REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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MARCOS YÁÑEZ El humanista infiel

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Segovia/Barcelona. 10/05/2019.


Marcos Yáñez

«Nací en 1986 en Segovia, hermosa y provinciana ciudad que me vio crecer. Con 18 años me mudé a Salamanca para estudiar filosofía, lo que acabó siendo lo pretendido, un título universitario pero ante todo un viaje iniciático y una educación sentimental. Allí empezaron los recitales poéticos, el teatro en la calle y los primeros ingresos por pinchar discos en locales nocturnos a ritmo de soul, funk y bossa nova. Después probé Italia, donde hice mis pinitos en el mundo de los escenarios, y más tarde llegué a Barcelona para estudiar un Máster en estudios comparados de literatura, arte y pensamiento en la Universitat Pompeu Fabra. Cuando acabé, en 2013, publiqué mi primer poemario, Verdades ocultas, verdades necesarias y otras mentiras,libro que me empeño en no recomendar pero que reconozco como una estación del viaje.

No dejó de sonar funky allá por donde iba, y con ese ritmo decidí hacerme doctor en humanidades con una tesis titulada El bosque literario. Genealogía de un paisaje simbólico (2017) también en la UPF.

La música no ha dejado de sonar, ahora ensayo el kickstep del swing y el rockabilly, pero ya no en pubs ni discotecas porque me gusta levantarme pronto por la mañana, así que ya me dedico íntegramente a la enseñanza y la divulgación de filosofía, historia y teoría del arte.»

De libros y bosques[i]

Año 1932: Piccolo Aurelio, Lelo para la familia, acude como tantas otras veces a Giovanni’s, pequeño restaurante en la zona oscura de Manhattan famoso por su pasta, con algo de resaca por el whisky de contrabando que consumió la última de sus grandes noches de charleston. Con el tiempo ha adquirido un gran kick-step y únicamente bailando siente que vuelve a ser alguien importante. Había cruzado el Atlántico tras la firma del armisticio en 1919 pero Nueva York acabó siendo la ciudad de las ilusiones perdidas. Conoció a Silvia Palermo, que tenía nombre de bosque y traía consigo el Banco Siciliano para aumentar el patrimonio familiar, y se casó con ella. Aunque la relación se fue degradando con el tiempo a medida que la repulsión crecía entre los dos, sabe que el Banco Siciliano es el que le ha salvado de la mendicidad tras las terribles pérdidas en Wall Street, los palacetes que conserva en Italia ya no le otorgan ninguna renta. Delante de su plato de pasta piensa en volver a Italia para recuperar la tradición de las grandes familias como la suya, el dolce far niente provinciano y, quién sabe, quizá en una nueva vida en casa pueda recomenzar su relación con su mujer y tener una vida plácida junto a sus hijos.

Año 98 d.c.: Las tropas del emperador Trajano creen haber encontrado la estrategia adecuada para deparar el principio del fin de doscientos diez años de guerra contra las tribus teutonas. En esos mismos instantes el historiador Cornelio Tácito escribe el Germania, crónica militar y descripción histórica de esos dos siglos de intentos romanos por hacerse con el control de la zona dominada por lo que los celtas llamaron el bosque herciniano que, según decían, se tardaba en cruzar a caballo nueve días en su zona más estrecha y más de sesenta a lo largo. Los germanos se habían creado la fama de ser los más obstinados rivales de Roma.

Año 1194: En la plaza de Iesi, en la actual Italia, la emperatriz Constanza muestra ante el pueblo reunido al recién nacido Federico II de Hohenstaufen, digno nieto de Federico Barbarroja. El pequeño acabará siendo rey de Sicilia, Chipre y Jerusalén y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico además de un escritor prolífico e innovador, lo que le valió el apodo de Stupor Mundi, faro o asombro del mundo. Hablaba nueve lenguas y despreciaba muchos usos y convenciones sociales, como el vasallaje y la intolerancia racial o religiosa. Ordenó que se tomase a un recién nacido y se le hiciese crecer sin ningún contacto verbal pues estaba convencido de que había una lengua originaria de la humanidad. Sus sirvientas le traicionaron y le hablaron a escondidas. A los diez años, al contrario de lo que el rey pensaba, ese niño no hablaba hebreo.

