REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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NARRATIVAS - page 2

MARTA F. SOLDADO Es bueno que se renueven los nombres y los títulos

Marta F. Soldado (Terrassa, 1989) es Magíster en Literatura Comparada por la Universitat de Barcelona y autora de La felicitat d’un pollastre a l’ast (L’Altra Editorial, 2018). Actualmente reside en Vietnam.

MARTA F. SOLDADO.

Hace dos años estabas cursando el máster en Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona y ahora has puesto rumbo a Vietnam para emprender una etapa muy diferente de tu vida. ¿A qué responde este cambio? ¿Cómo surgió este proyecto tan extraordinario?

La respuesta quizás es demasiado sencilla: ambas cosas (estudiar literatura y mudarme a Vietnam) responden a la curiosidad y a decantarme por lo que me más me ha apetecido en cada momento. Los constantes cambios que me gusta darle a mi profesión, el lugar donde vivo o las lecturas y las aulas donde me siento me son necesarios para renovar fuerzas y no acostumbrar demasiado la mirada a las cosas, o no viciarla a mirar siempre desde la misma posición. Además, está el hecho de que yo ahora mismo sentía que aquí la vida se me presentaba algo cerrada, desprovista de oportunidades y como agotada, poco estimulante.

Antes de marcharte publicabas en L’Altra Editorial tu primera novela, La felicitat d’un pollastre a l’ast. ¿Qué supuso para ti la elección de tu manuscrito? ¿Cómo transcurrió el diálogo con Eugènia Broggi durante todo el proceso?

Comentaba el otro día con una colega que quizás llega un momento en que, de todo lo que escribes, surge un texto del que piensas ‘no está mal’. Cierta coherencia, cierta realización de algunas cosas que querías decir o sugerir y, por encima de todo, cierto logro con la forma.

Uno nunca es un buen juez para sí mismo y, por eso, que tu manuscrito pueda interesar hasta el punto de proponer su publicación a una editorial que valoras y estimas por su catálogo es un paso adelante enorme.

Hay un momento de vértigo: ¿de verdad? Pero o te tomas un poquito en serio y dejas que lo hagan los demás o no hay nada que hacer, y con Eugènia Broggi puedes hacerlo siendo tú misma y aportando una voz propia. Su mezcla de inteligencia, sencillez elocuente, pasión por su trabajo y respeto absoluto por un texto, por las decisiones literarias del autor y, por encima de todo, su persona, hacen que sea fácil, agradable y muy humano el diálogo con ella. Hay que mencionar también su confianza en alguien que no era nadie en un mundillo en que, a priori, todos parecen tener algún tipo de aval. Con ella he podido mejorar el texto con alguna sugerencia leve que parecía salir más de mí que de la editora, esa es su magia.

‘La felicitat d’un pollastre a l’ast’ de MARTA F. SOLDADO.

¿Qué te llevó a elegir el catalán para tu primera novela y a apostar por una editorial específicamente catalana? ¿Cuáles son las consideraciones que pueden rodear la elección de una lengua literaria en la Catalunya contemporánea?

La lengua en que se escribe no tiene que ser fruto de una elección meditada, sino que a menudo viene dada como fatalidad, necesidad o reacción fisiológica. No hay opción política, hay una adhesión primeriza a los placeres del ritmo y la sonoridad de una lengua concreta, sea esta tu primera o tu octava lengua (aunque casi siempre ese lazo tan estrecho se dé con la primera lengua, la materna).

Aun así, no hay que olvidar que todas las circunstancias significan: ser mujer, catalana, de clase baja … como señalaba una gran poeta. Podría argumentar que utilicé, por vez primera y preferentemente, “formatge” o “t’estimo” (dos imprescindibles) pero la verdad es que sobre todo encontré en el fluir literario del catalán mi camino expresivo. A un escritor en lengua mayoritaria, por cierto, jamás se le pregunta por la elección de la lengua con la que crea, puesto que se presupone que no hay dilema, pese a que quién sabe si ese escritor es bilingüe o trilingüe y tiene en el seno de la elección de una lengua cierto conflicto. Dicho esto, en ningún momento me planteo escoger lengua para mi primera novela, sino que la novela surge en una lengua concreta y en una realidad también concreta, que es la catalana y la de los muchos editores que editan con total normalidad en catalán.

¿Qué buscabas reflejar con el aparente conformismo de un personaje como Fina? ¿Fue arriesgado construir una novela en torno a una figura de corte naîve —al menos a priori—, capaz sin embargo de expresar un mensaje, por lo demás, tan contundente?

Buscaba que su aparente conformismo fuera el de todos. Es decir, (con)formarse es algo que hacemos a diario, a la vez que prejuzgamos el conformismo de los demás como si el nuestro fuera mejor o tan distinto. Es desde ahí que partimos y es tomando conciencia de lo que implica que podemos agrietar o echar por los suelos una realidad determinada que a menudo nos ahoga, porque en ese conformarse no nos hemos escuchado, solo hemos atendido a lo que venía de fuera como dado y a ello nos hemos adherido por inercia.

