REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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‘VOZÁNICA’ de LOLA NIETO La serpiente llega a través del desprendimiento de su piel. La voz, también.

Por Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Madrid 04/01/2019


Lola Nieto.

 

Conserve esta información para poder consultarla en el futuro:

Las voces deberían insertarse con la polaridad correcta. Las voces no recargables no deben cargarse. Las voces recargables únicamente deberán cargarse bajo la supervisión de un adulto. ¿A partir de qué edad dejas de ser idiota?

En la escuela me dijeron que era idiota para siempre.

¿Y qué más?
Las voces gastadas deben extraerse del juguete.
¿Te parezco un juguete?
No. No llevas una etiqueta con una papelera tachada. Residuo doméstico.
Voz-residuo.
Encender, apagar, cambiar el tempo, parar, reproducir los ritmos, añadir efectos, grabar música, reproducir grabación, añadir fondo, subir volumen y bajarlo.
RECORD
PLAY/CHORD/LESSON
No utilices jabón entre las teclas.
Las voces electrónicas contienen elementos que pueden ser beneficiosos para las personas y el medio ambiente. Como usuario final (¿usuario final?) deposita estas voces en los lugares adecuados de tu población.

  1. Esto no es una ópera. Son nueve. A Lola Nieto, autora de Vozánica (Harpo Libros, 2018), no le encanta la ópera. A mí tampoco. Es bochornoso. A Lola le gusta el manga y verle las ligaduras a las naves espaciales.
  2. «Esto que digo es reversible». Lo que dicen doscientas once voces en total.
  3. La obsesión por respirar provoca ansiedad, pero seguimos respirando más o menos. Lola lo hace por la ternura. El amor da igual. La ternura es antes.
  4. Las naves espaciales tienen forma de boomerang.
  5. Los cuerpos también son feos.
  6. SII. La voz-intestino se irrita.
  7. Entre los 7 y los 14 años la voz es blanca. Mentira.
  8. Entre los 7 y los 14 años hay peligro de atragantamiento. Mentira.
  9. ¿Vas a decir alguna verdad?

Debí llenar el hueco entre mí y mí

Vozánica no sé si trata de llenar huecos. No. Sé que no va de eso. La fiesta del ruido se inicia en el agujero. Bombo-Charles-Platillo. Todas las voces tienen patio interior, si una sabe cómo encontrarlo. Y me puse a reír a carcajadas. A la voz caliente le cuesta salir por el grifo, a veces lo hace teñida de marrón. Es difícil explicar las cosas terribles más allá de las fábricas y de los vertederos y más allá.

LO SIENTO
vuelve a la casilla
que hace GáRGaRas

Algunos fragmentos bordean un terraplén y otros forman una diminuta bola. Voz-aullido cuando todo duerme, voz-papel se eleva por el aire y consigue levitar.

LA BOCA TODAS
Las voces no se terminan en la boca.

Todas las cursivas pertenecen a Vozánica; cubren las aceras y atascan las alcantarillas. Hay instrucciones extrañas que cobran sentido más adelante o se convierten en un secreto privado.
Doscientas once voces generan doscientos once lectores. Voz-computacional.
La ternura también es eso. Un modo multiplicado de preguntarse y vocear con unos botines “witch» que ya quisiera la bruja del oeste.

 

FRANCISCO CHAMORRO En las grandes máquinas de nada, el de la sensibilitá

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Badajoz. 08/11/2018.


FRANCISCO CHAMORRO por ROSA FERNÁNDEZ LEAL (www.rosafernandezleal.com)

Francisco José Chamorro Camisón (Fregenal de la Sierra, Badajoz, 1993). Desde 2014, mantiene el proyecto Gran Chamorro en Facebook. Ha estudiado Grado en Filosofía en la Universidad de Sevilla, con estancias también en la Universitat de València y la Faculdade de Letras da Universidade de Lisboa. En 2017, publicó Liberalismo político en Ediciones Hiperión (XX Premio Poesía Joven Antonio Carvajal).

 

2. Las cargas del juicio

En la medida en que apropiarse de las cosas
es el primer síntoma que provoca su pérdida
llegué a la conclusión de que soy un animal
de fábrica.

Número de taquilla: 88C.
Departamento: Exportación.
Clase social: ensayo en construcción.

Frente al deshuese ensayan la audición
cinco personas sin localizar el vientre.

Se escribe el poema en un parte de trabajo:

-POR LA TARDE: 1 PERSONA+FRAN CHAMORRO: VACIO DE EMBUTIDOS
-POR LA TARDE: 4 PERSONAS VACIO DE CARNE
-POR LA TARDE: 2 PERSONAS A GLP: VER CON ENCARGADO

Escribe alguien este poema.

Frente al deshuese ensayan la audición
cinco personas sin localizar la entraña.

No es por las horas extra,
ni por los años que pasan
tampoco por la temperatura
ni por las cajas de cartón.

Soy un animal de fábrica,
escribe alguien en este poema
sobre la factura de una paleta cocida.

Soy el precario, el necesitado, el de la sensibilidad
en las grandes máquinas de acero, el de la sensibilitá
en las grandes máquinas de nada.

Soy un animal de fábrica.

 

 

4. La condición del reconocimiento público: sus tres niveles

III

Por qué te sientes solo
si hay grandes aplicaciones para Android y Apple
donde puedes crear un perfil
para quedar con personas geniales,
espléndidas y de gran corazón.

Yo tengo un perfil en Tinder,
háztelo tú también y búscame,
cenaremos en algún restaurante del mundo y te contaré quién soy.
Te escucharé como te escucha el funcionario, el psicólogo,
el policía, el presidente del gobierno y su majestad majestuosa.

En las palabras descubrí lo inútil que resulta la estructura,
su intencionalidad, la escena que deja a la imagen sin luz.

En las palabras tracé con palabras mis aficiones,
antiguos trabajos, sitios habituales y sueños
para mostrar un perfil atractivo y con expectativas.

La soledad es el perfil donde todo se reconoce.

Escribí mensajes románticos, ya se sabe, ridículos,
quise recibir a todos con la habitación recogida y sin resaca,
pero en esos pisos que alquilábamos en el centro de la ciudad
con sus camas de noventa y sus sartenes en remojo
era imposible no reconocerse en el montón de la ropa sucia.

Los botellones que compré son un punto de encuentro,
Mercadona, Lidl, Día, Carrefour, tiendas pequeñas de ultramarinos,
supermercados 24 h y gasolineras, regresé a todos esos templos.

Los botellones que me bebí son ahora la única forma habitable:
quién sabe si fue Almirante con zumo de piña
quién sabe si fue Barceló con Coca-Cola Zero
quién sabe si fueron chupitos de Jägermeister
quién sabe si fueron gintonics sin limón ni tónica
quién sabe del porqué bebemos, así, con esa furia,
en masa, en bares, plazas, polígonos, habitaciones de hotel, salas de espera, pisos de
estudiantes, piscinas, polideportivos, desiertos, zonas de tránsito, barcos, aviones,
autobuses, gasolineras, estaciones de servicio, cuartos de baño, estudios de pintura, de
grabación, parques y playas.

Quién sabe del porqué estamos solos, abandonados,
si hay aplicaciones geniales, espléndidas y de gran alcance.

 

 

Sobre la temporalidad de un microondas

 

Su cuerpo desmembrado: maldita metralla.
Los periódicos: muertos de papel.
Lágrima de carbono: cielo azul.
Ciegos: los ojos del mundo.
Las paredes: obras de arte.
Un tupper: restos de una guerra.

