REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

LUCÍA MARÍN El trazo natural de la herencia

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Granada/La Vera. 31/12/2018


Lucía Marín
Lucía Marín nació en Granada en 1985 pero se crio en Madrid. Ha escrito los libros de relatos No somos flores (Editorial Nazarí 2017) y La piel caduca (RIL 2018) y sus textos han sido publicados en diversas revistas como Eñe, Oculta Lit, Mujeres preokupando o Liberoamérica. También ha participado en encuentros de narración oral y piezas de teatro.

 

MÁS EJERCICIOS DE ESTILO

Que no

Precisiones objetivas

Día 4.

Mujer de treinta y un años se ha duchado durante seis minutos, se ha secado la melena de cincuenta centímetros con un secador de plástico negro y hierve agua en una cocina. Vierte diez centilitros de café en una taza y añade agua hervida hasta que el contenido total queda a un dedo del borde de cerámica blanca. Suenan tres llaves chocando entre sí. La puerta de entrada que se abre y se cierra. Un hombre llega a la estancia. Uno y otra juntan sus labios y ejercen un leve empuje –dos momentos iguales en magnitud pero de sentido opuesto, por lo que su suma es cero– que finaliza en un chasquido producto de la diferencia de presiones entre la atmósfera ambiente y la intrabucal. Hablan de la niña de tres años y dos meses que el hombre ha llevado a la guardería y ha dejado en brazos de la maestra de un metro y cincuenta y ocho centímetros de altura. La niña ha llorado tres minutos y cuarenta y seis segundos. La maestra ha escrito un mensaje al teléfono móvil del hombre informando que el llanto había cesado y la niña se había sumado al círculo irregular que componían los otros cuatro niños y tres niñas en torno a la alfombra de poliamida.

La mujer expresa al hombre su inminente intención de trabajar en una ilustración por encargo para un artículo sobre cómo combatir las migrañas, que será publicado en una revista digital. El hombre sugiere un remedio para dichas afecciones. La mujer eleva la comisura izquierda de su boca, se gira ciento setenta y cinco grados y comienza a recorrer el pasillo con la taza entre las manos. El hombre camina detrás de ella. Dos metros después, coloca su antebrazo derecho a la altura de los muslos de la mujer y el izquierdo, por detrás de su nuca, sostiene el peso que se ha desplazado al elevar el primero. Se derraman del recipiente siete centilitros a cuarenta grados centígrados. El hombre toma la taza de las manos de ella. Seguidamente transfiere el peso del cuerpo que sostiene a un futón gris marengo sito en uno de los cuartos. Desabrocha un botón del pantalón de la mujer y retira de una vez la tela vaquera y las bragas talla M hasta la articulación tibioperoneo astragalina. Lame en cuclillas durante veinticuatro segundos. La mujer continúa tendida en decúbito supino con los ojos abiertos –o cerrados– intermitentemente y en silencio. El hombre se incorpora, coloca la mano izquierda cerca de la pelvis de ella, haciendo girar su cuerpo desde el centro de gravedad en sentido de las agujas del reloj –de un reloj en posición vertical– hasta colocarla en decúbito prono.

 

 

Fluir de una conciencia

La encimera está llena de cacharros, pero le toca fregar a él. Así que dejo el cacito en equilibrio sobre una pila de cuencos y me preparo, ahora en serio. Que entre la ducha y el segundo café se me va la mañana. A veces tengo que repasar el vaso de Gabi, ese que tiene unas orejas de elefante por asas, o un tupper de plástico, porque Jérôme los deja con una capita de grasa que casi quedan más sucios que antes de fregarlos. En realidad no tengo que hacerlo, pero a veces lo hago porque esas gotitas aceitosas me alteran, y me entra la pena. Le oigo llegar. Se lo he comentado alguna vez pero no tiene intención de cambiarlo, dice. Inspiro, retengo el aire. Dice que él ahorra agua y jabón. Entra. Igual es que soy una quisquillosa. 

