REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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Explorando un clásico desconocido Ciclo de Julio Diamante en la Filmoteca Española

Por Pedro Fuertes
pefuva3@gmail.com
Madrid 4/01/2019


Foto: Filmoteca española

Hace poco en la Filmoteca Española se rindió homenaje a un director español poco conocido para el gran público. La corta extensión de su obra o el momento que “eligió” para desarrollarse como director, pueden ser algunas de las razones por las que no alcanzó la fama.

Julio Diamante (Cádiz, 1930) es historia del cine español. El cineasta consiguió retratar a través de su obra la idiosincrasia de su época, finamente y siempre desde el humor. Nació el año anterior de la proclamación del régimen republicano, del cual fue siempre un gran defensor, y un comprometido opositor, razón por la que viviría no pocos problemas. Diamante, entre otras cosas, fue el primer líder estudiantil, organizando el Congreso de Escritores Jóvenes en 1955, algo que comentó en la Filmoteca en una de las charlas previas a la proyección de sus películas, recordando cómo en algún momento llegó a verse envuelto en alguna conversación poco amistosa con la policía en la que salió a relucir su gusto por el cine soviético, los considerados enemigos, y por el cine sueco y su director más sobresaliente en ese momento, Victor Strotjeim.

Las anécdotas de su historia de vida son casi inacabables y desde hoy, es fácil imaginar la reacción del régimen de la época ante un joven que manifiesta su oposición a través de la burla y con cierta repercusión. Tuvo problemas que finalmente derivaron en su expulsión de la escuela de cine tras once años dando clases por «rojo». En sus propias palabras: “En todas las actividades en que he intervenido me he encontrado con la censura en situaciones muy jodidas”.

Una de las proyecciones durante la retrospectiva en la filmoteca fue la película El arte de vivir, en la cual un joven desarraigado busca su lugar en el mundo. Su crítica y su cínica visión del mundo hace que viva el rechazo social a lo largo de toda la película. Sus aspiraciones son altas pero su desdén por las personas que le rodean es aún mayor. La película es un retrato de miles de jóvenes de la época, una generación en su mayor parte perdida, con una ambición cuyas posibilidades, espíritu y pensamiento no estaban disponibles en aquel momento en España. Luis, el protagonista representa al joven que no puede desarrollarse y que termina anclado a la miseria de sus iguales, con una desgracia distinta a la del resto sí, pero que implica el mismo castigo.

Puede que esa sea la película más representativa de Julio Diamante, ya que engloba los conceptos clave de su cine y su pensamiento. Con tono intimista y personal se refleja seguramente a sí mismo en el protagonista, un joven de edad similar a la que el director tenía en esa época con una actitud similar a la que intuimos, tendría el director en ese momento.

Sex o no sex, fue otra de las elegidas para el ciclo. Se trata de una representación del choque que recibió toda una generación cuando se entero que los parámetros de una relación podían no ser los incluidos en la Biblia y las revistas femeninas de la falange. En una entrevista recogida por El País, Diamante decía lo siguiente sobre la cinta: “se escandalizaron porque era del destape, aunque de hecho se trataba de una crítica benévola sobre las inquietudes sexuales de un pequeño burgués que se disfraza a la hora del sexo, como en realidad hacían ciertos personajes del franquismo”. La película no es un logro excepcional pero, al igual que todo el trabajo de Julio Diamante, nos habla de su tiempo, de su pensamiento y de su gente, analfabeta en la mayoría de cuestiones que hoy nos resultan cotidianas.

En la película el personaje atraviesa una especie de adolescencia tardía donde, además, descubre que no está solo en su perversión, que hay sujetos aun más enfermos, por lo que ante el fracaso continuo de sus técnicas y el resultado que estas dan, tan solo le queda dedicarse al fútbol y convertirse en uno más en la sociedad, yendo a misa cuando toca y obedeciendo lo que le dicen, tal y como debe ser un buen español. La película mantiene un tono cómico, que tan solo decae en las secuencias donde el personaje pone en práctica sus técnicas sexuales, donde se repiten una y otra vez momentos similares en los que la idea es la misma: un personaje que ya es incapaz de tener una vida sexual normal.

ROSETTA KEDZIERSKI La espía que me amó

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en París. Pocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

Este es el primer poema que comparte con las multitudes. Esperamos que no sea el último. No saben lo que nos costó convencerla.

