REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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SARA B. DEL REY Septiembre en el intertiempo

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

SARA B. DEL REY

 

 

SEPTIEMBRE EN EL INTERTIEMPO

Un día me di cuenta de que mi vida es una figura de círculos concéntricos. Fue una noche, en la terraza trasera de mi apartamento en México, hace un par de años. Desde ahí se veían las paredes desconchadas del patio interior y un lateral del edificio contiguo, con ventanas enormes. A través de ellas se podía espiar la vida interior de sus habitantes. Cada tarde veía la misma imagen cuando salía a respirar en silencio, pero aquella vez fue diferente. Había luz de verano, hacía calor de Luna. El azar hizo que ese lugar cotidiano trasladara mi memoria a otro tiempo, a otro momento concreto de mi vida: Londres, diez años antes. Mi compañera de piso llora en su habitación asiática. Yo observo la noche, que amanece pronto, a través de una ventana gigante desde la que me pueden ver los que están afuera. Quisiera abrazarla, abrazarme. Pero estamos aún en el extrañamiento.

De forma instantánea, mi recuerdo del pasado cambió. Mi propia historia se transformó. Recordé el futuro desde el pasado. Ahora estaba en Londres sabiendo que estaría en México y, al mirar por la ventana, me saludé y cambié de nivel. Dos puntos concretos aparentemente desconectados eran parte del mismo presente. La sensación era la de haber recorrido una circunferencia entera hasta llegar “casi” al mismo punto. Pero estaba en otra órbita, más arriba o más abajo, no sabría decirlo. Fue así como descubrí el intertiempo.

Los electrones al pasar de un nivel a otro ganan o pierden energía, me dijo alguien una vez. La incertidumbre es no saber qué ocurre exactamente en el momento del cambio. No he encontrado todavía el patrón, así que juego con los espejos para hallar otro punto de vista que me permita habitarme en ese espacio-tiempo.

 

Primera ley del espejo: Todo lo que odias del otro está dentro de ti.

En algún momento quise explicarte que la vida era algo más que imaginarnos juntos, pero no me salían las palabras. Hilos de voz de pesadillas en las que el aire denso ahoga. Algo así. Luego me miré al espejo y se me olvidó.

Espero.

Y no pasa nada cuando lo hago.

Las horas, claro.

Y se escurre la miseria al borde de la mesa derramándose en el suelo cada vez más sucio.

Las baldosas blancas están hechas para guardar manchas de recuerdos. Las grietas en la pared, sin embargo, existen para mostrar que todo se puede derrumbar en cualquier momento. Me concentro tanto en la grieta que cada vez que la miro se hace más grande. A veces, dudo de su veracidad.

 

Segunda ley del espejo: Todo lo que quieres olvidar se convierte en deseo.

Los aeropuertos son espejos líquidos de las conciencias. No hay tiempo ni espacio. Todo está diluido entre el pasado y el futuro, el olvido y la expectativa. Hay un cartel en rojo que anuncia la posibilidad de cambio. Es un tiempo de suspensión, de intervalo, que se alarga y se expande, donde no hay acción y tampoco es fácil concentrarse. Igual que ahora.

Una mujer de sesenta años con vestido de flores y cabellos largos mira nerviosa el reloj, las pantallas y los aviones. La gota de sudor se resbala arrastrando maquillajes antiguos.

Un joven sentado con la cabeza entre las piernas revisa el móvil repetidamente, con la tristeza zozobrando por sus manos.

Un hombre serio se mantiene recto, con la mirada fija, envidiando un infinito imaginado.

Mi abuelo, sin embargo, sonríe como un niño asombrado preguntándose cómo es posible que tales máquinas se eleven en el aire.

Los aeropuertos son el tiempo de lo vulnerable.

Yo, mañana, cuando despierte, ya estaré a salvo, me digo.

 

Tercera ley del espejo: A oscuras se puede atravesar.

Cuando pasé al otro lado comprobé que no hay reyes ni reinas de corazones. Me siento tan inmóvil desde ahí, con el cuello rígido, las manos cerradas, los ojos bolas de cristal, que me entretengo en el intertiempo. Por ejemplo:

Un día, esperando a cruzar una calle, me encuentro contigo y nos reconocemos, como dos viejos amigos. Madrid, hace cinco años. En el brillo de la esquina del ojo repasamos lo que nos conecta y sonreímos porque sabemos que nos habíamos conocido en el futuro. A tan solo tres centímetros de distancia me preguntas si me acuerdo de aquella vez que bailaremos sin música, como si fuera una peli cursi de los ochenta. Y yo me río. Claro que me acuerdo. Cómo no acordarme de aquella noche en la que jugaremos en los charcos oscuros hasta que la alegría se hizo día en silencio. La Luna es un espejo en el que tú y yo nos reflejamos una vez y no quisimos ver los harapos descompuestos, te digo. ¿Te acuerdas de que nos despediremos un día de frío en medio de cristales rotos y una maleta cayendo al vacío? Claro que me acuerdo, y de los besos. El bombeo de mi sangre en la punta de los dedos. ¿Por qué no ahora?, le repito, me repito.

Te acercas, tanto, tanto, que la posibilidad existe. Pero es peligroso cambiar el pasado desde el otro lado del espejo. No deberíamos siquiera estar hablando, va contra las normas del espacio-tiempo. Mejor seguimos cada uno nuestro camino, sin despedirnos, y hacemos como si esto solo lo hubiéramos soñado. Me iré a mi casa, haré mis maletas y mañana estaré temprano en el aeropuerto. Y no te conoceré hasta dentro de muchos años.

¿Por qué no ahora?, me preguntas, de forma retenida. Corazón tostado, tambor de sexos y tactos de verano… Porque aún no nos conocemos. ¿Te acuerdas?

Al fondo hay un edificio con grandes ventanas transparentes a través de las cuales se puede espiar la vida de sus habitantes. Alguien me saluda desde el tercero.

 

Sexta ley del espejo: Todo lo que amas en el otro está dentro de ti.

Tal vez es eso. Que el amor se quedó dentro y no salió hacia afuera. El amor, si es que existe, es como un helado de chocolate que parece apetecible pero luego empacha o se derrite, porque está demasiado usado como frase de auto ayuda. Prefiero describirlo como tu sonrisa perdida en los huecos que abren los cangrejos en la arena.

No sabemos nada hasta que nos miramos a los ojos. No tenemos ni idea de lo que sentimos hasta que me tocas. Y entonces ya nada importa porque me resbalo por las esquinas de las rocas y llego hasta el mar para convertirme en plancton y ser el alimento de las ballenas. Tú y yo en el estómago de una ballena, como dos fetos bailando en otra época. Eso es, te conocí en el estómago de la ballena antes incluso de conocerte.

Creo que estoy viendo las cosas del revés. No quiero quedarme paralizada por el miedo, pensando en ballenas y la arena en los ojos.

Tengo que escuchar.

Hay gente gritando bajo los escombros.

El espejo no existe, se hizo añicos cuando se movió la vida. Los órganos cambian de lugar al ver mi reflejo en sus pedazos. El corazón ya no está a la izquierda ni a la derecha, el ojo está en la oreja y el ombligo en la boca.

Me he cortado los dedos al tratar de recomponerlo.

