REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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NARRATIVAS

SANEL KURBEGOVIĆ Los tiempos están cambiando

Sanel Kurbegović (Sarajevo, 1973). 

De haber vivido en los años veinte se hubiera ido a Moscú a engañarse con la esperanza de un mundo nuevo donde los patronos vivirían de las limosnas de los obreros. De haber sido cubano se hubiera refugiado en Sierra Maestra con los barbudos que después de conquistar La Habana empezaron a olvidar todas sus promesas de libertad, fraternidad e igualdad. De haber sido un yanqui de los sesenta, entre viajes de ácido y jornadas de intensa euforia en las playas de California, hubiera compuesto canciones comprometidas que treinta años después una marca de coches utilizaría para publicitar sus máquinas. Por supuesto, de haber sido judío polaco, habría llevado orgulloso la estrella amarilla que lo condenara a muerte y uno se lo hubiera imaginado en alguno de aquellos trenes del horror que iban a Auschwitz, tarareando canciones infantiles solo para animar a los demás, escondiéndose el dolor propio en algún bolsillo del alma, allí donde nadie pudiera descubrirlo. De haber sido Armstrong, Aldrin o Collins, se hubiera quedado a vivir en la Luna. De haber sido de cualquier otra parte, hubiera soñado con ser andaluz. Sanel Kurbegović tiene estudios superiores, un repertorio de chistes inacabables y el récord mundial de ingestión de capuccinos en una mañana. De haber sido siciliano de principio de siglo, Robert de Niro hubiera interpretado su personaje. De haber sido futbolista hubiera estado lesionado todas las temporadas. Si le hubiera tocado tomar partido en la Guerra Civil Española … bueno, ya pueden imaginarse cómo hubiera acabado.

(Juan Bonilla, biógrafo accidental. Roma, primavera de 2001).

 

SANEL KURGEGOVIĆ

Cada mañana era una coreografía que empezaba con bostezos, estiramientos sonoros y la inevitable travesía hacia el baño. Más sonidos, agua, café, alguna que otra pastilla y el definitivo portazo de salida. Si había suerte de no encontrarse a vecinos jubilados sacando al perro, evitaba el primer saludo de la mañana que le suponía el esfuerzo sobrehumano de tener que desconectar el piloto automático camino al trabajo. No era hasta llegar allí cuando realmente sentía que había despertado; la media hora en Metro más los quince minutos de caminata podían incluirse en el apartado “modo avión”. Ser funcionario nivel 24, con varios trienios y algún quinquenio, no le exigía estar totalmente despierto aun habiendo llegado a su puesto, en un rincón sin luz natural y semiescondido entre enormes pantallas de ordenador. A las diez y media en punto, el resorte del desayuno le hacía visible entre el laberinto de mesas y archivadores en busca de la salida de la oficina. El eterno ritual incluía pasar su tarjeta de empleado público por una cajetilla, algo descolgada de la pared, que controlaba su tiempo de trabajo/descanso y el saludo con la cabeza
al guardia de seguridad al salir por la puerta principal. Elegía un bar cerca para aprovechar el máximo tiempo posible la tostada de tomate y aceite, descafeinado de sobre con leche desnatada y, si había suerte, ponerse al tanto con el diario deportivo que estuviese libre en ese momento. Todos los días eran iguales, salvo que la climatología le forzara a llevar un paraguas o unas gafas de sol hasta que una simple frase del camarero le despertó de su eterno letargo: La semana que viene cerramos. Como funcionario nivel 24, tenía el don de saberse el calendario laboral del año, festivos nacionales, festivos locales, y no le cuadró aquella afirmación. Su mente no asimiló un posible cambio de rutina y le originó un torbellino de posibles razones para que su bar cerrara la siguiente semana. Al ser habitual del local, en los últimos años ni tan siquiera tenía que pedir su desayuno, el camarero lo sabía, luego … el mundo lo sabía. Así, preguntar las razones del cierre no fue su primera opción. No estaba acostumbrado a hablar con el camarero, cuyo nombre había olvidado o quizás jamás se había preocupado por saber.

-¿cóomo, que cerráis? ¿vacaciones o algo?- dijo tartamudeando.
-Ná de eso.- señalando un cartel en la puerta que anunciaba el cese de
negocio.- Van a tirá el edificio y Paco el dueño ha vendío el locá pa
jubilarse y irse al pueblo. Yo me voy con mi cuñao a trabajá el taxi, lo
justo pá cotizá lo que me falte pá jubilarme también. Los tengo a tós
casaos y para mí y mi mujer no necesitamos má ná….

Tras escuchar tanto en tan poco, no supo qué decir al camarero. Negó con la cabeza en señal de duelo, pagó y salió cabizbajo. Ya en la calle, con paso lento y meditabundo, se paró, dio media vuelta y observó por primera vez el edificio que albergaba su bar. Ladrillo rojo, pequeños balcones de forja, una plancha de piedra incrustada con la frase “Asegurada de Incendios” y una fecha torneada en hierro en el portón de entrada: eso era todo y pronto sería nada. Tardó algo más en volver a la oficina ese día. De repente, se sentía indefenso ante un mundo que no podía controlar desde una hoja excel o la certeza de cobrar el mismo día de cada mes durante años o dar por hecho que el 25 de diciembre no trabajaría. Ahora, cada esquina, cada semáforo, cada rayo de sol le parecía algo nuevo, había descubierto que el mundo giraba sin pedirle permiso. Su mente luchaba para dar forma a las preguntas que necesitaba responderse, comprender cómo era posible que desayunara en el mismo bar durante años y no se hubiera percatado de aquel precioso edificio decimonónico o ni tan siquiera supiera el nombre de aquel camarero sesentón. Aún aturdido, en el mismo instante que iba a sentarse en el puesto de trabajo escuchó con toda nitidez en su cabeza aquel refrán que el abuelo repetía tanto … La rutina convierte al hombre en burro con orejeras. Cerró por un instante los ojos y siguió trabajando.