Fina es esa mujer, que en un principio podría parecer un personaje inapropiado para pensar y ponerle nombre a esa rutina, a ese conformismo, pero que es tan capaz como cualquier otro para expresar el anhelo por romper con las normas del juego y cambiar la mirada y la actitud frente a lo que le rodea, aunque en apariencia nada vaya particularmente mal. No sé si es arriesgado o no construir la novela en torno a Fina, pero sí que busca provocar, y en todo caso la prefiero a una heroína que pudiera parecer más rompedora, arriesgada, más un modelo a seguir y admirar que una peluquera de barrio, que nos puede incomodar con sus renuncias y sus ingenuidades que queremos ajenas por reconocerlas como las nuestras. Precisamente porque la empatía es algo más complicada, o arriesgada, se me presentaba como más rica e interesante. Y, sin embargo, era esa ingenuidad que ella conserva la que me iba a permitir una mirada entre infantil por soñadora y, por qué no, subversiva en la medida en que inventa y transforma todo a su alrededor, a su antojo y sin complejos.

MARTA F. SOLDADO.

¿Cuáles son las herramientas de las que pueden disponer personas como Fina para detectar las ‘jaulas sociales’ que las encierran y limitan?

Creo que todos disponemos de herramientas para detectar las jaulas sociales diarias, aunque siempre ayude haber leído tal cosa, tener tal referente, haber visto tal película, haber conocido cierta persona o haber salido del lugar en el que uno vive.

Pero esos mecanismos de la inercia están ahí y entran en conflicto con muchos deseos y anhelos, la discrepancia entre lo que nos han dicho que debería ser y lo que es, o lo que tengo y lo que querría tener… no hace falta disponer de herramientas muy precisas para detectarlo. Uno puede no ponerle palabras a ese malestar, a esas limitaciones, quizás solo las sienta y las exprese de otros modos, quizás las aparte de sí mismo o decida vivir felizmente en ellas, pero detectarlas las detecta. Aunque sea con el cuerpo o a través de los poros, como le pasa a Fina al principio. A veces son solo pequeños ‘tics’, como un fruncir el ceño con asiduidad, curvar los labios en señal de desaprobación, insultar constantemente a quien tenemos al lado porque sí, el aburrimiento mortífero que asumimos sin querer. Qué se yo, el ansiolítico o el Prozac, como para anular el efecto de la sospecha. Cuanto más descarada se vuelve la fantasía capitalista peor o mejor acompañada de la fábula familiar y más se aleja de la vida, más Finas pueden detectar de manera muy temprana que algo no acaba de encajar del todo.

¿Por qué decidiste rendir homenaje a la figura de Montserrat Roig en La felicitat d’un pollastre a l’ast? ¿Por dónde pasa el diálogo entre ambas literaturas, la suya y la tuya?

Montserrat Roig es una autora importante para mí. Su literatura me parece muy humana, muy cercana a la vida, laten las vidas de sus mujeres en ‘Ramona, adéu’. La mirada de la voz narradora en su literatura es crítica y socarrona a la vez que cariñosa y dulce. Reconcilia ese equilibrio a lo ‘Chéjov, el médico’, que cuida pero que también se ríe e ironiza, manteniendo la distancia necesaria para el ejercicio de la profesión.

En algunos de esos puntos intermedios, estalla cierta humanidad, que es lo que me interesa. De ahí la Roig y también una novela clásica, con historias de tres generaciones, con una ciudad, con una serie de voces y un hilo de voz que las une. Era ese tipo de novela la que podía entablar diálogo, no ya conmigo, sino con el personaje y su contacto digamos más físico y emotivo que reflexivo con un texto. Me parecía, por cómo he recomendado esa novela a diversas personas y sus reacciones, o cómo la he compartido, que era un lugar de encuentro que propiciaba el estado de ánimo en el lector que a mí me interesaba, que conectaba a muchos lectores entre sí (ni a unos pocos exigentes, ni a unos muchos supuestos devoradores de ficciones comerciales), y ese es el lugar donde alguna vez me gustaría estar.

MARTA F. SOLDADO

¿De qué manera percibes el momento de la literatura catalana contemporánea y al auge de nuevas voces como Alicia Kopf, María Cabrera o tú misma?

Es un buen momento, en el sentido que hay muchas voces como tú dices nuevas, frescas, distintas. Es bueno que se renueven los nombres y los títulos, o que se añadan a los que ya existían. Eso no quiere decir que todo deba ser de la más alta calidad o al gusto de ‘nuestros buenos críticos’, al contrario, la literatura catalana debe empezar a ‘desacomplejarse’. Dejar de ser una literatura pequeña que se quiere de la más alta calidad para ser una literatura que dé cabida a muchas expresiones. A menudo tengo la sensación que están los que solo querrían Verdaguers y Rodoredas, e incluso invocan a nuevos autores en términos similares a los que usan para definir los grandes referentes, pero eso no ocurre cada día, no se multiplican las Rodoredas una tras otra, hay que asumirlo.

