REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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NARRATIVAS

SARA B. DEL REY Cuenta atrás

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Madrid. 12/04/2019.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los dieciséis, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

CUENTA ATRÁS

10. Más de dos horas en silencio. A veces hago eso. Cuando alguien duerme a mi lado y yo permanezco despierta me concentro en sus sonidos. Salgo de mi cuerpo y entro en la otra respiración. La escucho, la siento. Ritmos y exhalaciones que no son míos pero que son indicio de vida. Es muy relajante saber que la vida se expresa así, de esa forma tan lenta y sosegada. La vida es esto. Respiraciones. Yo ya no creo en el amor, pero sí en las respiraciones. Te toco la boca con la punta de mis dedos, como decía Cortázar. Y solo el tacto me hace sentir viva.

9. ¿No te ha pasado nunca que te preguntas cómo acabaste ahí? ¿Cómo es que estás en ese lugar en el que realidad no tienes tanto que hacer ni que sentir, pero al que has llegado casi por aburrimiento? Mirando las estrellas me dices que el paracetamol se ha inventado para acallar las revoluciones. Bueno, no sé si esas son tus palabras o yo las mejoro, las maquillo, las reinvento para crear un recuerdo diferente. Y después de decirlo te quedas dormido.

8. La anestesia. Narcolepsia. Asepsia. El periodo del desierto. A veces, aún, la frustración se apodera de mis garras de monstruo herido y no soy capaz de hablarte. La piel cuarteada, los labios secos, el pelo estropajoso y enredado. La tierra y yo somos del mismo color. No hay poesía que pueda calmar la sed. Sopla el viento y eso es lo único que pasa, pero mi rostro no se mueve y mi voz no rebota sino que se pierde, se eleva, se va. Tampoco recuerdo cómo caminar. Me dejé fagocitar por el plástico de la soledad pensando que sería de carne y hueso. Yo creía que… Yo pensaba que… Yo sentía que… Mentira. Yo no sentía, ni creía, ni pensaba nada. Yo necesitaba caerme, estrellarme sin paracetamol. Hoy estoy aquí, recomponiendo las piezas que no encajan.

7. Sentados en lo alto del acantilado, allí donde estaba el castillo. Tumbados mirando al cielo y rozándonos con la punta de los dedos. En ese instante, una llamada de alguien que nos quiere mucho: “El mundo empieza en vosotros”, dice entre sonrisas. Yo te miro y te agradezco hacerme perder el miedo y el tiempo, convencerme para el riesgo ante las olas contra las rocas y hacerme saltar desde las alturas para hundirme hasta el fondo del mar. Gracias por existir, gracias a ti, soy. Contigo me atrevo, contigo. Y estaremos juntos para siempre, ¿no?

6. Te imagino pero no sé si existes. Imagino que te conocía, que teníamos una aventura fantástica y un viaje en motocicleta a lo largo de una isla soleada de un mar bravo pero amable. Escribo con palabras en soledad el brillo, casi travieso, de tus ojos al mirarme. Y canto canciones adolescentes al calor del verano, a pesar de las decepciones y la desconexión. No tiene nada que ver lo que soy fuera con lo que soy dentro.

5. Hoy he tenido mi primer orgasmo cuando flotaba boca abajo en el mar, o eso creo. Me gusta dejarme estar sobre la superficie y luego sumergirme. Notar el sol en la espalda y el silencio sordo de los oídos sumergidos que me dejan oír los latidos de mi corazón. Me gusta concentrarme en ellos, como si fueran los de otra persona. Me recuerdan que hay vida. Que la vida es eso. Latir, latidos, falta de aire.

4. Quiero decirte cosas pero no se me ocurre nada porque todos me están mirando. Ya estás aquí, por fin. Rojo, arrugado y feo. Eres muy raro, muy pequeño, mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Tengo muchas ganas de tocarte y de abrazarte. Pero no me dejan, solo me dejan mirarte asomada a la cuna y ver cómo abres un poco los ojos y te mueves despacio. Siento mi corazón muy acelerado. Hueles a algo que no sabía. Me da vergüenza que se den cuenta de que tengo ganas de llorar, así que trato de quedarme quieta. No puedo dejar de mirarte y escuchar cómo respiras. Quiero quedarme siempre así.

3. Las olas me dan vueltas y es tan divertido que no tengo miedo y eso que hace poco sí lo tuve, el día que no podía respirar, cuando me quedé sin aire y no veía la salida porque una colchoneta gigante estaba encima de mí. Igual no era tan gigante, igual es que yo soy muy pequeña. Pero no me da miedo morir. Lo único que me da miedo es que no estés cuando salga del agua para respirar. Mi mamá me llama desde la orilla. Es la hora de ir a comer.

2. Ese olor es muy bonito, es de color verde, viene de la ventana, pero me tendría que subir en la silla para ver al jardinero. Me gusta rodar por el césped en la cuesta del parque. Y cuando papá vuelve del trabajo y me pregunta cómo se dice algo en francés. Abrazo a mi muñeco de cabeza dura que es un mono, pero al mismo tiempo tiene un disfraz de arlequín y otro de payaso. “Es la hora de dormir, monkiki”, le digo quedito. Mi cuerpo desaparece al quedarme dormida. Me separo y, por fin, vuelo.

1. No recuerdo nada. Solo soy un puntito “amable”. Debería bastar para volver a empezar.

0. Cero.

DÉBORAH GUERRERO Mujer Pez

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/01/2019.


Nació en el 83 con el frío de Noviembre, según su madre, ‘disparada como la bala de un cañón’. Sus orígenes son confusos, fue probando involuntariamente ciudades del mediterráneo, aunque hace más de una década que Madrid le ha vuelto a parir. Actriz desde que descubrió que la gente aplaude en los espectáculos, se dedica a escribir cuando nadie la observa. Amante de la comida con mucho aceite de oliva, dialoga con los insectos que habitan entre las plantas. Se considera un alma perdida pero con el carácter suficiente como para apartar a patadas cualquier obstáculo que le impida llegar al punto blanco del final del túnel.

DÉBORAH GUERRERO POR DAVID SAGASTA

 

MUJER PEZ

 

Me levanto cada día a las cinco y media de la mañana para recibir la mercancía en el mercado. Mis manos huelen a pescado desde hace veintinueve años. Mis uñas blanquecinas se funden con el pellejo que me queda en los dedos, arrugados del frío y de la humedad.

A veces, cuando tengo un cliente delante, deseo que me pida un buen pescado entero, para poder hincar mi pulgar bajo la cabeza del animal, sentir cómo se hunde y tirar hacia su cola para sacarle las tripas. Esa es la parte que más me gusta. De mi vida. Si los peces estuvieran vivos, seguramente no lo haría. Quizás es porque soy una cobarde. No soportaría ver sus ojos, siempre abiertos y sin párpados, mirándome mientras agonizan. No me gustaría estar en su lugar.

En el fondo soy un poco pez, el aire que respiro me ahoga. A veces me lleno la bañera y me quedo bajo el agua hasta que me arrugo. Pero el olor a mar nunca se me quita. Supongo que esa es la razón por la que nadie se me acerca. Navego en mi soledad mientras embadurno mis manos en sangre yodada.

Mi madre me enseñó a limpiar boquerones cuando tenía nueve años. Éramos muchos en casa, así que cada vez que los compraba, me dejaba limpiarlos. Me pasaba casi una hora vaciando órganos: ahí encontré el alivio a mi ansia, que nunca supe de dónde venía, y a día de hoy no ha cambiado. Quizás mi madre al echarme de su cuerpo sintió tal alivio, que se siente culpable y por eso me enseñó a limpiar boquerones.

Hoy me he comido medio kilo. Llevaba un año siendo vegetariana. Pero echo de menos a esa mujer que me salvó la vida.

ROSETTA KEDZIERSKI A little rollercoaster ride

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Gdansk/Extremadura. 07/01/2019.


ROSE EMBADURNADA.

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en ParísPocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

                                                         

1 e4 e5 2 Ac4 Ac5 3 Dh5 Cc6 4 Dxf7

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Es un día 1. De un mes 11. De este año. De 2018. Sí. Son ‘aprox’ las 18.37. ‘Aprox’. Sí. ‘Aprox’. ‘aprox’. Lo escribo y lo reescribo con saña y como me da la gana. Enfundada en mi propia cabeza gigante de papel maché. ¿Por qué lo hago? Por el placer de abonar el terreno del odio. Por venganza con mi ex, la doctora en filología. Si lees esto, jódete.

Es día 1. De un mes 11. Las 18.37 o las 18.47. No lo recuerdo. No importa. Y recibo una llamada. Y prometo que, justo antes de descolgar el teléfono rojo que tengo en la cocina ―regalo imaginario de mi abuela Czeslawa―, pienso en la ‘dulce’ cotidianidad que se omite, tantas veces, de tantas maneras distintas, al escribir. Sí, se omite. No, no tiene nada que ver con la cotidianidad del **** Carver o con la cotidianidad del **** Dennis Cooper o con otras cotidianidades en las que pensáis, para armar por ejemplo, por adelantado, un argumento en contra de quien está, casi casi por defecto, escribiendo esto.

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Defecto: X me pide que escriba un relato, un cuento, un texto, una cosa extraña para esta revista. Que van mal para el siguiente número. Que siempre me lo pide. Que venga. Que por favor. Que la ilusión. Que los efectos secundarios del último mes de los doce. Que no sea así. Que sea así. Que no deje de ser así. NUNCA. Eso NUNCA. Que Sanel Kurbegovic, que el abrevadero en construcción, que el triptófano, que el escitalopram, que Kjell Askildsen, que María Sánchez, que las falsas promesas con tatuajes, que un tal Rubén, que mi abuela.

No mentes a mi abuela.
Tu abuela escribía poemas, cuentos de terror, salmos, testamentos, mientras zurcía bragas o se purgaba los sabañones con su propio pis.
Ya lo sé, ¿y?
Se lo debes.
Vete a la mierda.

Mi acepción favorita del verbo purgar: corregir las pasiones.

Das puto asco.
Ya lo sé.
Eres gilipollas.
Lo sé. Es verdad. No tenía que haber utilizado a tu abuela.
No, puto nazi.
Olvídate de todo.

Que ya se calla. Pero NO. Él nunca se calla, ni siquiera cuando abusa del silencio. Que ya sé yo lo que él quiere decir. Mi respuesta es NO. Generalmente, valga la fealdad del adverbio, suelo decir NO a TODA propuesta venga de donde venga y de quien venga, salvo que esa propuesta tenga que ver con hacer nada, con dar una paseo entre los helechos (ahora húmedos), con salvar la vida a un animal no bípedo o con quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica.

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Por suerte para el tálamo de X, con la misma ‘asiduidad’, suelo entregarme a la brusca e inútil tarea de cubrir algunos de mis muchos defectos con la debilidad que imploran ciertos afectos. Porque no hay nada que dé más grima y levante más ampollas que un afecto y, al mismo tiempo, no hay nada más enigmático (dicen). AQUÍ UN REDOBLE DE TAMBORES FALLIDO (usen la imaginación). Mi amor y mi odio por X es directamente proporcional a las ganas que tengo de ponerme a escribir algo ‘por encargo’ pero, llegadas a este punto, el peso está repartido, muy repartido. Y he de quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica así que, cuatro copas de vino después, digo SÍ. Digo VALE.

Puedes volverte loca, cuanto más loca mejor (dice el muy cabrón, sabiendo que él y yo nos conocimos hace muuuucho tiempo, en condiciones penosas, casi indigentes, en la sala de espera de un psiquiatra que no hizo bien su trabajo). No es coña.

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Yo sé que X me invita a hacer estas cosas por puro egoísmo pero que también lo hace para que intente salir del hoyo, de mi hoyo agorafóbico, de mi hoyo aislado y extremeño, para que me convenza de ciertas capacidades que otras y otros dicen que poseo. Me descojono. Se preocupa por mí. X se preocupa por mí y por todo. Se ocupa para no evitar, en lo posible, ocuparse de sí mismo (cosa que le da bastante trabajo, por cierto). Aprende de una **** vez, muchacho. Mira quién habla.