Año 13 d.c.: El grito de venganza arrojado por el emperador Tiberio resuena por las calles de Roma. Su sobrino Germanicus es el elegido para encargarse de vengar la muerte de Publius Quintilius Varus, que con las tres legiones y seis regimientos que comandaba fue aniquilado en diversas emboscadas en el bosque de Teutoburgo. Germanicus encuentra los restos de la masacre en el bosque: montañas de cadáveres, cráneos clavados con estacas, pilas de armaduras. Célebre fue su sentencia “Volverán a correr ríos de sangre por este bosque”. Dicho y hecho. Tras haber espiado las posiciones germanas disfrazando de salvajes a dos vigías su ejército aniquila a todos los participantes de los festivales y rituales en honor del dios Wotan que se desarrollan en una arboleda sagrada. Germanicus ordena talar la arboleda, corría el año 17 d.c.

Año 852: El monje Rudolf de Fulda, centro geográfico exacto de la actual Alemania, cita a Tácito como referencia para hablar del río Weser, por lo que es probable que una copia manuscrita permaneciera en la famosa librería del monasterio benedictino, cuna de una gran tradición de escribanos que acabó siendo siglos más tarde refugio de dulcinistas y posteriormente de luteranos.

Año 1448: El Papa Nicolás V envía a su fiel Enoch de Ascoli a Alemania para que lleve a Roma todos los manuscritos latinos y griegos que pueda acarrear en sus manos. Entre esos libros consigue un códice manuscrito de la abadía de Hersfeld, cercana a Fulda y de factura, sin duda, de sus maestros escribanos. El enviado vuelve a Roma en 1455 pero el Papa había fallecido, sin patrón decide buscar un comprador para su tesoro y dos años después lo encuentra en el canciller de Perugia, Stefano Guarnieri, que reunió en su biblioteca de Iesi una compilación de manuscritos de tres obras de Tácito. Fue precisamente en el Germaniade Guarnieri en el que se basó la primera versión de imprenta, publicada en Venecia en 1470. Tres años después se publicó en Nuremberg y en lengua vernácula en Leipzig en 1496. Guarnieri ya había muerto por entonces y su biblioteca es sucesivamente heredada por todos los primogénitos de la familia, que tampoco le prestan demasiada atención.

Año 98 d.c.: Tácito reparte vicios y virtudes entre la Germania salvaje del bosque y la Roma decadente de la ciudad. El paisaje erizado y oscuro ha nutrido a una raza de guerreros de dureza formidable. Los teutones son incivilizados, feroces, primitivos, moradores de los bosques y los pantanos, indiferentes a los vicios que han corrompido Roma: el lujo, la propiedad, la esclavitud o la sensualidad. Son hijos de la naturaleza, de espíritu noble y puro, sin artimañas ni astucia.

Año 1871: Tras la unificación se funda el II Reich alemán bajo el liderazgo del Reino de Prusia, su primer ministro Otto von Bismarck, el canciller de hierro, y el reinado de Guillermo I, que se proclama descendiente directo de Barbarroja y los Hohenstaufen.

Año 1790: Ludovico Guarnieri clama al cielo en su lecho de muerte porque su patrimonio caerá en otra familia gracias al matrimonio de Francesca, su única hija. La familia en cuestión es la de los advenedizos y exitosos condes de Balleani que, gracias al comercio, dedican su fortuna a construir un palacio en Fontedamo y una factoría mecanizada de sedas y demás tejidos. Años más tarde sus sedas son premiadas por la Academia de Roma como las mejores de Italia y las ganancias son invertidas en remodelar el otro palacio heredado de los Guarnieri en Osimo. La historia de la familia no fue tan bienaventurada como parece ya que a mediados del ottocento tuvieron que sobreponerse a una epidemia que afectó a los gusanos y que acabó con su industria.

Año 1902: Cesare Annibaldi, profesor de filología clásica, afirma haber descubierto lo que él mismo llama Codex Aesinas lat.8 (Aesinas: nombre latino de Osimo) y traza la línea cronológica enlazando este códice superviviente con el texto original del siglo I. En los años veinte ejércitos de filólogos alemanes estudian el texto de Tácito y viajan a Italia para ver al que consideran el manuscrito más fiel al original del historiador romano, el Codex Aesinas. Piden el retorno del códice a su patria natural. Entre ellos están Alfred Rosenberg y Heinrich Himmler.

Año 1935: Heinrich Himmler funda la Ahnenerbe, organización académica perteneciente a las SS encargada de promover la investigación sobre la antigüedad y los orígenes de la raza aria. Se considera prioritaria la repatriación de antiguos textos que demuestren sus tesis ya que representarían la legitimación de la política racial del III Reich. Asimismo también considerarán fundamental recuperar el medio paisajístico en el que se desarrolló la raza aria, por lo que se ordena la reforestación de 143.000 hectáreas de suelo rural en el sur de Alemania. El siguiente paso ha de ser la anexión al Reich de los territorios que antiguamente ocupaba el bosque herciniano: Austria, Checoslovaquia y Polonia.