Esa manía por la excelencia en cada texto, para mí, tiene que compensarse no con ‘un todo vale’, en ningún caso, sino en un ‘vamos a buscar buenos textos y el tiempo, el reposo ya dirán sobre su valía, sobre cómo perduran o imprimen en muchos lectores momentos memorables’.

Afortunadamente, con la existencia de varias editoriales independientes y con el ritmo de publicaciones, creo que se da cabida a una mayor multiplicidad de voces. Las autoras que citas, por ejemplo, las siento muy distintas a mi modo de escribir, lo cual es genial. Del mismo modo, podría citarte muchas autoras contemporáneas más cercanas o afines, pero no solo en la literatura catalana, y eso es un buen síntoma. Saber dónde una se sitúa pero abrirse más allá de esas fronteras, que también pueden convertirse en ‘jaulas’, por cierto.

¿Cambiará tu vínculo con la literatura a partir de tu traslado a Vietnam? ¿Cómo puede afectar una experiencia de este tipo en la elección de los temas o la forma de expresión? ¿Podemos contar con que continúes escribiendo y publicando desde allí?

Continuaré escribiendo, sin duda. Y más, y espero que mejor, claro. La experiencia afectará en gran medida la forma y los temas, supongo, puesto que aquí soy una extranjera donde el choque cultural y el hecho de que la realidad de golpe suponga un reto en todos sus aspectos (desde bajar a la calle, a desplazarte, a pedir algo a un vendedor ambulante, a acostumbrarte al clima y los códigos), te convierte en un Gurb, en aquel que frente a lo que para unos es más común no puede evitar un extrañamiento y un cuestionamiento constante frente a lo que le rodea. A priori, eso me parece bueno para la literatura. De hecho, desde mi llegada siento como una necesidad de ponerme a escribir cada granito de arroz, cada olor, cada exclamación tonal que escucho y no comprendo. De ponerle palabras con urgencia a lo que son sensaciones para el cuerpo demasiado fuertes y muy concentradas en un mismo momento y lugar.

 

Entrevista realizada por ©DARÍO ZALGADE para THALAMUS MAGAZINE.

SARA B. DEL REY Si fui cuerpo posible

Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

SARA B. DEL REY

Empezaré generalizando. La gente cuando crea, baila. Baila raro. A veces, las ideas se agolpan tanto que las manos no alcanzan a traducir el embrollo de madejas de hilos de colores desorbitados, es decir, salidos de la órbita. Las ideas se van volando hacia el espacio exterior y, al intentar atarlas, surge la angustia y el terror de que se escapen para siempre. Porque si las atas mal, o demasiado fuerte, o con una cuerda inadecuada, se desintegran. Entonces paras de escribir (podría parecer que paras de crear, pero no hay interrupción posible, generalizando, quiero decir). Y bailas. Incluso si no hay música que te acompañe. Bailas raro. Como si el movimiento fluido del cuerpo pudiera hacer tangibles las ideas, haciendo que se cocinasen a fuego lento las emociones y se fundiesen en la piel, en el ombligo o en la respiración.

Pero, un día, el baile se convierte en catástrofe. Bailas raro y el caos se descalabra, y se precipita hacia la nada, como cuando agitas con fuerza el bote de champú para que salgan las últimas gotas de jabón y piensas: mierda, se me olvidó comprar más y ahora mi pelo quedará medio sucio, medio limpio. Justo hoy que, después de olvidar al último que me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, iba a ser el día ese especial para hacer algo más que pasear inerte.

∗∗∗∗

Dicen que, a veces, cuando se pierde el conocimiento es posible realizar un viaje astral. No lo tengo claro. Imagino que será un viaje a través de los astros, pero yo no he visto estrellas. Yo solo recuerdo un acantilado-montaña. ¡Desde la montaña se ve todo tan pequeño!, decía una voz de fondo. Desde la montaña me olvidé de ti, contestaba el eco. Desde la montaña se podía ver el río del valle, que parecía medir un centímetro de ancho y, a su alrededor, un montón de seres-hormiga arrojándose al agua para morir ahogados.

En la cima de ese lugar de vistas privilegiadas descubrí una exposición. La entrada era gratuita:

«No saber lo que me pasa por dentro, no es excusa para no olvidarte», decía el cartel, al principio del recorrido. «Exposición breve de algas marinas y vértebras de cristal»:

Nº1 RECUERDOS ESCUCHADOS AL SALTAR AL VACÍO.
(Grabación sonora).

«Vine corriendo. Huyendo. Sin saber. Y a mis espaldas he dejado un montón de
silencios. No encuentro la manera de regresar porque no dejé un camino de migas de
pan que, en cualquier caso, se hubieran comido las palomas sucias de esta ciudad. (…)
Corre, corre, que te pillo, como cuando era divertido (…) He llegado aquí sin aire en los
pulmones. Delante de mí hay un muro (de ladrillos). A mi derecha (…). A mi izquierda
(…). Por detrás, junto a la espina dorsal (…). He tomado la decisión irrefutable de
romperlo como sea. Que se abran las grietas, aunque sea con sangre (…) Y ver la salida.

