REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

RUBÉN BLEDA El mito fuera de Ítaca

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Madrid/Murcia. 19/12/2018


Rubén Bleda

Rubén Bleda, hasta los veinticinco años escribió y soñó, creyendo que eran el mismo verbo, en un siglo XIX esteta y francés. Cuando despertó, el existencialismo aún estaba allí. Fue concebido por los días aproximados en que moría Cortázar, y eso tenía que significar algo. Actualmente escribe en WhatsApp su mejor prosa. Tiene una novela en el cajón (literal), titulada La vida donde la dejaste, una cosa barroca y psicoanalítica con un final que no se entiende. Y mucho fondo de armario de cuentos empezando a apolillarse. Y poco más.

 

 

Penélope no está loca

 

 

El mito es una realidad en gerundio: siempre está ocurriendo.
El mito, al contrario que el cometa, incorpora sustancia cuando atraviesa
las atmósferas de cada siglo y cada nuevo espectador
que lo busca, que lo piensa, que lo contempla.

                                                                                  Enrique Vila-Matas

 

Llegué a pensar que Penélope estaba loca. Penélope vivía enclaustrada en sus aposentos, adonde iba a despertarla todas las mañanas Heleia, su criada. Aparatosas vueltas de llave descorrían los cerrojos de su puerta, y luego el desabrido violín de los goznes, y una alfombra de luz que rodaba por el suelo y trepaba rauda la pared. Heleia avanzaba unos pasos. A la izquierda, junto a la cama, resollaba la llama de un agotado candil sus últimos bríos, y en el silencio anonadado por este aleteo de lumbre tenía incrustados Penélope unos ojos de estatua, abiertos y duros, y el cuerpo descubierto aunque hiciese frío, estirado desmayadamente sobre las sábanas, rígido como el bronce y blanquísimo. Buenos días, señora, y sólo después de unos segundos reparaba Penélope en su criada, y sólo después de otros segundos, más largos, tensaba el arco mediolunar de una sonrisa; turbia, difícil sonrisa que de nada era signo o respuesta.

Todas las mañanas lo mismo. Pedía a Heleia que abriera los postigos de las ventanas. Entraban lienzos de mar y cielo, empujando ese olor inmenso que desprende todo lo azul. Heleia le llevaba el desayuno a la terraza, a la que se accedía por unas escaleras de caracol. Penélope se lavaba la cara en la brisa cargada de sol, repentinamente jovial, con algo de pubertad que despierta en vacaciones. Preguntaba entonces, escudriñando el mar, si durante la noche había llegado algún emisario, algún barco, algún… cadáver; y añadía esto último como estremeciéndose. No. Nada. Por el momento nada, señora. Todas las mañanas lo mismo. Con un suspiro se le llenaba la cara de madurez caída, de edad tardosa, estirada y arrastrada por añejas paciencias, y se le trasparentaba el monótono desamor de aquel matrimonio sin término, sin rumbo, sin razón, como bogando en las alturas ilimitadas del mar, como debía estar el propio Odiseo, muerto sin cuándo, sin dónde, sin duda. Penélope terminaba su café. Inmediatamente se ponía a tejer el sudario, a tejerlo febrilmente.

El sudario que siempre estaba igual. Penélope tejía toda la mañana. Tejía con un ardor, con una vehemencia que no tenía nada que ver con el sudario mismo. En el curso de sus quehaceres cotidianos Heleia entraba y salía de sus aposentos, cambiaba las sábanas, perfumaba los armarios; Penélope tejía. El ronquido majestuoso del mar, la frescura salada de la luz; Penélope tejía. Si una nave destacaba su casco en la bruma azul de lontananza, Penélope encargaba perentoriamente que se indagara acerca de sus ocupantes y del motivo de su viaje. Nunca le devolvían noticias de Odiseo. Penélope seguía tejiendo. Pero había en su tejer algo que se sobrepasaba a sí mismo. Era un tejer que no servía exactamente para tejer, sino que, sin dejar de ser por un momento la actividad inequívoca de tejer, era al mismo tiempo otra cosa, algo que, desentendiéndose del sudario, significaba mucho más que tejerlo; algo que yo no dejaba de adivinar en la precisión crucial de su boca, en la agonía consciente de su cuello, en el nudoso esfuerzo de sus brazos. Penélope tejía como si nadara hacia una orilla. En el acto de tejer, Penélope se estaba salvando. Ahora lo comprendo. Pero llegué a pensar que estaba loca.