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¿Publicáis a modernos con tatuajes?
Todo dios nos dice que no, Rose.
Eso no es verdad. Qué mentiroso eres. Os leo. Sé a quién publicáis. Mucha gente guay os dice que sí.
¿Para qué preguntas entonces?
Porque no me apetece una mierda que me publiquéis junto a esas jóvenes promesas de la literatura que enseñan sus ‘tattoos’ ―estudiada pose mediante― en cuanto te descuidas.
¿Algún motivo en particular?
Aversión y repugnancia casi violenta, querido. Son ‘punks’ de pega que habitan en barrios bien donde la gentrificación que critican es la norma. Abrazan la corrección formal de la socialdemocracia. Consumen sus medios y se mezclan en sus redes. En el fondo, aman la fama, el dinero y la pompa. Se alejan de los suburbios y de la gente que los habita porque son incapaces de comprender su realidad, pues asumen que es vulgar y minoritaria. En la mayor parte de los casos, el valor literario de estos burgueses tatuados es discutible (por no decir otra cosa). Todo dios lo sabe, pero los mismos medios y editoriales que los encumbran aman su pose. Quedan bien en las fotos, tío. No se pierden ningún sarao (importante para la empresa), saben mezclarse, saben desempeñar el rol de hombres y mujeres liberados sanos, que no necesitan permiso, dinero ni estabilidad para ser madres o padres, para llevar un matrimonio en secreto, ejercer la sobreexposición o el llanto controlado.
Te conozco. Sé a quién lees. También a los tatuados.
Claro.
¿Entonces?
Entonces ni llueve ni truena, pero llueve y truena.

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2001. Yo y él fumamos hierba del parque subidos a una teta gigante. Nadie conoce aún a Mike Mills. Nadie conoce aún a Virginie la fake. Nadie, en las fiestas o en las casas, habla sobre feminismo, sobre equidad, sobre violencia, sobre género (esa tara). Las niñas tienen vagina, los niños tienen pilila. FIN. Nadie escribe #metoo en ningún muro. La red más popular era esa malla que servía para separar la verdura y la chicha de los garbanzos al hervir el cocido o, aun mejor, la que servía para cazar la escasa vida de las mariposas. No existe Instagram. No existe Tinder. La policía mata a Carlo Giuliani en la contracumbre del G8. En España, el gasto económico en antidepresivos no tricíclicos alcanza la vertiginosa cifra de 448 millones de euros. Estonia, con un tema llamado Everybody, logra imponerse en la XLVI edición del festival de Eurovisión. Tres meses antes, día arriba o abajo, Jorge Mario Bergoglio es nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II al que, por supuesto, no quiere todo el mundo. Antes de meterse en la cama, Francisco tararea, lleno de gozo, una melodía improvisada. Se parece extrañamente al Everybody estonio. Es una noche para la celebración en la iglesia de San Roberto Belarmino. Un hilo musical imaginario omnipotente, del todo sorrentiniano, se cuela entre los muros y atraviesa el cristal de las ventanas:

Come on, everybody, and let it out
And live the moment, here and now
Come on, everybody, ‘cause here’s a chance
To feel so light, to laugh and dance

A little rollercoaster ride – He’s going for a ride now
Right into the starry night – Around and around and around we go
And leave the windows open wide – Why nobody can’t stay?
And let the music pour inside – Aha

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¿Recuerdas si aquella mierda nos subía?
No, no lo recuerdo.
Recuerdo que fue la primavera en la que descubrí que era alérgica a las gramíneas. Recuerdo a tu madre poniéndome bolsas de manzanilla en los ojos mientras cantaba aquella canción de Edith Piaf en la cocina de tu casa.
Era ‘La foule’.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure …

(Silencio).
No sé si todo era un poco más fácil entonces.
Habla por tu familia.
(Silencio).
Perdón.

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El absceso que provoca la enfermedad mental, con el tiempo, deja una marca asombrada en los ojos. Esa misma marca obliga al cuerpo a sobreponerse, cada día, cada instante, al desmayo, al derrumbamiento o a la amenaza del colapso. Y el cuerpo, en esta época extraña que superpobláis con toda clase de infecciones, es la gallina y no el huevo, aunque un poco mejor nos iría si fuera al revés. No obstante, la mayoría no tenéis ni idea de qué va todo esto. Vuestra arrogancia es el problema. Esta última frase también es el problema. Y la de un poco más arriba también, claro que sí. Y no hay tantos problemas como soluciones, no. Que haya gente que todavía se crea esa porquería new age es una de las grandes catástrofes de la cotidianidad sobre la que patinamos. Cotidianidad que, desde que recuerdo, no es otra cosa que un gigantesco ‘sálvese quien pueda’ de la hostia pariendo mamarrachos. Tal vez por eso estoy escribiendo esto, porque en realidad se parece mucho a no hacer nada.

Para que quede claro: yo tampoco tengo ni idea de muchísimas cosas, pero escucho millones de voces al mismo tiempo. Y eso, para quien no sepa de qué va, tiene un mérito exasperante. Cuando logro atrapar, al azar, una sola de esas voces con mis palillos chinos, me pongo a escribir o me pongo a llorar. No hay término medio. Lo que viene después es lo más parecido a la calma. No puedo acercarme más a ella de ninguna otra manera, salvo con ciertas drogas. X me cuenta que ha dejado las suyas, su montón de mierdecitas recubiertas con película EFG. Lo celebro. No lo celebro. Por lo demás, todo va bien. No se lo cree ni él.

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Si volviéramos a aquellos años, si viviéramos en la misma ciudad o en el mismo pueblo sería insufrible. Cuando viene a visitarme, X incide en la evocación de esa nostalgia enfermiza, tentadora y algo hortera. Yo solo sé que nos queda la escritura, el sílex, los animales, la lluvia, el estruendo, la música, los termostatos, el refugio del volumen, esa especie de brand new start cantada en un cuarto piso de la Nußdorfer Straße por el mismísimo Paul Weller y que solo puede acompañar el fuego de entonces, lejos de parecerse al sol. Porque cuando sale el sol entiendo mejor eso que llaman mala suerte. Él y yo nos hicimos ÍNTIMOS gracias, en parte, a esta ‘condición’: el amor por el diluvio, la oscuridad, el recogimiento y el frío. Aunque, ya que hemos entrado en materia, he de decir a modo de ‘confesión’ que, tras aquel año que pasó en Dinamarca temí, por un momento, que se pasara al otro lado. Allí arriba fue la primera vez que le vi tomando el sol en un parque, como si de repente toda la vejez a la que inexorablemente se encamina la materialidad que nos rodea, le hubiera acorralado. Cuando por fin le vi salir por la puerta de la terminal 2 del aeropuerto (menos mal) percibí en sus ojos algo que trascendía el absceso. Días más tarde, en mitad de un desayuno extremeño y aislado, me dijo: Creo que me ha crecido un quiste de roca en algún sitio. Creo que he dejado de ser quien creía que era. En ese momento, no le odié tanto como hoy.

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Escribir es pretender la ilusión de la independencia total. Escribir es un acto odioso de superioridad. Escribir es puro nacionalismo (me urge pensar, no sé el motivo). Esta cosa, aquí y ahora, es otro decorado vintage con mueble bar. En la parte posterior de la silla del director, más allá de las marcas, no hay escrito ningún nombre, solo la palabra juEGO. Escribir es la religión de los malditos. ¿Qué nación más enorme y orgullosa existe si no, que la del acto irrefrenable de perforar el mundo, desde el ombligo de una misma? Y a los hombres no es que les pese más esa cicatriz tras la rotura, es que les pesa más, mucho más, no ser más el centro de nada. Error. Quien afirme que en esa cicatriz, que en esa rotura que cada cual arrastra no existen banderas, jefes, cachorros, abuso y, por lo tanto, agresión … M I E N T E.

Pienso en el superpoder androcéntrico de Italia, Almería, Hungría, Polonia, Holanda, Dinamarca, Estados Unidos, Israel, Austria en el año 2019 y venideros y solo veo el mismo viejo afán ilusorio de protección y soberanía, una obsesión desmedida por los controles de plagas, persecución de lo que desea expandirse, desdén y paranoia neofascista, plumillas, corporaciones de plumillas, locutores e hipocresía socialdemócrata, tibia como un vaso de leche cortada, al servicio del desastre.

Alguien, después de X, al otro lado del mismo teléfono rojo, me cuenta: Menos mal que existe un límite. Un límite para la vida, también para la de los que defienden la vida o, mejor dicho, la propia antes que otras, como si valiera más. Yo guardo silencio, pero logro escuchar en mi interior a una voz que responde: Polonia se ha convertido en un país con más de treinta y seis millones de católicos y tu amado mediterráneo, cada vez menos cristalino, seguramente sea el mar con mayor ecosistema cadavérico del mundo.

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Mi hoyo extremeño: mi casa. Una casa aislada entre un bosque de pinos y frutales. X dice que se quedaría a vivir aquí. Él seguro que podría. Su psique está hecha para lugares como este, pero por algún motivo que aún no termino de comprender se sigue aferrando a su particular proceso: aferrarse a lo que queda de la vida real. Nadie ha aguantado aquí más de dos semanas seguidas.

Yo no quiero que salgas de tu hoyo extremeño.
Ya lo sé.
Solo quiero que una parte sepa y no se pierda quién eres.

Ay, los jaques. Ay, los afectos. La comunión invisible de los afectos: la sangre, el cuerpo, el ritual, las colecciones de agravios y de promesas, la hostia, la pedanía más cercana a la muerte. Los afectos son la alfombra roja, verdaderamente roja, sobre la que se despliegan todas y cada una de las contradicciones que nos definen como humanos.

Si la libertad está en jaque y no puede moverse, el riesgo de perder la partida es más que elevado.

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Si digo Treblinka, si digo Auschwitz, si digo Sobibor, Chelmnoy, Belzec. Si digo tres millones de polacos, si digo tres millones de estrellas, ¿os evoca algo? El amor de la doctora en filología primero fue un amor de tres, luego de cuatro y, al tercer año, dobló la marca. El mío, mi amor, tal y como decía la abuela, vale por lo menos tres millones. Nunca sabré qué quiso decir con aquello, por mucho que me empeñe en otorgarle un dignificante significado a cada cosa que ella era. Pero para que le quede claro a la doctora: mi amor es, fue y siempre será de dos. Para alguien que escucha millones de voces al mismo tiempo, este afirmación nada tiene que ver con militar en esa cochina tradición binaria que lo ha engullido todo, sino con la cruel precisión de lo insostenible. No puedo y no debo permitirme más ruido. A día de hoy, después de todo, asumo la tiranía del amor romántico como un vicio ceremonioso y animal, culturalmente aceptado, basado en el autosabotaje. No digo nada nuevo, pero ya ha existido demasiada tiranía en mi historia, como para desear multiplicarla con más gente que dice amarte cuando, en realidad, cada vez que abren la boca para pronunciar esas dos palabras, solo buscan su dosis injusta de redención (entre otras tantas consideraciones políticas). Odiando a casi la totalidad de especies bípedas existentes y sin cerebro, hete aquí mi vergüenza y confesión en la era del polyamory.

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La familia está ahí para decirte la verdad. Para recorrer la semántica de la sangre una debe enfrentarse a los armarios y, sobre todo, a las pellizas del padre, del hijo y del espíritu de la casa. Los hashtags han servido como raquítica excusa para deciros que todo tiene un final pero que, a veces, ese final no es otra cosa que una transformación compleja, incluso determinada en la inercia de sobrepasarnos.

Yo no quiero escribir. Yo solo quiero convertir la previsibilidad en muchos segmentos paralelos y secantes.
¿En una almohadilla infinita?
Para pulsar y terminar ‘la llamada’ o ‘las llamadas’ todas las vOces cuando me plazca, sí.

Hasta donde sé, soy tataranieta y nieta de judíos e hija de una atea y un católico. La muerte, el desastre, la manipulación están grabadas en las marcas de mi código vital genético y cultural, desde su recreación hasta su fina(fata)lidad. La madre, también inexistente, fue mi única ligazón con lo objetivo y, por lo tanto, con una media verdad. La servidumbre, la iniciativa que han ejercido y ejercen los capos religiosos para con la muerte forman parte de esa mitad. El resto, como todo, es una incógnita, como acudir a un templo para encontrar el silencio, como el hermano desconocido que vive en Concord y que no sé si conoceré algún día, como el asterisco que pulsas por error cuando necesitas saber el saldo que le queda a tu tarjeta prepago.