José había asumido a lo largo de su existencia que sus horarios vitales diferían mucho de los del resto de la humanidad. Recordaba con ternura su niñez, el ritmo diario de levantarse a las siete de la mañana, ir a la escuela, almorzar a la una y, llegadas las diez, besos a sus padres y a la cama. Fue en la adolescencia cuando, al entrar de aprendiz de relojero con su abuelo, sus ritmos circadianos cambiaron. Poco a poco, fue postergando la hora de irse a la cama en pos de colocar algún engranaje rebelde; ser el cuarto de seis hermanos no le garantizaba estudios más allá de la secundaria y el oficio de su abuelo le permitiría ganarse la vida honradamente. Así, quedó unido a ese misterioso gremio de seres capaces de crear la ilusión mecánica del tiempo y cuyos horarios no los marcan sus relojes, sino los propios relojeros.
En una época donde el centro de las ciudades quedó apenas con residentes, José mantuvo su apartamento-taller asumiendo la orfandad vecinal como mal menor. Las ventajas para él eran la tranquilidad nocturna de calles vacías y un horario comercial de diez a cinco de la tarde. Su edificio era el reflejo del abandono de la generación que había huido a las afueras en busca de casas pareadas, calles recién alquitranadas y domingos consumistas en centros comerciales en medio de la nada. En dos semanas, el relojero tendría que empaquetar más de cuarenta años de existencia y marchar sin rumbo, sabiendo que su universo se convertiría en un solar con aspiraciones de apartamentos de lujo. Ya no podría trabajar hasta altas horas de la madrugada en el silencio de un edificio vacío ni tener sus tertulias con otros insomnes o cenar cuando el resto del mundo desayunaba… Aquel edificio era algo más que ladrillos o un número en un plan urbanístico: era su vida. Hacía años que no tenía televisor ni radio, escuchaba viejos discos de la Deustsche Grammophon heredados de su abuelo, sus trabajos les llegaban por mensajería desde Suiza y apenas trataba con clientes en persona: era lo que tenía ser uno de los mejores relojeros artesanos en un mundo digital.
La cuenta atrás había comenzado. De los 20.160 minutos que le restaban para seguir siendo José, gastó la mitad en montar su último reloj, un modelo de bolsillo en oro blanco con esfera celeste cielo y números romanos. 2880 tardó en despedirse de sus compañeros noctámbulos y los 7200 del final los dedicó a intentar dormir de noche y trajinar con un pico y una pala en el sótano del edificio durante el día.
Llamaron a la puerta las dos preceptivas veces, con sus dos preceptivos minutos antes de poner a trabajar al cerrajero, que cumplió con su preceptivo trabajo. Como no podía ser de otra manera según el protocolo de lanzamiento, el agente judicial entró protocolariamente con dos policías, con la notificación en la mano y alzando una voz desagradable a la vez que indicaba, con la protocolaria retahíla de referencias legislativas, su invasión territorial. Al fondo del pasillo sonaba E lucevan le stelle de Puccini. Siguieron la música, como podencos a la caza del zorro, hasta llegar al salón-taller. Sentado en un sillón orientado hacia el ventanal que daba al sol de la mañana, José sostenía en la mano su último encargo con una nota: Entréguese este reloj a su propietario, cuya dirección está al dorso, con la siguientes indicaciones de uso: Doce giros de cuerda al día (preferiblemente) por la mañana y a la misma hora. Y al señor Juez, que tenga a bien bajar al sótano del edificio.

La reforma urbanística de finales del XIX transformó algunas viejas ciudades europeas en modernas urbes de trazado rectilíneo. Se sacrificaron calles y edificios centenarios para crear amplias avenidas y bulevares en honor a los nuevos dioses del diseño. La racionalización ganó la batalla a la superposición arquitectónica de tiempos anteriores y como muestra de adhesión inequívoca al progreso, cualquier edificio que rompiera con ello era derribado sin miramientos. Comenzó, entonces, un éxodo de familias numerosas en busca de un lugar donde volver a continuar con sus vidas decimonónicas de empleos extenuantes, miseria, tuberculosis y muertes prematuras. Nuestra calle se salvó de la expiación gracias a vaivenes políticos que postergaron el progreso en favor del statu quo del pasado, ventajas de un país que caminaba dos pasos adelante y uno atrás, a pata coja y solo cuando no había más remedio que hacerlo… Fuera por la vergüenza que pasaba la burguesía cuando viajaba al extranjero, por los agravios comparativos de sus pobres con los pobres de aquellos países o que la involución social no es rentable a largo plazo, los nuevos “nuevos tiempos” comenzaron, esta vez, mirando hacia las afueras. Tras ocho décadas, tres cambios de nombre y uno de saneamiento público, nuestra calle acabó desdentada de edificios a la espera de la siguiente especulación urbanística. Con cada derribo, varios bolsillos se llenaban: El descendiente del burgués que no arrastraba la vergüenza de poseer infraviviendas de renta antigua, el funcionario público corrupto que aceleraba el procedimiento o el promotor sin escrúpulos que invitaba a los vecinos ancianos a salir sin hacer mucho ruido o padecer accidentes fortuitos.
El último diente por extraer tenía en los bajos el bar de Paco, historia viva de aquella calle. Ahora, antes de echar el cierre definitivo, se había convertido en cafés bebidos en dos tragos a primera hora de la mañana, desayunos con prisas a funcionarios sin prisas a media mañana, aliviadoras cañas y vinos al finalizar jornadas laborales y algún licor de 40o a incondicionales parroquianos del barrio antes de cerrar. En la parte trasera de un cartón y con faltas de ortografía, pegado en el cristal de la entrada, avisó Paco una semana antes o asta acabar ecistensias que cerraba. Empastada la raíz de la pieza, aún quedaban dos caries de renta antigua imposibles de sanear en la corona del diente: El pintor del primero y el relojero del ático.
El pintor había tenido la fortuna de haber nacido en una familia donde nadie trabajaba para vivir. Con apellidos compuestos y descendiente de una aristocracia quijotesca, vivía de ser el consorte de una rica burguesa que pagaba sus caprichos artísticos a cambio de un título nobiliario, siempre y cuando no se pronunciara la palabra divorcio y cada uno llevara su vida con discreción.El promotor inmobiliario sabía que el problema con el pintor no lo podía arreglar con billetes de 500 € porque quien desconoce el valor del trabajo como sustento, desconoce el valor del dinero. Así, pensó en la fauna humana que conocía y llegó a la conclusión que al artista lo único que le haría cambiar de parecer sería su ego. Con algunos billetes de 200 € y la recogida de favores pasados, consiguió su penúltimo apartamento haciendo famoso al pintor, intercediendo para que su nombre no parase de sonar en los círculos precisos. Con menos inversión, nuestro promotor logró sus 150 m2 y el pintor, acostumbrado al hedonismo, exponer sus delirios artísticos en medio mundo bajo patrocinio oficial y cumplir su sueño de pintar en París, aunque fuera con un siglo de retraso y sin ninguna maestría. Ahora quedaba el relojero, pero esa era … otra historia …