IGNACIO MONTOTO, Espacios insostenibles/Mi memoria es un tobogán

 

04:15
04:14
04:13
04:12
04:11 digital no ya analógico
04:10
04:09
04:08 espacio sin nostalgia ni esperanza
04:07
04:06
04:05
04:04 espacio que moldea la temporalidad
04:03 para que así podamos seguir trabajando, amando,
04:02 más horas, más días, más tiempo
04:01
04:00 LA DESAPARICIÓN. Abro Instagram.
03:59 Caliento lentejas en el microondas durante cuatro minutos quince
03:58 segundos. Nadie habla de la dificultad que presenta calentar un tupper.
03:57 Esa pringue sobre el plástico sin intención de desaparecer.
03:56 Las paredes infinitas de plástico.
03:55 La escarcha del congelador.
03:54 Esa pringue sobre la carne sin intención de desaparecer.
03:53 Antes de comer me paso por la piscina. Me gusta
03:52 saludar a los nadadores que tienen más o menos
03:51 mi peso, los siento como iguales,
03:50 el peso es el dato que vertebra occidente.
03:49 Llega mi compañera de piso,
03:48 escucho sus problemas
03:47
03:46
03:45
03:44
03:43 Mi única intención es analizar los objetos, resaltar que jamás
03:42 se declararon neutrales, que son la cosificación del pasado.
03:41
03:39
03:38
03:37 Todo aquello que pretenda aspirar a la inmortalidad
03:36 carecerá de formato,
03:35 reducirá su presencia.
03:34 Un objeto sin características. Un mundo sin adjetivos.
03:33 .txt

Nota del editor: Los dos primeros poemas que se publican en esta selección pertenecen al libro ‘Liberalismo político’ (Hiperión, 2017). ‘Sobre la temporalidad de un microondas’ es un poema inédito.

 

JÈSSICA PUJOL La palabra dulce y descompuesta

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Santiago de Chile. 07/12/2018.


JÈSSICA PUJOL.

Jèssica Pujol Duran (Barcelona, 1982). Escribe y traduce poesía en catalán, inglés y español y ha publicado varias colecciones: Now Worry (2012); Every Bit of Light (2012); El país pintat (2015); Entrar es tan difícil salir (2016), Mare (2018) y, próximamente, ninó, (2019). Su obra, como ella, existe en la intersección de varios idiomas y lenguajes. Actualmente vive en Santiago de Chile. En Inglaterra dirige la revista de poesía latinoamericana Alba Londres (www.albalondres.com). 

 

El campo envolvente

 

 

The poem is a hormone.

Lisa Robertson, “The Seam”

 

 

 

I

 

no fue la primera escena

con árboles ladrillos avenidas

sino la trama que acontecía

lo que propició

la falta del símbolo

para nombrar objetos

asimilar acciones

el continuo

 

estar en desacuerdo

con el presente era una parte

silenciada de otro personaje

en calles parques cines

cafeterías fiestas

¿y qué hacer con la impresión

de lo no nombrado?

–preguntaba Lucía

 

¡no hay problema!

¡el cuerpo se encarga!

normalmente de noche

cuando el almacén de ángulos muertos

te deja la ropa empapada

en un estado de hipnagogia

paralizante las hormonas

han elaborado una vez más

la Ficción

 

sin detectar los easter eggs

del inconsciente la escritura

una traducción cuasi honesta

caía en absorbentes pañuelos de cocina

que nada que ver

(mejor envolver galletas de chocolate

chip que un solo rayo derretía

hasta la palabra dulce y descompuesta)

 

¿y quién se traga eso?

 

de hecho, prohibieron

llevarse comida del local

fuera del local

aunque por dentro

las lenguas tensas

en el paladar

buscaran morderlo todo

 

no era seguir órdenes

ni mejorar el sistema

ni ser la primera

ni clic en todos los enlaces

era toda la energía

de un cuerpo

dirigida a encontrar

un rincón donde respirar

 

desde un peluche unicornio blanco

hasta una bufanda

del mismo color que la tuya

desde un cementerio encerrados

hasta un autobús de dos plantas

vacío que te llevaba a casa

las correspondencias

recuerdos de una antigua

–quizás inexistente–

conexión entre cuerpos

salvavidas reafirmantes

de la futilidad de un presente

sádico y nada saludable

para las venas de las piernas

y la mente y los sentidos

 

que intercambiaban

sensaciones nuevas por sellos

en cartas

que todavía llegaban

a los buzones

una pequeña señal

como hilos anudados

como cuerda imaginaria

 

que atraviesa la textura

del campo envolvente

y cómo la tensaban mis manos

desde la primera escena

por árboles ladrillos avenidas

y calles parques cines

cafeterías fiestas

 

 

 

 

II.

 

 

qué palabra había hecho mía

y dañaba y había que cambiar

y cuál no todavía, pero debía

y cuál había que decir

o ya había dicho sin saber

qué consecuencias tendría

y si eran malas cómo

temblaba imaginándome

 

la experiencia de cambiar

de idioma

la experiencia de excavar

en el lenguaje

la experiencia de reconocer

lo impostado

 

que aquello que había hecho

mío –como mi sueño,

porque salía del interior–

quizás era de otro u otra u otros u otras

 

y así todo:

qué plástico

de mis labios

viajaba por canales

invisibles hasta el mar

para amontonarse con otros

en el gran océano plástico

de mis labios

micropartículas de colores

fluían con la corriente

creando remolinos

donde se posan las gaviotas

 

reconocer

que me bañaba en el contraste

de deshechos

por la noche

en la playa de Mataró

¿y qué plástico volvía para acariciarme la pierna?

¿acaso podía ser el mismo que había besado?

 

la cuerda que tensaba

me lo traía de nuevo

las correspondencias mágicas

también operaban allí

descompuestas

residuales

ese campo negro aumentaba

envolvente como la impresión

que almacenaba en los ángulos muertos

y juega a otro tiempo del verbo

con los recuerdos

que reviven para no verlo

 

como el pasto verde de Caldes

el agua de sus fuentes

cuando andaba más cerca

de los insectos

el diminutivo del cariño

estaba muy aquí

en este abrazo

 

rompimos algunas cadenas químicas

las hormonas se alzaron

contra el orden de producción

el amor la libertad

agarradas de la mano en la plaza

las sardanas

y desde ese otro lado

latíamos

frente a lo inesperado

Y ¡gracias a la vida!

 

cómo trotábamos

por el campo montados

en el caballo del óleo del comedor

que me ha dado tanto

la orquídea salvaje

los caracoles hirviendo

los zapateros y las ranas en el estanque

patinando por la belleza

en que confiábamos

demasiado

poco tiempo

 

porque caímos en la maleza

que señalaba la broma

más bien pesada

aunque más bien liviana

la carcajada

de que yo ya no estaba

en mi sujeto

ni en ningún idioma

temblaba imaginándome

cerca de los insectos

y ¿quién eras tú?

 

 

 

 

III.