 

Morir es salir del espejo

Imagina que un día tiembla la tierra bajo tus pies y todo cambia. Y caen casas y paredes y suelos. Y quieres salir pero también entrar. Nada es seguro porque no hay suelo. Solo silencio de miedo. Todo cimiento desaparece y en la mente solo ves imágenes del pasado y del futuro que se entremezclan creando asociaciones, cambiando la historia.

Imagina que un día hay un terremoto en septiembre que arranca árboles y todo lo que conocías se traslada a otro nivel, como un electrón, como millones de electrones. Entonces, te miras al espejo y te des-conoces. No te encuentras bajo las ojeras y las miradas viejas. Eres otra, pero eres la misma, y la grieta en la pared es un agujero de tu existencia.

Me acerco despacio al agujero y miro. Estaba ahí desde el principio. Otro círculo.

He atravesado tantas veces las puertas de mi pecho que las esfinges me saludan, atentamente.

La salida está marcada desde el origen de los tiempos.

Creo que, pronto, volveré a cambiar de nivel.

Madrid, 2018.

DRY SHAVINGS De luces, sombras y Belmondo

Edición:
Txetxu González / Sara Del Rey
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


FOTOGRAFÍA de DRY SHAVINGS que inspiró su relato.

De instantes. De parpadeos y recovecos en una cámara réflex nació Dry Shavings. Cada fotografía cuenta una historia, pero no todas son interesantes. La necesidad, aquí, era de encontrar aquellos chispazos, aquellos relatos cortos o más que cortos que se encierran detrás de cada instante capturado. Desde ángulos inocentes se generan historias culpables. Dos años y muchos relatos después, Dry Shavings ha ido extrayendo esas historias como virutas de vida en las manos de un ebanista, y como virutas que son, es imposible encontrar dos iguales.

 

DE LUCES, SOMBRAS Y BELMONDO

SANEL KURBEGOVIĆ Los tiempos están cambiando

Sanel Kurbegović (Sarajevo, 1973). 

De haber vivido en los años veinte se hubiera ido a Moscú a engañarse con la esperanza de un mundo nuevo donde los patronos vivirían de las limosnas de los obreros. De haber sido cubano se hubiera refugiado en Sierra Maestra con los barbudos que después de conquistar La Habana empezaron a olvidar todas sus promesas de libertad, fraternidad e igualdad. De haber sido un yanqui de los sesenta, entre viajes de ácido y jornadas de intensa euforia en las playas de California, hubiera compuesto canciones comprometidas que treinta años después una marca de coches utilizaría para publicitar sus máquinas. Por supuesto, de haber sido judío polaco, habría llevado orgulloso la estrella amarilla que lo condenara a muerte y uno se lo hubiera imaginado en alguno de aquellos trenes del horror que iban a Auschwitz, tarareando canciones infantiles solo para animar a los demás, escondiéndose el dolor propio en algún bolsillo del alma, allí donde nadie pudiera descubrirlo. De haber sido Armstrong, Aldrin o Collins, se hubiera quedado a vivir en la Luna. De haber sido de cualquier otra parte, hubiera soñado con ser andaluz. Sanel Kurbegović tiene estudios superiores, un repertorio de chistes inacabables y el récord mundial de ingestión de capuccinos en una mañana. De haber sido siciliano de principio de siglo, Robert de Niro hubiera interpretado su personaje. De haber sido futbolista hubiera estado lesionado todas las temporadas. Si le hubiera tocado tomar partido en la Guerra Civil Española … bueno, ya pueden imaginarse cómo hubiera acabado.

(Juan Bonilla, biógrafo accidental. Roma, primavera de 2001).

 

SANEL KURGEGOVIĆ

Cada mañana era una coreografía que empezaba con bostezos, estiramientos sonoros y la inevitable travesía hacia el baño. Más sonidos, agua, café, alguna que otra pastilla y el definitivo portazo de salida. Si había suerte de no encontrarse a vecinos jubilados sacando al perro, evitaba el primer saludo de la mañana que le suponía el esfuerzo sobrehumano de tener que desconectar el piloto automático camino al trabajo. No era hasta llegar allí cuando realmente sentía que había despertado; la media hora en Metro más los quince minutos de caminata podían incluirse en el apartado “modo avión”. Ser funcionario nivel 24, con varios trienios y algún quinquenio, no le exigía estar totalmente despierto aun habiendo llegado a su puesto, en un rincón sin luz natural y semiescondido entre enormes pantallas de ordenador. A las diez y media en punto, el resorte del desayuno le hacía visible entre el laberinto de mesas y archivadores en busca de la salida de la oficina. El eterno ritual incluía pasar su tarjeta de empleado público por una cajetilla, algo descolgada de la pared, que controlaba su tiempo de trabajo/descanso y el saludo con la cabeza
al guardia de seguridad al salir por la puerta principal. Elegía un bar cerca para aprovechar el máximo tiempo posible la tostada de tomate y aceite, descafeinado de sobre con leche desnatada y, si había suerte, ponerse al tanto con el diario deportivo que estuviese libre en ese momento. Todos los días eran iguales, salvo que la climatología le forzara a llevar un paraguas o unas gafas de sol hasta que una simple frase del camarero le despertó de su eterno letargo: La semana que viene cerramos. Como funcionario nivel 24, tenía el don de saberse el calendario laboral del año, festivos nacionales, festivos locales, y no le cuadró aquella afirmación. Su mente no asimiló un posible cambio de rutina y le originó un torbellino de posibles razones para que su bar cerrara la siguiente semana. Al ser habitual del local, en los últimos años ni tan siquiera tenía que pedir su desayuno, el camarero lo sabía, luego … el mundo lo sabía. Así, preguntar las razones del cierre no fue su primera opción. No estaba acostumbrado a hablar con el camarero, cuyo nombre había olvidado o quizás jamás se había preocupado por saber.

-¿cóomo, que cerráis? ¿vacaciones o algo?- dijo tartamudeando.
-Ná de eso.- señalando un cartel en la puerta que anunciaba el cese de
negocio.- Van a tirá el edificio y Paco el dueño ha vendío el locá pa
jubilarse y irse al pueblo. Yo me voy con mi cuñao a trabajá el taxi, lo
justo pá cotizá lo que me falte pá jubilarme también. Los tengo a tós
casaos y para mí y mi mujer no necesitamos má ná….

Tras escuchar tanto en tan poco, no supo qué decir al camarero. Negó con la cabeza en señal de duelo, pagó y salió cabizbajo. Ya en la calle, con paso lento y meditabundo, se paró, dio media vuelta y observó por primera vez el edificio que albergaba su bar. Ladrillo rojo, pequeños balcones de forja, una plancha de piedra incrustada con la frase “Asegurada de Incendios” y una fecha torneada en hierro en el portón de entrada: eso era todo y pronto sería nada. Tardó algo más en volver a la oficina ese día. De repente, se sentía indefenso ante un mundo que no podía controlar desde una hoja excel o la certeza de cobrar el mismo día de cada mes durante años o dar por hecho que el 25 de diciembre no trabajaría. Ahora, cada esquina, cada semáforo, cada rayo de sol le parecía algo nuevo, había descubierto que el mundo giraba sin pedirle permiso. Su mente luchaba para dar forma a las preguntas que necesitaba responderse, comprender cómo era posible que desayunara en el mismo bar durante años y no se hubiera percatado de aquel precioso edificio decimonónico o ni tan siquiera supiera el nombre de aquel camarero sesentón. Aún aturdido, en el mismo instante que iba a sentarse en el puesto de trabajo escuchó con toda nitidez en su cabeza aquel refrán que el abuelo repetía tanto … La rutina convierte al hombre en burro con orejeras. Cerró por un instante los ojos y siguió trabajando.