Claro que me apetece verle, pero sé que luego me enredo o puede pasar algo. Que yo le diga algo, y él me responda algo, o nada. Y me quede jodida, enganchada a esos algos o nadas y no trabaje. Tengo que entregarlo mañana. Nos besamos, le pregunto por Gabi y me cuenta que ha llorado un poco. Pobrecilla, aún me recuerdo llorando de frustración cuando mi madre me dejó en la guardería y yo no entendía por qué, joder, si le estaba diciendo que no quería. 

A veces pienso que soy yo sola. Que me pongo nerviosa, o le pongo nervioso porque digo algo raro que para él no tiene sentido, discutimos y así tengo una excusa para no trabajar. No es por el idioma. Esas confusiones también las teníamos antes y eran graciosas. Yo me equivocaba y la frase cobraba un significado nuevo o absurdo. Pero para él lo que no tiene sentido son algunas cosas que digo cuando mi cabeza se acelera y él solo escucha la frase final de unos cuantos capítulos mentales de disgresión. Por ejemplo, anoche cuando me besó en la cama y noté los pelos de su bigote, que ya le cubren el labio superior por completo, recordé que Gabi tenía que llevar unas tijeras especiales a la crèche porque es zurda y mi suegra se las iba a comprar esta semana, me lo comentó el domingo cuando vino a comer. Así que me besó y yo dije: Tenemos que devolverle a tu madre los tuppers que nos trajo. A veces –bastantes– él se molesta cuando pasa esto. Ayer mismo. Porque yo estaba en otra parte. Y entonces él se va aún más lejos.

En cualquier caso, hoy quiero trabajar. Se lo digo: Voy a hacer la ilustración para el artículo de las migrañas. ¿Lo he dicho demasiado tajante? A veces, si digo algo de manera muy firme, él opina que me estoy defendiendo de otro algo que él no ha hecho. Que lo digo como una advertencia, una amenaza, una calumnia. Otras veces, sin embargo, le excita mi firmeza. Ahora, de nuevo, he omitido todo esto que he pensado. Mi prolífico bagaje mental. Intento borrarlo de dentro para que no abulte. El primer año que tuve la regla no era consciente del volumen de sangre que era capaz de emanar por hora. Ni de la capacidad de un salvaslip. Una mañana, en clase de religión para más inri, noté que no solo había manchado mi pantalón sino que estaba tiñendo la silla verde como una hoja pocha de otoño. Me entró el pánico. Lo del pantalón lo podría cubrir con un jersey a la cintura al levantarme, todas sabíamos eso, pero lo de la silla era bochornoso. Me chupé un dedo y empecé a frotar el asiento con la mayor discreción que pude reunir. Una y otra vez. Y al levantar la vista, con las mejillas ardiendo, encontré la mueca de sorna de don Esteban que, aunque no interrumpió su discurso sobre el sacramento de la confirmación, me pareció que disfrutaba con mi catástrofe púber. 

Con Jérôme, no sé, la mayor parte de las veces creo que no quiere oírlo, ese exceso de equipaje mío. O ya lo sabe. Que no le cuente mis historias, dice, y me limite a informarle de la conclusión, de qué es lo que quiero. Le interesa el resultado y no el proceso. Pero el proceso transpira y empapa mis frases como la hemorragia en un salvaslip desbordado, como un bebé cagado en la menuda y tibia piscina municipal. Luego él se queja porque no había sido informado de toda esa sangre, de toda esa mierda que yo tengo ahí dentro. Deduzco que no soy capaz de hacer un resumen de mi trama interior a tiempo real. Solo mucho después o de lo contrario disparo tripas y coágulos incoherentes, disociados. Mi pensamiento se asemeja más a una mata de zarzas que a una cala blanca. Y aún no he aprendido a desbrozarme.

Para las migrañas, ya sabes, me ha dicho. Sexo, deduzco. Me crispo. No sé si responder con otra ironía. A veces me patinan sobre una placa de rencor helado y me acabo rompiendo algo. Han pasado tres días. Decido sonreír un poco. Camino por el pasillo. Tres días, sí. Pero creo que no le fue del todo satisfactorio. Acabó tan pronto. A mí no me importa y se lo repito cada vez. Yo disfruto. Es curioso el hueco que tiene disfrutar en este idioma, entre aprovechar y regalarse, o directamente tener un orgasmo. Pero él se quedó como defraudado de nosotros. El problema suele ser nosotros. Más concretamente yo. 