Penélope regañaba a la criada por insistir en que el almuerzo estaba servido. Penélope, rubia y tenebrosa, aún estaba con tiempo para otros amores, pero con el tiempo caedizo y sin alas de la madurez. Heleia se lo decía, señora, tendría que volver a casarse, ha pasado mucho tiempo, señora, Odiseo no regresará. La belleza no dura para siempre a los mortales. Todas las mañanas lo mismo. Pero cada mueble de la habitación, cada debajo de cada mueble de la habitación, cada tejido y cada predecible cartografía de sombra en el entarimado, hasta los huesos de Penélope, se habían impregnado en demasía de lo azul, de lo indistinto y sin respuesta del mar.

Penélope tejía, no hacía otra cosa que tejer. Penélope comía frugales viandas con desgana y deshora, y cuando a media tarde acudía Heleia a servirle el té, la encontraba suspensa en una mueca espantosamente lívida, con toda la cara entrecruzada de crueles arrugas, cicatrices de algo encarnizado, brutal, que se había debatido en su conciencia. Estaba todavía frente al bastidor, con el sudario casi terminado, pero tenía las manos crispadas e inútiles como arbustos. Llegué a pensar que estaba loca. A menudo un llanto seco, romo, que le salía de los nervios y la retemblaba toda. La criada quería ayudarla pero sólo le arrojaba miedo y preguntas. El aroma del té amansaba lentamente a Penélope.

Lo siguiente era una lúgubre frivolidad. Penélope ordenaba cerrar las ventanas, que le molestaba la insistencia del azul. La habitación se teñía de contraluces rojos. Entonces se pasaba las horas frente a su tocador. Penélope se disfrazaba de la princesa Penélope, de la joven Penélope, de la esposa Penélope que había triunfado en las noches de Palacio, iluminadas de champagne y porvenir. Se enmascaraba minuciosamente de maquillaje, pero ahí estaban, inconfundibles, los pespuntes de la edad y la impotencia. Viejos vestidos le envolvían el cuerpo de pasado y anécdotas, y Penélope le contaba a Heleia sus anécdotas, siempre las mismas anécdotas con la misma locuacidad aristocrática con posos de un desencanto frío y freático, y aquellas anécdotas eran ya el mobiliario de las tardes, el polvo y los espejos marchitos de una felicidad rancia de tanta memoria y tanto baúl.

Penélope solicitaba pesquisas sobre el destino de su esposo. Nadie conocía la enigmática suerte que había corrido en sus viajes. Ahora comprendo que Penélope no deseaba ya el retorno de Odiseo, aunque durante mucho tiempo interpretara lo contrario, que mantenía con celo la esperanza de verlo regresar, y al percibir su desorbitada expectación cuando aparecía un barco, cuando se anunciaba la visita de viejos camaradas de Odiseo, portadores tal vez de nuevas, llegué a pensar que estaba loca. A veces, cuando entraba en su habitación y encontraba a Penélope de espaldas, vuelta hacia el mar, Heleia la escuchaba preguntarse qué habría sido de Odiseo, a qué confín habrían ido a perderse el aliento y los huesos del remoto Odiseo. Nadie confiaba en que su esposo siguiera con vida, y que anduviera todavía perdido en el piélago incesante, en el vinoso mar, en las islas habitadas de magas y diosas, eso nadie lo creía.