José había asumido a lo largo de su existencia que sus horarios vitales diferían mucho de los del resto de la humanidad. Recordaba con ternura su niñez, el ritmo diario de levantarse a las siete de la mañana, ir a la escuela, almorzar a la una y, llegadas las diez, besos a sus padres y a la cama. Fue en la adolescencia cuando, al entrar de aprendiz de relojero con su abuelo, sus ritmos circadianos cambiaron. Poco a poco, fue postergando la hora de irse a la cama en pos de colocar algún engranaje rebelde; ser el cuarto de seis hermanos no le garantizaba estudios más allá de la secundaria y el oficio de su abuelo le permitiría ganarse la vida honradamente. Así, quedó unido a ese misterioso gremio de seres capaces de crear la ilusión mecánica del tiempo y cuyos horarios no los marcan sus relojes, sino los propios relojeros.
En una época donde el centro de las ciudades quedó apenas con residentes, José mantuvo su apartamento-taller asumiendo la orfandad vecinal como mal menor. Las ventajas para él eran la tranquilidad nocturna de calles vacías y un horario comercial de diez a cinco de la tarde. Su edificio era el reflejo del abandono de la generación que había huido a las afueras en busca de casas pareadas, calles recién alquitranadas y domingos consumistas en centros comerciales en medio de la nada. En dos semanas, el relojero tendría que empaquetar más de cuarenta años de existencia y marchar sin rumbo, sabiendo que su universo se convertiría en un solar con aspiraciones de apartamentos de lujo. Ya no podría trabajar hasta altas horas de la madrugada en el silencio de un edificio vacío ni tener sus tertulias con otros insomnes o cenar cuando el resto del mundo desayunaba… Aquel edificio era algo más que ladrillos o un número en un plan urbanístico: era su vida. Hacía años que no tenía televisor ni radio, escuchaba viejos discos de la Deustsche Grammophon heredados de su abuelo, sus trabajos les llegaban por mensajería desde Suiza y apenas trataba con clientes en persona: era lo que tenía ser uno de los mejores relojeros artesanos en un mundo digital.
La cuenta atrás había comenzado. De los 20.160 minutos que le restaban para seguir siendo José, gastó la mitad en montar su último reloj, un modelo de bolsillo en oro blanco con esfera celeste cielo y números romanos. 2880 tardó en despedirse de sus compañeros noctámbulos y los 7200 del final los dedicó a intentar dormir de noche y trajinar con un pico y una pala en el sótano del edificio durante el día.
Llamaron a la puerta las dos preceptivas veces, con sus dos preceptivos minutos antes de poner a trabajar al cerrajero, que cumplió con su preceptivo trabajo. Como no podía ser de otra manera según el protocolo de lanzamiento, el agente judicial entró protocolariamente con dos policías, con la notificación en la mano y alzando una voz desagradable a la vez que indicaba, con la protocolaria retahíla de referencias legislativas, su invasión territorial. Al fondo del pasillo sonaba E lucevan le stelle de Puccini. Siguieron la música, como podencos a la caza del zorro, hasta llegar al salón-taller. Sentado en un sillón orientado hacia el ventanal que daba al sol de la mañana, José sostenía en la mano su último encargo con una nota: Entréguese este reloj a su propietario, cuya dirección está al dorso, con la siguientes indicaciones de uso: Doce giros de cuerda al día (preferiblemente) por la mañana y a la misma hora. Y al señor Juez, que tenga a bien bajar al sótano del edificio.

La reforma urbanística de finales del XIX transformó algunas viejas ciudades europeas en modernas urbes de trazado rectilíneo. Se sacrificaron calles y edificios centenarios para crear amplias avenidas y bulevares en honor a los nuevos dioses del diseño. La racionalización ganó la batalla a la superposición arquitectónica de tiempos anteriores y como muestra de adhesión inequívoca al progreso, cualquier edificio que rompiera con ello era derribado sin miramientos. Comenzó, entonces, un éxodo de familias numerosas en busca de un lugar donde volver a continuar con sus vidas decimonónicas de empleos extenuantes, miseria, tuberculosis y muertes prematuras. Nuestra calle se salvó de la expiación gracias a vaivenes políticos que postergaron el progreso en favor del statu quo del pasado, ventajas de un país que caminaba dos pasos adelante y uno atrás, a pata coja y solo cuando no había más remedio que hacerlo… Fuera por la vergüenza que pasaba la burguesía cuando viajaba al extranjero, por los agravios comparativos de sus pobres con los pobres de aquellos países o que la involución social no es rentable a largo plazo, los nuevos “nuevos tiempos” comenzaron, esta vez, mirando hacia las afueras. Tras ocho décadas, tres cambios de nombre y uno de saneamiento público, nuestra calle acabó desdentada de edificios a la espera de la siguiente especulación urbanística. Con cada derribo, varios bolsillos se llenaban: El descendiente del burgués que no arrastraba la vergüenza de poseer infraviviendas de renta antigua, el funcionario público corrupto que aceleraba el procedimiento o el promotor sin escrúpulos que invitaba a los vecinos ancianos a salir sin hacer mucho ruido o padecer accidentes fortuitos.
El último diente por extraer tenía en los bajos el bar de Paco, historia viva de aquella calle. Ahora, antes de echar el cierre definitivo, se había convertido en cafés bebidos en dos tragos a primera hora de la mañana, desayunos con prisas a funcionarios sin prisas a media mañana, aliviadoras cañas y vinos al finalizar jornadas laborales y algún licor de 40o a incondicionales parroquianos del barrio antes de cerrar. En la parte trasera de un cartón y con faltas de ortografía, pegado en el cristal de la entrada, avisó Paco una semana antes o asta acabar ecistensias que cerraba. Empastada la raíz de la pieza, aún quedaban dos caries de renta antigua imposibles de sanear en la corona del diente: El pintor del primero y el relojero del ático.
El pintor había tenido la fortuna de haber nacido en una familia donde nadie trabajaba para vivir. Con apellidos compuestos y descendiente de una aristocracia quijotesca, vivía de ser el consorte de una rica burguesa que pagaba sus caprichos artísticos a cambio de un título nobiliario, siempre y cuando no se pronunciara la palabra divorcio y cada uno llevara su vida con discreción.El promotor inmobiliario sabía que el problema con el pintor no lo podía arreglar con billetes de 500 € porque quien desconoce el valor del trabajo como sustento, desconoce el valor del dinero. Así, pensó en la fauna humana que conocía y llegó a la conclusión que al artista lo único que le haría cambiar de parecer sería su ego. Con algunos billetes de 200 € y la recogida de favores pasados, consiguió su penúltimo apartamento haciendo famoso al pintor, intercediendo para que su nombre no parase de sonar en los círculos precisos. Con menos inversión, nuestro promotor logró sus 150 m2 y el pintor, acostumbrado al hedonismo, exponer sus delirios artísticos en medio mundo bajo patrocinio oficial y cumplir su sueño de pintar en París, aunque fuera con un siglo de retraso y sin ninguna maestría. Ahora quedaba el relojero, pero esa era … otra historia …