 

 

cuando llamaste

estaba en blanco en el banco

calculando las fechas para viajar

otra vez, sí

con todas las criaturas del Hades

a otro país, sí

en otra lengua

y así acelerar, sí

la rotación de la tierra

la emisión de gases

y el tánatos

 

sin desesperación

la indignación diaria

propiciada por el diario

la renovación

de la suscripción

al pasado

 

vamos camaradas

a pintar de negro

las lágrimas de los ángeles

de la Inmaculada Concepción

lloro de solo imaginarlo

 

vamos a intoxicarnos

con el alquitrán como las aves marinas

en las playas de Galicia

y luego nos pegamos plumas rojas

para luchar contra el gallo negro traicionero

 

entre el cacareo del congreso

las personas tratan de resolver sus papeles

 

cuando llamaste

no distinguí tu voz

ni en qué idioma

debía responder

no nos conocemos

­–pensé–

los límites

aunque tanto

los hayamos cruzado

 

en el ring sagrado

esperé mi turno en fila

mientras el precio del oro subía

subían las participaciones

y las apuestas

y las opiniones en Twitter

el importe de mi visado

 

y tu voz

reinventada

no la entiende nadie

en el campo envolvente

las pantallas solo negocian

cómo expandir sus hipervínculos

unificando los idiomas

de la torre babélica

 

justo cuando reconocías

esa riqueza

de lenguas tensas

e ibas a morderlo todo

te sugieren no llevarte

fuera del local

envueltos en pañuelos de cocina

los caramelos del banco

 

justo cuando ibas a repetir

tu ritual dulce y descompuesto

las correspondencias

sus caminos enrevesados

su existencia paranoide

la mínima conexión

con los de casa

mi afecto en un pozo

 

o en alguna serie de policías

Collateral, Marcella, The Fall

You name it!

Allí, sí

o en cortos de gatos y perros

lamiéndose los hocicos, los bigotes

las patas entornadas soñando

sin parálisis corriendo

por el cielo, sí

 

o en otras gracias del presente

secuenciadas

para recuperarte

de la tragedia en gran formato

gigantografías del interior

que empapan

y así todo. ¡El cuerpo se encarga!

 

 

 

JAVIER FERNÁNDEZ Cantar y estremecer en voz baja

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Córdoba. 11/12/2018.


Javier Fernández.

Javier Fernández (Córdoba, 1971) es autor del poemario Canal (2016; XXIII premio de poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”), el volumen de relatos La grieta (2007), la novela Cero absoluto (2005) y el libro objeto Casa abierta (2000). Está incluido en numerosas antologías de poesía y prosa, entre las que destaca Mutantes: Narrativa española de última generación (2007). Ha traducido a H. G. Wells, Robert E. Howard, J.M. Barrie y J. G. Ballard, entre otros. Es responsable del seminario de creación del certamen Ucopoética de la Universidad de Córdoba. Escribe sobre cómic en diversos medios impresos y digitales. Fundó las editoriales Plurabelle y Berenice, y en la actualidad codirige la colección Letras Populares de Cátedra.

 

47.

Mi hermana no puede evitar
estremecerse ante la imagen de su
madre frente a la tumba de Miguel.
Cuenta cómo limpia la lápida
con delicadeza, con fragilidad, con
mucho mimo. Pasa suavemente el
trapo húmedo, una y otra vez.
Coloca muy despacio las flores,
retrocede, mira, vuelve a colocarlas,
retrocede, mira otra vez. Dice que
no es una mujer limpiando una lápida,
sino una madre bañando a su hijo.

 

Podéis escuchar el poema recitado por el propio JAVIER FERNÁNDEZ aquí:

 

 

61.

Mi hermano Miguel murió el 5
de marzo de 1975, tres semanas
antes de su sexto cumpleaños.
La noche previa al accidente, le
preguntó a nuestra madre: «Si yo
no estoy el día de mi cumpleaños,
¿cómo vais a celebrarlo?».

 

Podéis escuchar el poema recitado por el propio JAVIER FERNÁNDEZ aquí:

 

 

62.

Mis padres estuvieron casados
veintinueve años, casi treinta.
Cuando mi madre supo que mi
padre le era infiel, le hizo jurar
sobre la fotografía de su hijo
muerto que los rumores eran
falsos. Convivieron un año más,
sin hablarse, hasta el día que mi
padre se fue de casa. Yo estaba
presente en el despacho, semanas
más tarde, el día que ella le arrojó
el anillo de matrimonio a la cara.
Mi padre esbozó entonces una
sonrisa, alzó lentamente las manos
y abrió los dedos para mostrar que
ya no llevaba puesto el suyo.

 

Podéis escuchar el poema recitado por el propio JAVIER FERNÁNDEZ aquí:

 

 

DEL PARAÍSO

Del paraíso en la jungla,
recuerdo, sobre todo, el olor
de los mangos podridos.

Del paraíso en el mar, la ola
que me arrastra violentamente
hasta el sucio fondo.

Del paraíso en la noche,
a mi padre mordiendo
la boca de aquella chiquilla

mientras yo canto, yo canto
en voz baja.

(Él y ella se esconden,
pero soy yo quien se esconde).

 

Podéis escuchar el poema recitado por el propio JAVIER FERNÁNDEZ aquí:

 

 

Nota del editor: el poema ‘47′ está incluido en Canal (Hiperión, 2016). El poema ‘61′ se ha publicado previamente en alguna plaquette. Los poemas ‘62′ y ‘DEL PARAÍSO’ son inéditos.

 

ROSETTA KEDZIERSKI A little rollercoaster ride

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Gdansk/Extremadura. 07/01/2019.


ROSE EMBADURNADA.

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en ParísPocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

                                                         

1 e4 e5 2 Ac4 Ac5 3 Dh5 Cc6 4 Dxf7

#
Es un día 1. De un mes 11. De este año. De 2018. Sí. Son ‘aprox’ las 18.37. ‘Aprox’. Sí. ‘Aprox’. ‘aprox’. Lo escribo y lo reescribo con saña y como me da la gana. Enfundada en mi propia cabeza gigante de papel maché. ¿Por qué lo hago? Por el placer de abonar el terreno del odio. Por venganza con mi ex, la doctora en filología. Si lees esto, jódete.

Es día 1. De un mes 11. Las 18.37 o las 18.47. No lo recuerdo. No importa. Y recibo una llamada. Y prometo que, justo antes de descolgar el teléfono rojo que tengo en la cocina ―regalo imaginario de mi abuela Czeslawa―, pienso en la ‘dulce’ cotidianidad que se omite, tantas veces, de tantas maneras distintas, al escribir. Sí, se omite. No, no tiene nada que ver con la cotidianidad del **** Carver o con la cotidianidad del **** Dennis Cooper o con otras cotidianidades en las que pensáis, para armar por ejemplo, por adelantado, un argumento en contra de quien está, casi casi por defecto, escribiendo esto.

#
Defecto: X me pide que escriba un relato, un cuento, un texto, una cosa extraña para esta revista. Que van mal para el siguiente número. Que siempre me lo pide. Que venga. Que por favor. Que la ilusión. Que los efectos secundarios del último mes de los doce. Que no sea así. Que sea así. Que no deje de ser así. NUNCA. Eso NUNCA. Que Sanel Kurbegovic, que el abrevadero en construcción, que el triptófano, que el escitalopram, que Kjell Askildsen, que María Sánchez, que las falsas promesas con tatuajes, que un tal Rubén, que mi abuela.

No mentes a mi abuela.
Tu abuela escribía poemas, cuentos de terror, salmos, testamentos, mientras zurcía bragas o se purgaba los sabañones con su propio pis.
Ya lo sé, ¿y?
Se lo debes.
Vete a la mierda.

Mi acepción favorita del verbo purgar: corregir las pasiones.

Das puto asco.
Ya lo sé.
Eres gilipollas.
Lo sé. Es verdad. No tenía que haber utilizado a tu abuela.
No, puto nazi.
Olvídate de todo.