Dar golpes con mis manos, con mi cabeza, con mi corazón (…)
Gritar las no-posibilidades.
Besos-miedo. Abrazameporfavorquememuero. 3, 2,1… 0».

∗∗∗∗

Bailo, bailo raro. Y, claro, nadie me ve cuando lo hago, como dice esa especie de refrán manido de los tiempos de Facebook. Es un tipo de baile extraño, un poco desajustado, desbaratado, de tal forma informal que el otro día me tropecé y me di de lleno en la cabeza con el pico del mueble de la entrada. Ahora mis ideas son latidos de dolor que recorren mi cuerpo. Y no puedo hacer nada más que mirar el techo de esta habitación de hospital. Mierda, agité demasiado el bote de champú y se derramó todo lo que quedaba. Ni siquiera podré aprovechar las últimas gotas viscosas. Tendré eternamente el pelo sucio. Diferente sería si estuviera en una cala de Ibiza observando el atardecer. Allí no hay suciedad. Allí el olor a mar es tan fuerte que nos fundimos con él, nos integramos en el paisaje, soleada nuestra piel, dorados nuestros corazones, los pies colgando en el vacío hasta que se hace de noche y, entonces, bajo las estrellas, me besas. ¡Qué romanticismos del siglo XIX! ¿Por qué te metes con el siglo XIX? Fue un gran siglo, fue un siglo como otro cualquiera. No sé, siempre que algo me parece casposo lo ubico en el siglo XIX. Supongo que eso es lo que nos trajo hasta aquí: la Revolución Industrial, las máquinas, Frankenstein… Y luego el siglo XX: el cine, el rock&roll, whatsapp… Tal vez, si hubiera nacido antes del siglo XIX, no bailaría raro. Como mucho, algún baile popular.

∗∗∗∗

Nº2 RECORRIDO POR EL PRESENTE: Patos y un estanque.

«Si miras a la derecha hay una “O” de círculo cerrado. En primer plano está la
aceptación del no y un pequeño y sinuoso hilo de baba de pulque que expresa
sutilmente que no hay nada más que decir y que no quiero que salgan más palabras de
mi boca y que ya no quiero porque no puedo querer ni creer que quiero querer y
querer creyendo que quiero cuando no hay más voluntad.

Respirar la no-puntuación.

Es hermoso, muy hermoso, (esto es el “0”, también círculo cerrado) ese contorno de
bordes colorados que me hace sentir que ya pasaron los tiempos de anestesias. Es tan
alto como para decirlo mirando a través del cristal del faro. Sonriendo a los barcos que
se acercan como
patos
en
un
estanque».

∗∗∗∗

Me duele la cabeza. Falta algo, una suerte de separación de retina, de división de rotura. En algún momento, podré introducirme en la grieta sin miedo a caer en el pozo. Tú estabas ahí, en un pozo, y yo te gritaba desde arriba. Me quedé sin voz, eso también lo recuerdo. Olvídalo, somos de pozos diferentes, ya no sé ni lo que digo. Iré, iré a buscarme y me lanzaré sin tapujos en el intersticio. Será como nacer, pero al revés. Entraré directamente en mi sexo para rebuscar entre mis entrañas lo ausente.

Pero aún no ha amanecido. Así que mejor me duermo y sueño con unas zapatillas grises con agujeros en las suelas, de las que dejan pasar el agua cuando llueve, para levantarme después con los pies y los centros mojados y con sensación de dolor en la frente. No me pegues más con la sartén en la frente, por favor, tratando de que te diga que sí, que tienes razón, que claro, que yo no sé, que yo soy tonta y me lo tienes que explicar todo. Basta de sartenazos en la frente de pies mojados. Esto parece del siglo XIX también, de aquella época en la que todavía creías que yo no sabía de lo que hablaba y que lo de bailar era prostituirse y provocar que me violaran por la calle. Deja ya la sartén y fríe un huevo, que ya eres mayorcito.

Eso le diría, pero no puedo porque me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, tan larga que llegó a quebrar las vértebras de cristal. Cuando eso ocurre, una pierde el equilibrio y se da con la esquina del mueble feo de la entrada en plena frente. Y brota la sangre del cuerpo atravesado, por el hueco abierto en el cerebro. Por ahí se escapan las ideas, también, hasta el punto de que ayer, antes de dormir, tuve una pesadilla horrible: ya no tengo imaginación, me dije. No tengo imaginación. La he perdido. He perdido mi imaginación y se me olvidó comprar más. Ahora voy a tener las ideas sucias, imposibles de separar, como en una pelota de grasa y pelos con ojos, que llora un poco y hasta da ternura, a pesar del rechazo inicial.

No tengas tantos prejuicios, Pelota también tiene derecho a vivir. Le daré de comer un trozo de fuet a las dos de la mañana, para que se transforme en algo bonito que haga sonidos guturales y me mire con los ojos tan abiertos como redondos.

∗∗∗∗

Nº3 LO QUE VENDRÁ: Concierto nº 10: Vaticinios del no-tú.