Pasaba de los cincuenta, casado, tres hijos y parado de larga duración. Desde los dieciséis, no había conocido más que largas jornadas laborales como peón de la construcción, ferrallista, técnico en demoliciones, operario de retroexcavadoras y un largo etcétera de ausencias en casa, trabajando, currando, bregando… Cobraba 420 € de un subsidio que daba para pagar la electricidad, el agua y algún recibo de IBI con retraso. Iba todos los días de lunes a viernes, horario de atención al usuario de 10h a 13h, al tablón de anuncios de la oficina de empleo a intentar conseguir cualquier trabajo o curso donde no lo rechazaran por seguir cumpliendo años. Cuando no era por ser menor de 30 años o no tener una discapacidad igual o superior al 33% o inglés nivel b2 o el nuevo certificado de movimiento de tierras 3.0 o imprescindible estar inscrito en la oficina de empleo de esta Comunidad, para su perfil no había nada. La palabra que más oía en aquella oficina era la de reciclaje, palabra que convierte al ser humano en simple basura y tan inanimado como un brick de leche. Convertido en desecho y sin alma, seguía cada día la última novedad para mejorar un curriculum que ya nadie tiene los dos minutos necesario para leerlo con dignidad. En aquella casa se podía sobrevivir gracias a la Gran Marisa, limpiaba casas a 10€/h y dos comunidades de vecinos por 6,5 €/h, pero sobrevivir no es vivir … Se casaron muy jóvenes y fue Marisa quien trabajó, curró, bregó con la familia, la casa, los problemas diarios, comprendiendo que el sacrificio de la ausencia era compartido. En parte, sentía lástima por él porque apenas había visto crecer a sus hijos y todo el esfuerzo en empleos extenuantes no había servido para nada.
Un día de noviembre recibió una llamada. La Administración responsable de gestionar los fondos para los desempleados debía gastar las subvenciones recibidas antes de finalizar el año o devolverlas (y no siempre cuadraban las cuentas). Sin necesidad de visitar tablones de anuncios, había sido elegido para el curso de formación para mayores de 50 años con posibilidad de contratación de tres meses. Primero recibió la noticia con frialdad, luego imaginó a una Marisa que no tuviera que deslomarse cada día, lloró de alivio, luego lloró de alegría. Empezó el curso con el erróneo convencimiento de que la utilidad es el principio de la formación a desempleados. A la media hora del primer día, las palabras del formador le recordaron aquella película francesa, ¿cómo se titulaba? … La ley del mercado, y su esperanza se tornó en desolación, esa que viene acompañada de una desagradable sensación en el estómago. El curso constaría de cuatro módulos para mejorar su reactivación laboral en el sector de la construcción: Inteligencia Emocional, Medio Ambiente, Igualdad y Prevención de Riesgos Laborales, este último con vídeos explicativos bajados de Youtube, producidos por el Comisionado del Trabajo de California (USA) y doblaje en español hispanoamericano. Finalizado el paripé de la formación, esperaba con inquietud la llamada para trabajar. Se hizo larga, bueno lo justo, si consideramos cuatro meses mucho tiempo para quién llevaba ya tres años sin empleo. La empresa que se acogía a la subvención por emplearlo le ofrecía 8.5 €/h brutos, con pagas extras prorrateadas y las horas extraordinarias ya se verían … Aceptó con un simple sí la propuesta, escuchando sin interrumpir el planning de su primer día de trabajo.

– Apunta… Lunes 21. Demolición y trasiego de escombros de edificio en el centro. Llevar
la máquina a primera hora de la mañana. La calle estará cerrada al tráfico. Esperar a
Don Miguel para empezar porque hay desahucio de por medio. El lunes antes de salir,
pásate por la oficina para firmar los papeles. Venga … hasta el lunes.

Llegó a las ocho de la mañana en la góndola que traía la gigantesca máquina de demolición, la bajó del trailer con la delicadeza que precisan 10 toneladas de acero y la dejó preparada frente al edificio. Mientras esperaba al resto de los operarios la arrancó, comprobó las mangueras hidráulicas y lubricó punto por punto todos los engrasadores. A las nueve, apareció el del juzgado y estuvo charlando con él entretanto llegara la policía. A las diez, llegó un BMW azul marino con cristales tintados. Bajó de él un tipo vestido de manera informal pero con ropa de marca, dio los buenos días y se presentó al funcionario como Don Miguel. Hablaron un par de minutos, pero en los gestos se podía adivinar la conversación. Se quitó las gafas de sol con rabia, empezó a caminar lentamente con el teléfono pegado en la oreja y a los quince minutos llegó el coche de policía. Cuando subió la comitiva judicial completa, Don Miguel se acercó a la máquina y dio instrucciones de empezar a tirar el edificio tan pronto salieran con el desahuciado. Se volvió a poner las gafas de sol y se fue en busca de un café. A la media hora, llegaron una ambulancia, dos patrullas de policía y un furgón negro. Bajó el agente judicial hablando por teléfono y esperó en la esquina del edificio a Don Miguel que llegó como si no se hubiera ido. Diez segundos después tiró las gafas de sol al suelo y con el móvil aún en la mano se dirigió a los operarios.

-¡Que se lleven la máquina a otro edificio! … ¡Me cago en la puta madre del relojero!

Hasta los treinta y cinco no pudo respirar con cierto alivio. De matrícula de honor desde su niñez, el recorrido hasta llegar a ser doctor en Historia Antigua no fue gratuito. De beca en beca, trabajando de negro para un catedrático sin escrúpulos y sabiendo que el camino académico está plagado de zancadillas y envidias, supo soportar todo ello porque su vocación era más fuerte que los rigores de la travesía. Los vientos y las corrientes les fueron favorables para desembarcar como técnico de bienes culturales en la Administración Regional, con buen sueldo, buen horario y sintiendo que el esfuerzo había tenido su recompensa. Lo extraordinario de una vocación es la capacidad para dar sentido a la existencia del individuo, formando parte de él pero al mismo tiempo exigiéndole un peaje que no todos están dispuestos a pagar. Desde fuera, el espectador tiende al error de confundir vocación con éxito y entender que la elección fue la correcta si proporcionó prosperidad a la persona, obviando que el alimento del alma no se puede cuantificar como las manzanas.
Esa semana no le tocaba trabajo de campo. Pasaba su jornada de oficina redactando informes, cotejando topografías de yacimientos, cerrando dosieres y valorando tener calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Los viernes, a última hora, preparaba su agenda de la siguiente semana para no olvidar sus herramientas de trabajo, como botas de goma, memorias para la cámara, notas de campo y un largo etcétera de detalles que denotaban su profesionalidad. Apagando las luces de su despacho sonó el teléfono, miró su reloj y pasaban quince minutos de su jornada. Dejó su maletín junto a la jamba de la puerta y descolgó.