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No sé quién soy salvo cuando hablo de esto con dos o tres personas. Nada ni nadie sabe contarme en qué consiste recuperarse de semejante desbarajuste identitario. Únicamente me siento a salvo con aquellos que han conocido la profundidad de los cortes que intentan desafiar alguna modalidad de resistencia: algunas directoras de cine, escultoras, vagabundas, pintoras, algunos poetas, algunas presas, algunas madres, algunas tardes, todas las noches, todos los animales. Me he acercado hasta aquí con todos ellos. Lo sé y digo lo que he visto. Este hashtag multicefálico, este relato, esta cosa es un episodio único de afirmación al devenir conflictivo, entregado de todos ellos y, en particular, a la locura de un ‘amienemigo’ que en realidad no se llama X, pero que siempre me trae semillas, música y otro dolor cuando se lo pido.

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Yo estaba escribiendo una nota muy sentida y muy larga que terminaba así: ‘A la reverberación de mi cabeza gigante de papel maché me entregó y, como Michael Fassbender en Frank, concluyo cantando: I love you all. Pero no me alegro de veros. Nunca me alegro de veros. La alegría no sucede mucho por aquí, ¿sabéis? No, no lo sabéis. Es agotador morir así. Adiós’.

Y el teléfono rojo, regalo imaginario de mi abuela Czeslawa, sonó entonces.

Eh tú …
¿Qué haces llamando a estas horas un jueves?
Son las siete menos veinticinco.
Las 18.37 para ser exactas. ¿Ya no trabajas o qué?
Hoy no. Estoy malo y tenía que decirte algo.
Pues rápido, que tengo que irme.
¿No vas a preguntarme qué me pasa?
No.
¿Dónde vas?
Da igual. ¿Qué querías decirme?

Jaque, Rosetta …

RUBÉN BLEDA El mito fuera de Ítaca

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Madrid/Murcia. 19/12/2018


Rubén Bleda

Rubén Bleda, hasta los veinticinco años escribió y soñó, creyendo que eran el mismo verbo, en un siglo XIX esteta y francés. Cuando despertó, el existencialismo aún estaba allí. Fue concebido por los días aproximados en que moría Cortázar, y eso tenía que significar algo. Actualmente escribe en WhatsApp su mejor prosa. Tiene una novela en el cajón (literal), titulada La vida donde la dejaste, una cosa barroca y psicoanalítica con un final que no se entiende. Y mucho fondo de armario de cuentos empezando a apolillarse. Y poco más.

 

 

Penélope no está loca

 

 

El mito es una realidad en gerundio: siempre está ocurriendo.
El mito, al contrario que el cometa, incorpora sustancia cuando atraviesa
las atmósferas de cada siglo y cada nuevo espectador
que lo busca, que lo piensa, que lo contempla.

                                                                                  Enrique Vila-Matas

 

Llegué a pensar que Penélope estaba loca. Penélope vivía enclaustrada en sus aposentos, adonde iba a despertarla todas las mañanas Heleia, su criada. Aparatosas vueltas de llave descorrían los cerrojos de su puerta, y luego el desabrido violín de los goznes, y una alfombra de luz que rodaba por el suelo y trepaba rauda la pared. Heleia avanzaba unos pasos. A la izquierda, junto a la cama, resollaba la llama de un agotado candil sus últimos bríos, y en el silencio anonadado por este aleteo de lumbre tenía incrustados Penélope unos ojos de estatua, abiertos y duros, y el cuerpo descubierto aunque hiciese frío, estirado desmayadamente sobre las sábanas, rígido como el bronce y blanquísimo. Buenos días, señora, y sólo después de unos segundos reparaba Penélope en su criada, y sólo después de otros segundos, más largos, tensaba el arco mediolunar de una sonrisa; turbia, difícil sonrisa que de nada era signo o respuesta.

Todas las mañanas lo mismo. Pedía a Heleia que abriera los postigos de las ventanas. Entraban lienzos de mar y cielo, empujando ese olor inmenso que desprende todo lo azul. Heleia le llevaba el desayuno a la terraza, a la que se accedía por unas escaleras de caracol. Penélope se lavaba la cara en la brisa cargada de sol, repentinamente jovial, con algo de pubertad que despierta en vacaciones. Preguntaba entonces, escudriñando el mar, si durante la noche había llegado algún emisario, algún barco, algún… cadáver; y añadía esto último como estremeciéndose. No. Nada. Por el momento nada, señora. Todas las mañanas lo mismo. Con un suspiro se le llenaba la cara de madurez caída, de edad tardosa, estirada y arrastrada por añejas paciencias, y se le trasparentaba el monótono desamor de aquel matrimonio sin término, sin rumbo, sin razón, como bogando en las alturas ilimitadas del mar, como debía estar el propio Odiseo, muerto sin cuándo, sin dónde, sin duda. Penélope terminaba su café. Inmediatamente se ponía a tejer el sudario, a tejerlo febrilmente.

El sudario que siempre estaba igual. Penélope tejía toda la mañana. Tejía con un ardor, con una vehemencia que no tenía nada que ver con el sudario mismo. En el curso de sus quehaceres cotidianos Heleia entraba y salía de sus aposentos, cambiaba las sábanas, perfumaba los armarios; Penélope tejía. El ronquido majestuoso del mar, la frescura salada de la luz; Penélope tejía. Si una nave destacaba su casco en la bruma azul de lontananza, Penélope encargaba perentoriamente que se indagara acerca de sus ocupantes y del motivo de su viaje. Nunca le devolvían noticias de Odiseo. Penélope seguía tejiendo. Pero había en su tejer algo que se sobrepasaba a sí mismo. Era un tejer que no servía exactamente para tejer, sino que, sin dejar de ser por un momento la actividad inequívoca de tejer, era al mismo tiempo otra cosa, algo que, desentendiéndose del sudario, significaba mucho más que tejerlo; algo que yo no dejaba de adivinar en la precisión crucial de su boca, en la agonía consciente de su cuello, en el nudoso esfuerzo de sus brazos. Penélope tejía como si nadara hacia una orilla. En el acto de tejer, Penélope se estaba salvando. Ahora lo comprendo. Pero llegué a pensar que estaba loca.

Penélope regañaba a la criada por insistir en que el almuerzo estaba servido. Penélope, rubia y tenebrosa, aún estaba con tiempo para otros amores, pero con el tiempo caedizo y sin alas de la madurez. Heleia se lo decía, señora, tendría que volver a casarse, ha pasado mucho tiempo, señora, Odiseo no regresará. La belleza no dura para siempre a los mortales. Todas las mañanas lo mismo. Pero cada mueble de la habitación, cada debajo de cada mueble de la habitación, cada tejido y cada predecible cartografía de sombra en el entarimado, hasta los huesos de Penélope, se habían impregnado en demasía de lo azul, de lo indistinto y sin respuesta del mar.

Penélope tejía, no hacía otra cosa que tejer. Penélope comía frugales viandas con desgana y deshora, y cuando a media tarde acudía Heleia a servirle el té, la encontraba suspensa en una mueca espantosamente lívida, con toda la cara entrecruzada de crueles arrugas, cicatrices de algo encarnizado, brutal, que se había debatido en su conciencia. Estaba todavía frente al bastidor, con el sudario casi terminado, pero tenía las manos crispadas e inútiles como arbustos. Llegué a pensar que estaba loca. A menudo un llanto seco, romo, que le salía de los nervios y la retemblaba toda. La criada quería ayudarla pero sólo le arrojaba miedo y preguntas. El aroma del té amansaba lentamente a Penélope.

Lo siguiente era una lúgubre frivolidad. Penélope ordenaba cerrar las ventanas, que le molestaba la insistencia del azul. La habitación se teñía de contraluces rojos. Entonces se pasaba las horas frente a su tocador. Penélope se disfrazaba de la princesa Penélope, de la joven Penélope, de la esposa Penélope que había triunfado en las noches de Palacio, iluminadas de champagne y porvenir. Se enmascaraba minuciosamente de maquillaje, pero ahí estaban, inconfundibles, los pespuntes de la edad y la impotencia. Viejos vestidos le envolvían el cuerpo de pasado y anécdotas, y Penélope le contaba a Heleia sus anécdotas, siempre las mismas anécdotas con la misma locuacidad aristocrática con posos de un desencanto frío y freático, y aquellas anécdotas eran ya el mobiliario de las tardes, el polvo y los espejos marchitos de una felicidad rancia de tanta memoria y tanto baúl.

Penélope solicitaba pesquisas sobre el destino de su esposo. Nadie conocía la enigmática suerte que había corrido en sus viajes. Ahora comprendo que Penélope no deseaba ya el retorno de Odiseo, aunque durante mucho tiempo interpretara lo contrario, que mantenía con celo la esperanza de verlo regresar, y al percibir su desorbitada expectación cuando aparecía un barco, cuando se anunciaba la visita de viejos camaradas de Odiseo, portadores tal vez de nuevas, llegué a pensar que estaba loca. A veces, cuando entraba en su habitación y encontraba a Penélope de espaldas, vuelta hacia el mar, Heleia la escuchaba preguntarse qué habría sido de Odiseo, a qué confín habrían ido a perderse el aliento y los huesos del remoto Odiseo. Nadie confiaba en que su esposo siguiera con vida, y que anduviera todavía perdido en el piélago incesante, en el vinoso mar, en las islas habitadas de magas y diosas, eso nadie lo creía.

Jóvenes pescadores habían divisado al alba, cuando salían a faenar, un cadáver flotando cerca de la playa. Se había atollado entre varios riscos, donde ahora la corriente, como una gata, lo jugueteaba a su antojo. Los pescadores tuvieron que ahuyentar a las aves que revoloteaban a su alrededor y le devoraban el rostro. De poco sirvió. El cuerpo ya no tenía cara, pero podía pensarse que se tratada de Odiseo por la rizada melena castaña, y por los gastados jirones de un ropaje distinguido que quedaban entre sus miembros, todavía vigorosos. Lo sacaron del agua y sin más dilación lo condujeron a la morgue, en respuesta al imperioso mandato de Penélope que todos conocían. Al ser ella informada, fue presa de indescriptible agitación, de un precipitado frenesí que tenía toda la apariencia de esas euforias apenas contenidas, casi desbordantes, de cuando está a punto de conocerse una alegría eximia. Al principio pensé que no había entendido bien la noticia, esto es, que era un hombre muerto el que había llegado a la playa. Luego fui testigo de su impotencia, nada sentimental, cuando se enfrentó a aquel volcánico puré de carne sanguinolenta y aguada, imposible como rostro, plana trituración sin ojos, sin nariz, sin labios, con aquella sonrisa desencajada y tirante que sólo inspiró a Penélope la idea de examinar la forma de los dientes. Poco después se supo, sin espacio de duda, que los restos no pertenecían a Odiseo. Penélope se consumió en un llanto de rabia y desesperación. Yo empecé a pensar que no estaba loca.

Penélope había puesto plazo a su fiel espera. Tejía el sudario todas las mañanas. Decía: cuando lo termine, daré por muerto a Odiseo. Quedaré libre de mis deberes maritales y volveré a casarme. Pero el sudario siempre estaba igual. Yo pensaba: Penélope, pobre ingenua, debe estar loca, aún ama a Odiseo, aún le parece posible que retorne el remoto Odiseo, de ahí lo de ponerse plazos, excusas, condiciones, lo de tejer el sudario es porque imagina que Odiseo está a punto de volver, que si espera un poco más… Pero no. Penélope entendía, como todos, que Odiseo estaba muerto, que su muerte era la única explicación posible de su ausencia, pues ningún otro motivo le habría impedido regresar a Ítaca después de tantos años. La ausencia de Odiseo servía como prueba lógica de su muerte. Era esta ausencia lo que atribuía a Odiseo el estado secular de muerto, y operaba como su muerte a todos los efectos, físicos y metafísicos. A Penélope la soledad le duraba ya demasiado. Se lo decía a su criada, a la hora del aseo, pálidamente desnuda en la bañera: no quiero estar sola. Todavía puedo amar, todavía alguien puede… amarme. Heleia la alentaba: señora, hace tantos años que desapareció su marido… Debió ahogarse en un naufragio, ¡valiente, desdichado Odiseo! Tendría que volver a casarse, señora, ha pasado mucho tiempo. Y Penélope: no quiero envejecer sola. No quiero morir sin amor. No quiero esperar más. Heleia, en silencio, le ayudó a ponerse el albornoz. Yo me quedé pensativo.