Jóvenes pescadores habían divisado al alba, cuando salían a faenar, un cadáver flotando cerca de la playa. Se había atollado entre varios riscos, donde ahora la corriente, como una gata, lo jugueteaba a su antojo. Los pescadores tuvieron que ahuyentar a las aves que revoloteaban a su alrededor y le devoraban el rostro. De poco sirvió. El cuerpo ya no tenía cara, pero podía pensarse que se tratada de Odiseo por la rizada melena castaña, y por los gastados jirones de un ropaje distinguido que quedaban entre sus miembros, todavía vigorosos. Lo sacaron del agua y sin más dilación lo condujeron a la morgue, en respuesta al imperioso mandato de Penélope que todos conocían. Al ser ella informada, fue presa de indescriptible agitación, de un precipitado frenesí que tenía toda la apariencia de esas euforias apenas contenidas, casi desbordantes, de cuando está a punto de conocerse una alegría eximia. Al principio pensé que no había entendido bien la noticia, esto es, que era un hombre muerto el que había llegado a la playa. Luego fui testigo de su impotencia, nada sentimental, cuando se enfrentó a aquel volcánico puré de carne sanguinolenta y aguada, imposible como rostro, plana trituración sin ojos, sin nariz, sin labios, con aquella sonrisa desencajada y tirante que sólo inspiró a Penélope la idea de examinar la forma de los dientes. Poco después se supo, sin espacio de duda, que los restos no pertenecían a Odiseo. Penélope se consumió en un llanto de rabia y desesperación. Yo empecé a pensar que no estaba loca.

Penélope había puesto plazo a su fiel espera. Tejía el sudario todas las mañanas. Decía: cuando lo termine, daré por muerto a Odiseo. Quedaré libre de mis deberes maritales y volveré a casarme. Pero el sudario siempre estaba igual. Yo pensaba: Penélope, pobre ingenua, debe estar loca, aún ama a Odiseo, aún le parece posible que retorne el remoto Odiseo, de ahí lo de ponerse plazos, excusas, condiciones, lo de tejer el sudario es porque imagina que Odiseo está a punto de volver, que si espera un poco más… Pero no. Penélope entendía, como todos, que Odiseo estaba muerto, que su muerte era la única explicación posible de su ausencia, pues ningún otro motivo le habría impedido regresar a Ítaca después de tantos años. La ausencia de Odiseo servía como prueba lógica de su muerte. Era esta ausencia lo que atribuía a Odiseo el estado secular de muerto, y operaba como su muerte a todos los efectos, físicos y metafísicos. A Penélope la soledad le duraba ya demasiado. Se lo decía a su criada, a la hora del aseo, pálidamente desnuda en la bañera: no quiero estar sola. Todavía puedo amar, todavía alguien puede… amarme. Heleia la alentaba: señora, hace tantos años que desapareció su marido… Debió ahogarse en un naufragio, ¡valiente, desdichado Odiseo! Tendría que volver a casarse, señora, ha pasado mucho tiempo. Y Penélope: no quiero envejecer sola. No quiero morir sin amor. No quiero esperar más. Heleia, en silencio, le ayudó a ponerse el albornoz. Yo me quedé pensativo.

Penélope tejía el sudario todas las mañanas, pero no podía terminar de tejerlo. El sudario nunca se convertiría en un sudario terminado, del mismo modo que la ausencia de Odiseo nunca se convertiría en su muerte. Ahora lo comprendo. No estaba loca Penélope. La ausencia de Odiseo no hacía sino impedir que estuviese muerto, en el sentido en que garantizaba la posibilidad de que estuviera vivo. De aquello no podía extraerse una ceremonia funeraria, un túmulo, una lápida, una viudedad, un luto. Para eso hacía falta un cadáver, o al menos un testigo, una pista que permitiera averiguar, inquirir, confirmar, y esto era lo que esperaba Penélope. No el regreso de su marido, sino una prueba de su muerte. Para ser libre. Ahora lo comprendo. Pero la ausencia de Odiseo, por más que se prolongara, jamás podría validar la hipótesis de que estaba muerto. Y lo que atormentaba más a Penélope: tampoco podría acabar con la posibilidad de que estuviese vivo. Y esta posibilidad, que no dejaba de existir ni por un momento, que no se desplazaba ni un centímetro, intransigente como una esfinge; esta férrea, inasible, remota, implacable posibilidad, condenaba a Penélope a aquel amor vegetativo, a aquella espera fiel, sin remisión, in perpetuum.