Año 98 d.c.: En el capítulo cuarto Tácito ratifica la opinión de los que creían que Germania había producido un raza no mezclada con otras mediante matrimonios entre familias cercanas. Al contrario que en Roma las madres amamantaban a sus hijos, lo que produjo una gran cantidad de hombres altos, fuertes, pelirrojos y de ojos azules, una raza pura y peculiar, propriam et sinceram.

Año 1904: El conde Aurelio Balleani siente una profunda desazón por no tener hijos y por tanto no poder dejar su patrimonio en manos de un primogénito. Necesita un heredero. Acude a su hermana, que ha tenido nueve, y selecciona al séptimo de ellos, Lelo para la familia, por una razón de peso: le pusieron su mismo nombre.

Año 1936: Mussolini visita Berlín. Tras despachar otros asuntos el Führer manifiesta su entusiasmo por la relación histórica entre las dos naciones y aprovecha la ocasión para pedir que el Codex Aesinas vuelva a su patria. Mussolini, autoproclamado guardián del legado del Imperio Romano, no sabe muy bien de qué le están hablando y desvía la conversación. Tras hablar con sus asesores, que le informan de la naturaleza y la propiedad del texto, el Duce rechaza devolver el códice a Alemania por el momento pero le promete un facsímil. El códice pertenece a un notable antifascista, el conde de Balleani. Ese tesoro debe quedarse en Italia.

Año 1943: Mussolini ha sido derrocado y los aliados avanzan desde el sur de Italia a gran velocidad. Las SS aparcan a la puerta del Palazzo Balleani en Fontedamo. Ayudados por los fascistas locales tiran la puerta abajo y rastrean palmo a palmo todas las estancias del palacio. Por supuesto, el libro no está en la biblioteca. La rabia crece a medida que se suceden las habitaciones. Los frescos fueron raspados, el mobiliario arrojado por las ventanas y la expresión Porca Italia fue escrita en el salón principal. Al mismo tiempo en Osimo el conde y su familia se esconden en el laberinto de galerías que están bajo su casa, de una arquitectura maquiavélica del S.XVI preparada para resistir asaltos. La larga lengua de un fascista local les ha avisado de lo ocurrido en Fontedamo y les ha traído víveres y ropa para esconderse varias semanas. Les queda un tercer palacio, el más antiguo situado en la plaza de Iesi, deshabitado desde hace mucho y que ya han dado por perdido. Hicieron bien, pues los nazis habían dado cuenta de él tal como hicieron en Fontedamo, la misma madonna que estaba en un nicho en la fachada acabó en el suelo de la plaza, el mismo lugar donde nació Federico II.

Año 1966: Postrado en la cama del hospital por insuficiencia respiratoria, Aurelio Balleani, Lelo para la familia, recuerda su pasado en los últimos instantes de su vida. Sus últimos días coinciden con un hecho que desconoce: las inundaciones provocadas por la crecida del río Arno arruinan un palacio propiedad del Banco Siciliano en la plaza de Iesi. En una pequeña dependencia anexa a la cocina, seguramente una despensa, aparece flotando una caja revestida de estaño. Los bomberos logran abrir la caja y aparecen unas letras mayúsculas rojas y negras: DE ORIGINE ET SITU GERMANORUM. El Germania de Tácito.

[i]Reconstrucción dramatizada de hechos reales. Para saber más véase Schama, Simon:Landscape and memory. Londres. Harper Collins. 1995. pp. 75-81.

SARA B. DEL REY Cuenta atrás

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Madrid. 12/04/2019.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los dieciséis, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

CUENTA ATRÁS

10. Más de dos horas en silencio. A veces hago eso. Cuando alguien duerme a mi lado y yo permanezco despierta me concentro en sus sonidos. Salgo de mi cuerpo y entro en la otra respiración. La escucho, la siento. Ritmos y exhalaciones que no son míos pero que son indicio de vida. Es muy relajante saber que la vida se expresa así, de esa forma tan lenta y sosegada. La vida es esto. Respiraciones. Yo ya no creo en el amor, pero sí en las respiraciones. Te toco la boca con la punta de mis dedos, como decía Cortázar. Y solo el tacto me hace sentir viva.