Penélope tejía el sudario todas las mañanas, pero no podía terminar de tejerlo. El sudario nunca se convertiría en un sudario terminado, del mismo modo que la ausencia de Odiseo nunca se convertiría en su muerte. Ahora lo comprendo. No estaba loca Penélope. La ausencia de Odiseo no hacía sino impedir que estuviese muerto, en el sentido en que garantizaba la posibilidad de que estuviera vivo. De aquello no podía extraerse una ceremonia funeraria, un túmulo, una lápida, una viudedad, un luto. Para eso hacía falta un cadáver, o al menos un testigo, una pista que permitiera averiguar, inquirir, confirmar, y esto era lo que esperaba Penélope. No el regreso de su marido, sino una prueba de su muerte. Para ser libre. Ahora lo comprendo. Pero la ausencia de Odiseo, por más que se prolongara, jamás podría validar la hipótesis de que estaba muerto. Y lo que atormentaba más a Penélope: tampoco podría acabar con la posibilidad de que estuviese vivo. Y esta posibilidad, que no dejaba de existir ni por un momento, que no se desplazaba ni un centímetro, intransigente como una esfinge; esta férrea, inasible, remota, implacable posibilidad, condenaba a Penélope a aquel amor vegetativo, a aquella espera fiel, sin remisión, in perpetuum.

A Odiseo, la posibilidad de estar vivo le bastaba para prolongar indefinidamente sus derechos maritales sobre Penélope. Esta posibilidad se cernía sobre ella con la vigilancia de un Argos insobornable. Ningún marido habría igualado la obsesión con que la perseguía, a toda hora, aquella celosa posibilidad. Penélope tejía el sudario para salvarse. Ni todo el arsenal de inteligencia que defendiera su convencimiento de la muerte de Odiseo, podía conquistar aquel último reducto, inmutable, inexorable, torturador, de la posibilidad de que estuviese vivo. Penélope, que no estaba loca, sabía que la única manera de sobrepujar una posibilidad, consistía en crear otra posibilidad que le sirviera de antídoto. El sudario. Tejer el sudario. Cuando terminara de tejer el sudario, sería libre. Ella había proclamado: cuando lo termine, daré por muerto a Odiseo. Quedaré libre de mis deberes maritales y volveré a casarme. De pronto, había nacido la posibilidad de terminar el sudario y que ello la forzara a cumplir su promesa, a quedar libre. Tendría entonces que desistir de Odiseo. Si terminaba el sudario… si lo terminaba de tejer… El sudario le procuraba la posibilidad de volver a casarse. Tejiendo el sudario, Penélope avivaba esta posibilidad, cabalgaba en esta posibilidad, se embriagaba de esta posibilidad. La volvía cada vez más posible, y con ello, neutralizaba los efectos de la otra posibilidad, la de que Odiseo estuviera vivo. No la posibilidad como tal, sino sus efectos. Y había un instante loco, formidable, cuando la posibilidad de terminar el sudario llegaba a la inminencia de lo real, en que la posibilidad de que Odiseo estuviera vivo se reducía consecuentemente hasta rozar lo nulo, hasta casi lo imposible, y entonces Odiseo se convertía casi en un primer marido muerto años atrás, y aquello rompía en visiones, escenas de una vida posible, Penélope celebrando exequias oficiales en honor a Odiseo, Penélope emergiendo de su largo encierro, Penélope vistiéndose para un banquete, Penélope guardando a los ojos del nuevo amante los retratos de Odiseo. La salvación diaria de Penélope, tejer el sudario toda la mañana.

Pero más que una salvación, era un estar salvándose que nunca se convertía del todo en salvación. Porque el sudario siempre estaba igual. Llegué a pensar que Penélope estaba loca, pero ahora lo comprendo. Cuando a mitad de la noche Heleia se desveló con la tormenta, y se le ocurrió acudir a los aposentos de Penélope por si algo necesitara, suponiendo que estaría despierta, y la cerradura añadió sus pesadas notas de presidio a la opresiva batahola de la tempestad, y en los aposentos de Penélope, la llama del candil mecía y duplicaba en medio de un arco de luz naranja la hacedumbre incierta y frenética de una sombra, juego de manos, la espalda de Penélope, el bastidor, los hilos; tardé mucho en comprenderlo pero ahora sé que no estaba loca. Era destejiendo el sudario como Penélope dormía, con aquella mirada de estatua, dura y total. Heleia lanzaba alarmadas voces, señora, puede oírme, señora, le ocurre algo, señora; Penélope destejía. La metralla millonaria de la lluvia, la furibunda marabunta de las olas; Penélope destejía. Y seguía destejiendo cada noche hasta dejar el sudario apenas empezado, y entonces quedaba toda en calma, suave como una duna, con los brazos como dos flecos, el cuello como una bocha de cortina, la siempre lúcida Penélope, que por fin estiraba su cuerpo desmayadamente sobre las sábanas, más pálida que la aurora.

 

 

LUCÍA MARÍN El trazo natural de la herencia

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Granada/La Vera. 31/12/2018


Lucía Marín
Lucía Marín nació en Granada en 1985 pero se crio en Madrid. Ha escrito los libros de relatos No somos flores (Editorial Nazarí 2017) y La piel caduca (RIL 2018) y sus textos han sido publicados en diversas revistas como Eñe, Oculta Lit, Mujeres preokupando o Liberoamérica. También ha participado en encuentros de narración oral y piezas de teatro.

 

MÁS EJERCICIOS DE ESTILO

Que no

Precisiones objetivas

Día 4.

Mujer de treinta y un años se ha duchado durante seis minutos, se ha secado la melena de cincuenta centímetros con un secador de plástico negro y hierve agua en una cocina. Vierte diez centilitros de café en una taza y añade agua hervida hasta que el contenido total queda a un dedo del borde de cerámica blanca. Suenan tres llaves chocando entre sí. La puerta de entrada que se abre y se cierra. Un hombre llega a la estancia. Uno y otra juntan sus labios y ejercen un leve empuje –dos momentos iguales en magnitud pero de sentido opuesto, por lo que su suma es cero– que finaliza en un chasquido producto de la diferencia de presiones entre la atmósfera ambiente y la intrabucal. Hablan de la niña de tres años y dos meses que el hombre ha llevado a la guardería y ha dejado en brazos de la maestra de un metro y cincuenta y ocho centímetros de altura. La niña ha llorado tres minutos y cuarenta y seis segundos. La maestra ha escrito un mensaje al teléfono móvil del hombre informando que el llanto había cesado y la niña se había sumado al círculo irregular que componían los otros cuatro niños y tres niñas en torno a la alfombra de poliamida.

La mujer expresa al hombre su inminente intención de trabajar en una ilustración por encargo para un artículo sobre cómo combatir las migrañas, que será publicado en una revista digital. El hombre sugiere un remedio para dichas afecciones. La mujer eleva la comisura izquierda de su boca, se gira ciento setenta y cinco grados y comienza a recorrer el pasillo con la taza entre las manos. El hombre camina detrás de ella. Dos metros después, coloca su antebrazo derecho a la altura de los muslos de la mujer y el izquierdo, por detrás de su nuca, sostiene el peso que se ha desplazado al elevar el primero. Se derraman del recipiente siete centilitros a cuarenta grados centígrados. El hombre toma la taza de las manos de ella. Seguidamente transfiere el peso del cuerpo que sostiene a un futón gris marengo sito en uno de los cuartos. Desabrocha un botón del pantalón de la mujer y retira de una vez la tela vaquera y las bragas talla M hasta la articulación tibioperoneo astragalina. Lame en cuclillas durante veinticuatro segundos. La mujer continúa tendida en decúbito supino con los ojos abiertos –o cerrados– intermitentemente y en silencio. El hombre se incorpora, coloca la mano izquierda cerca de la pelvis de ella, haciendo girar su cuerpo desde el centro de gravedad en sentido de las agujas del reloj –de un reloj en posición vertical– hasta colocarla en decúbito prono.

 

 

Fluir de una conciencia

La encimera está llena de cacharros, pero le toca fregar a él. Así que dejo el cacito en equilibrio sobre una pila de cuencos y me preparo, ahora en serio. Que entre la ducha y el segundo café se me va la mañana. A veces tengo que repasar el vaso de Gabi, ese que tiene unas orejas de elefante por asas, o un tupper de plástico, porque Jérôme los deja con una capita de grasa que casi quedan más sucios que antes de fregarlos. En realidad no tengo que hacerlo, pero a veces lo hago porque esas gotitas aceitosas me alteran, y me entra la pena. Le oigo llegar. Se lo he comentado alguna vez pero no tiene intención de cambiarlo, dice. Inspiro, retengo el aire. Dice que él ahorra agua y jabón. Entra. Igual es que soy una quisquillosa. 

Claro que me apetece verle, pero sé que luego me enredo o puede pasar algo. Que yo le diga algo, y él me responda algo, o nada. Y me quede jodida, enganchada a esos algos o nadas y no trabaje. Tengo que entregarlo mañana. Nos besamos, le pregunto por Gabi y me cuenta que ha llorado un poco. Pobrecilla, aún me recuerdo llorando de frustración cuando mi madre me dejó en la guardería y yo no entendía por qué, joder, si le estaba diciendo que no quería. 

A veces pienso que soy yo sola. Que me pongo nerviosa, o le pongo nervioso porque digo algo raro que para él no tiene sentido, discutimos y así tengo una excusa para no trabajar. No es por el idioma. Esas confusiones también las teníamos antes y eran graciosas. Yo me equivocaba y la frase cobraba un significado nuevo o absurdo. Pero para él lo que no tiene sentido son algunas cosas que digo cuando mi cabeza se acelera y él solo escucha la frase final de unos cuantos capítulos mentales de disgresión. Por ejemplo, anoche cuando me besó en la cama y noté los pelos de su bigote, que ya le cubren el labio superior por completo, recordé que Gabi tenía que llevar unas tijeras especiales a la crèche porque es zurda y mi suegra se las iba a comprar esta semana, me lo comentó el domingo cuando vino a comer. Así que me besó y yo dije: Tenemos que devolverle a tu madre los tuppers que nos trajo. A veces –bastantes– él se molesta cuando pasa esto. Ayer mismo. Porque yo estaba en otra parte. Y entonces él se va aún más lejos.

En cualquier caso, hoy quiero trabajar. Se lo digo: Voy a hacer la ilustración para el artículo de las migrañas. ¿Lo he dicho demasiado tajante? A veces, si digo algo de manera muy firme, él opina que me estoy defendiendo de otro algo que él no ha hecho. Que lo digo como una advertencia, una amenaza, una calumnia. Otras veces, sin embargo, le excita mi firmeza. Ahora, de nuevo, he omitido todo esto que he pensado. Mi prolífico bagaje mental. Intento borrarlo de dentro para que no abulte. El primer año que tuve la regla no era consciente del volumen de sangre que era capaz de emanar por hora. Ni de la capacidad de un salvaslip. Una mañana, en clase de religión para más inri, noté que no solo había manchado mi pantalón sino que estaba tiñendo la silla verde como una hoja pocha de otoño. Me entró el pánico. Lo del pantalón lo podría cubrir con un jersey a la cintura al levantarme, todas sabíamos eso, pero lo de la silla era bochornoso. Me chupé un dedo y empecé a frotar el asiento con la mayor discreción que pude reunir. Una y otra vez. Y al levantar la vista, con las mejillas ardiendo, encontré la mueca de sorna de don Esteban que, aunque no interrumpió su discurso sobre el sacramento de la confirmación, me pareció que disfrutaba con mi catástrofe púber. 

Con Jérôme, no sé, la mayor parte de las veces creo que no quiere oírlo, ese exceso de equipaje mío. O ya lo sabe. Que no le cuente mis historias, dice, y me limite a informarle de la conclusión, de qué es lo que quiero. Le interesa el resultado y no el proceso. Pero el proceso transpira y empapa mis frases como la hemorragia en un salvaslip desbordado, como un bebé cagado en la menuda y tibia piscina municipal. Luego él se queja porque no había sido informado de toda esa sangre, de toda esa mierda que yo tengo ahí dentro. Deduzco que no soy capaz de hacer un resumen de mi trama interior a tiempo real. Solo mucho después o de lo contrario disparo tripas y coágulos incoherentes, disociados. Mi pensamiento se asemeja más a una mata de zarzas que a una cala blanca. Y aún no he aprendido a desbrozarme.