Que ya se calla. Pero NO. Él nunca se calla, ni siquiera cuando abusa del silencio. Que ya sé yo lo que él quiere decir. Mi respuesta es NO. Generalmente, valga la fealdad del adverbio, suelo decir NO a TODA propuesta venga de donde venga y de quien venga, salvo que esa propuesta tenga que ver con hacer nada, con dar una paseo entre los helechos (ahora húmedos), con salvar la vida a un animal no bípedo o con quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica.

#
Por suerte para el tálamo de X, con la misma ‘asiduidad’, suelo entregarme a la brusca e inútil tarea de cubrir algunos de mis muchos defectos con la debilidad que imploran ciertos afectos. Porque no hay nada que dé más grima y levante más ampollas que un afecto y, al mismo tiempo, no hay nada más enigmático (dicen). AQUÍ UN REDOBLE DE TAMBORES FALLIDO (usen la imaginación). Mi amor y mi odio por X es directamente proporcional a las ganas que tengo de ponerme a escribir algo ‘por encargo’ pero, llegadas a este punto, el peso está repartido, muy repartido. Y he de quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica así que, cuatro copas de vino después, digo SÍ. Digo VALE.

Puedes volverte loca, cuanto más loca mejor (dice el muy cabrón, sabiendo que él y yo nos conocimos hace muuuucho tiempo, en condiciones penosas, casi indigentes, en la sala de espera de un psiquiatra que no hizo bien su trabajo). No es coña.

#
Yo sé que X me invita a hacer estas cosas por puro egoísmo pero que también lo hace para que intente salir del hoyo, de mi hoyo agorafóbico, de mi hoyo aislado y extremeño, para que me convenza de ciertas capacidades que otras y otros dicen que poseo. Me descojono. Se preocupa por mí. X se preocupa por mí y por todo. Se ocupa para no evitar, en lo posible, ocuparse de sí mismo (cosa que le da bastante trabajo, por cierto). Aprende de una **** vez, muchacho. Mira quién habla.

#
¿Publicáis a modernos con tatuajes?
Todo dios nos dice que no, Rose.
Eso no es verdad. Qué mentiroso eres. Os leo. Sé a quién publicáis. Mucha gente guay os dice que sí.
¿Para qué preguntas entonces?
Porque no me apetece una mierda que me publiquéis junto a esas jóvenes promesas de la literatura que enseñan sus ‘tattoos’ ―estudiada pose mediante― en cuanto te descuidas.
¿Algún motivo en particular?
Aversión y repugnancia casi violenta, querido. Son ‘punks’ de pega que habitan en barrios bien donde la gentrificación que critican es la norma. Abrazan la corrección formal de la socialdemocracia. Consumen sus medios y se mezclan en sus redes. En el fondo, aman la fama, el dinero y la pompa. Se alejan de los suburbios y de la gente que los habita porque son incapaces de comprender su realidad, pues asumen que es vulgar y minoritaria. En la mayor parte de los casos, el valor literario de estos burgueses tatuados es discutible (por no decir otra cosa). Todo dios lo sabe, pero los mismos medios y editoriales que los encumbran aman su pose. Quedan bien en las fotos, tío. No se pierden ningún sarao (importante para la empresa), saben mezclarse, saben desempeñar el rol de hombres y mujeres liberados sanos, que no necesitan permiso, dinero ni estabilidad para ser madres o padres, para llevar un matrimonio en secreto, ejercer la sobreexposición o el llanto controlado.
Te conozco. Sé a quién lees. También a los tatuados.
Claro.
¿Entonces?
Entonces ni llueve ni truena, pero llueve y truena.

#
2001. Yo y él fumamos hierba del parque subidos a una teta gigante. Nadie conoce aún a Mike Mills. Nadie conoce aún a Virginie la fake. Nadie, en las fiestas o en las casas, habla sobre feminismo, sobre equidad, sobre violencia, sobre género (esa tara). Las niñas tienen vagina, los niños tienen pilila. FIN. Nadie escribe #metoo en ningún muro. La red más popular era esa malla que servía para separar la verdura y la chicha de los garbanzos al hervir el cocido o, aun mejor, la que servía para cazar la escasa vida de las mariposas. No existe Instagram. No existe Tinder. La policía mata a Carlo Giuliani en la contracumbre del G8. En España, el gasto económico en antidepresivos no tricíclicos alcanza la vertiginosa cifra de 448 millones de euros. Estonia, con un tema llamado Everybody, logra imponerse en la XLVI edición del festival de Eurovisión. Tres meses antes, día arriba o abajo, Jorge Mario Bergoglio es nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II al que, por supuesto, no quiere todo el mundo. Antes de meterse en la cama, Francisco tararea, lleno de gozo, una melodía improvisada. Se parece extrañamente al Everybody estonio. Es una noche para la celebración en la iglesia de San Roberto Belarmino. Un hilo musical imaginario omnipotente, del todo sorrentiniano, se cuela entre los muros y atraviesa el cristal de las ventanas:

Come on, everybody, and let it out
And live the moment, here and now
Come on, everybody, ‘cause here’s a chance
To feel so light, to laugh and dance

A little rollercoaster ride – He’s going for a ride now
Right into the starry night – Around and around and around we go
And leave the windows open wide – Why nobody can’t stay?
And let the music pour inside – Aha

#
¿Recuerdas si aquella mierda nos subía?
No, no lo recuerdo.
Recuerdo que fue la primavera en la que descubrí que era alérgica a las gramíneas. Recuerdo a tu madre poniéndome bolsas de manzanilla en los ojos mientras cantaba aquella canción de Edith Piaf en la cocina de tu casa.
Era ‘La foule’.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure …

(Silencio).
No sé si todo era un poco más fácil entonces.
Habla por tu familia.
(Silencio).
Perdón.

#
El absceso que provoca la enfermedad mental, con el tiempo, deja una marca asombrada en los ojos. Esa misma marca obliga al cuerpo a sobreponerse, cada día, cada instante, al desmayo, al derrumbamiento o a la amenaza del colapso. Y el cuerpo, en esta época extraña que superpobláis con toda clase de infecciones, es la gallina y no el huevo, aunque un poco mejor nos iría si fuera al revés. No obstante, la mayoría no tenéis ni idea de qué va todo esto. Vuestra arrogancia es el problema. Esta última frase también es el problema. Y la de un poco más arriba también, claro que sí. Y no hay tantos problemas como soluciones, no. Que haya gente que todavía se crea esa porquería new age es una de las grandes catástrofes de la cotidianidad sobre la que patinamos. Cotidianidad que, desde que recuerdo, no es otra cosa que un gigantesco ‘sálvese quien pueda’ de la hostia pariendo mamarrachos. Tal vez por eso estoy escribiendo esto, porque en realidad se parece mucho a no hacer nada.

Para que quede claro: yo tampoco tengo ni idea de muchísimas cosas, pero escucho millones de voces al mismo tiempo. Y eso, para quien no sepa de qué va, tiene un mérito exasperante. Cuando logro atrapar, al azar, una sola de esas voces con mis palillos chinos, me pongo a escribir o me pongo a llorar. No hay término medio. Lo que viene después es lo más parecido a la calma. No puedo acercarme más a ella de ninguna otra manera, salvo con ciertas drogas. X me cuenta que ha dejado las suyas, su montón de mierdecitas recubiertas con película EFG. Lo celebro. No lo celebro. Por lo demás, todo va bien. No se lo cree ni él.