A Odiseo, la posibilidad de estar vivo le bastaba para prolongar indefinidamente sus derechos maritales sobre Penélope. Esta posibilidad se cernía sobre ella con la vigilancia de un Argos insobornable. Ningún marido habría igualado la obsesión con que la perseguía, a toda hora, aquella celosa posibilidad. Penélope tejía el sudario para salvarse. Ni todo el arsenal de inteligencia que defendiera su convencimiento de la muerte de Odiseo, podía conquistar aquel último reducto, inmutable, inexorable, torturador, de la posibilidad de que estuviese vivo. Penélope, que no estaba loca, sabía que la única manera de sobrepujar una posibilidad, consistía en crear otra posibilidad que le sirviera de antídoto. El sudario. Tejer el sudario. Cuando terminara de tejer el sudario, sería libre. Ella había proclamado: cuando lo termine, daré por muerto a Odiseo. Quedaré libre de mis deberes maritales y volveré a casarme. De pronto, había nacido la posibilidad de terminar el sudario y que ello la forzara a cumplir su promesa, a quedar libre. Tendría entonces que desistir de Odiseo. Si terminaba el sudario… si lo terminaba de tejer… El sudario le procuraba la posibilidad de volver a casarse. Tejiendo el sudario, Penélope avivaba esta posibilidad, cabalgaba en esta posibilidad, se embriagaba de esta posibilidad. La volvía cada vez más posible, y con ello, neutralizaba los efectos de la otra posibilidad, la de que Odiseo estuviera vivo. No la posibilidad como tal, sino sus efectos. Y había un instante loco, formidable, cuando la posibilidad de terminar el sudario llegaba a la inminencia de lo real, en que la posibilidad de que Odiseo estuviera vivo se reducía consecuentemente hasta rozar lo nulo, hasta casi lo imposible, y entonces Odiseo se convertía casi en un primer marido muerto años atrás, y aquello rompía en visiones, escenas de una vida posible, Penélope celebrando exequias oficiales en honor a Odiseo, Penélope emergiendo de su largo encierro, Penélope vistiéndose para un banquete, Penélope guardando a los ojos del nuevo amante los retratos de Odiseo. La salvación diaria de Penélope, tejer el sudario toda la mañana.

Pero más que una salvación, era un estar salvándose que nunca se convertía del todo en salvación. Porque el sudario siempre estaba igual. Llegué a pensar que Penélope estaba loca, pero ahora lo comprendo. Cuando a mitad de la noche Heleia se desveló con la tormenta, y se le ocurrió acudir a los aposentos de Penélope por si algo necesitara, suponiendo que estaría despierta, y la cerradura añadió sus pesadas notas de presidio a la opresiva batahola de la tempestad, y en los aposentos de Penélope, la llama del candil mecía y duplicaba en medio de un arco de luz naranja la hacedumbre incierta y frenética de una sombra, juego de manos, la espalda de Penélope, el bastidor, los hilos; tardé mucho en comprenderlo pero ahora sé que no estaba loca. Era destejiendo el sudario como Penélope dormía, con aquella mirada de estatua, dura y total. Heleia lanzaba alarmadas voces, señora, puede oírme, señora, le ocurre algo, señora; Penélope destejía. La metralla millonaria de la lluvia, la furibunda marabunta de las olas; Penélope destejía. Y seguía destejiendo cada noche hasta dejar el sudario apenas empezado, y entonces quedaba toda en calma, suave como una duna, con los brazos como dos flecos, el cuello como una bocha de cortina, la siempre lúcida Penélope, que por fin estiraba su cuerpo desmayadamente sobre las sábanas, más pálida que la aurora.

 

 

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