Para las migrañas, ya sabes, me ha dicho. Sexo, deduzco. Me crispo. No sé si responder con otra ironía. A veces me patinan sobre una placa de rencor helado y me acabo rompiendo algo. Han pasado tres días. Decido sonreír un poco. Camino por el pasillo. Tres días, sí. Pero creo que no le fue del todo satisfactorio. Acabó tan pronto. A mí no me importa y se lo repito cada vez. Yo disfruto. Es curioso el hueco que tiene disfrutar en este idioma, entre aprovechar y regalarse, o directamente tener un orgasmo. Pero él se quedó como defraudado de nosotros. El problema suele ser nosotros. Más concretamente yo. 

Me está siguiendo. O quizá solo va al baño y soy yo otra vez que me emparanoio. Me está cogiendo en brazos. Esto es romántico, ¿no? Esto es cariño, es la ternura que yo le he pedido. Pero ahora. Me he quemado con el café. Tres días y esta vez no había llegado el mal humor. Me tumba. Bueno, me deja caer. El despacho lo tenemos menos corrompido. No lo asocio tanto. ¿Está proponiendo un juego? Quizá sea divertido. Me baja los vaqueros y las bragas de un tirón. Al año de haber parido me lo dijo por fin. Que sí, que se enfadaba –y lo pagaba– conmigo porque era como si yo tuviera una droga ahí, delante de él –mi cuerpo–, y no se la quisiera dar. Teníamos sexo cada semana, lo juro por mi hija. Pero no bastaba. El monopolio es un abuso de poder. Mi dolor de aquellos meses perturbó los ritmos y las posturas. Así que se le ocurrió que abriéramos la relación porque así no volcaría su insatisfacción hacia mí. Lloró la niña y me la puse a la teta, apretándola muy fuerte. Vi mis nudillos blancos y me culpé. Todo estaba muy bien argumentado. Pero yo. Me empieza a chupar. Dije que no. Si mañana llueve tendré que meterle unas deportivas de recambio en la mochilita. No me muevo. Para que no esté toda la mañana con las botas de agua. Y siguieron los enfados. Que me guste, por favor, que me guste. Claro que llevaba la cuenta. Tengo mala orientación pero buena memoria. Repaso la vida a menudo. Ha llevado a la niña, me ha cogido en brazos, me está lamiendo, en el despacho. Podría ser divertido. Es una entrañable y espontánea muestra de pasión, un arrebato. ¿No? La migraña siempre la imaginé como una garrapata de ultratumba enganchada a un lado del cráneo. Me tendría que gustar. Tres días y sin enfados. La llevo aún, la cuenta, porque me sirve cuando su humor me desorienta. El techo tiene una grieta en forma de y. 

Me ha girado. Oigo cómo se desabrocha. Lubrica, cuerpo mío, lubrica. Aprieto los puños cerca de mi cuello. ¿Estamos jugando? 

Me trago un grito. Me unta de su saliva. Me da asco. Calla. Quizá sea divertido. Me empuja. Las tijeras las quería verdes, Gabi, como las mías. Me empuja fuerte. Di que no, boca mía, di que mejor ahora no. Sabes lo que está pasando. Que tengo que trabajar. Si acaso luego. Calla. ¿Cómo se puede sentir asco por un marido? No quieres esto, cuerpo de cera fría. Me atraviesa. Tengo miedo de que siga, de que pare. Los tuppers, las botas, las tijeras, el salvaslip. La cuenta. Una garrapata a punto de reventar. Duele. Gimo sin aflojar las muelas. Me empuja. Quieta, quieta. Retengo el aire como en un susto perenne. Di que no, voz. ¿Se habrá corrido? Tres días desde el domingo. Coge impulso y me empuja más fuerte. Di que no, vamos, dilo. Calla. ¡Dilo!

Ha parado. Él solo. Tengo pánico. Se asoma por un lado como si yo fuera una niña perdida en un parque de atracciones. ¿Qué pasa? Y luego: ¿Estás bien? 

Tiemblo y solo está él para recogerme.

Sigo boca abajo, un tramo desnuda, los puños agarrados a nada. Y desbordada, llorando, consigo decir: No he podido parar, no he podido parar, no he podido parar…

Me acoge en su pecho y yo. Él solo tenía buenas intenciones para. Yo no le he dicho que. Ahora ya no se atreverá a. A partir de entonces todo.

 

 

Tercera ley de Newton

Expone que por cada fuerza que actúa sobre un cuerpo, este realiza una fuerza de igual intensidad pero de sentido contrario sobre el cuerpo que la produjo. 

Esa noche una mujer tiene migraña. Se tumba a oscuras sobre una cama que reacciona y frena una caída infinita. Sospecha que si ese dolor animal hablara, sería un alarido: un alarido encarnado cuya onda expansiva causaría estragos –o grietas– en las paredes blancas de los vecinos.

BEGOÑA UGALDE Como esas escenas del mundo flotante: nos acompaña, prospera y desaparece.

Edición: Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Pisa. 12/08/18


Begoña Ugalde

Begoña Ugalde Pascual (Santiago, 1984). Es Licenciada en Literatura Hispánica en la Universidad de Chile y Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado los poemarios El cielo de los animales (Calle Passy), Thriller (PLUP),  La virgen de las Antenas (Cuneta), Lunares (Pez Espiral), Poemas sobre mi normalidad (Ril ediciones) y el relato Clases de Lenguaje (TEGE). Además es autora de numerosas obras teatrales.

 

EL AMOR NECESITA TIEMPO PARA FLORECER      

 

En principio no los ayudé por mi tendinitis. Y porque tenía la intuición de que la cosa no iba a durar mucho. Imagínate que en esa época mi hija se cambiaba cada seis meses de casa. Con prestarle la camioneta ya era más que suficiente ¡Si ni siquiera tenía licencia de conducir! Su pareja tampoco, por supuesto. Se la habían quitado por manejar borracho. Pero eso yo lo supe después. Cuando ella me contó todo. Porque siempre hace lo mismo: pasa meses sin apenas contestarme el teléfono, toma decisiones absurdas y después recurre a mí, cuando ya tiene el agua hasta el cuello.

Pero una nunca se acostumbra a esa manera de hacer las cosas. Cuando recibí su llamada pensé que era una broma ¡Se había mudado hace tan poco! Incluso arreglaron una pieza para los niños. Yo le advertí que uno no se convierte en una familia de la noche a la mañana. Ella se quedó callada.  Después cambió el tema. Habló de las últimas gracias de mi nieto, del tiempo, de sus ganas de viajar.

La casa que encontraron estaba casi en ruinas. Pero eso tampoco les importó. Pintaron juntos cada habitación de un color damasco, horroroso. Lo compraron porque estaba en oferta. Pero yo siempre digo que lo barato sale caro ¡La casa parecía una guardería infantil! Era obvio que a mi hija tampoco le gustaba, pero lo dejó pasar. Aunque le he dicho mil veces que esas pequeñas señales son las más importantes. Es una de las pocas cosas que tengo claras en la vida. También sé que no hay que decidir las cosas en caliente. Porque a quién queremos engañar. Ella nunca estuvo realmente enamorada de él. Tal vez estaba encantada, ilusionada, o, perdonado la expresión, enculada. Pero todo eso no es suficiente para tomar una decisión así.

¿Cuánta profundidad debe tener un sentimiento para que sea real? ¿Es esta una pregunta muy cursi? Tengo la respuesta a través de otra metáfora cursi. El amor necesita tiempo para florecer. Como las semillas. No germinan de la noche a la mañana.

Él nunca le regaló flores. Decía que era ecologista. Que la industria agrícola era perversa en todos los sentidos. Incluso estaba haciendo una investigación sobre ese tema. Hablaba mucho de las flores pero no en un sentido lindo, sino que lleno de reparos, de oscuridad y amargura. El día que inauguraron la casa, puso después de almuerzo un documental sobre las trabajadoras agrícolas que se enferman por los pesticidas. Aparecían los hijos de las temporeras con malformaciones. ¿Hay algo menos digestivo que ver niños sin brazos ni piernas después de almuerzo? Me pareció una enorme desubicación. Entonces traté de concentrarme en las imágenes del campo. Esos cultivos eran un verdadero ejército de colores. Entonces pensé que a pesar de todo ese horror las flores eran lindas. Y que veces las cosas lindas vienen de mundos monstruosos. Pero eso no hace que dejen de ser lindas.

Sí, soy romántica. Me gusta leer poesía ¿Hay algo más romántico que eso? Pero ser romántica no es lo mismo que ser estúpida. Y con esto no digo que mi hija lo sea. Sólo que a veces siento que tiene la cabeza llena de pajaritos. Pajaritos que le cuentan cuentos. O tal vez es ella misma la que se los cuenta. Porque para que andamos cosas, ella siempre ha sido buena para inventar historias. Y no tengo problema si son sobre sí misma, o sobre personajes imaginarios. El problema es cuando nos involucra a todos, sus supuestos seres queridos.

Cuando me dijo que quería juntarse a tomar un café, que tenía que hablar conmigo, pensé que iba desahogarse, hablar de su ex. Y bueno, empezó por ahí. Habló  de que ella necesitaba un hombre que a través de detalles cotidianos la hiciera sentir como una reina. No pedía grandes lujos, sólo de vez en cuando un ramo de claveles, una cajita de chocolates o al menos desayuno a la cama.

Pero luego empezó a tartamudear diciendo que en realidad  las flores y los niños son incompatibles, porque su mejor amiga le había regalado rosas blancas por el día de la mujer y apenas las puso en su escritorio el niño botó de un pelotazo el florero sobre sus apuntes e incluso mojó su computador. Ahí entendí lo confundida que estaba porque su historia era inconexa. Lo único que me dejó en claro, es que no quería más de esas relaciones con hombres que lo cuestionan todo. Prefería para el futuro un tipo “adaptado”. Usó esa palabra con énfasis, como tratando de convencerse a sí misma.  Y yo le encontré toda la razón. Le dije que era hora ya de que la invitaran a comer. Ella asintió, hasta nos reímos.

Pero de repente se puso seria y empezó a decirme, de la nada, que en terapia le vinieron imágenes de su papá tocándola. Me habló de que siempre se había sentido desprotegida y que la culpable era yo porque nunca le hice conocer sus límites. Ahí reconozco que perdí la paciencia. Es que toda la vida me ha acusado de sus problemas. Imagínate que era muy chica y una vez me citaron del jardín infantil, porque ella había dicho que yo la maltrataba ¡Y yo jamás le pegué! A lo más los típicos zamarreos para que se terminara el plato. Es que era tan mañosa. Solo le gustaba la comida chatarra, y a veces ni siquiera eso.

Ahora, volviendo al tema de sus historias, yo puedo decir mil cosas de mi ex marido, pero pongo las manos al fuego de que no es un degenerado. Al contrario te diría, es un hombre muy poco sexual. Yo siempre fui la apasionada de la relación, la que andaba con ganas. Eso nos jugó un poco en contra, claro que sí, pero que quede claro que no fue la razón por la que terminamos. Nada que ver.

Nos jugaron muchas cosas en contra. El tema de la plata siempre fue problema. Acuérdate de la recesión terrible que hubo después de la Unidad Popular. Todos estamos de acuerdo en que el país estaba patas para arriba. Él tuvo que buscar trabajo afuera. Llegaba los fines de semana, super cansado, sin ganas de nada. Yo me quedaba con los niños y también andaba siempre cansada. Igual me daba el tiempo de ver sus tareas escolares, y todas las noches los acostaba, les leía un cuento, rezábamos. No eran de esos niños que se quedaban viendo televisión hasta las tantas. A mí siempre me importó que tuvieran horarios. Creo que he sido una buena madre. Por más que ella me acuse de haber hecho mal las cosas.

De lo único que me arrepiento es de haberle leído todos esos cuentos de princesas. Demasiados velos, demasiados encantamientos. Por eso la ayudé cuando me llamó llorando después de pelearse con el ecologista. Que quede claro que le presté de nuevo la camioneta para la mudanza. Incluso la ayudé a llevar un par de cajas. A pesar de mi tendinitis.