-Antonio, sabía que te podía coger ahí a estas horas, soy Luis, Director de Patrimonio,
tenemos un marrón. Te cuento por encima … Hemos recibido de un juzgado un
requerimiento para valorar un posible yacimiento en los sótanos de un edificio que
estaban desalojando y tenía todo en regla para tirarlo.
-¿Dónde está el marrón?- preguntó Antonio con ingenuidad.
-Uff… resulta… a ver cómo te lo explico… emitimos hace más de un año un dictamen
negativo de ese mismo edificio sobre su valor histórico, el ayuntamiento lo dio por
bueno, lo declaró en ruinas y concedió la licencia de derribo. Ahora tenemos el derribo
paralizado, un dictamen respaldado con un informe que nunca existió y un juez
pidiendo explicaciones de algo “que no vimos”.
-¿Y por qué se hizo tan mal?- la ingenuidad se convirtió en enfado.
-Antonio, no seas tan inocente… Se nos pidió un favor y ya… ¡coño!… el problema está en
que al desgraciado que desalojaban se lo han encontrado muerto y con nota al juez,
copia de nuestro dictamen y medio sótano al descubierto.
-¿Y qué quieres que haga yo, Luis?- subiendo el tono de la voz al intuir hacia donde
iba a ir aquella llamada.
-Antonio, sé que no eres… bueno… del partido, que te sacaste tu plaza por méritos
propios y que eres un excelente profesional, que no debes favores a nadie pero… las
cosas están calentitas desde “la última” del Consejero… Tienes que hacer tú la
valoración como sea, que tiren el puto edificio y no nos salpique la mierda… si serán
cuatro esqueletos y dos vasijas… Me han asegurado que tan pronto tenga el juez tu
informe dando luz verde, lo tiran por la mañana y antes de media noche tienen echado
el hormigón de los cimientos… nadie se enterará de nada. Tras una pausa.– No quiero
presionarte Antonio…. el lunes te pasas por mi despacho y lo hablamos con calma.
Antonio… tienes una gran carrera aquí, no busques enemigos donde no los hay, te van
a deber una y muy grande… descansa bien el fin de semana y ya verás como arreglamos
“esto” en un plis-plas.

Hubo un tiempo en que, el centro de las grandes ciudades no estaba invadido por tiendas con música que produce taquicardia y género fabricado en régimen de semiesclavitud. Los domingos a media tarde, las calles se quedaban casi desiertas y podías dar largos paseos sin ser atropellado por peatones cargados con bolsas de papel. Observar con detenimiento los edificios, su arquitectura, imaginar cuánta historia habían visto pasar, descubrir con sorpresa plazuelas encajonadas en lugares imposibles y saber, por ventanas abiertas o el olor de un guiso que allí seguían viviendo personas, que no sólo era un bonito decorado para el paseante. La iluminación de las calles era pobre y poco eficiente, con el encanto que apreciaba quien no vivía allí. Hoy esos domingos ya son imposibles, los edificios centenarios se reconvierten en alojamientos eventuales para turistas de guía en mano, en cafetería con magdalenas a tres euros o apartamentos de lujo a los que nadie llamará hogar … Es fácil endulzar aquellos recuerdos cuando se vive en casas con calefacción central, sin goteras y la puerta de la entrada no se hincha con la humedad. Quizás la añoranza provenga de sentir que esas calles, aquellos edificios, dejaron de tener alma el mismo día que perdimos las nuestras.

 

 

 

Centro de serenidad Entrevista a MARÍA ALCANTARILLA

Con María Alcantarilla nos ha sucedido la agitación. Una suerte de persistente agitación de respuestas que nada tienen que ver con la falsa certeza de los arrogantes. Lo que ella escribe, lo que muestra, lo que expresa y lo que dice tiene mucho más que ver con la autenticidad de quien emerge humilde y libre, a pesar de cierta cotidianidad de inercias que ya nos es demasiado familiar. Y qué bien sienta el hallazgo. Y cómo nos invita a sacudirnos la caspa y la purpurina y la lozana farfolla (que también la hay, y bastante chunga, por cierto). Porque, a veces, cierta ‘familiaridad’ mata, pero no por cercana, sino por repetitiva, laxa, hueca, artificiosa. El arte de María nos devuelve siempre el cambio, es honesto, ‘stendhaliano’ (porque provoca vértigo, sudoración y lágrimas); el tiempo invertido leyéndola, mirando a través de sus fotos, sus imaginadas fobias y estancias, nos compensa como solo lo ha hecho la belleza concreta de las más grandes. Me atrevo a desmentir a su editor, Chus Visor. Me atrevo a contradecirle, sabiendo que me faltan tablas y sabiduría, pero me sobran antenas: María es ya una de las poetas más grandes en lengua española y además supera, con diferencia, a muchos de los hombres poetas de su generación y anteriores.  Y sabemos que no está sola: Elena Medel, Miriam Reyes, Chantal Maillard, Rosalía, Gloria, pero también Ángela Figuera Aymerich, Alfonsa de la Torre, María Teresa Cervantes, Trina Mercader, Margarita Ferreras y tantas otras que escribieron y lograron publicar o no, pero que jamás encontramos en las páginas de nuestros libros de texto. María nos reconcilia con la voz silenciada de aquellas heroínas y, en su particular ámbito de maestría, sabe lo que dice y lo que se hace. Con cada poema, su huella resiste al tiempo que es y que vendrá; con cada fotografía, la retina se guarda un as para cuando vuelva la tormenta. Su inocencia respira a prueba de provocación y de cortes, su edad es lo de menos, la niña que fue supura más allá de pertinentes comas, puntos finales y títulos. Y eso es precisamente lo que la diferencia del resto: María no pretende, pero María nos hace encontrar y cuestionar hasta la suela del piso que nos gobierna por debajo, sin apenas notarlo. En su voz existe profundidad y eco. ¿Quién sabe de dónde le nace? Tal vez de la oscuridad y de la pérdida, tal vez de la nicotina o del desafío de la neurastenia, del exceso de análisis, de la grieta del tiempo. No importa demasiado, pero una cosa es segura: leer a María equivale a entender un poco mejor las claves de la vida. Prueben.

MARÍA ALCANTARILLA.

Como mujer, como poeta, como artista ya consagrada ¿te sientes más cerca de la mirada que observa, del paisaje que se deja observar o del don o látigo que se le presupone a toda persona creativa?

Me siento más cerca de los sentidos que reciben y, sin embargo, me gustaría ir caminando hacia el paisaje que se deja observar. No por el hecho de ser foco de atención sino, más bien, por la tranquilidad subsiguiente que otorga el estar o el existir sin mayores pretensiones.

Un árbol, una roca, el mar. Inmóviles, en parte, pero centros de serenidad, muy lejos de intenciones añadidas, a diferencia de todo lo que nos es propio como humanos.  

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Desde ese ‘estar o existir sin mayores pretensiones’, arraigado en la matriz de la naturaleza, parecen nacer muchos de tus poemas. También se percibe una especie de íntimo ‘deambular cotidiano’ en tus fotografías: existir, estar y al mismo tiempo deambular, como si tu proceso vital y creativo radicase en una búsqueda sin descanso o en un encuentro parcial contigo misma. 

