del frío y de la humedad.

A veces, cuando tengo un cliente delante, deseo que me pida un buen pescado entero, para poder hincar mi pulgar bajo la cabeza del animal, sentir cómo se hunde y tirar hacia su cola para sacarle las tripas. Esa es la parte que más me gusta. De mi vida. Si los peces estuvieran vivos, seguramente no lo haría. Quizás es porque soy una cobarde. No soportaría ver sus ojos, siempre abiertos y sin párpados, mirándome mientras agonizan. No me gustaría estar en su lugar.

En el fondo soy un poco pez, el aire que respiro me ahoga. A veces me lleno la bañera y me quedo bajo el agua hasta que me arrugo. Pero el olor a mar nunca se me quita. Supongo que esa es la razón por la que nadie se me acerca. Navego en mi soledad mientras embadurno mis manos en sangre yodada.

Mi madre me enseñó a limpiar boquerones cuando tenía nueve años. Éramos muchos en casa, así que cada vez que los compraba, me dejaba limpiarlos. Me pasaba casi una hora vaciando órganos: ahí encontré el alivio a mi ansia, que nunca supe de dónde venía, y a día de hoy no ha cambiado. Quizás mi madre al echarme de su cuerpo sintió tal alivio, que se siente culpable y por eso me enseñó a limpiar boquerones.

Hoy me he comido medio kilo. Llevaba un año siendo vegetariana. Pero echo de menos a esa mujer que me salvó la vida.

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