Pasaba de los cincuenta, casado, tres hijos y parado de larga duración. Desde los dieciséis, no había conocido más que largas jornadas laborales como peón de la construcción, ferrallista, técnico en demoliciones, operario de retroexcavadoras y un largo etcétera de ausencias en casa, trabajando, currando, bregando… Cobraba 420 € de un subsidio que daba para pagar la electricidad, el agua y algún recibo de IBI con retraso. Iba todos los días de lunes a viernes, horario de atención al usuario de 10h a 13h, al tablón de anuncios de la oficina de empleo a intentar conseguir cualquier trabajo o curso donde no lo rechazaran por seguir cumpliendo años. Cuando no era por ser menor de 30 años o no tener una discapacidad igual o superior al 33% o inglés nivel b2 o el nuevo certificado de movimiento de tierras 3.0 o imprescindible estar inscrito en la oficina de empleo de esta Comunidad, para su perfil no había nada. La palabra que más oía en aquella oficina era la de reciclaje, palabra que convierte al ser humano en simple basura y tan inanimado como un brick de leche. Convertido en desecho y sin alma, seguía cada día la última novedad para mejorar un curriculum que ya nadie tiene los dos minutos necesario para leerlo con dignidad. En aquella casa se podía sobrevivir gracias a la Gran Marisa, limpiaba casas a 10€/h y dos comunidades de vecinos por 6,5 €/h, pero sobrevivir no es vivir … Se casaron muy jóvenes y fue Marisa quien trabajó, curró, bregó con la familia, la casa, los problemas diarios, comprendiendo que el sacrificio de la ausencia era compartido. En parte, sentía lástima por él porque apenas había visto crecer a sus hijos y todo el esfuerzo en empleos extenuantes no había servido para nada.
Un día de noviembre recibió una llamada. La Administración responsable de gestionar los fondos para los desempleados debía gastar las subvenciones recibidas antes de finalizar el año o devolverlas (y no siempre cuadraban las cuentas). Sin necesidad de visitar tablones de anuncios, había sido elegido para el curso de formación para mayores de 50 años con posibilidad de contratación de tres meses. Primero recibió la noticia con frialdad, luego imaginó a una Marisa que no tuviera que deslomarse cada día, lloró de alivio, luego lloró de alegría. Empezó el curso con el erróneo convencimiento de que la utilidad es el principio de la formación a desempleados. A la media hora del primer día, las palabras del formador le recordaron aquella película francesa, ¿cómo se titulaba? … La ley del mercado, y su esperanza se tornó en desolación, esa que viene acompañada de una desagradable sensación en el estómago. El curso constaría de cuatro módulos para mejorar su reactivación laboral en el sector de la construcción: Inteligencia Emocional, Medio Ambiente, Igualdad y Prevención de Riesgos Laborales, este último con vídeos explicativos bajados de Youtube, producidos por el Comisionado del Trabajo de California (USA) y doblaje en español hispanoamericano. Finalizado el paripé de la formación, esperaba con inquietud la llamada para trabajar. Se hizo larga, bueno lo justo, si consideramos cuatro meses mucho tiempo para quién llevaba ya tres años sin empleo. La empresa que se acogía a la subvención por emplearlo le ofrecía 8.5 €/h brutos, con pagas extras prorrateadas y las horas extraordinarias ya se verían … Aceptó con un simple sí la propuesta, escuchando sin interrumpir el planning de su primer día de trabajo.

– Apunta… Lunes 21. Demolición y trasiego de escombros de edificio en el centro. Llevar
la máquina a primera hora de la mañana. La calle estará cerrada al tráfico. Esperar a
Don Miguel para empezar porque hay desahucio de por medio. El lunes antes de salir,
pásate por la oficina para firmar los papeles. Venga … hasta el lunes.

Llegó a las ocho de la mañana en la góndola que traía la gigantesca máquina de demolición, la bajó del trailer con la delicadeza que precisan 10 toneladas de acero y la dejó preparada frente al edificio. Mientras esperaba al resto de los operarios la arrancó, comprobó las mangueras hidráulicas y lubricó punto por punto todos los engrasadores. A las nueve, apareció el del juzgado y estuvo charlando con él entretanto llegara la policía. A las diez, llegó un BMW azul marino con cristales tintados. Bajó de él un tipo vestido de manera informal pero con ropa de marca, dio los buenos días y se presentó al funcionario como Don Miguel. Hablaron un par de minutos, pero en los gestos se podía adivinar la conversación. Se quitó las gafas de sol con rabia, empezó a caminar lentamente con el teléfono pegado en la oreja y a los quince minutos llegó el coche de policía. Cuando subió la comitiva judicial completa, Don Miguel se acercó a la máquina y dio instrucciones de empezar a tirar el edificio tan pronto salieran con el desahuciado. Se volvió a poner las gafas de sol y se fue en busca de un café. A la media hora, llegaron una ambulancia, dos patrullas de policía y un furgón negro. Bajó el agente judicial hablando por teléfono y esperó en la esquina del edificio a Don Miguel que llegó como si no se hubiera ido. Diez segundos después tiró las gafas de sol al suelo y con el móvil aún en la mano se dirigió a los operarios.

-¡Que se lleven la máquina a otro edificio! … ¡Me cago en la puta madre del relojero!

Hasta los treinta y cinco no pudo respirar con cierto alivio. De matrícula de honor desde su niñez, el recorrido hasta llegar a ser doctor en Historia Antigua no fue gratuito. De beca en beca, trabajando de negro para un catedrático sin escrúpulos y sabiendo que el camino académico está plagado de zancadillas y envidias, supo soportar todo ello porque su vocación era más fuerte que los rigores de la travesía. Los vientos y las corrientes les fueron favorables para desembarcar como técnico de bienes culturales en la Administración Regional, con buen sueldo, buen horario y sintiendo que el esfuerzo había tenido su recompensa. Lo extraordinario de una vocación es la capacidad para dar sentido a la existencia del individuo, formando parte de él pero al mismo tiempo exigiéndole un peaje que no todos están dispuestos a pagar. Desde fuera, el espectador tiende al error de confundir vocación con éxito y entender que la elección fue la correcta si proporcionó prosperidad a la persona, obviando que el alimento del alma no se puede cuantificar como las manzanas.
Esa semana no le tocaba trabajo de campo. Pasaba su jornada de oficina redactando informes, cotejando topografías de yacimientos, cerrando dosieres y valorando tener calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Los viernes, a última hora, preparaba su agenda de la siguiente semana para no olvidar sus herramientas de trabajo, como botas de goma, memorias para la cámara, notas de campo y un largo etcétera de detalles que denotaban su profesionalidad. Apagando las luces de su despacho sonó el teléfono, miró su reloj y pasaban quince minutos de su jornada. Dejó su maletín junto a la jamba de la puerta y descolgó.

-Antonio, sabía que te podía coger ahí a estas horas, soy Luis, Director de Patrimonio,
tenemos un marrón. Te cuento por encima … Hemos recibido de un juzgado un
requerimiento para valorar un posible yacimiento en los sótanos de un edificio que
estaban desalojando y tenía todo en regla para tirarlo.
-¿Dónde está el marrón?- preguntó Antonio con ingenuidad.
-Uff… resulta… a ver cómo te lo explico… emitimos hace más de un año un dictamen
negativo de ese mismo edificio sobre su valor histórico, el ayuntamiento lo dio por
bueno, lo declaró en ruinas y concedió la licencia de derribo. Ahora tenemos el derribo
paralizado, un dictamen respaldado con un informe que nunca existió y un juez
pidiendo explicaciones de algo “que no vimos”.
-¿Y por qué se hizo tan mal?- la ingenuidad se convirtió en enfado.
-Antonio, no seas tan inocente… Se nos pidió un favor y ya… ¡coño!… el problema está en
que al desgraciado que desalojaban se lo han encontrado muerto y con nota al juez,
copia de nuestro dictamen y medio sótano al descubierto.
-¿Y qué quieres que haga yo, Luis?- subiendo el tono de la voz al intuir hacia donde
iba a ir aquella llamada.
-Antonio, sé que no eres… bueno… del partido, que te sacaste tu plaza por méritos
propios y que eres un excelente profesional, que no debes favores a nadie pero… las
cosas están calentitas desde “la última” del Consejero… Tienes que hacer tú la
valoración como sea, que tiren el puto edificio y no nos salpique la mierda… si serán
cuatro esqueletos y dos vasijas… Me han asegurado que tan pronto tenga el juez tu
informe dando luz verde, lo tiran por la mañana y antes de media noche tienen echado
el hormigón de los cimientos… nadie se enterará de nada. Tras una pausa.– No quiero
presionarte Antonio…. el lunes te pasas por mi despacho y lo hablamos con calma.
Antonio… tienes una gran carrera aquí, no busques enemigos donde no los hay, te van
a deber una y muy grande… descansa bien el fin de semana y ya verás como arreglamos
“esto” en un plis-plas.