Es muy cierto eso que dices y es curioso cómo, normalmente, somos capaces de vernos con mayor claridad a través de los demás. Como si ellos, los de afuera, te devolvieran ciertas realidades sanas y salvas, aquellas que uno mismo no es capaz de entender o de verbalizar. Incluso, el propio concepto de yo.

Mi proceso vital y, por tanto, también el creativo, radica en una búsqueda constante, en una pregunta diariamente abierta que, me temo, no tiene respuesta alguna más allá del mero proceso de indagación.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

A veces, parece como si nos fuese toda la vida en ese proceso de indagación del que hablas. Cuando escribimos, cuando pintamos, fotografiamos o damos de comer al perro o al gato intervienen remanentes de lo cotidiano que son muy controvertidos o que sencillamente nos es imposible abarcar. ¿Tú cómo te llevas con esa parte de ti o del lenguaje que aún no has podido desvelar o comprender por completo? ¿Tienes algún antídoto contra la frustración de lo no escrito/expresado/sobrevivido?

Ya me gustaría conocer ese antídoto que, por otro lado, me parece el gran Talón de Aquiles con el que la mayoría bregamos. Aunque, por otro lado, a veces me pregunto qué sería de mí sin esa inquietud perpetua. Todo lo que no he vivido, todo lo que no he amado, todo lo que abandoné o todo aquello en lo que me equivoqué de pleno; aquello que echo de menos aunque no lo conozca —y aun conociéndolo—, todo el deseo frustrado o todas esas ganas de ser algo o alguien diferente. Me pregunto si habría podido llegar al punto en que me encuentro sin todo esto. Me temo que no.

La necesidad es tramposa y nos engaña. La frustración nace de ella o de cierta insatisfacción aprendida, familiar o socialmente, cuando lo cierto es que, sin dar demasiadas vueltas, podemos reparar en lo tremendamente afortunados que la mayoría somos. Es curioso, cuando le doy de comer a mis animales —o cuando cuido de mis plantas—, la vida es más sencilla. Como si, de verdad, todo fuese más fácil que este empeño, en la mayoría de casos un tanto inútil, de seguir buscando.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

En la búsqueda, en la pérdida, en la imagen que resta y se instala, en el aprendizaje y sus contrarios, en la belleza que nos transforma desde las entrañas … en todos esos elementos (entre tantos otros), podemos dar con los ingredientes para la construcción de un libro o una obra-símbolo. ¿Cómo te enfrentas tú a ese primer instante en el que se cree intuir la posibilidad de un comienzo? ¿Escribes primero las coordenadas o los fogonazos? ¿Es la disciplina un animal al que también hay que alimentar y dedicar ‘cuidados especiales’? 

En general soy bastante caótica y suelo moverme por intuiciones. Prefiero abocetarlo todo y, una vez que la forma se hace relativamente visible, comenzar a perfilarla. Tanto en la fotografía como en las letras. Lo de ser disciplinada en una asignatura pendiente. Aunque, en realidad, tampoco sé si la disciplina es necesaria. Creo, en todo caso, que cada cual debe buscar su manera de estar en el mundo y de enriquecerlo. Sea día a día o a través de movimientos alternos.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Hablando de ‘maneras de estar en el mundo’… ¿cómo te llevas con el actual? La ansiedad, la abulia, la incertidumbre, la competitividad o el hartazgo parecen tomar el control sobre muchos de nuestros conocidos. Por otra parte, la rebeldía -dicen- se desvirtúa interesadamente cada día. ¿Percibes la presencia de esas ‘corrientes epidémicas’ a tu alrededor? ¿Crees que la poesía, la fotografía, el arte en general deben ejercer un rol determinante a la hora de desperezar y proponer alternativas al desorden establecido?

Sinceramente, estoy en un intento continuo de reconciliación con el mundo —al menos con el que me rodea—. Más que la ansiedad, la competitividad o la incertidumbre a la que has hecho referencia, lo que me parece más gravoso es la abulia y el desinterés general por todo —aunque, paradójicamente, muchos y muchas vendan su compromiso como una suerte de estar salvífico, sin precedentes—. No creo en el compromiso con la humanidad cuando ni siquiera existe el compromiso con uno mismo, con las personas con las que convivimos a diario. Somos especialistas en mentirnos, en seguir buscando afuera lo que nos negamos a ver dentro. Es decir, ¿a qué ese empeño en la defensa de “grandes causas” cuando ni siquiera somos capaces de ponerle nombre a un sentimiento propio, cuando ni siquiera somos capaces de decir lo que realmente pensamos? Es como querer construir una casa desde el tejado.

La función social (en sentido puramente teatral) me parece la misma desde hace siglos: una fiesta de máscaras en la que todo el mundo parece sentirse cómodo, interaccionar, bailar muy juntos pero la realidad es que nadie se conoce y, lo que es peor, muy pocos abandonan el salón y dicen: ¡basta!

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Entonces, en esta fiesta de presentables máscaras, donde nadie en realidad conoce a nadie … ¿’abandonamos el salón’ para escribir, para vivir el espejismo de la lucidez, para dar de comer a los animales y condimentar el guiso, para des(a)nudarnos o … escribimos porque es nuestra manera de decir ‘basta’?

Creo que la escritura —y cualquier manifestación artística— tiene dos objetivos que pueden parecer muy difusos: dejar constancia de una época y rebelarse contra la mascarada, sí. El silencio que requiere el acto creativo cada día me parece más subversivo. Estar a solas con uno mismo y escucharse —no oírse, escucharse— debería ser el principio y terminamos por colocarlo a la cola de todo. Es necesario ese “¡basta!” en soledad para poder formularlo con coherencia en sociedad, donde todo suele volverse más difuso.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

‘La edad de la ignorancia’ es el título de tu libro, galardonado en 2017 con uno de los premios de poesía más prestigiosos de este país, el ‘Hermanos Argensola’. ¿Es la infancia ese ‘nudo gordiano’ que a la sobrevalorada ‘madurez’ le cuesta toda una vida desenredar? ¿Cómo hacer para salir indemnes de nuestra propia insignificancia, de nuestra limitada capacidad para comprender y abarcar las claves que se nos presentan a lo largo del camino? 

Creo que la infancia está en todo lo que somos como adultos y que, por tanto, a la infancia hay que volver o, en la medida de lo posible, no relegarla a ese segundo puesto donde la solemos ubicar.

En realidad, lo adulto no existe. Es otra de esas ficciones mediante la cual se nos reconduce desde niños: en un primer momento, observada con admiración y, más tarde, con cierto tedio. No creo que el niño se haga adulto, creo que el niño crece y, si está sano, aprende que hay muchas maneras de estar en el mundo, no necesariamente más serias, no necesariamente más calladas y no necesariamente más aburridas. El niño que ha crecido y está sano es sólo un hombre más alto que mira hacia el cielo con la misma lejanía con la que lo observa el niño más bajo. Y también, con la misma admiración.

En cuanto a las claves para salir indemnes de esa insignificancia a la que te refieres, creo que la risa es importante. No la que se queda en el gesto, sino la que viene de la barriga y nos arruga los ojos y las camisas tan bien planchadas.