«Llegará un tiempo en el que ya no será esta la música de fondo. Será una no-música.
Igual que ya ocurrió antes con otros no-cuadros y no-dibujos que se incineraron en
soledad. Incluso da risa sentarse a ver el espectáculo. Llegará ese tiempo en el que me
preguntaré cómo fue posible que ocuparas ese lugar en la esquina del ojo mientras me
bañaba desnuda en el mar.
Llegará también un tiempo en el que olvidaré la pregunta-estribillo y la violencia del
desgarro que aparecía en los reflejos y sueños involuntarios. Y sabré que haber vivido
este absurdo fue necesario.
Estribillo (bis) x2
Estribillo (bis) x2».

El final queda como suspendido… Y me da por cerrar los ojos y descansar en el sofá
que alguien abandonó, hace décadas, en los acantilados. Suena a Te echaré de menos
allá donde vaya, cuando seas no-tú, no-tú, no-tú…
Queren, queren, cum, cum, cum.

∗∗∗∗

El techo del hospital es demasiado blanco, ahí no se puede escribir. Debería ser de papel reciclado, estos hospitales no tienen ninguna conciencia ecológica. Al menos, el pollo que me traen a la hora de comer no sabe a pollo.

Me duele, me duele, pero no me quiero quejar en este escenario donde todo el mundo me está mirando para ver cuál es mi siguiente fracaso. No, no voy a parir ningún hijo aquí, delante de todos, solo para que me aplaudan. Ni me voy a poner a girar como un satélite. No voy a aullar, como loba en celo, dispuesta a dejarme devorar en la autopista. No voy a ser la Luna. Soy algo así como la tierra, o más bien la lombriz que la atraviesa. El público se ríe, parece que he dicho algo gracioso. Pero siguen ahí, esperando. Y yo no sé qué más tengo que hacer, si ya lo hice todo… De pronto, se enciende el cañón de luz que me ciega. El teatro está en silencio y solo oigo respirar a la multitud al otro lado. Respiran fuerte, como si les faltara el aire o estuvieran resfriados. Y, entonces, me decido y empiezo a bailar. A bailar raro.

 

 

MARTÍN PARRA El ruido decadente del hormigón

Martín Parra, que pasea sus obras con el susto del anonimato, sigue contrayendo deudas de autoengaño y compromisos editoriales, consciente de que la tiranía, si no próspera en títulos y sucedidos, a nadie conviene. Su última obra de narrativa se trata de un diario íntimo, largo de sillas (todas vacías): “Camille. Viñeta amorosa” (Queimada, 2017). Asimismo, acaba de ver la luz el poemario “Paseo de vidrios”, con la editorial Lastura. Él seguirá a oscuras.

 

Martín Parra

 

SIL FRANK

 

Era un periodo interior ruidoso, muy al fondo de un patio quieto; se diría que una de esas perplejidades que de vez en cuando acechan, y que al bosque de días colocan bolitas de autoridad ─serían unos árboles navideños.

Era una persona dormida, bañado el cuerpo de luz y de pena, el cuerpo amanecido de espasmo en algún músculo exacto que aún luce.

(Qué difícil greguerizar cuerpos y relieves).
Una persona muy en el centro de la habitación, muy talla religiosa con barba y un erotismo como un abrazo de siglos; parece que despierta, se mueve. Cae la tarde como un llanto, desde el lado opuesto a aquel en que todos la esperan.

<<Por suerte hay varias maneras, múltiples y en conjunto ruidosas como un cóctel de hienas, para que alguien como tú, ya lejos de los hombres y sus tretas, sea capaz de salir a la calle, al magma competitivo y metálico, con garantías>>.

Le está dando por leerse, manosea la libreta impecable, se adecúa el edredón a la pierna en un último ruego de prórroga; de pronto reconoce una incertidumbre que le es familiar, como una tilde sin poner, deja la libreta en el escritorio inmediato a la cama: <<De mis mejores idilios>>, la pastilla, una manchita que guarda adentro el pecho, y le impulsa; la pastilla.

<<Está el fármaco. Es una de las maneras encaminadas a que alguien como tú, yo, pueda salir a la calle>>.
Pero el fármaco reviste limitaciones, se dice, lo vuelve todo débil, flácido, como ese medio falo priápico que es un flash de menta antes de
congelarse, y piensa en tachar la frase, aparcar las elocuencias; <<Si no un eco seguro, de ayer no sobrevivirá nada>>.

Se incorpora con la frustración como una levadura, bosteza. Todo parece irle repetido, doble y distinto en cada vuelta de tambor ─de un tambor de ventilador flojo. Allí se le está culpando de su prosa en presente, de la noche carioca y encendida, del colapso de las musas.

─Ningún Premio Nacional por aquí… Ningún futuro académico.

Esta es la primera idea que se decide a pronunciar.