Hubo un tiempo en que, el centro de las grandes ciudades no estaba invadido por tiendas con música que produce taquicardia y género fabricado en régimen de semiesclavitud. Los domingos a media tarde, las calles se quedaban casi desiertas y podías dar largos paseos sin ser atropellado por peatones cargados con bolsas de papel. Observar con detenimiento los edificios, su arquitectura, imaginar cuánta historia habían visto pasar, descubrir con sorpresa plazuelas encajonadas en lugares imposibles y saber, por ventanas abiertas o el olor de un guiso que allí seguían viviendo personas, que no sólo era un bonito decorado para el paseante. La iluminación de las calles era pobre y poco eficiente, con el encanto que apreciaba quien no vivía allí. Hoy esos domingos ya son imposibles, los edificios centenarios se reconvierten en alojamientos eventuales para turistas de guía en mano, en cafetería con magdalenas a tres euros o apartamentos de lujo a los que nadie llamará hogar … Es fácil endulzar aquellos recuerdos cuando se vive en casas con calefacción central, sin goteras y la puerta de la entrada no se hincha con la humedad. Quizás la añoranza provenga de sentir que esas calles, aquellos edificios, dejaron de tener alma el mismo día que perdimos las nuestras.

 

 

 

RAÚL DEL VALLE El micro del arrabal

Raúl del Valle (1977). Dizque profesor de literatura en secundaria y escritor vocacional incapacitado para cualquier tipo de disciplina por lo que, en los últimos tiempos, seguramente por pereza, me he refugiado en el microrrelato, donde me pasa algo parecido a lo que le pasa al Atlético de Madrid en la Liga de Campeones: me hincho a jugar finales pero no gano nunca: en los tres últimos años mis micros han quedado finalistas en el concurso anual de La Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) en las ediciones de 2015, 2016 y 2017. Un año antes, en el 2013, un cuento mío quedó también finalistas en el Cosecha Eñe (Revista Eñe). Y en el pasado 2017, Pequeño monólogo sobre el viento, otro micro de mi creación, volvió a quedar finalista en la II edición del concurso organizado por IASA ascensores y la editorial Páginas de Espuma.

 

Raúl del Valle por Dina Pegamoide

 

Últimas notas de Julio Verne

Al principio pensé que era cosa mía. Altibajos emocionales regidos por la lógica del péndulo. Mi leve tendencia a la depresión. Llevo dos años viviendo en este semisótano sin apenas luz natural, con el suelo como medio metro por debajo del nivel de la acera. Se agradece cuando vienes cargado del súper pero te deja el ánimo a la altura del betún.

Hace unos meses, inesperadamente, me quedé en paro y empecé a pasar muchas más horas en casa pero, en lugar de aprovechar las ingentes cantidades de tiempo libre que me proporcionaba mi nueva situación laboral en hacer cosas útiles, me pasaba el día tirado en el sofá, viendo programas estúpidos en la tele, acumulando latas de cerveza vacías y ceniceros llenos de colillas, sin salir a la calle más que para realizar las compras imprescindibles. Las pocas veces que lo hacía me daba la impresión de que el piso estaba cada vez más hundido, como si se estuviese sufriendo un lento e inexplicable naufragio en seco. Pero, como ya dije antes, lo atribuí a mi estado anímico y no volví a pensar en ello.

Mi tendencia a la clausura iba a más. Cada vez hacía compras más grandes que me permitían pasarme largos periodos sin salir al exterior. Por eso no me di cuenta de que el proceso se estaba acelerando.

Hace ya unos días que se terminó la cerveza. No tengo luz ni agua. Acabo de apagar mi último cigarrillo. Sé que no aguantaré hasta ese momento, pero a veces me pregunto cuanto faltará para llegar al centro de la Tierra.

 

Noche de gloria

Me apetecía cagarme en sus muertos, pero el tipo tenía pinta de matón de discoteca así que me limité a decirle que me había parecido muy interesante su disquisición. Claro, aquello fue aún peor, pensó que le estaba vacilando con lo de disquisición y me estampó el puño en plena cara. Preferí no contradecirle y me dejé caer mientras me cagaba mentalmente y uno por uno en todos sus putos muertos. Encima me echaron del bar y a mí aún no me apetecía irme a casa.

Cuando en el siguiente bar, la camarera me vio intentando calmar la hinchazón galopante apretándome contra el pómulo la botella de cerveza recién pedida, me trajo una bolsa llena de cubitos. Tendrías que ver cómo le ha quedado la cara al otro, le dije intentando conservar la dignidad pero ella no pareció impresionarse. Sin embargo, me invitó a un chupito y, cuando llegó la hora de cerrar, muchas cervezas después, me pidió que la esperara.

Al día siguiente me despertó el dolor en el ojo y yo no recordaba ni haber llegado a su casa, ni desnudarme, ni desnudarla, ni lo que hicimos antes o después de haber llegado a su cama. Me levanté sin despertarla, consiguiendo no hacer ruido a pesar de que al incorporarme sentí como si el ojo me estallara. Le eché un vistazo al piso, ningún otro dormitorio, vive sola. No quise mirarme en el espejo. Encontré hielo en el congelador y me tumbé en el sofá, con una bolsa congelada en la cara.

Volví a quedarme dormido. Me despertó el inconfundible sonido de una buena meada. Me levanté y fui hacia el lavabo. Se había dejado la puerta abierta y meaba de pie, dándome la espalda.

 

Leningrado, 1942

Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Nos llamaban los rastreadores. Los bombardeos se repetían todas las noches negándonos cualquier posibilidad de descanso nocturno y durante el día había que aprovechar la circunstancia de  que, al estar las ruinas aún calientes, sólo los más desesperados nos atrevíamos a explorarlas, para recuperar cualquier cosa que se hubiese salvado de las bombas y las llamas.

La primera vez que vi a aquel par de tipos llevándose un cuerpo calcinado, pensé ingenuamente que debían ser familiares gastando energía en balde para dar sepultura al cadáver. Pocos días después, al verlos llevarse otro cuerpo de las ruinas de un edificio en otra zona de la ciudad, comprendí lo equivocado de mi apreciación inicial.