Todos conocemos a algún amigo o amiga poeta, actriz, directora de cine o de teatro, pintora, artista visual que en estos últimos años ha estado sobreviviendo ‘gracias’ a un trabajo paralelo precario o subsidio de apenas cuatrocientos euros al mes. Los hay que ni eso, pero incluso en esas circunstancias adversas han seguido creando y de alguna forma generando reflejos de la realidad que les ha tocado vivir. Esos reflejos no suelen ser complacientes. ¿Es la complacencia el enemigo principal de cualquier artista, María? 

Es curioso cómo la falta de recursos agudiza el ingenio. Cuando todo se vuelve relativamente cómodo, las ideas, las buenas ideas, también se acomodan, se vuelven laxas y lo que antes era una búsqueda constante o un hallazgo, ahora ya no tiene el mismo sentido o la misma hondura. La tensión es necesaria, mantiene nuestro esqueleto mental en forma.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Cuando hablábamos de ‘crisis’, yo también pensaba en las crisis personales, en las más íntimas, las que atañen a uno mismo y a su rol dentro del mundo que hemos creado o destruido. Tal vez me equivoco, pero encuentro que los ‘mejores’ libros de poesía, las mejores películas, interpretaciones o fotografías casi siempre surgen de un proceso doloroso o al menos difícil de desentrañar. ¿Estás de acuerdo?

Este tema lo he tratado mucho con mis alumnos, por ejemplo. ¿Se crea más y mejor desde el dolor o desde la alegría? En mi caso particular, la alegría me llama a vivir. Sin más. El proceso sucede de fuera hacia dentro, sin grandes digestiones. Por eso los momentos en los que surgen ciertas ideas dignas no suelen ser fáciles, a nivel vital. Es un asunto muy personal, creo. ¿Eros o Tánatos?

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Más allá del contexto geográfico, España nunca ha brillado por haber sido país que cuide a sus creadores. ¿No crees que los ciclos económicos, sociales, políticos más controvertidos son también ‘generadores colaterales’ de cultura?

Claro que sí.

Íntimamente creo que actuamos, crecemos, tomamos decisiones o creamos mediante dos mecanismos: por afirmación o por negación. Si atendemos a las dinámicas sociales, suelen llevarnos, más bien, a la segunda opción: planteamos maneras distintas de ver el mundo, de concebirlo y, por esta lógica, de interpretarlo negando sus mecanismos o sus engranajes. El arte como propuesta que mira hacia el futuro desde el interior de cada individuo. El arte como motor para crecer y para cambiar ciertas sinergias. Empezando por cada uno de nosotros. Por el individuo que está de lleno en la obra.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

María, para terminar, ¿puedes contarnos un poco en qué andas ahora? ¿Tienes algún proyecto, libro, aventura ya en el fuego o de cara al futuro, sobre el que te gustaría darnos alguna pista? 

Pues acabo de terminar nuevo poemario y nueva novela y me gustaría encontrar un poco de tiempo para perfilar un proyecto fotográfico que me hace especial ilusión. Todo llegará, no me cabe duda. Lo que sí es importante, creo, es mantenerme alerta. Como observadora y como ser humano que aporta, no solo contenido, sino emocionalidad.

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

LOLA NIETO Acentos de realidad básica

Edición: 
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Barcelona. 11/03/2018.


Lola Nieto nace en Barcelona en 1985. Es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Trabaja como profesora de lengua y literatura en un instituto de secundaria. Coordina, con Antonio F. Rodríguez y Laia López Manrique, la revista de creación artística KOKORO (www.revistakokoro.com) y la colección autónoma Kokoro Libros de la editorial Kriller71, en la que codirige además, con Aníbal Cristobo, la colección Púlsar. Ha publicado los libros de poemas Alambres (Kriller71, 2014) y Tuscumbia (Harpo libros, 2016).

Su voz está llena de excepciones, por no hablar de los acentos: de boca en boca, una sílaba final que se corta, una sílaba inicial que se añade.

Lola se vierte, lleva a otro sitio y el resultado no es cuestión de horóscopo.

LOLA NIETO por LOLA NIETO.

 

En el siguiente vídeo by Lola Nieto, la autora nos recita/regala ‘CAJITAS DESPRESURIZADAS’ y … mucho mucho más:

RAÚL DEL VALLE Síndrome de cautiverio

Raúl del Valle (1977). Dizque profesor de literatura en secundaria y escritor vocacional incapacitado para cualquier tipo de disciplina por lo que, en los últimos tiempos, seguramente por pereza, me he refugiado en el microrrelato, donde me pasa algo parecido a lo que le pasa al Atlético de Madrid en la Liga de Campeones: me hincho a jugar finales pero no gano nunca: en los tres últimos años mis micros han quedado finalistas en el concurso anual de La Microbiblioteca (Biblioteca Esteve Paluzie) en las ediciones de 2015, 2016 y 2017. Un año antes, en el 2013, un cuento mío quedó también finalistas en el Cosecha Eñe (Revista Eñe). Y en el pasado 2017, Pequeño monólogo sobre el viento, otro micro de mi creación, volvió a quedar finalista en la II edición del concurso organizado por IASA ascensores y la editorial Páginas de Espuma.

RAÚL DEL VALLE

 

Los panes y los peces 

Como cuando crees haber pasado una página y descubres que has pasado dos, al meter la cucharilla
en la taza de café y efectuar el clásico movimiento circular en aras de la disolución del azúcar, me doy
cuenta de que entre mis dedos hay en realidad dos cucharas. Vendrían pegadas la una a la otra, me digo
para tranquilizarme tras el sobresalto inicial. Dejo las dos cucharas en el platillo donde reposa la taza y
me llevo ésta a la boca para comprobar la temperatura del cortado. Demasiado caliente, me digo,
tendría que haberlo pedido con la leche natural. Y, al ir a devolver la taza al plato, el sonido de la
porcelana contra la porcelana antes de lo esperado me hace comprender, horrorizado, que en el plato
del que he levantado la taza reposa otra taza exactamente igual a la que sostengo yo en mi mano. Sin
pensármelo dos veces, dejo el cortado en la mesa y me levanto con la única idea en la cabeza de
abandonar cuanto antes este bar. Un instante antes de alcanzar la puerta escucho mi propia voz que,
desde la mesa, me llama por mi nombre.

Todos los cuerpos el cuerpo

Las separaciones siempre son complicadas y, en este caso, la intención de seguir siendo sólo amigos no era compatible con su condición vital, así que han optado por la vía drástica.

Al principio, cuando se supo en el pueblo que además de ser hermanos eran pareja hubo un cierto revuelo pero la cosa no pasó a mayores. En el imaginario colectivo de los vecinos, el sexo que pudieran tener se concebía como algo tan cercano a la masturbación que nadie se atrevió a hablar de incesto.

Ahora, tras años de agotadora copresencia, han decidido separarse. Pero no acaban de ponerse de acuerdo sobre por dónde cortar.

Canción de cuna

Se le llama síndrome de cautiverio, según me explicó el médico cuando salí del coma. Consiste en
una parálisis física sin mengua de las facultades mentales. Normalmente sobreviene a raíz de accidentes
cardiovasculares como el que yo tuve pero al parecer se conocen pocos casos tan severos como el mío.
El mismo médico me contó también, como para consolarme, que unos años atrás hubo uno parecido
que se hizo muy famoso: un tipo que sólo conservaba la movilidad en un párpado y que, gracias a un
sofisticado sistema de comunicación ideado por su fisioterapeuta, consiguió escribir un libro del que,
incluso, se acabó haciendo una película. Imagínate lo que puedes llegar a hacer tú que mueves los dos
párpados, añadió el muy hijo de puta.

