REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

MARTÍN PARRA El ruido decadente del hormigón

Martín Parra, que pasea sus obras con el susto del anonimato, sigue contrayendo deudas de autoengaño y compromisos editoriales, consciente de que la tiranía, si no próspera en títulos y sucedidos, a nadie conviene. Su última obra de narrativa se trata de un diario íntimo, largo de sillas (todas vacías): “Camille. Viñeta amorosa” (Queimada, 2017). Asimismo, acaba de ver la luz el poemario “Paseo de vidrios”, con la editorial Lastura. Él seguirá a oscuras.

 

Martín Parra

 

SIL FRANK

 

Era un periodo interior ruidoso, muy al fondo de un patio quieto; se diría que una de esas perplejidades que de vez en cuando acechan, y que al bosque de días colocan bolitas de autoridad ─serían unos árboles navideños.

Era una persona dormida, bañado el cuerpo de luz y de pena, el cuerpo amanecido de espasmo en algún músculo exacto que aún luce.

(Qué difícil greguerizar cuerpos y relieves).
Una persona muy en el centro de la habitación, muy talla religiosa con barba y un erotismo como un abrazo de siglos; parece que despierta, se mueve. Cae la tarde como un llanto, desde el lado opuesto a aquel en que todos la esperan.

<<Por suerte hay varias maneras, múltiples y en conjunto ruidosas como un cóctel de hienas, para que alguien como tú, ya lejos de los hombres y sus tretas, sea capaz de salir a la calle, al magma competitivo y metálico, con garantías>>.

Le está dando por leerse, manosea la libreta impecable, se adecúa el edredón a la pierna en un último ruego de prórroga; de pronto reconoce una incertidumbre que le es familiar, como una tilde sin poner, deja la libreta en el escritorio inmediato a la cama: <<De mis mejores idilios>>, la pastilla, una manchita que guarda adentro el pecho, y le impulsa; la pastilla.

<<Está el fármaco. Es una de las maneras encaminadas a que alguien como tú, yo, pueda salir a la calle>>.
Pero el fármaco reviste limitaciones, se dice, lo vuelve todo débil, flácido, como ese medio falo priápico que es un flash de menta antes de
congelarse, y piensa en tachar la frase, aparcar las elocuencias; <<Si no un eco seguro, de ayer no sobrevivirá nada>>.

Se incorpora con la frustración como una levadura, bosteza. Todo parece irle repetido, doble y distinto en cada vuelta de tambor ─de un tambor de ventilador flojo. Allí se le está culpando de su prosa en presente, de la noche carioca y encendida, del colapso de las musas.

─Ningún Premio Nacional por aquí… Ningún futuro académico.

Esta es la primera idea que se decide a pronunciar.

Allí se hace un análisis del presente un tanto particular, y en el rizo obsesivo de la vida, esa boca se ha perdido. Es una boca de un diamante del que nace cualquier cosa menos vida. Aquí el engaño de toda gema, claro. Despliega las mandíbulas resistentes al rallado, parece que toma impulso de frase recurrente: Ningún Premio Nacional, por aquí… Ningún… Entonces se quiebra; el conjunto atildado se iguala a una escena de Polígono, de Barranquillas.

Un escorzo difícil para este vómito de diván.
Lo cual que quiere toser, y tose como un colapso, para todo, dedidación, hasta el regúrgito que amplía el foco de luz, ¡señalamos domesticidad! ¡Una tos es una crónica estupenda!

Asoma la pastilla recién tragada anunciando una lectura fácil. No queremos quedarnos en una lectura fácil. Se desliza la pastilla, traslúcida como una emoción, un problema, una simplicidad.

¡Argh! ¡Cough!
La vida parecía nerviosa justo entonces o por lo menos era la vida de una persona nerviosa, suspendida. Muchos de los que estén leyendo esto dirán que nada de lo aquí vertido prestigiaría a tonto alguno, en ninguna circunstancia. Que son todo deducciones; así la noche ebria, lo que parece alguien sin trabajo, alguien que viene tal vez de echar un polvo; no sé. Pero esta crónica no resulta sino una continuación, una pieza más del mecanismo túnel suyo, y eso exige una atención que vosotros ni imagináis alcanzar, seres de vida diversificada.

Todo lo que exige atención la disminuye. Algo así como que para estar en todas partes uno no debe estar en ninguna. Meh.

Y detrás de la pastilla, más luz, lo que pasa es que no ya no se sabe si doméstica. Un ensanchamiento de la boca, sí. Calibre piña, por donde se sienta.

El tracto difícil, casi ovíparo. Sale la pelota.

Tose.

Detrás de esta primera pelota, le acuden varias más, desde el último trastero de las tripas. Algo asidas ya a los ácidos intestinales, pero papel folio, al fin y al cabo. Contienen referencias, en forma de mensajes, a las que han sido sus últimas horas de noche; la noche reciente. En un primer papel lee lo siguiente:

Con cuidado te has tragado esta hoja la última. También en el circo eres secreto. Tus motivos tendrás; quieres que esta hoja sea la primera que leas mañana. Mañana. Vas a cachondearte.

¿Recuerdas a Sil Frank?

En ese momento le cuesta comprender, está confuso. La mañana fría, que ha dejado de encontrar amable, disponible; el dolor de cabeza, la falta de riego en los dedos de los pies.

Tose, vomita de nuevo, la atmósfera del cuarto es una rosa muerta. Sigue leyendo: A Sil Frank y a su recuerdo no puedes llegar de una carrera. Por el contrario, esta segunda nota está destinada exclusivamente a consolidar nuestras relaciones. Firmado: tu estómago.

<<Pero, ¿qué narices…?>>.

Allí se desgrana un abuso, un espanto; ¡qué repudia de la serenidad se hace! La dilatación apunta a toda su anatomía: ojos, mandíbula, esófago. El caño de culpa salpicando la habitación céntrica. <<¿Cuántos mensajes más vendrán, y por dónde?>>. Se nota lleno de información, lo dice en alto, la segunda idea que se decide a pronunciar.

Tres, cuatro, cinco bolitas más. Y a su lectura, nadie.

Antes de desenvolver la última, la más reciente, y porque ésta presenta un tamaño, color y tacto distintos, vuelve a abrir su libreta, un refugio. Claro, se da cuenta de ello: <<Quieres darte al mecanismo de la razón, pleno y consensuado. Lo que más desprecias>>. Eso está haciendo. Echarle una cortina a los vómitos, subvertir la lógica; ¿cuándo escribió todo eso? ¿Hace días, semanas? La idea del tiempo se le ha vuelto un maná aborrecible.

Busca el listado de maneras que alguien como él puede investigar para salir a la calle con garantías. Reconoce una pulcritud en lo allí escrito. Una manera nada maquinal, que le sale limpia. Clara. <<Si todas las claves las procurara una libreta barata como ésta…>>. Una manera era el fármaco, calmo pero flácido. Otra manera es el alcohol; otra la compañía de alguien sexualmente apetecible, del brazo; otra… La lista es larga. Demasiado larga, lo cual equivale a pensar que si tantas formas de protección, de prevención, son efectivas, el mundo no puede resultar tan hostil.

El último papel, el post-it rosa, viene ya, en cierto modo, a liquidar el problema insoluble de esa mañana de esa vida. Y no le cuesta trabajo vomitarlo.

Fue Ulrich Frank. Él lo hizo y eres tú.

 

 

 

 

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