Cuando se lo conté a mi hermana, pude ver en sus ojos una mezcla de desprecio y repugnancia pero, a pesar de que no volvió a dirigirme la palabra, nunca rechazó un trozo de carne.

 

 

 

 

 

 

 

SARA B. DEL REY Si fui cuerpo posible

Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

SARA B. DEL REY

Empezaré generalizando. La gente cuando crea, baila. Baila raro. A veces, las ideas se agolpan tanto que las manos no alcanzan a traducir el embrollo de madejas de hilos de colores desorbitados, es decir, salidos de la órbita. Las ideas se van volando hacia el espacio exterior y, al intentar atarlas, surge la angustia y el terror de que se escapen para siempre. Porque si las atas mal, o demasiado fuerte, o con una cuerda inadecuada, se desintegran. Entonces paras de escribir (podría parecer que paras de crear, pero no hay interrupción posible, generalizando, quiero decir). Y bailas. Incluso si no hay música que te acompañe. Bailas raro. Como si el movimiento fluido del cuerpo pudiera hacer tangibles las ideas, haciendo que se cocinasen a fuego lento las emociones y se fundiesen en la piel, en el ombligo o en la respiración.

Pero, un día, el baile se convierte en catástrofe. Bailas raro y el caos se descalabra, y se precipita hacia la nada, como cuando agitas con fuerza el bote de champú para que salgan las últimas gotas de jabón y piensas: mierda, se me olvidó comprar más y ahora mi pelo quedará medio sucio, medio limpio. Justo hoy que, después de olvidar al último que me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, iba a ser el día ese especial para hacer algo más que pasear inerte.

∗∗∗∗

Dicen que, a veces, cuando se pierde el conocimiento es posible realizar un viaje astral. No lo tengo claro. Imagino que será un viaje a través de los astros, pero yo no he visto estrellas. Yo solo recuerdo un acantilado-montaña. ¡Desde la montaña se ve todo tan pequeño!, decía una voz de fondo. Desde la montaña me olvidé de ti, contestaba el eco. Desde la montaña se podía ver el río del valle, que parecía medir un centímetro de ancho y, a su alrededor, un montón de seres-hormiga arrojándose al agua para morir ahogados.

En la cima de ese lugar de vistas privilegiadas descubrí una exposición. La entrada era gratuita:

«No saber lo que me pasa por dentro, no es excusa para no olvidarte», decía el cartel, al principio del recorrido. «Exposición breve de algas marinas y vértebras de cristal»:

Nº1 RECUERDOS ESCUCHADOS AL SALTAR AL VACÍO.
(Grabación sonora).

«Vine corriendo. Huyendo. Sin saber. Y a mis espaldas he dejado un montón de
silencios. No encuentro la manera de regresar porque no dejé un camino de migas de
pan que, en cualquier caso, se hubieran comido las palomas sucias de esta ciudad. (…)
Corre, corre, que te pillo, como cuando era divertido (…) He llegado aquí sin aire en los
pulmones. Delante de mí hay un muro (de ladrillos). A mi derecha (…). A mi izquierda
(…). Por detrás, junto a la espina dorsal (…). He tomado la decisión irrefutable de
romperlo como sea. Que se abran las grietas, aunque sea con sangre (…) Y ver la salida.

Dar golpes con mis manos, con mi cabeza, con mi corazón (…)
Gritar las no-posibilidades.
Besos-miedo. Abrazameporfavorquememuero. 3, 2,1… 0».

∗∗∗∗

Bailo, bailo raro. Y, claro, nadie me ve cuando lo hago, como dice esa especie de refrán manido de los tiempos de Facebook. Es un tipo de baile extraño, un poco desajustado, desbaratado, de tal forma informal que el otro día me tropecé y me di de lleno en la cabeza con el pico del mueble de la entrada. Ahora mis ideas son latidos de dolor que recorren mi cuerpo. Y no puedo hacer nada más que mirar el techo de esta habitación de hospital. Mierda, agité demasiado el bote de champú y se derramó todo lo que quedaba. Ni siquiera podré aprovechar las últimas gotas viscosas. Tendré eternamente el pelo sucio. Diferente sería si estuviera en una cala de Ibiza observando el atardecer. Allí no hay suciedad. Allí el olor a mar es tan fuerte que nos fundimos con él, nos integramos en el paisaje, soleada nuestra piel, dorados nuestros corazones, los pies colgando en el vacío hasta que se hace de noche y, entonces, bajo las estrellas, me besas. ¡Qué romanticismos del siglo XIX! ¿Por qué te metes con el siglo XIX? Fue un gran siglo, fue un siglo como otro cualquiera. No sé, siempre que algo me parece casposo lo ubico en el siglo XIX. Supongo que eso es lo que nos trajo hasta aquí: la Revolución Industrial, las máquinas, Frankenstein… Y luego el siglo XX: el cine, el rock&roll, whatsapp… Tal vez, si hubiera nacido antes del siglo XIX, no bailaría raro. Como mucho, algún baile popular.

∗∗∗∗

Nº2 RECORRIDO POR EL PRESENTE: Patos y un estanque.

«Si miras a la derecha hay una “O” de círculo cerrado. En primer plano está la
aceptación del no y un pequeño y sinuoso hilo de baba de pulque que expresa
sutilmente que no hay nada más que decir y que no quiero que salgan más palabras de
mi boca y que ya no quiero porque no puedo querer ni creer que quiero querer y
querer creyendo que quiero cuando no hay más voluntad.

Respirar la no-puntuación.

Es hermoso, muy hermoso, (esto es el “0”, también círculo cerrado) ese contorno de
bordes colorados que me hace sentir que ya pasaron los tiempos de anestesias. Es tan
alto como para decirlo mirando a través del cristal del faro. Sonriendo a los barcos que
se acercan como
patos
en
un
estanque».

∗∗∗∗

Me duele la cabeza. Falta algo, una suerte de separación de retina, de división de rotura. En algún momento, podré introducirme en la grieta sin miedo a caer en el pozo. Tú estabas ahí, en un pozo, y yo te gritaba desde arriba. Me quedé sin voz, eso también lo recuerdo. Olvídalo, somos de pozos diferentes, ya no sé ni lo que digo. Iré, iré a buscarme y me lanzaré sin tapujos en el intersticio. Será como nacer, pero al revés. Entraré directamente en mi sexo para rebuscar entre mis entrañas lo ausente.

Pero aún no ha amanecido. Así que mejor me duermo y sueño con unas zapatillas grises con agujeros en las suelas, de las que dejan pasar el agua cuando llueve, para levantarme después con los pies y los centros mojados y con sensación de dolor en la frente. No me pegues más con la sartén en la frente, por favor, tratando de que te diga que sí, que tienes razón, que claro, que yo no sé, que yo soy tonta y me lo tienes que explicar todo. Basta de sartenazos en la frente de pies mojados. Esto parece del siglo XIX también, de aquella época en la que todavía creías que yo no sabía de lo que hablaba y que lo de bailar era prostituirse y provocar que me violaran por la calle. Deja ya la sartén y fríe un huevo, que ya eres mayorcito.