Allí se hace un análisis del presente un tanto particular, y en el rizo obsesivo de la vida, esa boca se ha perdido. Es una boca de un diamante del que nace cualquier cosa menos vida. Aquí el engaño de toda gema, claro. Despliega las mandíbulas resistentes al rallado, parece que toma impulso de frase recurrente: Ningún Premio Nacional, por aquí… Ningún… Entonces se quiebra; el conjunto atildado se iguala a una escena de Polígono, de Barranquillas.

Un escorzo difícil para este vómito de diván.
Lo cual que quiere toser, y tose como un colapso, para todo, dedidación, hasta el regúrgito que amplía el foco de luz, ¡señalamos domesticidad! ¡Una tos es una crónica estupenda!

Asoma la pastilla recién tragada anunciando una lectura fácil. No queremos quedarnos en una lectura fácil. Se desliza la pastilla, traslúcida como una emoción, un problema, una simplicidad.

¡Argh! ¡Cough!
La vida parecía nerviosa justo entonces o por lo menos era la vida de una persona nerviosa, suspendida. Muchos de los que estén leyendo esto dirán que nada de lo aquí vertido prestigiaría a tonto alguno, en ninguna circunstancia. Que son todo deducciones; así la noche ebria, lo que parece alguien sin trabajo, alguien que viene tal vez de echar un polvo; no sé. Pero esta crónica no resulta sino una continuación, una pieza más del mecanismo túnel suyo, y eso exige una atención que vosotros ni imagináis alcanzar, seres de vida diversificada.

Todo lo que exige atención la disminuye. Algo así como que para estar en todas partes uno no debe estar en ninguna. Meh.

Y detrás de la pastilla, más luz, lo que pasa es que no ya no se sabe si doméstica. Un ensanchamiento de la boca, sí. Calibre piña, por donde se sienta.

El tracto difícil, casi ovíparo. Sale la pelota.

Tose.

Detrás de esta primera pelota, le acuden varias más, desde el último trastero de las tripas. Algo asidas ya a los ácidos intestinales, pero papel folio, al fin y al cabo. Contienen referencias, en forma de mensajes, a las que han sido sus últimas horas de noche; la noche reciente. En un primer papel lee lo siguiente:

Con cuidado te has tragado esta hoja la última. También en el circo eres secreto. Tus motivos tendrás; quieres que esta hoja sea la primera que leas mañana. Mañana. Vas a cachondearte.

¿Recuerdas a Sil Frank?

En ese momento le cuesta comprender, está confuso. La mañana fría, que ha dejado de encontrar amable, disponible; el dolor de cabeza, la falta de riego en los dedos de los pies.

Tose, vomita de nuevo, la atmósfera del cuarto es una rosa muerta. Sigue leyendo: A Sil Frank y a su recuerdo no puedes llegar de una carrera. Por el contrario, esta segunda nota está destinada exclusivamente a consolidar nuestras relaciones. Firmado: tu estómago.

<<Pero, ¿qué narices…?>>.

Allí se desgrana un abuso, un espanto; ¡qué repudia de la serenidad se hace! La dilatación apunta a toda su anatomía: ojos, mandíbula, esófago. El caño de culpa salpicando la habitación céntrica. <<¿Cuántos mensajes más vendrán, y por dónde?>>. Se nota lleno de información, lo dice en alto, la segunda idea que se decide a pronunciar.

Tres, cuatro, cinco bolitas más. Y a su lectura, nadie.

Antes de desenvolver la última, la más reciente, y porque ésta presenta un tamaño, color y tacto distintos, vuelve a abrir su libreta, un refugio. Claro, se da cuenta de ello: <<Quieres darte al mecanismo de la razón, pleno y consensuado. Lo que más desprecias>>. Eso está haciendo. Echarle una cortina a los vómitos, subvertir la lógica; ¿cuándo escribió todo eso? ¿Hace días, semanas? La idea del tiempo se le ha vuelto un maná aborrecible.

Busca el listado de maneras que alguien como él puede investigar para salir a la calle con garantías. Reconoce una pulcritud en lo allí escrito. Una manera nada maquinal, que le sale limpia. Clara. <<Si todas las claves las procurara una libreta barata como ésta…>>. Una manera era el fármaco, calmo pero flácido. Otra manera es el alcohol; otra la compañía de alguien sexualmente apetecible, del brazo; otra… La lista es larga. Demasiado larga, lo cual equivale a pensar que si tantas formas de protección, de prevención, son efectivas, el mundo no puede resultar tan hostil.

El último papel, el post-it rosa, viene ya, en cierto modo, a liquidar el problema insoluble de esa mañana de esa vida. Y no le cuesta trabajo vomitarlo.

Fue Ulrich Frank. Él lo hizo y eres tú.

 

 

 

 

RAÚL DEL VALLE Síndrome de cautiverio

Raúl del Valle (1977). Dizque profesor de literatura en secundaria y escritor vocacional incapacitado para cualquier tipo de disciplina por lo que, en los últimos tiempos, seguramente por pereza, me he refugiado en el microrrelato, donde me pasa algo parecido a lo que le pasa al Atlético de Madrid en la Liga de Campeones: me hincho a jugar finales pero no gano nunca: en los tres últimos años mis micros han quedado finalistas en el concurso anual de La Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) en las ediciones de 2015, 2016 y 2017. Un año antes, en el 2013, un cuento mío quedó también finalistas en el Cosecha Eñe (Revista Eñe). Y en el pasado 2017, Pequeño monólogo sobre el viento, otro micro de mi creación, volvió a quedar finalista en la II edición del concurso organizado por IASA ascensores y la editorial Páginas de Espuma.