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Si volviéramos a aquellos años, si viviéramos en la misma ciudad o en el mismo pueblo sería insufrible. Cuando viene a visitarme, X incide en la evocación de esa nostalgia enfermiza, tentadora y algo hortera. Yo solo sé que nos queda la escritura, el sílex, los animales, la lluvia, el estruendo, la música, los termostatos, el refugio del volumen, esa especie de brand new start cantada en un cuarto piso de la Nußdorfer Straße por el mismísimo Paul Weller y que solo puede acompañar el fuego de entonces, lejos de parecerse al sol. Porque cuando sale el sol entiendo mejor eso que llaman mala suerte. Él y yo nos hicimos ÍNTIMOS gracias, en parte, a esta ‘condición’: el amor por el diluvio, la oscuridad, el recogimiento y el frío. Aunque, ya que hemos entrado en materia, he de decir a modo de ‘confesión’ que, tras aquel año que pasó en Dinamarca temí, por un momento, que se pasara al otro lado. Allí arriba fue la primera vez que le vi tomando el sol en un parque, como si de repente toda la vejez a la que inexorablemente se encamina la materialidad que nos rodea, le hubiera acorralado. Cuando por fin le vi salir por la puerta de la terminal 2 del aeropuerto (menos mal) percibí en sus ojos algo que trascendía el absceso. Días más tarde, en mitad de un desayuno extremeño y aislado, me dijo: Creo que me ha crecido un quiste de roca en algún sitio. Creo que he dejado de ser quien creía que era. En ese momento, no le odié tanto como hoy.

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Escribir es pretender la ilusión de la independencia total. Escribir es un acto odioso de superioridad. Escribir es puro nacionalismo (me urge pensar, no sé el motivo). Esta cosa, aquí y ahora, es otro decorado vintage con mueble bar. En la parte posterior de la silla del director, más allá de las marcas, no hay escrito ningún nombre, solo la palabra juEGO. Escribir es la religión de los malditos. ¿Qué nación más enorme y orgullosa existe si no, que la del acto irrefrenable de perforar el mundo, desde el ombligo de una misma? Y a los hombres no es que les pese más esa cicatriz tras la rotura, es que les pesa más, mucho más, no ser más el centro de nada. Error. Quien afirme que en esa cicatriz, que en esa rotura que cada cual arrastra no existen banderas, jefes, cachorros, abuso y, por lo tanto, agresión … M I E N T E.

Pienso en el superpoder androcéntrico de Italia, Almería, Hungría, Polonia, Holanda, Dinamarca, Estados Unidos, Israel, Austria en el año 2019 y venideros y solo veo el mismo viejo afán ilusorio de protección y soberanía, una obsesión desmedida por los controles de plagas, persecución de lo que desea expandirse, desdén y paranoia neofascista, plumillas, corporaciones de plumillas, locutores e hipocresía socialdemócrata, tibia como un vaso de leche cortada, al servicio del desastre.

Alguien, después de X, al otro lado del mismo teléfono rojo, me cuenta: Menos mal que existe un límite. Un límite para la vida, también para la de los que defienden la vida o, mejor dicho, la propia antes que otras, como si valiera más. Yo guardo silencio, pero logro escuchar en mi interior a una voz que responde: Polonia se ha convertido en un país con más de treinta y seis millones de católicos y tu amado mediterráneo, cada vez menos cristalino, seguramente sea el mar con mayor ecosistema cadavérico del mundo.

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Mi hoyo extremeño: mi casa. Una casa aislada entre un bosque de pinos y frutales. X dice que se quedaría a vivir aquí. Él seguro que podría. Su psique está hecha para lugares como este, pero por algún motivo que aún no termino de comprender se sigue aferrando a su particular proceso: aferrarse a lo que queda de la vida real. Nadie ha aguantado aquí más de dos semanas seguidas.

Yo no quiero que salgas de tu hoyo extremeño.
Ya lo sé.
Solo quiero que una parte sepa y no se pierda quién eres.

Ay, los jaques. Ay, los afectos. La comunión invisible de los afectos: la sangre, el cuerpo, el ritual, las colecciones de agravios y de promesas, la hostia, la pedanía más cercana a la muerte. Los afectos son la alfombra roja, verdaderamente roja, sobre la que se despliegan todas y cada una de las contradicciones que nos definen como humanos.

Si la libertad está en jaque y no puede moverse, el riesgo de perder la partida es más que elevado.

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Si digo Treblinka, si digo Auschwitz, si digo Sobibor, Chelmnoy, Belzec. Si digo tres millones de polacos, si digo tres millones de estrellas, ¿os evoca algo? El amor de la doctora en filología primero fue un amor de tres, luego de cuatro y, al tercer año, dobló la marca. El mío, mi amor, tal y como decía la abuela, vale por lo menos tres millones. Nunca sabré qué quiso decir con aquello, por mucho que me empeñe en otorgarle un dignificante significado a cada cosa que ella era. Pero para que le quede claro a la doctora: mi amor es, fue y siempre será de dos. Para alguien que escucha millones de voces al mismo tiempo, este afirmación nada tiene que ver con militar en esa cochina tradición binaria que lo ha engullido todo, sino con la cruel precisión de lo insostenible. No puedo y no debo permitirme más ruido. A día de hoy, después de todo, asumo la tiranía del amor romántico como un vicio ceremonioso y animal, culturalmente aceptado, basado en el autosabotaje. No digo nada nuevo, pero ya ha existido demasiada tiranía en mi historia, como para desear multiplicarla con más gente que dice amarte cuando, en realidad, cada vez que abren la boca para pronunciar esas dos palabras, solo buscan su dosis injusta de redención (entre otras tantas consideraciones políticas). Odiando a casi la totalidad de especies bípedas existentes y sin cerebro, hete aquí mi vergüenza y confesión en la era del polyamory.

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La familia está ahí para decirte la verdad. Para recorrer la semántica de la sangre una debe enfrentarse a los armarios y, sobre todo, a las pellizas del padre, del hijo y del espíritu de la casa. Los hashtags han servido como raquítica excusa para deciros que todo tiene un final pero que, a veces, ese final no es otra cosa que una transformación compleja, incluso determinada en la inercia de sobrepasarnos.

Yo no quiero escribir. Yo solo quiero convertir la previsibilidad en muchos segmentos paralelos y secantes.
¿En una almohadilla infinita?
Para pulsar y terminar ‘la llamada’ o ‘las llamadas’ todas las vOces cuando me plazca, sí.

Hasta donde sé, soy tataranieta y nieta de judíos e hija de una atea y un católico. La muerte, el desastre, la manipulación están grabadas en las marcas de mi código vital genético y cultural, desde su recreación hasta su fina(fata)lidad. La madre, también inexistente, fue mi única ligazón con lo objetivo y, por lo tanto, con una media verdad. La servidumbre, la iniciativa que han ejercido y ejercen los capos religiosos para con la muerte forman parte de esa mitad. El resto, como todo, es una incógnita, como acudir a un templo para encontrar el silencio, como el hermano desconocido que vive en Concord y que no sé si conoceré algún día, como el asterisco que pulsas por error cuando necesitas saber el saldo que le queda a tu tarjeta prepago.

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No sé quién soy salvo cuando hablo de esto con dos o tres personas. Nada ni nadie sabe contarme en qué consiste recuperarse de semejante desbarajuste identitario. Únicamente me siento a salvo con aquellos que han conocido la profundidad de los cortes que intentan desafiar alguna modalidad de resistencia: algunas directoras de cine, escultoras, vagabundas, pintoras, algunos poetas, algunas presas, algunas madres, algunas tardes, todas las noches, todos los animales. Me he acercado hasta aquí con todos ellos. Lo sé y digo lo que he visto. Este hashtag multicefálico, este relato, esta cosa es un episodio único de afirmación al devenir conflictivo, entregado de todos ellos y, en particular, a la locura de un ‘amienemigo’ que en realidad no se llama X, pero que siempre me trae semillas, música y otro dolor cuando se lo pido.