Eso le diría, pero no puedo porque me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, tan larga que llegó a quebrar las vértebras de cristal. Cuando eso ocurre, una pierde el equilibrio y se da con la esquina del mueble feo de la entrada en plena frente. Y brota la sangre del cuerpo atravesado, por el hueco abierto en el cerebro. Por ahí se escapan las ideas, también, hasta el punto de que ayer, antes de dormir, tuve una pesadilla horrible: ya no tengo imaginación, me dije. No tengo imaginación. La he perdido. He perdido mi imaginación y se me olvidó comprar más. Ahora voy a tener las ideas sucias, imposibles de separar, como en una pelota de grasa y pelos con ojos, que llora un poco y hasta da ternura, a pesar del rechazo inicial.

No tengas tantos prejuicios, Pelota también tiene derecho a vivir. Le daré de comer un trozo de fuet a las dos de la mañana, para que se transforme en algo bonito que haga sonidos guturales y me mire con los ojos tan abiertos como redondos.

∗∗∗∗

Nº3 LO QUE VENDRÁ: Concierto nº 10: Vaticinios del no-tú.

«Llegará un tiempo en el que ya no será esta la música de fondo. Será una no-música.
Igual que ya ocurrió antes con otros no-cuadros y no-dibujos que se incineraron en
soledad. Incluso da risa sentarse a ver el espectáculo. Llegará ese tiempo en el que me
preguntaré cómo fue posible que ocuparas ese lugar en la esquina del ojo mientras me
bañaba desnuda en el mar.
Llegará también un tiempo en el que olvidaré la pregunta-estribillo y la violencia del
desgarro que aparecía en los reflejos y sueños involuntarios. Y sabré que haber vivido
este absurdo fue necesario.
Estribillo (bis) x2
Estribillo (bis) x2».

El final queda como suspendido… Y me da por cerrar los ojos y descansar en el sofá
que alguien abandonó, hace décadas, en los acantilados. Suena a Te echaré de menos
allá donde vaya, cuando seas no-tú, no-tú, no-tú…
Queren, queren, cum, cum, cum.

∗∗∗∗

El techo del hospital es demasiado blanco, ahí no se puede escribir. Debería ser de papel reciclado, estos hospitales no tienen ninguna conciencia ecológica. Al menos, el pollo que me traen a la hora de comer no sabe a pollo.

Me duele, me duele, pero no me quiero quejar en este escenario donde todo el mundo me está mirando para ver cuál es mi siguiente fracaso. No, no voy a parir ningún hijo aquí, delante de todos, solo para que me aplaudan. Ni me voy a poner a girar como un satélite. No voy a aullar, como loba en celo, dispuesta a dejarme devorar en la autopista. No voy a ser la Luna. Soy algo así como la tierra, o más bien la lombriz que la atraviesa. El público se ríe, parece que he dicho algo gracioso. Pero siguen ahí, esperando. Y yo no sé qué más tengo que hacer, si ya lo hice todo… De pronto, se enciende el cañón de luz que me ciega. El teatro está en silencio y solo oigo respirar a la multitud al otro lado. Respiran fuerte, como si les faltara el aire o estuvieran resfriados. Y, entonces, me decido y empiezo a bailar. A bailar raro.

 

 

MARTÍN PARRA El ruido decadente del hormigón

Martín Parra, que pasea sus obras con el susto del anonimato, sigue contrayendo deudas de autoengaño y compromisos editoriales, consciente de que la tiranía, si no próspera en títulos y sucedidos, a nadie conviene. Su última obra de narrativa se trata de un diario íntimo, largo de sillas (todas vacías): “Camille. Viñeta amorosa” (Queimada, 2017). Asimismo, acaba de ver la luz el poemario “Paseo de vidrios”, con la editorial Lastura. Él seguirá a oscuras.

 

Martín Parra

 

SIL FRANK

 

Era un periodo interior ruidoso, muy al fondo de un patio quieto; se diría que una de esas perplejidades que de vez en cuando acechan, y que al bosque de días colocan bolitas de autoridad ─serían unos árboles navideños.

Era una persona dormida, bañado el cuerpo de luz y de pena, el cuerpo amanecido de espasmo en algún músculo exacto que aún luce.

(Qué difícil greguerizar cuerpos y relieves).
Una persona muy en el centro de la habitación, muy talla religiosa con barba y un erotismo como un abrazo de siglos; parece que despierta, se mueve. Cae la tarde como un llanto, desde el lado opuesto a aquel en que todos la esperan.

<<Por suerte hay varias maneras, múltiples y en conjunto ruidosas como un cóctel de hienas, para que alguien como tú, ya lejos de los hombres y sus tretas, sea capaz de salir a la calle, al magma competitivo y metálico, con garantías>>.

Le está dando por leerse, manosea la libreta impecable, se adecúa el edredón a la pierna en un último ruego de prórroga; de pronto reconoce una incertidumbre que le es familiar, como una tilde sin poner, deja la libreta en el escritorio inmediato a la cama: <<De mis mejores idilios>>, la pastilla, una manchita que guarda adentro el pecho, y le impulsa; la pastilla.

<<Está el fármaco. Es una de las maneras encaminadas a que alguien como tú, yo, pueda salir a la calle>>.
Pero el fármaco reviste limitaciones, se dice, lo vuelve todo débil, flácido, como ese medio falo priápico que es un flash de menta antes de
congelarse, y piensa en tachar la frase, aparcar las elocuencias; <<Si no un eco seguro, de ayer no sobrevivirá nada>>.

Se incorpora con la frustración como una levadura, bosteza. Todo parece irle repetido, doble y distinto en cada vuelta de tambor ─de un tambor de ventilador flojo. Allí se le está culpando de su prosa en presente, de la noche carioca y encendida, del colapso de las musas.

─Ningún Premio Nacional por aquí… Ningún futuro académico.

Esta es la primera idea que se decide a pronunciar.

Allí se hace un análisis del presente un tanto particular, y en el rizo obsesivo de la vida, esa boca se ha perdido. Es una boca de un diamante del que nace cualquier cosa menos vida. Aquí el engaño de toda gema, claro. Despliega las mandíbulas resistentes al rallado, parece que toma impulso de frase recurrente: Ningún Premio Nacional, por aquí… Ningún… Entonces se quiebra; el conjunto atildado se iguala a una escena de Polígono, de Barranquillas.

Un escorzo difícil para este vómito de diván.
Lo cual que quiere toser, y tose como un colapso, para todo, dedidación, hasta el regúrgito que amplía el foco de luz, ¡señalamos domesticidad! ¡Una tos es una crónica estupenda!

Asoma la pastilla recién tragada anunciando una lectura fácil. No queremos quedarnos en una lectura fácil. Se desliza la pastilla, traslúcida como una emoción, un problema, una simplicidad.