Como cada verano desde que me quedé así, mi mujer me lleva a la playa casi a diario. Aparca lo más
cerca posible del agua, me baja de la furgoneta y empuja la silla hasta donde la arena se lo permite.
Entonces empieza el ritual de embadurnarme con protector solar mientras va soltando su discursito:
que si no va a estar lejos, que si voy a poder verla todo el rato, que si la necesito sólo tengo que llamarla.
Uy, qué tonta, si tú no puedes hablar, añade como para disculparse.

Y, efectivamente, ella siempre cumple su palabra: extiende la toalla a pocos metros de donde yo me
hallo varado en la arena y su cuerpo semidesnudo no desaparece de mi reducido campo de visión más
que para irse a dar un baño de vez en cuando. Normalmente es ahí donde se los liga, en el agua.
Después se los trae a la toalla y, si el tipo en cuestión acepta su propuesta, acabamos los tres en la
furgoneta: yo en la parte de atrás, ellos follando en el asiento del copiloto. No sé qué debe decirles para
convencerlos. Algunos se escandalizan y se van, otros aceptan encantados.

Al principio me jodía, claro, pero al final he acabado por acostumbrarme e incluso, en ocasiones,
consigo quedarme dormido, como arrullado por sus gemidos cada vez más previsibles.

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

MAITE MARTÍ VALLEJO El arte de pelar mandarinas

Ilustración cortesía de Maite Martí Vallejo.

 

EL ARTE DE PELAR MANDARINAS
O
EN CONTACTO CON ÉL ME CONVIERTO EN ESPUMA Y GOTAS SUELTAS

Celebrábamos nuestra séptima mandarina; ¡no nos lo podíamos creer!
Preguntamos a los novelistas para saber hasta dónde era posible llegar:
la emoción está en la página siguiente y en la hoja en blanco.
“Las rodillas de gelatina” es un ejemplo.

-Por favor, no te vayas- implora ella.
-Ya sabes que debo ir- responde él.
Ambos se miran profundamente a los ojos.
-Sabes que te quiero- le dice él.
-Sí, lo sé. Y también sé que debes partir- responde ella.
Él se gira y sale por la puerta para afrontar su destino, mientras su mujer, llena
de dolor y orgullo, contempla su marcha.

Es un dolor físico. Algunos fragmentos se desprenden con el viento y no me da
la oportunidad de defenderme.
“Si me volviera una con su respiración” no es un buen ejemplo.
Él no sabe que un bikini es un sándwich mixto. No se refería al amor.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, prometer que no existirá
ningún contratiempo.

Sacaba el jugo del gajo y después, lo escupía.
Gajo por gajo, yo se la pelo.

Así sentimos la carencia en ambas direcciones.
Siempre hay dos que siguen despiertos pero se cortará la luz igualmente.
En la naturaleza, la luz viene desde arriba.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, la luz llega desde atrás.
Se adquiere un aspecto místico.
Llevaba una camisa a cuadros. Yo. La camisa de estar a gusto en mi piel.
Le Corbusier solía vestir camisas a cuadros, para no confundirse con el
entorno.

Una golosina natural de fácil consumo.
Mikamuki es el arte de pelar mandarinas. La palabra japonesa mikan significa
mandarina. Desearía utilizar palabras japonesas: me esfuerzo en decir a
vientre abierto: ¿por cuál de los dos caminos partió?

Es la clase de camisa que me defiende de ser derribada a causa de un disparo
o por un árbol que acaban de talar. No estamos en su cabaña de Cap- Martin;
una zona de acantilados casi en la frontera con Italia.
En 1932 Le Corbusier soñaba con un nuevo orden. Y lo soñaba en Barcelona.
El inicio de la guerra civil truncó su geometría.
Esto es el Parque de la España Industrial. Hay nueve torres faro y en una de las orillas del
estanque, sentada sobre una roca, está venus moderna.

(ELLA): Yo también soy muy moderna.
Me he casado. Tengo una hija. ¿Y tú?
(ÉL): No.
Me he acordado mucho de ti.
(ELLA): Pues no me ha llegado ninguna de tus cartas.
He cogido un poco de peso. Estoy horrible.
(ÉL): No. Estás genial.
(ELLA): ¿Te la pelo?

Solo existe una norma, pero ha de seguirse a rajatabla. Hay que aprovechar la cáscara
entera. No desaprovechar absolutamente nada.
No estamos en el Museo Nacional de Arte Occidental de Tokio.
Esto es el Parque de la España Industrial. Pelo mandarinas a contrarreloj.
Las chicas solo quieren divertirse. No he estado con nadie en los últimos siete años.
No me refiero al amor. Es el estómago. Se me ha cerrado.

Las olas mueren sobre la horizontal.

 

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

IRENE CUEVAS Basura

Irene Cuevas nace en Madrid en 1991. Es profesora de Escritura Creativa en la Escuela de
Escritores.

Ella dice, como Silvina Ocampo, que “quisiera escribir un libro sobre nada». Separadas por casi
un siglo de revoluciones, la búsqueda de la identidad las une en esa “Autobiografía de Irene»
que la autora argentina publicó en 1948.

Acerca de lo que ocurrió o no ocurrió, acerca de las armas propias y ajenas; Irene usa la
escritura para sofocar el olor de la carne quemada.

 

Irene Cuevas por Irene Cuevas.

BASURA

La basura nos rodeaba por todas partes. Creaba siluetas.
Cuerpos extraños. La basura respiraba dentro de las
bolsas y, al hacerlo, el plástico se abría y caían fuera los
restos de otras vidas. Fue cuando le dije que nos
restregáramos, que follásemos en ese lugar.

Estás enferma.

Dijo ella. Su cara era lo más parecido al vidrio que había
visto nunca. Su piel tenía el color de la fruta de verano,
cuando se pudre y se derrama por las avenidas y nadie
llega a consumirla nunca. Pero era tan hermoso. Brillaba.
Todo a nuestro alrededor se podía acariciar.

Mira lo que tenemos.

Le dije y cogí de algún rincón una tierna muñeca de
plástico. Antes había tenido brazos, pero ahora tenía la
posibilidad de que pudiera crecerle algo de dentro. De
que pudiera existir vida en su interior. Frente a un vacío
siempre cabe la posibilidad. Y ahí había un vacío
enorme. No sé muy bien situarlo. En su rostro. En su
pecho. En aquellos brazos que ya no estaban.

Estás completamente enferma.

Dijo y de sus ojos derramó algo similar a la basura que
tenía en mis manos. Por eso digo que era tan hermoso.
Todo se compensaba. Sus ojos estaban sumergidos en
basura. Caía la basura por sus mejillas. Por el contorno
de su cuello. Lágrimas. Líquidos de colores oscuros. Y
yo sostenía la basura que ella iba derramando encima de
mí.

Imaginaos pilas enormes de cáscaras y de polvo, de
restos irreconciliables. Y luego pensad en la belleza. No
lo entendéis. Éramos un tándem. No necesitábamos
nada. Éramos basura y de esa fuente nos
alimentábamos.

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

 

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