9. ¿No te ha pasado nunca que te preguntas cómo acabaste ahí? ¿Cómo es que estás en ese lugar en el que realidad no tienes tanto que hacer ni que sentir, pero al que has llegado casi por aburrimiento? Mirando las estrellas me dices que el paracetamol se ha inventado para acallar las revoluciones. Bueno, no sé si esas son tus palabras o yo las mejoro, las maquillo, las reinvento para crear un recuerdo diferente. Y después de decirlo te quedas dormido.

8. La anestesia. Narcolepsia. Asepsia. El periodo del desierto. A veces, aún, la frustración se apodera de mis garras de monstruo herido y no soy capaz de hablarte. La piel cuarteada, los labios secos, el pelo estropajoso y enredado. La tierra y yo somos del mismo color. No hay poesía que pueda calmar la sed. Sopla el viento y eso es lo único que pasa, pero mi rostro no se mueve y mi voz no rebota sino que se pierde, se eleva, se va. Tampoco recuerdo cómo caminar. Me dejé fagocitar por el plástico de la soledad pensando que sería de carne y hueso. Yo creía que… Yo pensaba que… Yo sentía que… Mentira. Yo no sentía, ni creía, ni pensaba nada. Yo necesitaba caerme, estrellarme sin paracetamol. Hoy estoy aquí, recomponiendo las piezas que no encajan.

7. Sentados en lo alto del acantilado, allí donde estaba el castillo. Tumbados mirando al cielo y rozándonos con la punta de los dedos. En ese instante, una llamada de alguien que nos quiere mucho: “El mundo empieza en vosotros”, dice entre sonrisas. Yo te miro y te agradezco hacerme perder el miedo y el tiempo, convencerme para el riesgo ante las olas contra las rocas y hacerme saltar desde las alturas para hundirme hasta el fondo del mar. Gracias por existir, gracias a ti, soy. Contigo me atrevo, contigo. Y estaremos juntos para siempre, ¿no?

6. Te imagino pero no sé si existes. Imagino que te conocía, que teníamos una aventura fantástica y un viaje en motocicleta a lo largo de una isla soleada de un mar bravo pero amable. Escribo con palabras en soledad el brillo, casi travieso, de tus ojos al mirarme. Y canto canciones adolescentes al calor del verano, a pesar de las decepciones y la desconexión. No tiene nada que ver lo que soy fuera con lo que soy dentro.

5. Hoy he tenido mi primer orgasmo cuando flotaba boca abajo en el mar, o eso creo. Me gusta dejarme estar sobre la superficie y luego sumergirme. Notar el sol en la espalda y el silencio sordo de los oídos sumergidos que me dejan oír los latidos de mi corazón. Me gusta concentrarme en ellos, como si fueran los de otra persona. Me recuerdan que hay vida. Que la vida es eso. Latir, latidos, falta de aire.

4. Quiero decirte cosas pero no se me ocurre nada porque todos me están mirando. Ya estás aquí, por fin. Rojo, arrugado y feo. Eres muy raro, muy pequeño, mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Tengo muchas ganas de tocarte y de abrazarte. Pero no me dejan, solo me dejan mirarte asomada a la cuna y ver cómo abres un poco los ojos y te mueves despacio. Siento mi corazón muy acelerado. Hueles a algo que no sabía. Me da vergüenza que se den cuenta de que tengo ganas de llorar, así que trato de quedarme quieta. No puedo dejar de mirarte y escuchar cómo respiras. Quiero quedarme siempre así.

3. Las olas me dan vueltas y es tan divertido que no tengo miedo y eso que hace poco sí lo tuve, el día que no podía respirar, cuando me quedé sin aire y no veía la salida porque una colchoneta gigante estaba encima de mí. Igual no era tan gigante, igual es que yo soy muy pequeña. Pero no me da miedo morir. Lo único que me da miedo es que no estés cuando salga del agua para respirar. Mi mamá me llama desde la orilla. Es la hora de ir a comer.

2. Ese olor es muy bonito, es de color verde, viene de la ventana, pero me tendría que subir en la silla para ver al jardinero. Me gusta rodar por el césped en la cuesta del parque. Y cuando papá vuelve del trabajo y me pregunta cómo se dice algo en francés. Abrazo a mi muñeco de cabeza dura que es un mono, pero al mismo tiempo tiene un disfraz de arlequín y otro de payaso. “Es la hora de dormir, monkiki”, le digo quedito. Mi cuerpo desaparece al quedarme dormida. Me separo y, por fin, vuelo.

1. No recuerdo nada. Solo soy un puntito “amable”. Debería bastar para volver a empezar.

0. Cero.

ROSETTA KEDZIERSKI A little rollercoaster ride

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Gdansk/Extremadura. 07/01/2019.