Me está siguiendo. O quizá solo va al baño y soy yo otra vez que me emparanoio. Me está cogiendo en brazos. Esto es romántico, ¿no? Esto es cariño, es la ternura que yo le he pedido. Pero ahora. Me he quemado con el café. Tres días y esta vez no había llegado el mal humor. Me tumba. Bueno, me deja caer. El despacho lo tenemos menos corrompido. No lo asocio tanto. ¿Está proponiendo un juego? Quizá sea divertido. Me baja los vaqueros y las bragas de un tirón. Al año de haber parido me lo dijo por fin. Que sí, que se enfadaba –y lo pagaba– conmigo porque era como si yo tuviera una droga ahí, delante de él –mi cuerpo–, y no se la quisiera dar. Teníamos sexo cada semana, lo juro por mi hija. Pero no bastaba. El monopolio es un abuso de poder. Mi dolor de aquellos meses perturbó los ritmos y las posturas. Así que se le ocurrió que abriéramos la relación porque así no volcaría su insatisfacción hacia mí. Lloró la niña y me la puse a la teta, apretándola muy fuerte. Vi mis nudillos blancos y me culpé. Todo estaba muy bien argumentado. Pero yo. Me empieza a chupar. Dije que no. Si mañana llueve tendré que meterle unas deportivas de recambio en la mochilita. No me muevo. Para que no esté toda la mañana con las botas de agua. Y siguieron los enfados. Que me guste, por favor, que me guste. Claro que llevaba la cuenta. Tengo mala orientación pero buena memoria. Repaso la vida a menudo. Ha llevado a la niña, me ha cogido en brazos, me está lamiendo, en el despacho. Podría ser divertido. Es una entrañable y espontánea muestra de pasión, un arrebato. ¿No? La migraña siempre la imaginé como una garrapata de ultratumba enganchada a un lado del cráneo. Me tendría que gustar. Tres días y sin enfados. La llevo aún, la cuenta, porque me sirve cuando su humor me desorienta. El techo tiene una grieta en forma de y. 

Me ha girado. Oigo cómo se desabrocha. Lubrica, cuerpo mío, lubrica. Aprieto los puños cerca de mi cuello. ¿Estamos jugando? 

Me trago un grito. Me unta de su saliva. Me da asco. Calla. Quizá sea divertido. Me empuja. Las tijeras las quería verdes, Gabi, como las mías. Me empuja fuerte. Di que no, boca mía, di que mejor ahora no. Sabes lo que está pasando. Que tengo que trabajar. Si acaso luego. Calla. ¿Cómo se puede sentir asco por un marido? No quieres esto, cuerpo de cera fría. Me atraviesa. Tengo miedo de que siga, de que pare. Los tuppers, las botas, las tijeras, el salvaslip. La cuenta. Una garrapata a punto de reventar. Duele. Gimo sin aflojar las muelas. Me empuja. Quieta, quieta. Retengo el aire como en un susto perenne. Di que no, voz. ¿Se habrá corrido? Tres días desde el domingo. Coge impulso y me empuja más fuerte. Di que no, vamos, dilo. Calla. ¡Dilo!

Ha parado. Él solo. Tengo pánico. Se asoma por un lado como si yo fuera una niña perdida en un parque de atracciones. ¿Qué pasa? Y luego: ¿Estás bien? 

Tiemblo y solo está él para recogerme.

Sigo boca abajo, un tramo desnuda, los puños agarrados a nada. Y desbordada, llorando, consigo decir: No he podido parar, no he podido parar, no he podido parar…

Me acoge en su pecho y yo. Él solo tenía buenas intenciones para. Yo no le he dicho que. Ahora ya no se atreverá a. A partir de entonces todo.

 

 

Tercera ley de Newton

Expone que por cada fuerza que actúa sobre un cuerpo, este realiza una fuerza de igual intensidad pero de sentido contrario sobre el cuerpo que la produjo. 

Esa noche una mujer tiene migraña. Se tumba a oscuras sobre una cama que reacciona y frena una caída infinita. Sospecha que si ese dolor animal hablara, sería un alarido: un alarido encarnado cuya onda expansiva causaría estragos –o grietas– en las paredes blancas de los vecinos.

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