RAÚL DEL VALLE

 

Los panes y los peces 

Como cuando crees haber pasado una página y descubres que has pasado dos, al meter la cucharilla
en la taza de café y efectuar el clásico movimiento circular en aras de la disolución del azúcar, me doy
cuenta de que entre mis dedos hay en realidad dos cucharas. Vendrían pegadas la una a la otra, me digo
para tranquilizarme tras el sobresalto inicial. Dejo las dos cucharas en el platillo donde reposa la taza y
me llevo ésta a la boca para comprobar la temperatura del cortado. Demasiado caliente, me digo,
tendría que haberlo pedido con la leche natural. Y, al ir a devolver la taza al plato, el sonido de la
porcelana contra la porcelana antes de lo esperado me hace comprender, horrorizado, que en el plato
del que he levantado la taza reposa otra taza exactamente igual a la que sostengo yo en mi mano. Sin
pensármelo dos veces, dejo el cortado en la mesa y me levanto con la única idea en la cabeza de
abandonar cuanto antes este bar. Un instante antes de alcanzar la puerta escucho mi propia voz que,
desde la mesa, me llama por mi nombre.

Todos los cuerpos el cuerpo

Las separaciones siempre son complicadas y, en este caso, la intención de seguir siendo sólo amigos no era compatible con su condición vital, así que han optado por la vía drástica.

Al principio, cuando se supo en el pueblo que además de ser hermanos eran pareja hubo un cierto revuelo pero la cosa no pasó a mayores. En el imaginario colectivo de los vecinos, el sexo que pudieran tener se concebía como algo tan cercano a la masturbación que nadie se atrevió a hablar de incesto.

Ahora, tras años de agotadora copresencia, han decidido separarse. Pero no acaban de ponerse de acuerdo sobre por dónde cortar.

Canción de cuna

Se le llama síndrome de cautiverio, según me explicó el médico cuando salí del coma. Consiste en
una parálisis física sin mengua de las facultades mentales. Normalmente sobreviene a raíz de accidentes
cardiovasculares como el que yo tuve pero al parecer se conocen pocos casos tan severos como el mío.
El mismo médico me contó también, como para consolarme, que unos años atrás hubo uno parecido
que se hizo muy famoso: un tipo que sólo conservaba la movilidad en un párpado y que, gracias a un
sofisticado sistema de comunicación ideado por su fisioterapeuta, consiguió escribir un libro del que,
incluso, se acabó haciendo una película. Imagínate lo que puedes llegar a hacer tú que mueves los dos
párpados, añadió el muy hijo de puta.

Como cada verano desde que me quedé así, mi mujer me lleva a la playa casi a diario. Aparca lo más
cerca posible del agua, me baja de la furgoneta y empuja la silla hasta donde la arena se lo permite.
Entonces empieza el ritual de embadurnarme con protector solar mientras va soltando su discursito:
que si no va a estar lejos, que si voy a poder verla todo el rato, que si la necesito sólo tengo que llamarla.
Uy, qué tonta, si tú no puedes hablar, añade como para disculparse.

Y, efectivamente, ella siempre cumple su palabra: extiende la toalla a pocos metros de donde yo me
hallo varado en la arena y su cuerpo semidesnudo no desaparece de mi reducido campo de visión más
que para irse a dar un baño de vez en cuando. Normalmente es ahí donde se los liga, en el agua.
Después se los trae a la toalla y, si el tipo en cuestión acepta su propuesta, acabamos los tres en la
furgoneta: yo en la parte de atrás, ellos follando en el asiento del copiloto. No sé qué debe decirles para
convencerlos. Algunos se escandalizan y se van, otros aceptan encantados.

Al principio me jodía, claro, pero al final he acabado por acostumbrarme e incluso, en ocasiones,
consigo quedarme dormido, como arrullado por sus gemidos cada vez más previsibles.

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

MAITE MARTÍ VALLEJO El arte de pelar mandarinas

Ilustración cortesía de Maite Martí Vallejo.

 

EL ARTE DE PELAR MANDARINAS
O
EN CONTACTO CON ÉL ME CONVIERTO EN ESPUMA Y GOTAS SUELTAS

Celebrábamos nuestra séptima mandarina; ¡no nos lo podíamos creer!
Preguntamos a los novelistas para saber hasta dónde era posible llegar:
la emoción está en la página siguiente y en la hoja en blanco.
“Las rodillas de gelatina” es un ejemplo.

-Por favor, no te vayas- implora ella.
-Ya sabes que debo ir- responde él.
Ambos se miran profundamente a los ojos.
-Sabes que te quiero- le dice él.
-Sí, lo sé. Y también sé que debes partir- responde ella.
Él se gira y sale por la puerta para afrontar su destino, mientras su mujer, llena
de dolor y orgullo, contempla su marcha.