 

SARA B. DEL REY Septiembre en el intertiempo

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

SARA B. DEL REY

 

 

SEPTIEMBRE EN EL INTERTIEMPO

Un día me di cuenta de que mi vida es una figura de círculos concéntricos. Fue una noche, en la terraza trasera de mi apartamento en México, hace un par de años. Desde ahí se veían las paredes desconchadas del patio interior y un lateral del edificio contiguo, con ventanas enormes. A través de ellas se podía espiar la vida interior de sus habitantes. Cada tarde veía la misma imagen cuando salía a respirar en silencio, pero aquella vez fue diferente. Había luz de verano, hacía calor de Luna. El azar hizo que ese lugar cotidiano trasladara mi memoria a otro tiempo, a otro momento concreto de mi vida: Londres, diez años antes. Mi compañera de piso llora en su habitación asiática. Yo observo la noche, que amanece pronto, a través de una ventana gigante desde la que me pueden ver los que están afuera. Quisiera abrazarla, abrazarme. Pero estamos aún en el extrañamiento.

De forma instantánea, mi recuerdo del pasado cambió. Mi propia historia se transformó. Recordé el futuro desde el pasado. Ahora estaba en Londres sabiendo que estaría en México y, al mirar por la ventana, me saludé y cambié de nivel. Dos puntos concretos aparentemente desconectados eran parte del mismo presente. La sensación era la de haber recorrido una circunferencia entera hasta llegar “casi” al mismo punto. Pero estaba en otra órbita, más arriba o más abajo, no sabría decirlo. Fue así como descubrí el intertiempo.

Los electrones al pasar de un nivel a otro ganan o pierden energía, me dijo alguien una vez. La incertidumbre es no saber qué ocurre exactamente en el momento del cambio. No he encontrado todavía el patrón, así que juego con los espejos para hallar otro punto de vista que me permita habitarme en ese espacio-tiempo.

 

Primera ley del espejo: Todo lo que odias del otro está dentro de ti.

En algún momento quise explicarte que la vida era algo más que imaginarnos juntos, pero no me salían las palabras. Hilos de voz de pesadillas en las que el aire denso ahoga. Algo así. Luego me miré al espejo y se me olvidó.

Espero.

Y no pasa nada cuando lo hago.

Las horas, claro.

Y se escurre la miseria al borde de la mesa derramándose en el suelo cada vez más sucio.

Las baldosas blancas están hechas para guardar manchas de recuerdos. Las grietas en la pared, sin embargo, existen para mostrar que todo se puede derrumbar en cualquier momento. Me concentro tanto en la grieta que cada vez que la miro se hace más grande. A veces, dudo de su veracidad.

 

Segunda ley del espejo: Todo lo que quieres olvidar se convierte en deseo.

Los aeropuertos son espejos líquidos de las conciencias. No hay tiempo ni espacio. Todo está diluido entre el pasado y el futuro, el olvido y la expectativa. Hay un cartel en rojo que anuncia la posibilidad de cambio. Es un tiempo de suspensión, de intervalo, que se alarga y se expande, donde no hay acción y tampoco es fácil concentrarse. Igual que ahora.

Una mujer de sesenta años con vestido de flores y cabellos largos mira nerviosa el reloj, las pantallas y los aviones. La gota de sudor se resbala arrastrando maquillajes antiguos.

Un joven sentado con la cabeza entre las piernas revisa el móvil repetidamente, con la tristeza zozobrando por sus manos.

Un hombre serio se mantiene recto, con la mirada fija, envidiando un infinito imaginado.

Mi abuelo, sin embargo, sonríe como un niño asombrado preguntándose cómo es posible que tales máquinas se eleven en el aire.

Los aeropuertos son el tiempo de lo vulnerable.

Yo, mañana, cuando despierte, ya estaré a salvo, me digo.

 

Tercera ley del espejo: A oscuras se puede atravesar.

Cuando pasé al otro lado comprobé que no hay reyes ni reinas de corazones. Me siento tan inmóvil desde ahí, con el cuello rígido, las manos cerradas, los ojos bolas de cristal, que me entretengo en el intertiempo. Por ejemplo:

Un día, esperando a cruzar una calle, me encuentro contigo y nos reconocemos, como dos viejos amigos. Madrid, hace cinco años. En el brillo de la esquina del ojo repasamos lo que nos conecta y sonreímos porque sabemos que nos habíamos conocido en el futuro. A tan solo tres centímetros de distancia me preguntas si me acuerdo de aquella vez que bailaremos sin música, como si fuera una peli cursi de los ochenta. Y yo me río. Claro que me acuerdo. Cómo no acordarme de aquella noche en la que jugaremos en los charcos oscuros hasta que la alegría se hizo día en silencio. La Luna es un espejo en el que tú y yo nos reflejamos una vez y no quisimos ver los harapos descompuestos, te digo. ¿Te acuerdas de que nos despediremos un día de frío en medio de cristales rotos y una maleta cayendo al vacío? Claro que me acuerdo, y de los besos. El bombeo de mi sangre en la punta de los dedos. ¿Por qué no ahora?, le repito, me repito.

Te acercas, tanto, tanto, que la posibilidad existe. Pero es peligroso cambiar el pasado desde el otro lado del espejo. No deberíamos siquiera estar hablando, va contra las normas del espacio-tiempo. Mejor seguimos cada uno nuestro camino, sin despedirnos, y hacemos como si esto solo lo hubiéramos soñado. Me iré a mi casa, haré mis maletas y mañana estaré temprano en el aeropuerto. Y no te conoceré hasta dentro de muchos años.

¿Por qué no ahora?, me preguntas, de forma retenida. Corazón tostado, tambor de sexos y tactos de verano… Porque aún no nos conocemos. ¿Te acuerdas?

Al fondo hay un edificio con grandes ventanas transparentes a través de las cuales se puede espiar la vida de sus habitantes. Alguien me saluda desde el tercero.

 

Sexta ley del espejo: Todo lo que amas en el otro está dentro de ti.

Tal vez es eso. Que el amor se quedó dentro y no salió hacia afuera. El amor, si es que existe, es como un helado de chocolate que parece apetecible pero luego empacha o se derrite, porque está demasiado usado como frase de auto ayuda. Prefiero describirlo como tu sonrisa perdida en los huecos que abren los cangrejos en la arena.

No sabemos nada hasta que nos miramos a los ojos. No tenemos ni idea de lo que sentimos hasta que me tocas. Y entonces ya nada importa porque me resbalo por las esquinas de las rocas y llego hasta el mar para convertirme en plancton y ser el alimento de las ballenas. Tú y yo en el estómago de una ballena, como dos fetos bailando en otra época. Eso es, te conocí en el estómago de la ballena antes incluso de conocerte.

Creo que estoy viendo las cosas del revés. No quiero quedarme paralizada por el miedo, pensando en ballenas y la arena en los ojos.

Tengo que escuchar.

Hay gente gritando bajo los escombros.

El espejo no existe, se hizo añicos cuando se movió la vida. Los órganos cambian de lugar al ver mi reflejo en sus pedazos. El corazón ya no está a la izquierda ni a la derecha, el ojo está en la oreja y el ombligo en la boca.

Me he cortado los dedos al tratar de recomponerlo.

 

Morir es salir del espejo

Imagina que un día tiembla la tierra bajo tus pies y todo cambia. Y caen casas y paredes y suelos. Y quieres salir pero también entrar. Nada es seguro porque no hay suelo. Solo silencio de miedo. Todo cimiento desaparece y en la mente solo ves imágenes del pasado y del futuro que se entremezclan creando asociaciones, cambiando la historia.

Imagina que un día hay un terremoto en septiembre que arranca árboles y todo lo que conocías se traslada a otro nivel, como un electrón, como millones de electrones. Entonces, te miras al espejo y te des-conoces. No te encuentras bajo las ojeras y las miradas viejas. Eres otra, pero eres la misma, y la grieta en la pared es un agujero de tu existencia.

Me acerco despacio al agujero y miro. Estaba ahí desde el principio. Otro círculo.

He atravesado tantas veces las puertas de mi pecho que las esfinges me saludan, atentamente.

La salida está marcada desde el origen de los tiempos.

Creo que, pronto, volveré a cambiar de nivel.

Madrid, 2018.

DRY SHAVINGS De luces, sombras y Belmondo

Edición:
Txetxu González / Sara Del Rey
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


FOTOGRAFÍA de DRY SHAVINGS que inspiró su relato.

De instantes. De parpadeos y recovecos en una cámara réflex nació Dry Shavings. Cada fotografía cuenta una historia, pero no todas son interesantes. La necesidad, aquí, era de encontrar aquellos chispazos, aquellos relatos cortos o más que cortos que se encierran detrás de cada instante capturado. Desde ángulos inocentes se generan historias culpables. Dos años y muchos relatos después, Dry Shavings ha ido extrayendo esas historias como virutas de vida en las manos de un ebanista, y como virutas que son, es imposible encontrar dos iguales.

 

DE LUCES, SOMBRAS Y BELMONDO

SANEL KURBEGOVIĆ Los tiempos están cambiando

Sanel Kurbegović (Sarajevo, 1973). 

De haber vivido en los años veinte se hubiera ido a Moscú a engañarse con la esperanza de un mundo nuevo donde los patronos vivirían de las limosnas de los obreros. De haber sido cubano se hubiera refugiado en Sierra Maestra con los barbudos que después de conquistar La Habana empezaron a olvidar todas sus promesas de libertad, fraternidad e igualdad. De haber sido un yanqui de los sesenta, entre viajes de ácido y jornadas de intensa euforia en las playas de California, hubiera compuesto canciones comprometidas que treinta años después una marca de coches utilizaría para publicitar sus máquinas. Por supuesto, de haber sido judío polaco, habría llevado orgulloso la estrella amarilla que lo condenara a muerte y uno se lo hubiera imaginado en alguno de aquellos trenes del horror que iban a Auschwitz, tarareando canciones infantiles solo para animar a los demás, escondiéndose el dolor propio en algún bolsillo del alma, allí donde nadie pudiera descubrirlo. De haber sido Armstrong, Aldrin o Collins, se hubiera quedado a vivir en la Luna. De haber sido de cualquier otra parte, hubiera soñado con ser andaluz. Sanel Kurbegović tiene estudios superiores, un repertorio de chistes inacabables y el récord mundial de ingestión de capuccinos en una mañana. De haber sido siciliano de principio de siglo, Robert de Niro hubiera interpretado su personaje. De haber sido futbolista hubiera estado lesionado todas las temporadas. Si le hubiera tocado tomar partido en la Guerra Civil Española … bueno, ya pueden imaginarse cómo hubiera acabado.

(Juan Bonilla, biógrafo accidental. Roma, primavera de 2001).

 

SANEL KURGEGOVIĆ

Cada mañana era una coreografía que empezaba con bostezos, estiramientos sonoros y la inevitable travesía hacia el baño. Más sonidos, agua, café, alguna que otra pastilla y el definitivo portazo de salida. Si había suerte de no encontrarse a vecinos jubilados sacando al perro, evitaba el primer saludo de la mañana que le suponía el esfuerzo sobrehumano de tener que desconectar el piloto automático camino al trabajo. No era hasta llegar allí cuando realmente sentía que había despertado; la media hora en Metro más los quince minutos de caminata podían incluirse en el apartado “modo avión”. Ser funcionario nivel 24, con varios trienios y algún quinquenio, no le exigía estar totalmente despierto aun habiendo llegado a su puesto, en un rincón sin luz natural y semiescondido entre enormes pantallas de ordenador. A las diez y media en punto, el resorte del desayuno le hacía visible entre el laberinto de mesas y archivadores en busca de la salida de la oficina. El eterno ritual incluía pasar su tarjeta de empleado público por una cajetilla, algo descolgada de la pared, que controlaba su tiempo de trabajo/descanso y el saludo con la cabeza
al guardia de seguridad al salir por la puerta principal. Elegía un bar cerca para aprovechar el máximo tiempo posible la tostada de tomate y aceite, descafeinado de sobre con leche desnatada y, si había suerte, ponerse al tanto con el diario deportivo que estuviese libre en ese momento. Todos los días eran iguales, salvo que la climatología le forzara a llevar un paraguas o unas gafas de sol hasta que una simple frase del camarero le despertó de su eterno letargo: La semana que viene cerramos. Como funcionario nivel 24, tenía el don de saberse el calendario laboral del año, festivos nacionales, festivos locales, y no le cuadró aquella afirmación. Su mente no asimiló un posible cambio de rutina y le originó un torbellino de posibles razones para que su bar cerrara la siguiente semana. Al ser habitual del local, en los últimos años ni tan siquiera tenía que pedir su desayuno, el camarero lo sabía, luego … el mundo lo sabía. Así, preguntar las razones del cierre no fue su primera opción. No estaba acostumbrado a hablar con el camarero, cuyo nombre había olvidado o quizás jamás se había preocupado por saber.