ROSE EMBADURNADA.

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en ParísPocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

                                                         

1 e4 e5 2 Ac4 Ac5 3 Dh5 Cc6 4 Dxf7

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Es un día 1. De un mes 11. De este año. De 2018. Sí. Son ‘aprox’ las 18.37. ‘Aprox’. Sí. ‘Aprox’. ‘aprox’. Lo escribo y lo reescribo con saña y como me da la gana. Enfundada en mi propia cabeza gigante de papel maché. ¿Por qué lo hago? Por el placer de abonar el terreno del odio. Por venganza con mi ex, la doctora en filología. Si lees esto, jódete.

Es día 1. De un mes 11. Las 18.37 o las 18.47. No lo recuerdo. No importa. Y recibo una llamada. Y prometo que, justo antes de descolgar el teléfono rojo que tengo en la cocina ―regalo imaginario de mi abuela Czeslawa―, pienso en la ‘dulce’ cotidianidad que se omite, tantas veces, de tantas maneras distintas, al escribir. Sí, se omite. No, no tiene nada que ver con la cotidianidad del **** Carver o con la cotidianidad del **** Dennis Cooper o con otras cotidianidades en las que pensáis, para armar por ejemplo, por adelantado, un argumento en contra de quien está, casi casi por defecto, escribiendo esto.

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Defecto: X me pide que escriba un relato, un cuento, un texto, una cosa extraña para esta revista. Que van mal para el siguiente número. Que siempre me lo pide. Que venga. Que por favor. Que la ilusión. Que los efectos secundarios del último mes de los doce. Que no sea así. Que sea así. Que no deje de ser así. NUNCA. Eso NUNCA. Que Sanel Kurbegovic, que el abrevadero en construcción, que el triptófano, que el escitalopram, que Kjell Askildsen, que María Sánchez, que las falsas promesas con tatuajes, que un tal Rubén, que mi abuela.

No mentes a mi abuela.
Tu abuela escribía poemas, cuentos de terror, salmos, testamentos, mientras zurcía bragas o se purgaba los sabañones con su propio pis.
Ya lo sé, ¿y?
Se lo debes.
Vete a la mierda.

Mi acepción favorita del verbo purgar: corregir las pasiones.

Das puto asco.
Ya lo sé.
Eres gilipollas.
Lo sé. Es verdad. No tenía que haber utilizado a tu abuela.
No, puto nazi.
Olvídate de todo.

Que ya se calla. Pero NO. Él nunca se calla, ni siquiera cuando abusa del silencio. Que ya sé yo lo que él quiere decir. Mi respuesta es NO. Generalmente, valga la fealdad del adverbio, suelo decir NO a TODA propuesta venga de donde venga y de quien venga, salvo que esa propuesta tenga que ver con hacer nada, con dar una paseo entre los helechos (ahora húmedos), con salvar la vida a un animal no bípedo o con quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica.

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Por suerte para el tálamo de X, con la misma ‘asiduidad’, suelo entregarme a la brusca e inútil tarea de cubrir algunos de mis muchos defectos con la debilidad que imploran ciertos afectos. Porque no hay nada que dé más grima y levante más ampollas que un afecto y, al mismo tiempo, no hay nada más enigmático (dicen). AQUÍ UN REDOBLE DE TAMBORES FALLIDO (usen la imaginación). Mi amor y mi odio por X es directamente proporcional a las ganas que tengo de ponerme a escribir algo ‘por encargo’ pero, llegadas a este punto, el peso está repartido, muy repartido. Y he de quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica así que, cuatro copas de vino después, digo SÍ. Digo VALE.

Puedes volverte loca, cuanto más loca mejor (dice el muy cabrón, sabiendo que él y yo nos conocimos hace muuuucho tiempo, en condiciones penosas, casi indigentes, en la sala de espera de un psiquiatra que no hizo bien su trabajo). No es coña.

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Yo sé que X me invita a hacer estas cosas por puro egoísmo pero que también lo hace para que intente salir del hoyo, de mi hoyo agorafóbico, de mi hoyo aislado y extremeño, para que me convenza de ciertas capacidades que otras y otros dicen que poseo. Me descojono. Se preocupa por mí. X se preocupa por mí y por todo. Se ocupa para no evitar, en lo posible, ocuparse de sí mismo (cosa que le da bastante trabajo, por cierto). Aprende de una **** vez, muchacho. Mira quién habla.