 

Rosetta Kedzierski por Vicente Madness

 

 

 

IXXDVIIC

 

Uno.
Con hilo de plata.
Lo obtuve de la venta del reloj de bolsillo de la abuela Czeslawa.
Uno pues las palabras.
Hemos llegado hasta aquí y, ¿ahora qué?
¿Dónde está la gracia?
Una se pasa la vida encerrada en casa.
Obstinada, creciendo hacia dentro, como si lo que apremia alrededor solo fuera una burda
excusa para seguir viva.
LANGUIDECER es un verbo demasiado largo, imperfecto para describir los días que sajan
las vueltas de tuerca:/klak-klak-klak-klak-klak-klak/y pasa una nube y pasan dos/y así
hasta nombrar lo sucesivo/hasta penetrar el tejido adherido al alumbre.
¿Quién necesita a los demás?
¿Por qué he de hacer caso a mi perra?
Apaga ya la luz.
Búscate nuevas amantes.
¿Has leído ya a Jean?
Intenta hacerlo vibrar.
En el pasado las cosas no fueron demasiado distintas.
El padre de mi perra mordía a otras perras cuando se acercaban a olisquear su comida.
Mi propio padre hacía más o menos lo mismo con mi madre.
Odiaba que se enceraran los suelos cuando él estaba en casa.
Creo que porque resbalar boicoteaba su pose infalible de guardián y le hacía parecer torpe.
Os preguntaréis quién demonios encera hoy el piso, ahora que la fiebre de la tarima
flotante se ha convertido en epidemia.
Aquí una servidora.
Me ha traído muchos problemas con casi todos los amantes que he tenido.
Sobre todo con los más perros, claro.
El género de mis acompañantes es una excusa para duplicar el hastío que siento por la
especie que nos solicita.
Ellas también resbalan, no crean, sobre todo las que entre los muslos tienden,
inequívocamente, a tomar el control.
No me gustan las mujeres que en la cama, en la playa, en el supermercado o en la iglesia
actúan como esa subespecie del lobo.
Los machos son impulsivos.
Los machos son previsibles.
Los machos evitan regresar al principio.
Los machos pueden ser arañas.
Los machos traccionan.
Los machos son figuras oblicuas.
Los machos son hormigón.
Los machos que no son hormigón siguen siendo machos.
Ya saben a lo que me refiero.
No saben a lo que me refiero.
En el caso de mi madre, yo pensé que cuando él ya no estuviera, ese asunto de encerar el
suelo —y tantos otros— se desvanecerían.
Confieso que me duele, ocasión tras ocasión, comprobar que no ha sido así.
Ella continúa encerando el suelo y yo me he unido a la causa.
Con mayor fervor en los días en que se ha olvidado comprar vino.
No se lo digan a nadie, pero a veces también deseo que ella resbale.
No pretendo su torpeza, pretende mi rabia condecorar así el castigo que jamás perpetré.
Sus ataques de amnesia me dan ganas de abofetear a alguien y a menudo suelo acabar
desbarrando.
Lo mejor que puede pasar entonces es que decida no recoger las bragas sudadas del suelo
del comedor.
A mis acompañantes les gusta ese lugar.
¿Qué puedo decir?
En casa siempre se castigó la falta de pudor.
Me sabe tan raro como el tracto de las lombrices.
No lo supe hasta el día en que, por omisión de mis obligaciones como hija, mis labios
acabaron probando la tierra del bancal más pequeño.
Hace unos días, tomando zumo de chirimoya con una amiga, me confundí de palabra y dije
la bancal más cerda y extraña que puedas imaginar.
Le contaba la pesadilla más recurrente del siglo anterior.
El vino se ha convertido en el principio de un pequeño problema.
Es probable que eso sea lo único que compartimos Bukowski y yo.
Creo que a la gente le gusta porque es primitivo y obsceno.
A la gente le gusta que otra gente diga lo que cree que la mayoría piensa, sin tapujos.
Es un hecho que la existencia de las mayorías evoca la concentración del (des)poder.
Yo misma, cuando me dejo crecer las uñas, siento que he de actúar como si jamás hubiera
conocido la muerte.
Habrán comprendido que las multitudes que engendro ejercen la más abyecta de las
tiranías.
El problema se asemeja más a la mucosa infectada de una manada de rinocerontes.
Mis amantes han descuidado el misterio.
Mis amantes me han acabado tratando como a un problema de humedades en un baño
compartido.
Ninguno ha tenido, ni en este siglo ni en el anterior, la más remota idea de lo que es el
amor.

 

 

 

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