-¿cóomo, que cerráis? ¿vacaciones o algo?- dijo tartamudeando.
-Ná de eso.- señalando un cartel en la puerta que anunciaba el cese de
negocio.- Van a tirá el edificio y Paco el dueño ha vendío el locá pa
jubilarse y irse al pueblo. Yo me voy con mi cuñao a trabajá el taxi, lo
justo pá cotizá lo que me falte pá jubilarme también. Los tengo a tós
casaos y para mí y mi mujer no necesitamos má ná….

Tras escuchar tanto en tan poco, no supo qué decir al camarero. Negó con la cabeza en señal de duelo, pagó y salió cabizbajo. Ya en la calle, con paso lento y meditabundo, se paró, dio media vuelta y observó por primera vez el edificio que albergaba su bar. Ladrillo rojo, pequeños balcones de forja, una plancha de piedra incrustada con la frase “Asegurada de Incendios” y una fecha torneada en hierro en el portón de entrada: eso era todo y pronto sería nada. Tardó algo más en volver a la oficina ese día. De repente, se sentía indefenso ante un mundo que no podía controlar desde una hoja excel o la certeza de cobrar el mismo día de cada mes durante años o dar por hecho que el 25 de diciembre no trabajaría. Ahora, cada esquina, cada semáforo, cada rayo de sol le parecía algo nuevo, había descubierto que el mundo giraba sin pedirle permiso. Su mente luchaba para dar forma a las preguntas que necesitaba responderse, comprender cómo era posible que desayunara en el mismo bar durante años y no se hubiera percatado de aquel precioso edificio decimonónico o ni tan siquiera supiera el nombre de aquel camarero sesentón. Aún aturdido, en el mismo instante que iba a sentarse en el puesto de trabajo escuchó con toda nitidez en su cabeza aquel refrán que el abuelo repetía tanto … La rutina convierte al hombre en burro con orejeras. Cerró por un instante los ojos y siguió trabajando.

José había asumido a lo largo de su existencia que sus horarios vitales diferían mucho de los del resto de la humanidad. Recordaba con ternura su niñez, el ritmo diario de levantarse a las siete de la mañana, ir a la escuela, almorzar a la una y, llegadas las diez, besos a sus padres y a la cama. Fue en la adolescencia cuando, al entrar de aprendiz de relojero con su abuelo, sus ritmos circadianos cambiaron. Poco a poco, fue postergando la hora de irse a la cama en pos de colocar algún engranaje rebelde; ser el cuarto de seis hermanos no le garantizaba estudios más allá de la secundaria y el oficio de su abuelo le permitiría ganarse la vida honradamente. Así, quedó unido a ese misterioso gremio de seres capaces de crear la ilusión mecánica del tiempo y cuyos horarios no los marcan sus relojes, sino los propios relojeros.
En una época donde el centro de las ciudades quedó apenas con residentes, José mantuvo su apartamento-taller asumiendo la orfandad vecinal como mal menor. Las ventajas para él eran la tranquilidad nocturna de calles vacías y un horario comercial de diez a cinco de la tarde. Su edificio era el reflejo del abandono de la generación que había huido a las afueras en busca de casas pareadas, calles recién alquitranadas y domingos consumistas en centros comerciales en medio de la nada. En dos semanas, el relojero tendría que empaquetar más de cuarenta años de existencia y marchar sin rumbo, sabiendo que su universo se convertiría en un solar con aspiraciones de apartamentos de lujo. Ya no podría trabajar hasta altas horas de la madrugada en el silencio de un edificio vacío ni tener sus tertulias con otros insomnes o cenar cuando el resto del mundo desayunaba… Aquel edificio era algo más que ladrillos o un número en un plan urbanístico: era su vida. Hacía años que no tenía televisor ni radio, escuchaba viejos discos de la Deustsche Grammophon heredados de su abuelo, sus trabajos les llegaban por mensajería desde Suiza y apenas trataba con clientes en persona: era lo que tenía ser uno de los mejores relojeros artesanos en un mundo digital.
La cuenta atrás había comenzado. De los 20.160 minutos que le restaban para seguir siendo José, gastó la mitad en montar su último reloj, un modelo de bolsillo en oro blanco con esfera celeste cielo y números romanos. 2880 tardó en despedirse de sus compañeros noctámbulos y los 7200 del final los dedicó a intentar dormir de noche y trajinar con un pico y una pala en el sótano del edificio durante el día.
Llamaron a la puerta las dos preceptivas veces, con sus dos preceptivos minutos antes de poner a trabajar al cerrajero, que cumplió con su preceptivo trabajo. Como no podía ser de otra manera según el protocolo de lanzamiento, el agente judicial entró protocolariamente con dos policías, con la notificación en la mano y alzando una voz desagradable a la vez que indicaba, con la protocolaria retahíla de referencias legislativas, su invasión territorial. Al fondo del pasillo sonaba E lucevan le stelle de Puccini. Siguieron la música, como podencos a la caza del zorro, hasta llegar al salón-taller. Sentado en un sillón orientado hacia el ventanal que daba al sol de la mañana, José sostenía en la mano su último encargo con una nota: Entréguese este reloj a su propietario, cuya dirección está al dorso, con la siguientes indicaciones de uso: Doce giros de cuerda al día (preferiblemente) por la mañana y a la misma hora. Y al señor Juez, que tenga a bien bajar al sótano del edificio.

La reforma urbanística de finales del XIX transformó algunas viejas ciudades europeas en modernas urbes de trazado rectilíneo. Se sacrificaron calles y edificios centenarios para crear amplias avenidas y bulevares en honor a los nuevos dioses del diseño. La racionalización ganó la batalla a la superposición arquitectónica de tiempos anteriores y como muestra de adhesión inequívoca al progreso, cualquier edificio que rompiera con ello era derribado sin miramientos. Comenzó, entonces, un éxodo de familias numerosas en busca de un lugar donde volver a continuar con sus vidas decimonónicas de empleos extenuantes, miseria, tuberculosis y muertes prematuras. Nuestra calle se salvó de la expiación gracias a vaivenes políticos que postergaron el progreso en favor del statu quo del pasado, ventajas de un país que caminaba dos pasos adelante y uno atrás, a pata coja y solo cuando no había más remedio que hacerlo… Fuera por la vergüenza que pasaba la burguesía cuando viajaba al extranjero, por los agravios comparativos de sus pobres con los pobres de aquellos países o que la involución social no es rentable a largo plazo, los nuevos “nuevos tiempos” comenzaron, esta vez, mirando hacia las afueras. Tras ocho décadas, tres cambios de nombre y uno de saneamiento público, nuestra calle acabó desdentada de edificios a la espera de la siguiente especulación urbanística. Con cada derribo, varios bolsillos se llenaban: El descendiente del burgués que no arrastraba la vergüenza de poseer infraviviendas de renta antigua, el funcionario público corrupto que aceleraba el procedimiento o el promotor sin escrúpulos que invitaba a los vecinos ancianos a salir sin hacer mucho ruido o padecer accidentes fortuitos.
El último diente por extraer tenía en los bajos el bar de Paco, historia viva de aquella calle. Ahora, antes de echar el cierre definitivo, se había convertido en cafés bebidos en dos tragos a primera hora de la mañana, desayunos con prisas a funcionarios sin prisas a media mañana, aliviadoras cañas y vinos al finalizar jornadas laborales y algún licor de 40o a incondicionales parroquianos del barrio antes de cerrar. En la parte trasera de un cartón y con faltas de ortografía, pegado en el cristal de la entrada, avisó Paco una semana antes o asta acabar ecistensias que cerraba. Empastada la raíz de la pieza, aún quedaban dos caries de renta antigua imposibles de sanear en la corona del diente: El pintor del primero y el relojero del ático.
El pintor había tenido la fortuna de haber nacido en una familia donde nadie trabajaba para vivir. Con apellidos compuestos y descendiente de una aristocracia quijotesca, vivía de ser el consorte de una rica burguesa que pagaba sus caprichos artísticos a cambio de un título nobiliario, siempre y cuando no se pronunciara la palabra divorcio y cada uno llevara su vida con discreción.El promotor inmobiliario sabía que el problema con el pintor no lo podía arreglar con billetes de 500 € porque quien desconoce el valor del trabajo como sustento, desconoce el valor del dinero. Así, pensó en la fauna humana que conocía y llegó a la conclusión que al artista lo único que le haría cambiar de parecer sería su ego. Con algunos billetes de 200 € y la recogida de favores pasados, consiguió su penúltimo apartamento haciendo famoso al pintor, intercediendo para que su nombre no parase de sonar en los círculos precisos. Con menos inversión, nuestro promotor logró sus 150 m2 y el pintor, acostumbrado al hedonismo, exponer sus delirios artísticos en medio mundo bajo patrocinio oficial y cumplir su sueño de pintar en París, aunque fuera con un siglo de retraso y sin ninguna maestría. Ahora quedaba el relojero, pero esa era … otra historia …

Pasaba de los cincuenta, casado, tres hijos y parado de larga duración. Desde los dieciséis, no había conocido más que largas jornadas laborales como peón de la construcción, ferrallista, técnico en demoliciones, operario de retroexcavadoras y un largo etcétera de ausencias en casa, trabajando, currando, bregando… Cobraba 420 € de un subsidio que daba para pagar la electricidad, el agua y algún recibo de IBI con retraso. Iba todos los días de lunes a viernes, horario de atención al usuario de 10h a 13h, al tablón de anuncios de la oficina de empleo a intentar conseguir cualquier trabajo o curso donde no lo rechazaran por seguir cumpliendo años. Cuando no era por ser menor de 30 años o no tener una discapacidad igual o superior al 33% o inglés nivel b2 o el nuevo certificado de movimiento de tierras 3.0 o imprescindible estar inscrito en la oficina de empleo de esta Comunidad, para su perfil no había nada. La palabra que más oía en aquella oficina era la de reciclaje, palabra que convierte al ser humano en simple basura y tan inanimado como un brick de leche. Convertido en desecho y sin alma, seguía cada día la última novedad para mejorar un curriculum que ya nadie tiene los dos minutos necesario para leerlo con dignidad. En aquella casa se podía sobrevivir gracias a la Gran Marisa, limpiaba casas a 10€/h y dos comunidades de vecinos por 6,5 €/h, pero sobrevivir no es vivir … Se casaron muy jóvenes y fue Marisa quien trabajó, curró, bregó con la familia, la casa, los problemas diarios, comprendiendo que el sacrificio de la ausencia era compartido. En parte, sentía lástima por él porque apenas había visto crecer a sus hijos y todo el esfuerzo en empleos extenuantes no había servido para nada.
Un día de noviembre recibió una llamada. La Administración responsable de gestionar los fondos para los desempleados debía gastar las subvenciones recibidas antes de finalizar el año o devolverlas (y no siempre cuadraban las cuentas). Sin necesidad de visitar tablones de anuncios, había sido elegido para el curso de formación para mayores de 50 años con posibilidad de contratación de tres meses. Primero recibió la noticia con frialdad, luego imaginó a una Marisa que no tuviera que deslomarse cada día, lloró de alivio, luego lloró de alegría. Empezó el curso con el erróneo convencimiento de que la utilidad es el principio de la formación a desempleados. A la media hora del primer día, las palabras del formador le recordaron aquella película francesa, ¿cómo se titulaba? … La ley del mercado, y su esperanza se tornó en desolación, esa que viene acompañada de una desagradable sensación en el estómago. El curso constaría de cuatro módulos para mejorar su reactivación laboral en el sector de la construcción: Inteligencia Emocional, Medio Ambiente, Igualdad y Prevención de Riesgos Laborales, este último con vídeos explicativos bajados de Youtube, producidos por el Comisionado del Trabajo de California (USA) y doblaje en español hispanoamericano. Finalizado el paripé de la formación, esperaba con inquietud la llamada para trabajar. Se hizo larga, bueno lo justo, si consideramos cuatro meses mucho tiempo para quién llevaba ya tres años sin empleo. La empresa que se acogía a la subvención por emplearlo le ofrecía 8.5 €/h brutos, con pagas extras prorrateadas y las horas extraordinarias ya se verían … Aceptó con un simple sí la propuesta, escuchando sin interrumpir el planning de su primer día de trabajo.