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¿Publicáis a modernos con tatuajes?
Todo dios nos dice que no, Rose.
Eso no es verdad. Qué mentiroso eres. Os leo. Sé a quién publicáis. Mucha gente guay os dice que sí.
¿Para qué preguntas entonces?
Porque no me apetece una mierda que me publiquéis junto a esas jóvenes promesas de la literatura que enseñan sus ‘tattoos’ ―estudiada pose mediante― en cuanto te descuidas.
¿Algún motivo en particular?
Aversión y repugnancia casi violenta, querido. Son ‘punks’ de pega que habitan en barrios bien donde la gentrificación que critican es la norma. Abrazan la corrección formal de la socialdemocracia. Consumen sus medios y se mezclan en sus redes. En el fondo, aman la fama, el dinero y la pompa. Se alejan de los suburbios y de la gente que los habita porque son incapaces de comprender su realidad, pues asumen que es vulgar y minoritaria. En la mayor parte de los casos, el valor literario de estos burgueses tatuados es discutible (por no decir otra cosa). Todo dios lo sabe, pero los mismos medios y editoriales que los encumbran aman su pose. Quedan bien en las fotos, tío. No se pierden ningún sarao (importante para la empresa), saben mezclarse, saben desempeñar el rol de hombres y mujeres liberados sanos, que no necesitan permiso, dinero ni estabilidad para ser madres o padres, para llevar un matrimonio en secreto, ejercer la sobreexposición o el llanto controlado.
Te conozco. Sé a quién lees. También a los tatuados.
Claro.
¿Entonces?
Entonces ni llueve ni truena, pero llueve y truena.

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2001. Yo y él fumamos hierba del parque subidos a una teta gigante. Nadie conoce aún a Mike Mills. Nadie conoce aún a Virginie la fake. Nadie, en las fiestas o en las casas, habla sobre feminismo, sobre equidad, sobre violencia, sobre género (esa tara). Las niñas tienen vagina, los niños tienen pilila. FIN. Nadie escribe #metoo en ningún muro. La red más popular era esa malla que servía para separar la verdura y la chicha de los garbanzos al hervir el cocido o, aun mejor, la que servía para cazar la escasa vida de las mariposas. No existe Instagram. No existe Tinder. La policía mata a Carlo Giuliani en la contracumbre del G8. En España, el gasto económico en antidepresivos no tricíclicos alcanza la vertiginosa cifra de 448 millones de euros. Estonia, con un tema llamado Everybody, logra imponerse en la XLVI edición del festival de Eurovisión. Tres meses antes, día arriba o abajo, Jorge Mario Bergoglio es nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II al que, por supuesto, no quiere todo el mundo. Antes de meterse en la cama, Francisco tararea, lleno de gozo, una melodía improvisada. Se parece extrañamente al Everybody estonio. Es una noche para la celebración en la iglesia de San Roberto Belarmino. Un hilo musical imaginario omnipotente, del todo sorrentiniano, se cuela entre los muros y atraviesa el cristal de las ventanas:

Come on, everybody, and let it out
And live the moment, here and now
Come on, everybody, ‘cause here’s a chance
To feel so light, to laugh and dance

A little rollercoaster ride – He’s going for a ride now
Right into the starry night – Around and around and around we go
And leave the windows open wide – Why nobody can’t stay?
And let the music pour inside – Aha

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¿Recuerdas si aquella mierda nos subía?
No, no lo recuerdo.
Recuerdo que fue la primavera en la que descubrí que era alérgica a las gramíneas. Recuerdo a tu madre poniéndome bolsas de manzanilla en los ojos mientras cantaba aquella canción de Edith Piaf en la cocina de tu casa.
Era ‘La foule’.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure …

(Silencio).
No sé si todo era un poco más fácil entonces.
Habla por tu familia.
(Silencio).
Perdón.

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El absceso que provoca la enfermedad mental, con el tiempo, deja una marca asombrada en los ojos. Esa misma marca obliga al cuerpo a sobreponerse, cada día, cada instante, al desmayo, al derrumbamiento o a la amenaza del colapso. Y el cuerpo, en esta época extraña que superpobláis con toda clase de infecciones, es la gallina y no el huevo, aunque un poco mejor nos iría si fuera al revés. No obstante, la mayoría no tenéis ni idea de qué va todo esto. Vuestra arrogancia es el problema. Esta última frase también es el problema. Y la de un poco más arriba también, claro que sí. Y no hay tantos problemas como soluciones, no. Que haya gente que todavía se crea esa porquería new age es una de las grandes catástrofes de la cotidianidad sobre la que patinamos. Cotidianidad que, desde que recuerdo, no es otra cosa que un gigantesco ‘sálvese quien pueda’ de la hostia pariendo mamarrachos. Tal vez por eso estoy escribiendo esto, porque en realidad se parece mucho a no hacer nada.