Es un dolor físico. Algunos fragmentos se desprenden con el viento y no me da
la oportunidad de defenderme.
“Si me volviera una con su respiración” no es un buen ejemplo.
Él no sabe que un bikini es un sándwich mixto. No se refería al amor.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, prometer que no existirá
ningún contratiempo.

Sacaba el jugo del gajo y después, lo escupía.
Gajo por gajo, yo se la pelo.

Así sentimos la carencia en ambas direcciones.
Siempre hay dos que siguen despiertos pero se cortará la luz igualmente.
En la naturaleza, la luz viene desde arriba.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, la luz llega desde atrás.
Se adquiere un aspecto místico.
Llevaba una camisa a cuadros. Yo. La camisa de estar a gusto en mi piel.
Le Corbusier solía vestir camisas a cuadros, para no confundirse con el
entorno.

Una golosina natural de fácil consumo.
Mikamuki es el arte de pelar mandarinas. La palabra japonesa mikan significa
mandarina. Desearía utilizar palabras japonesas: me esfuerzo en decir a
vientre abierto: ¿por cuál de los dos caminos partió?

Es la clase de camisa que me defiende de ser derribada a causa de un disparo
o por un árbol que acaban de talar. No estamos en su cabaña de Cap- Martin;
una zona de acantilados casi en la frontera con Italia.
En 1932 Le Corbusier soñaba con un nuevo orden. Y lo soñaba en Barcelona.
El inicio de la guerra civil truncó su geometría.
Esto es el Parque de la España Industrial. Hay nueve torres faro y en una de las orillas del
estanque, sentada sobre una roca, está venus moderna.

(ELLA): Yo también soy muy moderna.
Me he casado. Tengo una hija. ¿Y tú?
(ÉL): No.
Me he acordado mucho de ti.
(ELLA): Pues no me ha llegado ninguna de tus cartas.
He cogido un poco de peso. Estoy horrible.
(ÉL): No. Estás genial.
(ELLA): ¿Te la pelo?

Solo existe una norma, pero ha de seguirse a rajatabla. Hay que aprovechar la cáscara
entera. No desaprovechar absolutamente nada.
No estamos en el Museo Nacional de Arte Occidental de Tokio.
Esto es el Parque de la España Industrial. Pelo mandarinas a contrarreloj.
Las chicas solo quieren divertirse. No he estado con nadie en los últimos siete años.
No me refiero al amor. Es el estómago. Se me ha cerrado.

Las olas mueren sobre la horizontal.

 

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

IRENE CUEVAS Basura

Irene Cuevas nace en Madrid en 1991. Es profesora de Escritura Creativa en la Escuela de
Escritores.

Ella dice, como Silvina Ocampo, que “quisiera escribir un libro sobre nada”. Separadas por casi
un siglo de revoluciones, la búsqueda de la identidad las une en esa “Autobiografía de Irene”
que la autora argentina publicó en 1948.

Acerca de lo que ocurrió o no ocurrió, acerca de las armas propias y ajenas; Irene usa la
escritura para sofocar el olor de la carne quemada.

 

Irene Cuevas por Irene Cuevas.

BASURA

La basura nos rodeaba por todas partes. Creaba siluetas.
Cuerpos extraños. La basura respiraba dentro de las
bolsas y, al hacerlo, el plástico se abría y caían fuera los
restos de otras vidas. Fue cuando le dije que nos
restregáramos, que follásemos en ese lugar.

Estás enferma.

Dijo ella. Su cara era lo más parecido al vidrio que había
visto nunca. Su piel tenía el color de la fruta de verano,
cuando se pudre y se derrama por las avenidas y nadie
llega a consumirla nunca. Pero era tan hermoso. Brillaba.
Todo a nuestro alrededor se podía acariciar.

Mira lo que tenemos.

Le dije y cogí de algún rincón una tierna muñeca de
plástico. Antes había tenido brazos, pero ahora tenía la
posibilidad de que pudiera crecerle algo de dentro. De
que pudiera existir vida en su interior. Frente a un vacío
siempre cabe la posibilidad. Y ahí había un vacío
enorme. No sé muy bien situarlo. En su rostro. En su
pecho. En aquellos brazos que ya no estaban.

Estás completamente enferma.

Dijo y de sus ojos derramó algo similar a la basura que
tenía en mis manos. Por eso digo que era tan hermoso.
Todo se compensaba. Sus ojos estaban sumergidos en
basura. Caía la basura por sus mejillas. Por el contorno
de su cuello. Lágrimas. Líquidos de colores oscuros. Y
yo sostenía la basura que ella iba derramando encima de
mí.

Imaginaos pilas enormes de cáscaras y de polvo, de
restos irreconciliables. Y luego pensad en la belleza. No
lo entendéis. Éramos un tándem. No necesitábamos
nada. Éramos basura y de esa fuente nos
alimentábamos.

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

 

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