REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

SARA B. DEL REY Cuenta atrás

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Madrid. 12/04/2019.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los dieciséis, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

CUENTA ATRÁS

10. Más de dos horas en silencio. A veces hago eso. Cuando alguien duerme a mi lado y yo permanezco despierta me concentro en sus sonidos. Salgo de mi cuerpo y entro en la otra respiración. La escucho, la siento. Ritmos y exhalaciones que no son míos pero que son indicio de vida. Es muy relajante saber que la vida se expresa así, de esa forma tan lenta y sosegada. La vida es esto. Respiraciones. Yo ya no creo en el amor, pero sí en las respiraciones. Te toco la boca con la punta de mis dedos, como decía Cortázar. Y solo el tacto me hace sentir viva.

9. ¿No te ha pasado nunca que te preguntas cómo acabaste ahí? ¿Cómo es que estás en ese lugar en el que realidad no tienes tanto que hacer ni que sentir, pero al que has llegado casi por aburrimiento? Mirando las estrellas me dices que el paracetamol se ha inventado para acallar las revoluciones. Bueno, no sé si esas son tus palabras o yo las mejoro, las maquillo, las reinvento para crear un recuerdo diferente. Y después de decirlo te quedas dormido.

8. La anestesia. Narcolepsia. Asepsia. El periodo del desierto. A veces, aún, la frustración se apodera de mis garras de monstruo herido y no soy capaz de hablarte. La piel cuarteada, los labios secos, el pelo estropajoso y enredado. La tierra y yo somos del mismo color. No hay poesía que pueda calmar la sed. Sopla el viento y eso es lo único que pasa, pero mi rostro no se mueve y mi voz no rebota sino que se pierde, se eleva, se va. Tampoco recuerdo cómo caminar. Me dejé fagocitar por el plástico de la soledad pensando que sería de carne y hueso. Yo creía que… Yo pensaba que… Yo sentía que… Mentira. Yo no sentía, ni creía, ni pensaba nada. Yo necesitaba caerme, estrellarme sin paracetamol. Hoy estoy aquí, recomponiendo las piezas que no encajan.

7. Sentados en lo alto del acantilado, allí donde estaba el castillo. Tumbados mirando al cielo y rozándonos con la punta de los dedos. En ese instante, una llamada de alguien que nos quiere mucho: “El mundo empieza en vosotros”, dice entre sonrisas. Yo te miro y te agradezco hacerme perder el miedo y el tiempo, convencerme para el riesgo ante las olas contra las rocas y hacerme saltar desde las alturas para hundirme hasta el fondo del mar. Gracias por existir, gracias a ti, soy. Contigo me atrevo, contigo. Y estaremos juntos para siempre, ¿no?

6. Te imagino pero no sé si existes. Imagino que te conocía, que teníamos una aventura fantástica y un viaje en motocicleta a lo largo de una isla soleada de un mar bravo pero amable. Escribo con palabras en soledad el brillo, casi travieso, de tus ojos al mirarme. Y canto canciones adolescentes al calor del verano, a pesar de las decepciones y la desconexión. No tiene nada que ver lo que soy fuera con lo que soy dentro.

5. Hoy he tenido mi primer orgasmo cuando flotaba boca abajo en el mar, o eso creo. Me gusta dejarme estar sobre la superficie y luego sumergirme. Notar el sol en la espalda y el silencio sordo de los oídos sumergidos que me dejan oír los latidos de mi corazón. Me gusta concentrarme en ellos, como si fueran los de otra persona. Me recuerdan que hay vida. Que la vida es eso. Latir, latidos, falta de aire.

4. Quiero decirte cosas pero no se me ocurre nada porque todos me están mirando. Ya estás aquí, por fin. Rojo, arrugado y feo. Eres muy raro, muy pequeño, mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Tengo muchas ganas de tocarte y de abrazarte. Pero no me dejan, solo me dejan mirarte asomada a la cuna y ver cómo abres un poco los ojos y te mueves despacio. Siento mi corazón muy acelerado. Hueles a algo que no sabía. Me da vergüenza que se den cuenta de que tengo ganas de llorar, así que trato de quedarme quieta. No puedo dejar de mirarte y escuchar cómo respiras. Quiero quedarme siempre así.

3. Las olas me dan vueltas y es tan divertido que no tengo miedo y eso que hace poco sí lo tuve, el día que no podía respirar, cuando me quedé sin aire y no veía la salida porque una colchoneta gigante estaba encima de mí. Igual no era tan gigante, igual es que yo soy muy pequeña. Pero no me da miedo morir. Lo único que me da miedo es que no estés cuando salga del agua para respirar. Mi mamá me llama desde la orilla. Es la hora de ir a comer.

2. Ese olor es muy bonito, es de color verde, viene de la ventana, pero me tendría que subir en la silla para ver al jardinero. Me gusta rodar por el césped en la cuesta del parque. Y cuando papá vuelve del trabajo y me pregunta cómo se dice algo en francés. Abrazo a mi muñeco de cabeza dura que es un mono, pero al mismo tiempo tiene un disfraz de arlequín y otro de payaso. “Es la hora de dormir, monkiki”, le digo quedito. Mi cuerpo desaparece al quedarme dormida. Me separo y, por fin, vuelo.

1. No recuerdo nada. Solo soy un puntito “amable”. Debería bastar para volver a empezar.

0. Cero.

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