Para que quede claro: yo tampoco tengo ni idea de muchísimas cosas, pero escucho millones de voces al mismo tiempo. Y eso, para quien no sepa de qué va, tiene un mérito exasperante. Cuando logro atrapar, al azar, una sola de esas voces con mis palillos chinos, me pongo a escribir o me pongo a llorar. No hay término medio. Lo que viene después es lo más parecido a la calma. No puedo acercarme más a ella de ninguna otra manera, salvo con ciertas drogas. X me cuenta que ha dejado las suyas, su montón de mierdecitas recubiertas con película EFG. Lo celebro. No lo celebro. Por lo demás, todo va bien. No se lo cree ni él.

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Si volviéramos a aquellos años, si viviéramos en la misma ciudad o en el mismo pueblo sería insufrible. Cuando viene a visitarme, X incide en la evocación de esa nostalgia enfermiza, tentadora y algo hortera. Yo solo sé que nos queda la escritura, el sílex, los animales, la lluvia, el estruendo, la música, los termostatos, el refugio del volumen, esa especie de brand new start cantada en un cuarto piso de la Nußdorfer Straße por el mismísimo Paul Weller y que solo puede acompañar el fuego de entonces, lejos de parecerse al sol. Porque cuando sale el sol entiendo mejor eso que llaman mala suerte. Él y yo nos hicimos ÍNTIMOS gracias, en parte, a esta ‘condición’: el amor por el diluvio, la oscuridad, el recogimiento y el frío. Aunque, ya que hemos entrado en materia, he de decir a modo de ‘confesión’ que, tras aquel año que pasó en Dinamarca temí, por un momento, que se pasara al otro lado. Allí arriba fue la primera vez que le vi tomando el sol en un parque, como si de repente toda la vejez a la que inexorablemente se encamina la materialidad que nos rodea, le hubiera acorralado. Cuando por fin le vi salir por la puerta de la terminal 2 del aeropuerto (menos mal) percibí en sus ojos algo que trascendía el absceso. Días más tarde, en mitad de un desayuno extremeño y aislado, me dijo: Creo que me ha crecido un quiste de roca en algún sitio. Creo que he dejado de ser quien creía que era. En ese momento, no le odié tanto como hoy.

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Escribir es pretender la ilusión de la independencia total. Escribir es un acto odioso de superioridad. Escribir es puro nacionalismo (me urge pensar, no sé el motivo). Esta cosa, aquí y ahora, es otro decorado vintage con mueble bar. En la parte posterior de la silla del director, más allá de las marcas, no hay escrito ningún nombre, solo la palabra juEGO. Escribir es la religión de los malditos. ¿Qué nación más enorme y orgullosa existe si no, que la del acto irrefrenable de perforar el mundo, desde el ombligo de una misma? Y a los hombres no es que les pese más esa cicatriz tras la rotura, es que les pesa más, mucho más, no ser más el centro de nada. Error. Quien afirme que en esa cicatriz, que en esa rotura que cada cual arrastra no existen banderas, jefes, cachorros, abuso y, por lo tanto, agresión … M I E N T E.

Pienso en el superpoder androcéntrico de Italia, Almería, Hungría, Polonia, Holanda, Dinamarca, Estados Unidos, Israel, Austria en el año 2019 y venideros y solo veo el mismo viejo afán ilusorio de protección y soberanía, una obsesión desmedida por los controles de plagas, persecución de lo que desea expandirse, desdén y paranoia neofascista, plumillas, corporaciones de plumillas, locutores e hipocresía socialdemócrata, tibia como un vaso de leche cortada, al servicio del desastre.

Alguien, después de X, al otro lado del mismo teléfono rojo, me cuenta: Menos mal que existe un límite. Un límite para la vida, también para la de los que defienden la vida o, mejor dicho, la propia antes que otras, como si valiera más. Yo guardo silencio, pero logro escuchar en mi interior a una voz que responde: Polonia se ha convertido en un país con más de treinta y seis millones de católicos y tu amado mediterráneo, cada vez menos cristalino, seguramente sea el mar con mayor ecosistema cadavérico del mundo.

