REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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ARGENTINA. BIELORRUSIA

NATALIA LITVINOVA El viento que atraviesa el hueco

Edición:
Txetxu González
thalamusxmagazine@gmail.com
Madrid/Buenos Aires/Gómel. 08/03/2019.


NATALIA LITVINOVA

Nací en Gómel, Bielorrusia, a 12,935 kilómetros de done vivo actualmente. En Bielorrusia hay lagos y bosques, en Bielorrusia nació Chagall, en Bielorrusia también hay radiación desde 1986, el año en que nací, el año de la explosión de la Central Nuclear de Chernóbil. Vivo en Buenos Aires desde los 10 años, escribo poesía, soy editora, traduzco poesía rusa y a veces pienso en todos esos kilómetros que separan el ayer del ahora.

 

EL CRUCE DE LOS CAMINOS

 

I went to the crossroad, fell down on my knees
Robert Johnson

 

El cuerpo es un vehículo que nos arrastra
hacia el pasado. Hoy me condujo
al lago de mi infancia: hacía calor,
las mujeres se escondían bajo las sombrillas
y los niños en los árboles.
Mi padre se levantó y caminó hacia el agua.
Vi su espalda, como la de un soldado que marcha.
El agua lo cubrió por completo.
No pude salvarlo desde acá,
sólo contemplé el trazo de su figura.

Una mañana de septiembre
me tomó de la mano y bajamos
por una calle que no conocíamos.
Vimos una casa parecida a la de la abuela,
doblando hacia la derecha estaba el mar.
Nos quedamos quietos
en el cruce de los caminos.
Me pregunté a dónde podríamos llegar
si todas las direcciones
parten de la memoria.

Hay un desfasaje entre la vida y los labios.
Ahora detengo este momento.
El viento se levanta y trae a la casa
el rumor de la arboleda.
Cuando el tiempo recobre su ritmo natural
el susurro de las hojas habrá muerto.

No hubo mar. Seguimos caminando de la mano,
nos detuvimos frente a un gato
que se lamía pronunciando
mi nombre en su mirada. Cuando era niña,
mi padre hablaba con la lluvia
y sus frases la cortaban por la mitad.
Una parte quedaba por encima de sus palabras
como si regresara al cielo
y la otra se concretaba en la caída.

¿Cómo desaparecieron el mar
y la casa de la abuela?
Cuando los vivos van hacia la muerte,
como un remolino,
lo arrastran todo.

Para un funeral la abuela bordó
un manto tan hermoso
que el pueblo marchó tras el ataúd
y admiró el tejido de cerca.
Al saber que era obra suya,
fue pretendida por dos hombres,
un rubio y un pelirrojo se enamoraron de ella.
Entonces les dijo: el que encuentre
la flor del helecho me tomará por esposa.
Ambos corrieron hacia el bosque.
A uno lo encontraron bajo la nieve
y el otro huyó.

Él yace en el hielo, otra nieve lo cubre.
Mueve los dedos y la mano responde de a poco.
Como un caballo que lucha por salir
de un lago que se congela.
Brilla la nieve en los ojos del animal
mientras se apaga en los del hombre.

Los animales presienten su muerte.
Cuando mi abuela se acercaba con el rifle,
el cerdo cerraba los ojos
y los abría por última vez.
Con pupilas en forma de pica
hería sus propios párpados.

Llevo mi mano hacia el pecho
para mostrar donde me duele.
En el hospital me tocan con ternura.
El médico dice:
no es grave, vas a vivir.
Le pregunto cómo.

La enfermera entra y apaga la luz,
toma mi mano y me lleva a su cuarto,
abre un cajón y me muestra los relojes
que les roba a los enfermos.
Le digo que tengo miedo porque voy a vivir.
Todos vamos a vivir en algún momento,
responde.

Robamos el auto de mi padrastro
y vamos hacia el mar.
La enfermera dice que para curar el corazón
el viento marino debe atravesar el hueco,
los hilos de sal le harán un parche.