¡Argh! ¡Cough!
La vida parecía nerviosa justo entonces o por lo menos era la vida de una persona nerviosa, suspendida. Muchos de los que estén leyendo esto dirán que nada de lo aquí vertido prestigiaría a tonto alguno, en ninguna circunstancia. Que son todo deducciones; así la noche ebria, lo que parece alguien sin trabajo, alguien que viene tal vez de echar un polvo; no sé. Pero esta crónica no resulta sino una continuación, una pieza más del mecanismo túnel suyo, y eso exige una atención que vosotros ni imagináis alcanzar, seres de vida diversificada.

Todo lo que exige atención la disminuye. Algo así como que para estar en todas partes uno no debe estar en ninguna. Meh.

Y detrás de la pastilla, más luz, lo que pasa es que no ya no se sabe si doméstica. Un ensanchamiento de la boca, sí. Calibre piña, por donde se sienta.

El tracto difícil, casi ovíparo. Sale la pelota.

Tose.

Detrás de esta primera pelota, le acuden varias más, desde el último trastero de las tripas. Algo asidas ya a los ácidos intestinales, pero papel folio, al fin y al cabo. Contienen referencias, en forma de mensajes, a las que han sido sus últimas horas de noche; la noche reciente. En un primer papel lee lo siguiente:

Con cuidado te has tragado esta hoja la última. También en el circo eres secreto. Tus motivos tendrás; quieres que esta hoja sea la primera que leas mañana. Mañana. Vas a cachondearte.

¿Recuerdas a Sil Frank?

En ese momento le cuesta comprender, está confuso. La mañana fría, que ha dejado de encontrar amable, disponible; el dolor de cabeza, la falta de riego en los dedos de los pies.

Tose, vomita de nuevo, la atmósfera del cuarto es una rosa muerta. Sigue leyendo: A Sil Frank y a su recuerdo no puedes llegar de una carrera. Por el contrario, esta segunda nota está destinada exclusivamente a consolidar nuestras relaciones. Firmado: tu estómago.

<<Pero, ¿qué narices…?>>.

Allí se desgrana un abuso, un espanto; ¡qué repudia de la serenidad se hace! La dilatación apunta a toda su anatomía: ojos, mandíbula, esófago. El caño de culpa salpicando la habitación céntrica. <<¿Cuántos mensajes más vendrán, y por dónde?>>. Se nota lleno de información, lo dice en alto, la segunda idea que se decide a pronunciar.

Tres, cuatro, cinco bolitas más. Y a su lectura, nadie.

Antes de desenvolver la última, la más reciente, y porque ésta presenta un tamaño, color y tacto distintos, vuelve a abrir su libreta, un refugio. Claro, se da cuenta de ello: <<Quieres darte al mecanismo de la razón, pleno y consensuado. Lo que más desprecias>>. Eso está haciendo. Echarle una cortina a los vómitos, subvertir la lógica; ¿cuándo escribió todo eso? ¿Hace días, semanas? La idea del tiempo se le ha vuelto un maná aborrecible.

Busca el listado de maneras que alguien como él puede investigar para salir a la calle con garantías. Reconoce una pulcritud en lo allí escrito. Una manera nada maquinal, que le sale limpia. Clara. <<Si todas las claves las procurara una libreta barata como ésta…>>. Una manera era el fármaco, calmo pero flácido. Otra manera es el alcohol; otra la compañía de alguien sexualmente apetecible, del brazo; otra… La lista es larga. Demasiado larga, lo cual equivale a pensar que si tantas formas de protección, de prevención, son efectivas, el mundo no puede resultar tan hostil.

El último papel, el post-it rosa, viene ya, en cierto modo, a liquidar el problema insoluble de esa mañana de esa vida. Y no le cuesta trabajo vomitarlo.

Fue Ulrich Frank. Él lo hizo y eres tú.

 

 

 

 

RAÚL DEL VALLE Síndrome de cautiverio

Raúl del Valle (1977). Dizque profesor de literatura en secundaria y escritor vocacional incapacitado para cualquier tipo de disciplina por lo que, en los últimos tiempos, seguramente por pereza, me he refugiado en el microrrelato, donde me pasa algo parecido a lo que le pasa al Atlético de Madrid en la Liga de Campeones: me hincho a jugar finales pero no gano nunca: en los tres últimos años mis micros han quedado finalistas en el concurso anual de La Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) en las ediciones de 2015, 2016 y 2017. Un año antes, en el 2013, un cuento mío quedó también finalistas en el Cosecha Eñe (Revista Eñe). Y en el pasado 2017, Pequeño monólogo sobre el viento, otro micro de mi creación, volvió a quedar finalista en la II edición del concurso organizado por IASA ascensores y la editorial Páginas de Espuma.

RAÚL DEL VALLE

 

Los panes y los peces 

Como cuando crees haber pasado una página y descubres que has pasado dos, al meter la cucharilla
en la taza de café y efectuar el clásico movimiento circular en aras de la disolución del azúcar, me doy
cuenta de que entre mis dedos hay en realidad dos cucharas. Vendrían pegadas la una a la otra, me digo
para tranquilizarme tras el sobresalto inicial. Dejo las dos cucharas en el platillo donde reposa la taza y
me llevo ésta a la boca para comprobar la temperatura del cortado. Demasiado caliente, me digo,
tendría que haberlo pedido con la leche natural. Y, al ir a devolver la taza al plato, el sonido de la
porcelana contra la porcelana antes de lo esperado me hace comprender, horrorizado, que en el plato
del que he levantado la taza reposa otra taza exactamente igual a la que sostengo yo en mi mano. Sin
pensármelo dos veces, dejo el cortado en la mesa y me levanto con la única idea en la cabeza de
abandonar cuanto antes este bar. Un instante antes de alcanzar la puerta escucho mi propia voz que,
desde la mesa, me llama por mi nombre.

Todos los cuerpos el cuerpo

Las separaciones siempre son complicadas y, en este caso, la intención de seguir siendo sólo amigos no era compatible con su condición vital, así que han optado por la vía drástica.

Al principio, cuando se supo en el pueblo que además de ser hermanos eran pareja hubo un cierto revuelo pero la cosa no pasó a mayores. En el imaginario colectivo de los vecinos, el sexo que pudieran tener se concebía como algo tan cercano a la masturbación que nadie se atrevió a hablar de incesto.

Ahora, tras años de agotadora copresencia, han decidido separarse. Pero no acaban de ponerse de acuerdo sobre por dónde cortar.

Canción de cuna

Se le llama síndrome de cautiverio, según me explicó el médico cuando salí del coma. Consiste en
una parálisis física sin mengua de las facultades mentales. Normalmente sobreviene a raíz de accidentes
cardiovasculares como el que yo tuve pero al parecer se conocen pocos casos tan severos como el mío.
El mismo médico me contó también, como para consolarme, que unos años atrás hubo uno parecido
que se hizo muy famoso: un tipo que sólo conservaba la movilidad en un párpado y que, gracias a un
sofisticado sistema de comunicación ideado por su fisioterapeuta, consiguió escribir un libro del que,
incluso, se acabó haciendo una película. Imagínate lo que puedes llegar a hacer tú que mueves los dos
párpados, añadió el muy hijo de puta.