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Yo estaba escribiendo una nota muy sentida y muy larga que terminaba así: ‘A la reverberación de mi cabeza gigante de papel maché me entregó y, como Michael Fassbender en Frank, concluyo cantando: I love you all. Pero no me alegro de veros. Nunca me alegro de veros. La alegría no sucede mucho por aquí, ¿sabéis? No, no lo sabéis. Es agotador morir así. Adiós’.

Y el teléfono rojo, regalo imaginario de mi abuela Czeslawa, sonó entonces.

Eh tú …
¿Qué haces llamando a estas horas un jueves?
Son las siete menos veinticinco.
Las 18.37 para ser exactas. ¿Ya no trabajas o qué?
Hoy no. Estoy malo y tenía que decirte algo.
Pues rápido, que tengo que irme.
¿No vas a preguntarme qué me pasa?
No.
¿Dónde vas?
Da igual. ¿Qué querías decirme?

Jaque, Rosetta …

SARA B. DEL REY Si fui cuerpo posible

Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

SARA B. DEL REY

Empezaré generalizando. La gente cuando crea, baila. Baila raro. A veces, las ideas se agolpan tanto que las manos no alcanzan a traducir el embrollo de madejas de hilos de colores desorbitados, es decir, salidos de la órbita. Las ideas se van volando hacia el espacio exterior y, al intentar atarlas, surge la angustia y el terror de que se escapen para siempre. Porque si las atas mal, o demasiado fuerte, o con una cuerda inadecuada, se desintegran. Entonces paras de escribir (podría parecer que paras de crear, pero no hay interrupción posible, generalizando, quiero decir). Y bailas. Incluso si no hay música que te acompañe. Bailas raro. Como si el movimiento fluido del cuerpo pudiera hacer tangibles las ideas, haciendo que se cocinasen a fuego lento las emociones y se fundiesen en la piel, en el ombligo o en la respiración.

Pero, un día, el baile se convierte en catástrofe. Bailas raro y el caos se descalabra, y se precipita hacia la nada, como cuando agitas con fuerza el bote de champú para que salgan las últimas gotas de jabón y piensas: mierda, se me olvidó comprar más y ahora mi pelo quedará medio sucio, medio limpio. Justo hoy que, después de olvidar al último que me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, iba a ser el día ese especial para hacer algo más que pasear inerte.

∗∗∗∗

Dicen que, a veces, cuando se pierde el conocimiento es posible realizar un viaje astral. No lo tengo claro. Imagino que será un viaje a través de los astros, pero yo no he visto estrellas. Yo solo recuerdo un acantilado-montaña. ¡Desde la montaña se ve todo tan pequeño!, decía una voz de fondo. Desde la montaña me olvidé de ti, contestaba el eco. Desde la montaña se podía ver el río del valle, que parecía medir un centímetro de ancho y, a su alrededor, un montón de seres-hormiga arrojándose al agua para morir ahogados.

En la cima de ese lugar de vistas privilegiadas descubrí una exposición. La entrada era gratuita:

«No saber lo que me pasa por dentro, no es excusa para no olvidarte», decía el cartel, al principio del recorrido. «Exposición breve de algas marinas y vértebras de cristal»:

Nº1 RECUERDOS ESCUCHADOS AL SALTAR AL VACÍO.
(Grabación sonora).

«Vine corriendo. Huyendo. Sin saber. Y a mis espaldas he dejado un montón de
silencios. No encuentro la manera de regresar porque no dejé un camino de migas de
pan que, en cualquier caso, se hubieran comido las palomas sucias de esta ciudad. (…)
Corre, corre, que te pillo, como cuando era divertido (…) He llegado aquí sin aire en los
pulmones. Delante de mí hay un muro (de ladrillos). A mi derecha (…). A mi izquierda
(…). Por detrás, junto a la espina dorsal (…). He tomado la decisión irrefutable de
romperlo como sea. Que se abran las grietas, aunque sea con sangre (…) Y ver la salida.

Dar golpes con mis manos, con mi cabeza, con mi corazón (…)
Gritar las no-posibilidades.
Besos-miedo. Abrazameporfavorquememuero. 3, 2,1… 0».

∗∗∗∗

Bailo, bailo raro. Y, claro, nadie me ve cuando lo hago, como dice esa especie de refrán manido de los tiempos de Facebook. Es un tipo de baile extraño, un poco desajustado, desbaratado, de tal forma informal que el otro día me tropecé y me di de lleno en la cabeza con el pico del mueble de la entrada. Ahora mis ideas son latidos de dolor que recorren mi cuerpo. Y no puedo hacer nada más que mirar el techo de esta habitación de hospital. Mierda, agité demasiado el bote de champú y se derramó todo lo que quedaba. Ni siquiera podré aprovechar las últimas gotas viscosas. Tendré eternamente el pelo sucio. Diferente sería si estuviera en una cala de Ibiza observando el atardecer. Allí no hay suciedad. Allí el olor a mar es tan fuerte que nos fundimos con él, nos integramos en el paisaje, soleada nuestra piel, dorados nuestros corazones, los pies colgando en el vacío hasta que se hace de noche y, entonces, bajo las estrellas, me besas. ¡Qué romanticismos del siglo XIX! ¿Por qué te metes con el siglo XIX? Fue un gran siglo, fue un siglo como otro cualquiera. No sé, siempre que algo me parece casposo lo ubico en el siglo XIX. Supongo que eso es lo que nos trajo hasta aquí: la Revolución Industrial, las máquinas, Frankenstein… Y luego el siglo XX: el cine, el rock&roll, whatsapp… Tal vez, si hubiera nacido antes del siglo XIX, no bailaría raro. Como mucho, algún baile popular.

∗∗∗∗

Nº2 RECORRIDO POR EL PRESENTE: Patos y un estanque.

«Si miras a la derecha hay una “O” de círculo cerrado. En primer plano está la
aceptación del no y un pequeño y sinuoso hilo de baba de pulque que expresa
sutilmente que no hay nada más que decir y que no quiero que salgan más palabras de
mi boca y que ya no quiero porque no puedo querer ni creer que quiero querer y
querer creyendo que quiero cuando no hay más voluntad.

Respirar la no-puntuación.

Es hermoso, muy hermoso, (esto es el “0”, también círculo cerrado) ese contorno de
bordes colorados que me hace sentir que ya pasaron los tiempos de anestesias. Es tan
alto como para decirlo mirando a través del cristal del faro. Sonriendo a los barcos que
se acercan como
patos
en
un
estanque».

∗∗∗∗

Me duele la cabeza. Falta algo, una suerte de separación de retina, de división de rotura. En algún momento, podré introducirme en la grieta sin miedo a caer en el pozo. Tú estabas ahí, en un pozo, y yo te gritaba desde arriba. Me quedé sin voz, eso también lo recuerdo. Olvídalo, somos de pozos diferentes, ya no sé ni lo que digo. Iré, iré a buscarme y me lanzaré sin tapujos en el intersticio. Será como nacer, pero al revés. Entraré directamente en mi sexo para rebuscar entre mis entrañas lo ausente.