– Apunta… Lunes 21. Demolición y trasiego de escombros de edificio en el centro. Llevar
la máquina a primera hora de la mañana. La calle estará cerrada al tráfico. Esperar a
Don Miguel para empezar porque hay desahucio de por medio. El lunes antes de salir,
pásate por la oficina para firmar los papeles. Venga … hasta el lunes.

Llegó a las ocho de la mañana en la góndola que traía la gigantesca máquina de demolición, la bajó del trailer con la delicadeza que precisan 10 toneladas de acero y la dejó preparada frente al edificio. Mientras esperaba al resto de los operarios la arrancó, comprobó las mangueras hidráulicas y lubricó punto por punto todos los engrasadores. A las nueve, apareció el del juzgado y estuvo charlando con él entretanto llegara la policía. A las diez, llegó un BMW azul marino con cristales tintados. Bajó de él un tipo vestido de manera informal pero con ropa de marca, dio los buenos días y se presentó al funcionario como Don Miguel. Hablaron un par de minutos, pero en los gestos se podía adivinar la conversación. Se quitó las gafas de sol con rabia, empezó a caminar lentamente con el teléfono pegado en la oreja y a los quince minutos llegó el coche de policía. Cuando subió la comitiva judicial completa, Don Miguel se acercó a la máquina y dio instrucciones de empezar a tirar el edificio tan pronto salieran con el desahuciado. Se volvió a poner las gafas de sol y se fue en busca de un café. A la media hora, llegaron una ambulancia, dos patrullas de policía y un furgón negro. Bajó el agente judicial hablando por teléfono y esperó en la esquina del edificio a Don Miguel que llegó como si no se hubiera ido. Diez segundos después tiró las gafas de sol al suelo y con el móvil aún en la mano se dirigió a los operarios.

-¡Que se lleven la máquina a otro edificio! … ¡Me cago en la puta madre del relojero!

Hasta los treinta y cinco no pudo respirar con cierto alivio. De matrícula de honor desde su niñez, el recorrido hasta llegar a ser doctor en Historia Antigua no fue gratuito. De beca en beca, trabajando de negro para un catedrático sin escrúpulos y sabiendo que el camino académico está plagado de zancadillas y envidias, supo soportar todo ello porque su vocación era más fuerte que los rigores de la travesía. Los vientos y las corrientes les fueron favorables para desembarcar como técnico de bienes culturales en la Administración Regional, con buen sueldo, buen horario y sintiendo que el esfuerzo había tenido su recompensa. Lo extraordinario de una vocación es la capacidad para dar sentido a la existencia del individuo, formando parte de él pero al mismo tiempo exigiéndole un peaje que no todos están dispuestos a pagar. Desde fuera, el espectador tiende al error de confundir vocación con éxito y entender que la elección fue la correcta si proporcionó prosperidad a la persona, obviando que el alimento del alma no se puede cuantificar como las manzanas.
Esa semana no le tocaba trabajo de campo. Pasaba su jornada de oficina redactando informes, cotejando topografías de yacimientos, cerrando dosieres y valorando tener calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Los viernes, a última hora, preparaba su agenda de la siguiente semana para no olvidar sus herramientas de trabajo, como botas de goma, memorias para la cámara, notas de campo y un largo etcétera de detalles que denotaban su profesionalidad. Apagando las luces de su despacho sonó el teléfono, miró su reloj y pasaban quince minutos de su jornada. Dejó su maletín junto a la jamba de la puerta y descolgó.

-Antonio, sabía que te podía coger ahí a estas horas, soy Luis, Director de Patrimonio,
tenemos un marrón. Te cuento por encima … Hemos recibido de un juzgado un
requerimiento para valorar un posible yacimiento en los sótanos de un edificio que
estaban desalojando y tenía todo en regla para tirarlo.
-¿Dónde está el marrón?- preguntó Antonio con ingenuidad.
-Uff… resulta… a ver cómo te lo explico… emitimos hace más de un año un dictamen
negativo de ese mismo edificio sobre su valor histórico, el ayuntamiento lo dio por
bueno, lo declaró en ruinas y concedió la licencia de derribo. Ahora tenemos el derribo
paralizado, un dictamen respaldado con un informe que nunca existió y un juez
pidiendo explicaciones de algo “que no vimos”.
-¿Y por qué se hizo tan mal?- la ingenuidad se convirtió en enfado.
-Antonio, no seas tan inocente… Se nos pidió un favor y ya… ¡coño!… el problema está en
que al desgraciado que desalojaban se lo han encontrado muerto y con nota al juez,
copia de nuestro dictamen y medio sótano al descubierto.
-¿Y qué quieres que haga yo, Luis?- subiendo el tono de la voz al intuir hacia donde
iba a ir aquella llamada.
-Antonio, sé que no eres… bueno… del partido, que te sacaste tu plaza por méritos
propios y que eres un excelente profesional, que no debes favores a nadie pero… las
cosas están calentitas desde “la última” del Consejero… Tienes que hacer tú la
valoración como sea, que tiren el puto edificio y no nos salpique la mierda… si serán
cuatro esqueletos y dos vasijas… Me han asegurado que tan pronto tenga el juez tu
informe dando luz verde, lo tiran por la mañana y antes de media noche tienen echado
el hormigón de los cimientos… nadie se enterará de nada. Tras una pausa.– No quiero
presionarte Antonio…. el lunes te pasas por mi despacho y lo hablamos con calma.
Antonio… tienes una gran carrera aquí, no busques enemigos donde no los hay, te van
a deber una y muy grande… descansa bien el fin de semana y ya verás como arreglamos
“esto” en un plis-plas.

Hubo un tiempo en que, el centro de las grandes ciudades no estaba invadido por tiendas con música que produce taquicardia y género fabricado en régimen de semiesclavitud. Los domingos a media tarde, las calles se quedaban casi desiertas y podías dar largos paseos sin ser atropellado por peatones cargados con bolsas de papel. Observar con detenimiento los edificios, su arquitectura, imaginar cuánta historia habían visto pasar, descubrir con sorpresa plazuelas encajonadas en lugares imposibles y saber, por ventanas abiertas o el olor de un guiso que allí seguían viviendo personas, que no sólo era un bonito decorado para el paseante. La iluminación de las calles era pobre y poco eficiente, con el encanto que apreciaba quien no vivía allí. Hoy esos domingos ya son imposibles, los edificios centenarios se reconvierten en alojamientos eventuales para turistas de guía en mano, en cafetería con magdalenas a tres euros o apartamentos de lujo a los que nadie llamará hogar … Es fácil endulzar aquellos recuerdos cuando se vive en casas con calefacción central, sin goteras y la puerta de la entrada no se hincha con la humedad. Quizás la añoranza provenga de sentir que esas calles, aquellos edificios, dejaron de tener alma el mismo día que perdimos las nuestras.

 

 

 

RAÚL DEL VALLE El micro del arrabal

Raúl del Valle (1977). Dizque profesor de literatura en secundaria y escritor vocacional incapacitado para cualquier tipo de disciplina por lo que, en los últimos tiempos, seguramente por pereza, me he refugiado en el microrrelato, donde me pasa algo parecido a lo que le pasa al Atlético de Madrid en la Liga de Campeones: me hincho a jugar finales pero no gano nunca: en los tres últimos años mis micros han quedado finalistas en el concurso anual de La Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) en las ediciones de 2015, 2016 y 2017. Un año antes, en el 2013, un cuento mío quedó también finalistas en el Cosecha Eñe (Revista Eñe). Y en el pasado 2017, Pequeño monólogo sobre el viento, otro micro de mi creación, volvió a quedar finalista en la II edición del concurso organizado por IASA ascensores y la editorial Páginas de Espuma.

 

Raúl del Valle por Dina Pegamoide

 

Últimas notas de Julio Verne

Al principio pensé que era cosa mía. Altibajos emocionales regidos por la lógica del péndulo. Mi leve tendencia a la depresión. Llevo dos años viviendo en este semisótano sin apenas luz natural, con el suelo como medio metro por debajo del nivel de la acera. Se agradece cuando vienes cargado del súper pero te deja el ánimo a la altura del betún.

Hace unos meses, inesperadamente, me quedé en paro y empecé a pasar muchas más horas en casa pero, en lugar de aprovechar las ingentes cantidades de tiempo libre que me proporcionaba mi nueva situación laboral en hacer cosas útiles, me pasaba el día tirado en el sofá, viendo programas estúpidos en la tele, acumulando latas de cerveza vacías y ceniceros llenos de colillas, sin salir a la calle más que para realizar las compras imprescindibles. Las pocas veces que lo hacía me daba la impresión de que el piso estaba cada vez más hundido, como si se estuviese sufriendo un lento e inexplicable naufragio en seco. Pero, como ya dije antes, lo atribuí a mi estado anímico y no volví a pensar en ello.

Mi tendencia a la clausura iba a más. Cada vez hacía compras más grandes que me permitían pasarme largos periodos sin salir al exterior. Por eso no me di cuenta de que el proceso se estaba acelerando.

Hace ya unos días que se terminó la cerveza. No tengo luz ni agua. Acabo de apagar mi último cigarrillo. Sé que no aguantaré hasta ese momento, pero a veces me pregunto cuanto faltará para llegar al centro de la Tierra.

 

Noche de gloria

Me apetecía cagarme en sus muertos, pero el tipo tenía pinta de matón de discoteca así que me limité a decirle que me había parecido muy interesante su disquisición. Claro, aquello fue aún peor, pensó que le estaba vacilando con lo de disquisición y me estampó el puño en plena cara. Preferí no contradecirle y me dejé caer mientras me cagaba mentalmente y uno por uno en todos sus putos muertos. Encima me echaron del bar y a mí aún no me apetecía irme a casa.

Cuando en el siguiente bar, la camarera me vio intentando calmar la hinchazón galopante apretándome contra el pómulo la botella de cerveza recién pedida, me trajo una bolsa llena de cubitos. Tendrías que ver cómo le ha quedado la cara al otro, le dije intentando conservar la dignidad pero ella no pareció impresionarse. Sin embargo, me invitó a un chupito y, cuando llegó la hora de cerrar, muchas cervezas después, me pidió que la esperara.

Al día siguiente me despertó el dolor en el ojo y yo no recordaba ni haber llegado a su casa, ni desnudarme, ni desnudarla, ni lo que hicimos antes o después de haber llegado a su cama. Me levanté sin despertarla, consiguiendo no hacer ruido a pesar de que al incorporarme sentí como si el ojo me estallara. Le eché un vistazo al piso, ningún otro dormitorio, vive sola. No quise mirarme en el espejo. Encontré hielo en el congelador y me tumbé en el sofá, con una bolsa congelada en la cara.

Volví a quedarme dormido. Me despertó el inconfundible sonido de una buena meada. Me levanté y fui hacia el lavabo. Se había dejado la puerta abierta y meaba de pie, dándome la espalda.

 

Leningrado, 1942

Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Nos llamaban los rastreadores. Los bombardeos se repetían todas las noches negándonos cualquier posibilidad de descanso nocturno y durante el día había que aprovechar la circunstancia de  que, al estar las ruinas aún calientes, sólo los más desesperados nos atrevíamos a explorarlas, para recuperar cualquier cosa que se hubiese salvado de las bombas y las llamas.

La primera vez que vi a aquel par de tipos llevándose un cuerpo calcinado, pensé ingenuamente que debían ser familiares gastando energía en balde para dar sepultura al cadáver. Pocos días después, al verlos llevarse otro cuerpo de las ruinas de un edificio en otra zona de la ciudad, comprendí lo equivocado de mi apreciación inicial.

Cuando se lo conté a mi hermana, pude ver en sus ojos una mezcla de desprecio y repugnancia pero, a pesar de que no volvió a dirigirme la palabra, nunca rechazó un trozo de carne.

 

 

 

 

 

 

 

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