REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

CARLA CHINSKI Ese horizonte que emblanquece

Edición:
Txetxu González
thalamusxmagazine@gmail.com
Madrid/Buenos Aires. 26/04/2019.


CARLA CHINSKI

Carla Chinski (Buenos Aires, 1995) es escritora y traductora. Tiene estudios en Artes Combinadas, gestión cultural y traducción literaria (UBA). Realizó talleres de escritura con Laura Galarza y Federico Falco, y taller de poesía con Natalia Litvinova. Su primer poemario será publicado próximamente por Editorial Llantén.

 

Mi madre no está muerta pero
le están cortando
la pierna en dos.
Mientras el cuchillo
se inserta en la carne,
el llanto de un recién nacido
suena en el quirófano
como si el niño estuviera
observando la escena
de sus pesadillas tempranas.
Mi madre es
una pobre niña, nada más.
Ella, que nunca fue tranquila
hoy duerme
de manera artificial
mientras camina en sueños
y el médico, como un partero,
la saca al mundo
de los que
viven sin dolor, no ese
que separa los vivos de los muertos
sino a los heridos de su propio
horizonte blanco,
en ese horizonte que emblanquece
lentamente con el pasar
de la espera.
En la sala de parturientas
las mujeres agonizan, eso
tienen en común: el dolor
que un día llega,
levantándose como un
accidente geográfico.
Los guantes
de goma blancos, ahora rojos,
dedos como pétalos de rosas
caen sobre la tierra de la carne.

 

 

Mi madre no está muerta pero
cuando lo esté,
cuando finalmente nos deje,
yo me quedaré con sus restos.
Madre tierra, lengua madre
la he estado sirviendo
fielmente,
durante tantos años
¿quién sería sin vos,
creación de mi creación?
¿Cómo decir aquello
que quedaría expulsado
al blanco
con tu muerte?
Lo que se necesita
en toda esta desgracia
es un poco de belleza
y orden, aquel que tanto
le ha dado sentido
a su vida. Por eso,
ordenaré en filas sus pestañas,
recompondré sus labios
con alfileres,
las cavidades de la nariz
serán las mías, con las que
respiraremos siempre juntas.
Los ríos se hacen más pequeños.
Las playas se abandonan al desastre.
Pero ella se hace
cada día más grande, hasta que un día
su rostro será lo único
que cualquiera podrá recordar: solo eso
le hará justicia.

 

 

Mi madre no está muerta pero
su muerte me lleva
a un estado poético,
como si tuviera
espadas en vez de brazos
con los que luchar por ella.
Estoy maravillada
por el espectáculo de su cuerpo.
Me hace entrar en un espacio
de ensueño:
estoy atenta a todas las cosas,
cada acción parece encadenarse
a la siguiente con la paciencia
de la línea en un verso nuevo.
Tengo la tentación
de verla con otros ojos, que no son
los de una hija sino
de aquel que ama;
completamente desolados
y a la vez innecesarios
donde me asombro
por lo que puede hacer,
sabiendo que ella,
florecida de vendas, pronto acabará.
Caerán las bombas
sobre su bosque
construido de familia.
Una época, un tiempo, se dejará atrás
nunca me he figurado nada
que no sea su muerte.
Mi compasión por ella solo está
atada a la sangre, lo cual es
demasiado poco.
Pero, si me acerco,
puedo ver en las vendas una sutura
que tiende puentes en su boca como un rezo.
A través de ella murmura la muerte
en su propio estado poético:
solo entonces,
escribiremos juntas.

 

 

Mi madre no está muerta pero
me despido de ella como si el día
hubiese terminado y ella fuera
una mariposa.
Semejante belleza,
el revés blanco del ala
late hoy en el carnoso torso
que intenta voltearse, manco,
ante las habilidosas enfermeras.
De ella se puede decir, igual que
la vida de un insecto,
que ha vivido. Se puede decir
que está ya muerta, capturada
en su ser perecedero
por un rayo de sol o mi mano
de coleccionista que la examina
desde todos los ángulos,
un hallazgo raro y precioso.
Se va de mí, hace volar
su corazón, el centro viejo de madre.

 

 

El cielo deja de su blanco
un resto de azul; el sol
se amontona con las nubes
con la claridad de un pensamiento,
sus formas abstractas y ridículas.
Los pájaros se desentienden
de las hojas.
Mi madre pide que abran la ventana.
Ella, que siempre promete
decir toda la verdad, hoy está sometida
a lo cruel del tiempo.
Lo permite entrar con el viento
y circular en torno a ella, empujándola
de la infancia a la vejez, los dientes
cayendo amarillos como pétalos
de una flor silvestre, mientras
un río de saliva incontrolable
se le acumula en la boca.
Un cuerpo sabe siempre
a dónde va, como lo sabe
el pájaro, la nube, el sol.
No necesita de horas ni minutos.
Yo mido el tiempo con la vida
de mi madre. Me bastarán
sus días para contar la historia
de la naturaleza entera.

 

 

Mi madre no está muerta pero
su herencia está en todo lo que toca.
Ella me toca la frente,
un gesto contra la fiebre
que resulta ser una bendición oculta
para la enfermedad que tendré,
la misma que ella tiene ahora,
no bastará el tacto para ahuyentar
la creciente del dolor.
Hago arder su mano con mi piel,
son estas las formas de acercar
el fuego al fuego.
Si me diera otra vida, cantaría
mil canciones de cuna
pero la vida que me dio es esta
y con ella, el futuro de mi carne:
guardo dentro de mí las marcas
que se abrirán como flores de invierno
creciendo tímidas y nuevas
sobre las alas de hojas carnosas
de la madurez. Creía que ser hija
era amar, pero solo compartimos
este viaje a medianoche,
el mismo dolor.
Mi madre en su quietud
es el tiempo que corre:
la luz aprende su límite
porque pronto en ella se apagará;
la repentina flor de invierno insiste
con su presencia, transformando
al campo entero en su altar.
Todo cuerpo es una premonición.

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Your email address will not be published.

*

Latest from POESÍA

Ir a ... Top