Pero aún no ha amanecido. Así que mejor me duermo y sueño con unas zapatillas grises con agujeros en las suelas, de las que dejan pasar el agua cuando llueve, para levantarme después con los pies y los centros mojados y con sensación de dolor en la frente. No me pegues más con la sartén en la frente, por favor, tratando de que te diga que sí, que tienes razón, que claro, que yo no sé, que yo soy tonta y me lo tienes que explicar todo. Basta de sartenazos en la frente de pies mojados. Esto parece del siglo XIX también, de aquella época en la que todavía creías que yo no sabía de lo que hablaba y que lo de bailar era prostituirse y provocar que me violaran por la calle. Deja ya la sartén y fríe un huevo, que ya eres mayorcito.

Eso le diría, pero no puedo porque me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, tan larga que llegó a quebrar las vértebras de cristal. Cuando eso ocurre, una pierde el equilibrio y se da con la esquina del mueble feo de la entrada en plena frente. Y brota la sangre del cuerpo atravesado, por el hueco abierto en el cerebro. Por ahí se escapan las ideas, también, hasta el punto de que ayer, antes de dormir, tuve una pesadilla horrible: ya no tengo imaginación, me dije. No tengo imaginación. La he perdido. He perdido mi imaginación y se me olvidó comprar más. Ahora voy a tener las ideas sucias, imposibles de separar, como en una pelota de grasa y pelos con ojos, que llora un poco y hasta da ternura, a pesar del rechazo inicial.

No tengas tantos prejuicios, Pelota también tiene derecho a vivir. Le daré de comer un trozo de fuet a las dos de la mañana, para que se transforme en algo bonito que haga sonidos guturales y me mire con los ojos tan abiertos como redondos.

∗∗∗∗

Nº3 LO QUE VENDRÁ: Concierto nº 10: Vaticinios del no-tú.

«Llegará un tiempo en el que ya no será esta la música de fondo. Será una no-música.
Igual que ya ocurrió antes con otros no-cuadros y no-dibujos que se incineraron en
soledad. Incluso da risa sentarse a ver el espectáculo. Llegará ese tiempo en el que me
preguntaré cómo fue posible que ocuparas ese lugar en la esquina del ojo mientras me
bañaba desnuda en el mar.
Llegará también un tiempo en el que olvidaré la pregunta-estribillo y la violencia del
desgarro que aparecía en los reflejos y sueños involuntarios. Y sabré que haber vivido
este absurdo fue necesario.
Estribillo (bis) x2
Estribillo (bis) x2».

El final queda como suspendido… Y me da por cerrar los ojos y descansar en el sofá
que alguien abandonó, hace décadas, en los acantilados. Suena a Te echaré de menos
allá donde vaya, cuando seas no-tú, no-tú, no-tú…
Queren, queren, cum, cum, cum.

∗∗∗∗

El techo del hospital es demasiado blanco, ahí no se puede escribir. Debería ser de papel reciclado, estos hospitales no tienen ninguna conciencia ecológica. Al menos, el pollo que me traen a la hora de comer no sabe a pollo.

Me duele, me duele, pero no me quiero quejar en este escenario donde todo el mundo me está mirando para ver cuál es mi siguiente fracaso. No, no voy a parir ningún hijo aquí, delante de todos, solo para que me aplaudan. Ni me voy a poner a girar como un satélite. No voy a aullar, como loba en celo, dispuesta a dejarme devorar en la autopista. No voy a ser la Luna. Soy algo así como la tierra, o más bien la lombriz que la atraviesa. El público se ríe, parece que he dicho algo gracioso. Pero siguen ahí, esperando. Y yo no sé qué más tengo que hacer, si ya lo hice todo… De pronto, se enciende el cañón de luz que me ciega. El teatro está en silencio y solo oigo respirar a la multitud al otro lado. Respiran fuerte, como si les faltara el aire o estuvieran resfriados. Y, entonces, me decido y empiezo a bailar. A bailar raro.

 

 

Test para escritores y jardineros (Lola Nieto responde en color verde aceituna)

INTRODUCCIÓN

Un test es una herramienta útil para la evaluación de los conocimientos adquiridos.

Para conseguir plaza en Thalamus no es necesario opositar, pero nuestros autores son muy
valientes y han aceptado diluirse con el agua de riego, vivir sobre una planta hospedera,
quemar las malas hierbas e incluso regular la producción de plagas.

Véanse los resultados, a continuación:

 

¿Quién puede sondear esta agua?
¿Cabe en un cubo o colma el océano entero?

 

1. No es trabajo del escritor:

a) El barrido de praderas: la pradera está mejor sin la mano
barrendera de personas
b) Desbrozar
c) Elegir las palabras y ubicarlas ornamentalmente
d) La penetración del aire
e) La venta de almas para el municipio
f) Otras actividades

 

2. Aportar tierra alrededor del cuello del poema, para que no se
produzca podredumbre, se denomina:

a) Asfixia
b) Protección de las raíces
c) Razones de espacio
d) Conquista del medio terrestre
e) Pedir más tiempo
f) Esa tarea no existe
g) Salvar una planta, el poema

 

3. ¿Por qué se suelen preferir en literatura ejemplares masculinos de
álamo blanco?

a) Los femeninos huelen mal
b) Son más baratos
c) Son más fríos
d) Solo durante la etapa preescolar
e) Es culpa de Odiseo: apareció desnudo y cubierto de barro
f) Atraen a los insectos
g) Todas las respuestas son ciertas, excepto la a

 

4. ¿Cuál de los siguientes elementos está presente, generalmente, en
el poema, y no es necesario aplicarlo en exceso?

a) Hierro
b) Veinte palabras de frecuencia de uso alta, veinte de frecuencia
media y veinte de frecuencia baja
c) Variables como la edad
d) Ojos verdes como la albahaca
e) Los puntos suspensivos
f) Los espectadores saliendo, pero hay que aplicarlo en
exceso, por favor
g) Clientes de un bar
h) Esta habitación
i) La fuente luminosa
j) Cementerios para perros o gatos
k) Todas las respuestas son falsas

 

5. El rascado del poema con cortes perpendiculares a la superficie
del poeta se llama:

a) Facilitar el riego
b) Acto del habla
c) Inversión en espejo
d) Bote de pintura vacío
e) Perfume para rociar la flor
f) Yemas dormidas
g) Frío
h) Comunicación de necesidades básicas
i) Las respuestas d y e son falsas conjuntamente
j) Cortar mucho al poeto hasta dejar en paz a las poetas

 

6. ¿Qué debemos tener en cuenta para que la literatura que germina
lo haga sin problemas?

a) Los ascensores
b) Abonar con gran cantidad de triángulos equiláteros
c) Echar una capa de metáfora gruesa para evitar perder humor
d) La frecuencia de exposición al riesgo: SIEMPRE
e) No frotar ni tratar de retirar las historias de amor incrustadas en
el ojo
f) Airear la gruta de la montaña varias veces
g) Las instrucciones del fabricante
h) La actividad de las lombrices
i) Que se adapte a la mayoría de la población
j) Utilizar las tijeras
k) Es indiferente

 

7. La acción de dar una segunda vuelta al poema para aflojarlo se
llama:

a) Cavar
b) Agramatismo
c) Madre
d) Padre
e) Sensibilidad sociolingüística
f) Religión
g) Te cargaste al animal; al menos, en mi caso, las segundas
vueltas siempre fueron nefastas

 

8. En general, la escritura debe realizarse:

a) Al final del verano, cuando las temperaturas empiezan a bajar
b) Con minúscula
c) Con todas las letras
d) Creo que eso que planteas no tiene sentido
e) Esforzando la vista o buscando una cosa
f) No dando una sed de agua
g) En olor de santidad
h) De Madrid a Londres, vía París
i) De esta manera