El mar tiene furia como cada cosa
que no sabe vaciarse de recuerdos.
Entro, lo profundo es egoísta.
El viento me trabaja el músculo
y en mi boca baila la náusea.
La sal expulsa lo dulce que hay en mí.

Nos alejamos de la playa,
brilla como un jardín abandonado.
Ignoraba que mis recuerdos
podrían construir la realidad.
Navego hasta la casa de la abuela
a través del agujero de mi pecho.

Ella me pide que le enseñe mi parche,
le divierte adornarlo con flores, cintas
y la trenza de mi madre.

Pero se duerme antes de empezar.
Su nariz en mi herida
hace que la cicatriz respire.

 

Escucha a continuación un fragmento de EL CRUCE DE LOS CAMINOS, recitado por la propia Natalia Litvinova:

 

 

UN DÍA SE INICIÓ EL OLVIDO

Las partículas de tu rostro
comenzaron a desintegrarse.
Ahora todos los hombres
te retienen en sus rasgos.
Tus gorros roídos por las polillas
y los guantes deformes
por la ausencia de manos.
Un día todos los hombres
que caminaban bajo la lluvia
estuvieron hechos
a la medida de tu cuerpo.
Ya no recuerdo cuán ancha la espalda
o cuán suave la tela del abrigo,
un día el olvido comenzó,
estaba sola en el andén
y las puertas del vagón
se cerraban y se abrían
como si ingresara
una multitud de fantasmas.
La luz de la luna oscilaba
como un farol y las estrellas
parecían colmillos
de un animal al acecho.
Cesaron mi infancia y tu vejez
pero tu voz no,
campana indestructible,
trina en mi sien,
enferma de misterio.

 

 

FLORES DE CHERNÓBIL

Nuestros hombres comienzan a extinguirse,
nadie sabe por qué las mujeres resisten más.
Mi padre llora al sacrificar a un animal
mientras mi madre cambia el empapelado de las paredes.
No nos dejan exponernos al sol, empalidecemos
como flores que crecen bajo la nieve.
Huimos al bosque, lejos de este edificio,
yo con mi blusa infantil y mi hermano con su remera lisa.
Qué ganas de volver al lugar donde nacimos
y correr con los brazos extendidos,
limpiar el aire como uno de esos aviones
que arrojan espuma
sobre el sarcófago humeante.

 

 

LA SUELTA

Me retoco los labios en el tren
al lado de un hombre
que mira hacia otro lado,
animo la suelta de perfumes,
deshago la trenza,
enfurezco el color de mi boca
después de haberlo atormentado.
Una parte mía se escapa en este instante.
Como un caballo negro,
cabalgo velada por mi propia oscuridad,
montada por jinetes
que conducen a la guerra.

(de Siguiente vitalidad, edición española, La Bella Varsovia)

 

 

LA PIEL NO SE RENUEVA

Enamorada y sola
voy a arrancar mi corazón
de la lluvia
y lo voy a nutrir

*

La piel no se renueva, recuerda.
Es corteza de un árbol tatuado con una navaja
o el caparazón de un grillo que se raspó contra la amapola.
Soy un sol blanco que rueda por el desierto,
y los hombres me miran cubriéndose la cara.

*

Lloramos para interrumpir
el desierto de los ojos
así como indagamos la vida
para descansar de la muerte.
Los recuerdos que oculto
terminarán aullando.

*

¿Madre, te acuerdas de los niños
que lanzaban piedras a nuestra casa?
¿Por qué no les dijiste que sus sueños
caerían con más violencia?

*

Soy el bolsillo expuesto de mi cuerpo.
Los días como una tijera.
Despierto y digo en voz alta la oración
de mi abuela analfabeta
y corto el miedo con mi lengua.

 

(de “Esteparia”)

 

Escucha a continuación dos fragmentos de LA PIEL NO SE RENUEVA, recitados por la propia Natalia Litvinova: 

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