Como cada verano desde que me quedé así, mi mujer me lleva a la playa casi a diario. Aparca lo más
cerca posible del agua, me baja de la furgoneta y empuja la silla hasta donde la arena se lo permite.
Entonces empieza el ritual de embadurnarme con protector solar mientras va soltando su discursito:
que si no va a estar lejos, que si voy a poder verla todo el rato, que si la necesito sólo tengo que llamarla.
Uy, qué tonta, si tú no puedes hablar, añade como para disculparse.

Y, efectivamente, ella siempre cumple su palabra: extiende la toalla a pocos metros de donde yo me
hallo varado en la arena y su cuerpo semidesnudo no desaparece de mi reducido campo de visión más
que para irse a dar un baño de vez en cuando. Normalmente es ahí donde se los liga, en el agua.
Después se los trae a la toalla y, si el tipo en cuestión acepta su propuesta, acabamos los tres en la
furgoneta: yo en la parte de atrás, ellos follando en el asiento del copiloto. No sé qué debe decirles para
convencerlos. Algunos se escandalizan y se van, otros aceptan encantados.

Al principio me jodía, claro, pero al final he acabado por acostumbrarme e incluso, en ocasiones,
consigo quedarme dormido, como arrullado por sus gemidos cada vez más previsibles.

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

MAITE MARTÍ VALLEJO El arte de pelar mandarinas

Ilustración cortesía de Maite Martí Vallejo.

 

EL ARTE DE PELAR MANDARINAS
O
EN CONTACTO CON ÉL ME CONVIERTO EN ESPUMA Y GOTAS SUELTAS

Celebrábamos nuestra séptima mandarina; ¡no nos lo podíamos creer!
Preguntamos a los novelistas para saber hasta dónde era posible llegar:
la emoción está en la página siguiente y en la hoja en blanco.
“Las rodillas de gelatina” es un ejemplo.

-Por favor, no te vayas- implora ella.
-Ya sabes que debo ir- responde él.
Ambos se miran profundamente a los ojos.
-Sabes que te quiero- le dice él.
-Sí, lo sé. Y también sé que debes partir- responde ella.
Él se gira y sale por la puerta para afrontar su destino, mientras su mujer, llena
de dolor y orgullo, contempla su marcha.

Es un dolor físico. Algunos fragmentos se desprenden con el viento y no me da
la oportunidad de defenderme.
“Si me volviera una con su respiración” no es un buen ejemplo.
Él no sabe que un bikini es un sándwich mixto. No se refería al amor.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, prometer que no existirá
ningún contratiempo.

Sacaba el jugo del gajo y después, lo escupía.
Gajo por gajo, yo se la pelo.

Así sentimos la carencia en ambas direcciones.
Siempre hay dos que siguen despiertos pero se cortará la luz igualmente.
En la naturaleza, la luz viene desde arriba.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, la luz llega desde atrás.
Se adquiere un aspecto místico.
Llevaba una camisa a cuadros. Yo. La camisa de estar a gusto en mi piel.
Le Corbusier solía vestir camisas a cuadros, para no confundirse con el
entorno.

Una golosina natural de fácil consumo.
Mikamuki es el arte de pelar mandarinas. La palabra japonesa mikan significa
mandarina. Desearía utilizar palabras japonesas: me esfuerzo en decir a
vientre abierto: ¿por cuál de los dos caminos partió?

Es la clase de camisa que me defiende de ser derribada a causa de un disparo
o por un árbol que acaban de talar. No estamos en su cabaña de Cap- Martin;
una zona de acantilados casi en la frontera con Italia.
En 1932 Le Corbusier soñaba con un nuevo orden. Y lo soñaba en Barcelona.
El inicio de la guerra civil truncó su geometría.
Esto es el Parque de la España Industrial. Hay nueve torres faro y en una de las orillas del
estanque, sentada sobre una roca, está venus moderna.

(ELLA): Yo también soy muy moderna.
Me he casado. Tengo una hija. ¿Y tú?
(ÉL): No.
Me he acordado mucho de ti.
(ELLA): Pues no me ha llegado ninguna de tus cartas.
He cogido un poco de peso. Estoy horrible.
(ÉL): No. Estás genial.
(ELLA): ¿Te la pelo?

Solo existe una norma, pero ha de seguirse a rajatabla. Hay que aprovechar la cáscara
entera. No desaprovechar absolutamente nada.
No estamos en el Museo Nacional de Arte Occidental de Tokio.
Esto es el Parque de la España Industrial. Pelo mandarinas a contrarreloj.
Las chicas solo quieren divertirse. No he estado con nadie en los últimos siete años.
No me refiero al amor. Es el estómago. Se me ha cerrado.

Las olas mueren sobre la horizontal.

 

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

IRENE CUEVAS Basura

Irene Cuevas nace en Madrid en 1991. Es profesora de Escritura Creativa en la Escuela de
Escritores.

Ella dice, como Silvina Ocampo, que “quisiera escribir un libro sobre nada”. Separadas por casi
un siglo de revoluciones, la búsqueda de la identidad las une en esa “Autobiografía de Irene”
que la autora argentina publicó en 1948.

Acerca de lo que ocurrió o no ocurrió, acerca de las armas propias y ajenas; Irene usa la
escritura para sofocar el olor de la carne quemada.

 

Irene Cuevas por Irene Cuevas.

BASURA

La basura nos rodeaba por todas partes. Creaba siluetas.
Cuerpos extraños. La basura respiraba dentro de las
bolsas y, al hacerlo, el plástico se abría y caían fuera los
restos de otras vidas. Fue cuando le dije que nos
restregáramos, que follásemos en ese lugar.

Estás enferma.

Dijo ella. Su cara era lo más parecido al vidrio que había
visto nunca. Su piel tenía el color de la fruta de verano,
cuando se pudre y se derrama por las avenidas y nadie
llega a consumirla nunca. Pero era tan hermoso. Brillaba.
Todo a nuestro alrededor se podía acariciar.

Mira lo que tenemos.

Le dije y cogí de algún rincón una tierna muñeca de
plástico. Antes había tenido brazos, pero ahora tenía la
posibilidad de que pudiera crecerle algo de dentro. De
que pudiera existir vida en su interior. Frente a un vacío
siempre cabe la posibilidad. Y ahí había un vacío
enorme. No sé muy bien situarlo. En su rostro. En su
pecho. En aquellos brazos que ya no estaban.

Estás completamente enferma.

Dijo y de sus ojos derramó algo similar a la basura que
tenía en mis manos. Por eso digo que era tan hermoso.
Todo se compensaba. Sus ojos estaban sumergidos en
basura. Caía la basura por sus mejillas. Por el contorno
de su cuello. Lágrimas. Líquidos de colores oscuros. Y
yo sostenía la basura que ella iba derramando encima de
mí.

Imaginaos pilas enormes de cáscaras y de polvo, de
restos irreconciliables. Y luego pensad en la belleza. No
lo entendéis. Éramos un tándem. No necesitábamos
nada. Éramos basura y de esa fuente nos
alimentábamos.

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

 

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