 

9. ¿Qué elemento es el más representativo para citarlo como
ejemplo en la producción de literatura?

a) Azufre
b) Columpios y toboganes y podríamos añadir una montaña
rusa de las que te hacen estar gritando de felicidad durante
los dos minutos más intensos del verano en que la melena
vuela mucho y acaba tan enredada que estás tres días para
conseguir deshacer los nuditos, pero mereció la pena
c) La mezcla de compost con futuro imperfecto
d) La puta verdad
e) La imputa verdad
f) La ausencia de balbuceo
g) El hondo pesar
h) La d y la e son ciertas conjuntamente

 

10. Aunque a veces puedan animar el texto, deben evitarse:

a) Las doce del mediodía
b) Nudos y dobleces
c) Beber y fumar
d) Las hojas cortantes
e) Zapatillas de caucho
f) Espantar la caza
g) Olvidar las llaves en el coche
h) Ninguna de las respuestas es correcta

 

Las estrellas no sirven para nada.
Ofrecen una imagen de luz petrificada y, al mismo tiempo, a punto de
desmoronarse.

¿Qué podré decir respecto del derecho a la salud del poema?
Que es una creencia que deberá ejercerse, siempre, por escrito.

 

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

LOLA NIETO Acentos de realidad básica

Edición: 
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Barcelona. 11/03/2018.


Lola Nieto nace en Barcelona en 1985. Es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Trabaja como profesora de lengua y literatura en un instituto de secundaria. Coordina, con Antonio F. Rodríguez y Laia López Manrique, la revista de creación artística KOKORO (www.revistakokoro.com) y la colección autónoma Kokoro Libros de la editorial Kriller71, en la que codirige además, con Aníbal Cristobo, la colección Púlsar. Ha publicado los libros de poemas Alambres (Kriller71, 2014) y Tuscumbia (Harpo libros, 2016).

Su voz está llena de excepciones, por no hablar de los acentos: de boca en boca, una sílaba final que se corta, una sílaba inicial que se añade.

Lola se vierte, lleva a otro sitio y el resultado no es cuestión de horóscopo.

LOLA NIETO por LOLA NIETO.

 

En el siguiente vídeo by Lola Nieto, la autora nos recita/regala ‘CAJITAS DESPRESURIZADAS’ y … mucho mucho más:

GSÚS BONILLA Destruid el termostato de los microondas

Gsús Bonilla tiene tardes de agua estancada, y sólo ojos para la serenidad de los peces. Le hace bien, mientras los patos reinen en el aire. No sería justo con él mismo, si se calla,  que los nenúfares son como coños que nos parieron desnudos seres humanos. En esas tardes de silencio las libélulas, en su baile tartamudo, asienten. Hay indicios de que, en breve, aplaudirán. 

Gsús Bonilla en Bukowski Club según ©Federico Romero.

 

Ι

Mientras los oficios de ayer los trabajos memorables se acomodan, el sol sale para
buenos y malos. Que nada difumine tu mirada. Debe ser terrible experimentar que la
respiración se interrumpe. Imaginar cómo los ojos se agrandan y extienden hacia el
cielo en busca de unas pocas moléculas más de oxígeno, como si su azul fuese el centro
de la muerte
Tendrán que trabajar muy duro esas señoras que se dedican a llorar en los entierros, ese
aire tan necesario, que nos insufla, que nos llena por dentro y nos expande y ensancha,
ese anciano que hila cuerda de pita, de donde pende anudado el globo hinchado que
sostiene la endeble muñeca del niño, o aquel otro, que cincela el latón con un escoplo de
plata y bebe agua de nieve
Recordad lo que habéis aprendido, las cosas inútiles. Si la ley fuera también justicia las
manos serían aves y nubes… aviones, o qué sé yo, helicópteros extraños que vuelan por
encima de nuestras cabezas, tratando de capturar un poco más de tiempo, el minuto de
antes, el delicioso viento que surge de una flauta de caña, ese sonido al fin, cuando ya
no hay nada
Y con suerte, las escuelas despedazadas por la diplomacia y los servicios secretos, los
retorcidos colmillos del miedo, volverían de nuevo a lo que habían dejado de ser. Me
gustaría, que compartieseis esa felicidad, un hueso de azúcar, la voz de las personas que
amas, el sonido de la lluvia lenta que tropieza en esta ventana y el canto de los pájaros,
cliché de los amaneceres
Ya lo veréis. Al llegar la hora acordada destruid los relojes de arena, el termostato de los
microondas, la prisa que nos acelera y todo aquello que te marque un mínimo plazo de
vida. Romped la primera orden de quienes se alimentan de carne humana, de los
maestros de la sabiduría en el arte de hacer daño, de quienes administren el pan.

 

ΙΙ

Seguramente no hemos nacido para esta época, pero siempre hay, y encuentras, un
poema que vive dentro de ti, como una salvajada a la que volver de vez en cuando. Si
acaso, mirad esta hermosura
es como una estampa de otro siglo, representa a una leona de cuatro cabezas y cuatro
nombres posibles. Hay luz, pero no es de día nunca, mientras se siga empadronado en la
enfermedad de cada verso
en las baladas y romances, y en todo aquello, adonde la mirada se vuelve como agua y
se diluye, como acontece en los vientres de las multinacionales de la palabra y en todo
conjunto de normas que determinen el uso correcto del silencio y la literatura
más allá de los índices exactos de los calcetines de lana desparejados, los adoquines se
llenan de esputos como resultado de la purificación del aire y del Ser, y de todo aquello
que le oprime. Y, sin embargo, Louise Michel
enarbola una falda negra anudada a un palo de escoba, símbolo de clase, bandera negra,
que se opone a todas las demás banderas y disipa los límites de género, como una
hermana que busca a su hermana, como la perturbación emocional de la poesía
anticiparse, de esta suerte, a las coronas de inocencia para nuestros retornos de siempre,
a las pequeñas porciones de ternura que coger entre los dedos, al extremo agudo de la
pupila puñal, a las acículas
que recorren los surcos de la base de un tronco y reproducen el sonido inscrito en sus
anillos de madera vieja, exacta a una música repleta de canciones inolvidables. Dichosa
Louise Michel. El nosotros se mueve demasiado para ser un cadáver.

 

NATIONAL GEOGRAPHIC

El Estado me gratifica con 426 euros al mes
por ser parado de larga duración, por haber
consumido todos los recursos previos, por
tener una hija a cargo, porque el computo
de la unidad familiar no supera el 75%
del Salario Mínimo Interprofesional
por cabeza. De manera que, hemos de ser consecuentes
con el Estado y comer barato, beber agua
no fumar, nada de drogas, olvidar la Play Station
y conducir, como mucho, un utilitario de baja gama
y segunda mano. A veces, en la casa
de nuestra entidad financiera danzamos
y bailamos bajo la lluvia y le dedicamos
oraciones y cánticos en las noches de luna,
porque queremos un Estado feliz y le agradecemos
tanta generosidad, tanto desprendimiento,
mostramos así nuestro agradecimiento
por lo que recibimos. Aunque el Estado no sepa
que llevo una calabaza en el pene a modo de funda
y mi compañera se decore los pechos desnudos
con ceniza y resina de árboles. El Estado no entiende
por qué la pequeña sonríe a la cámara
y hurga en el bolsillo de los contribuyentes

como buscando su premio de azúcar.

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

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