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Mi hoyo extremeño: mi casa. Una casa aislada entre un bosque de pinos y frutales. X dice que se quedaría a vivir aquí. Él seguro que podría. Su psique está hecha para lugares como este, pero por algún motivo que aún no termino de comprender se sigue aferrando a su particular proceso: aferrarse a lo que queda de la vida real. Nadie ha aguantado aquí más de dos semanas seguidas.

Yo no quiero que salgas de tu hoyo extremeño.
Ya lo sé.
Solo quiero que una parte sepa y no se pierda quién eres.

Ay, los jaques. Ay, los afectos. La comunión invisible de los afectos: la sangre, el cuerpo, el ritual, las colecciones de agravios y de promesas, la hostia, la pedanía más cercana a la muerte. Los afectos son la alfombra roja, verdaderamente roja, sobre la que se despliegan todas y cada una de las contradicciones que nos definen como humanos.

Si la libertad está en jaque y no puede moverse, el riesgo de perder la partida es más que elevado.

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Si digo Treblinka, si digo Auschwitz, si digo Sobibor, Chelmnoy, Belzec. Si digo tres millones de polacos, si digo tres millones de estrellas, ¿os evoca algo? El amor de la doctora en filología primero fue un amor de tres, luego de cuatro y, al tercer año, dobló la marca. El mío, mi amor, tal y como decía la abuela, vale por lo menos tres millones. Nunca sabré qué quiso decir con aquello, por mucho que me empeñe en otorgarle un dignificante significado a cada cosa que ella era. Pero para que le quede claro a la doctora: mi amor es, fue y siempre será de dos. Para alguien que escucha millones de voces al mismo tiempo, este afirmación nada tiene que ver con militar en esa cochina tradición binaria que lo ha engullido todo, sino con la cruel precisión de lo insostenible. No puedo y no debo permitirme más ruido. A día de hoy, después de todo, asumo la tiranía del amor romántico como un vicio ceremonioso y animal, culturalmente aceptado, basado en el autosabotaje. No digo nada nuevo, pero ya ha existido demasiada tiranía en mi historia, como para desear multiplicarla con más gente que dice amarte cuando, en realidad, cada vez que abren la boca para pronunciar esas dos palabras, solo buscan su dosis injusta de redención (entre otras tantas consideraciones políticas). Odiando a casi la totalidad de especies bípedas existentes y sin cerebro, hete aquí mi vergüenza y confesión en la era del polyamory.

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La familia está ahí para decirte la verdad. Para recorrer la semántica de la sangre una debe enfrentarse a los armarios y, sobre todo, a las pellizas del padre, del hijo y del espíritu de la casa. Los hashtags han servido como raquítica excusa para deciros que todo tiene un final pero que, a veces, ese final no es otra cosa que una transformación compleja, incluso determinada en la inercia de sobrepasarnos.

Yo no quiero escribir. Yo solo quiero convertir la previsibilidad en muchos segmentos paralelos y secantes.
¿En una almohadilla infinita?
Para pulsar y terminar ‘la llamada’ o ‘las llamadas’ todas las vOces cuando me plazca, sí.

Hasta donde sé, soy tataranieta y nieta de judíos e hija de una atea y un católico. La muerte, el desastre, la manipulación están grabadas en las marcas de mi código vital genético y cultural, desde su recreación hasta su fina(fata)lidad. La madre, también inexistente, fue mi única ligazón con lo objetivo y, por lo tanto, con una media verdad. La servidumbre, la iniciativa que han ejercido y ejercen los capos religiosos para con la muerte forman parte de esa mitad. El resto, como todo, es una incógnita, como acudir a un templo para encontrar el silencio, como el hermano desconocido que vive en Concord y que no sé si conoceré algún día, como el asterisco que pulsas por error cuando necesitas saber el saldo que le queda a tu tarjeta prepago.

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No sé quién soy salvo cuando hablo de esto con dos o tres personas. Nada ni nadie sabe contarme en qué consiste recuperarse de semejante desbarajuste identitario. Únicamente me siento a salvo con aquellos que han conocido la profundidad de los cortes que intentan desafiar alguna modalidad de resistencia: algunas directoras de cine, escultoras, vagabundas, pintoras, algunos poetas, algunas presas, algunas madres, algunas tardes, todas las noches, todos los animales. Me he acercado hasta aquí con todos ellos. Lo sé y digo lo que he visto. Este hashtag multicefálico, este relato, esta cosa es un episodio único de afirmación al devenir conflictivo, entregado de todos ellos y, en particular, a la locura de un ‘amienemigo’ que en realidad no se llama X, pero que siempre me trae semillas, música y otro dolor cuando se lo pido.

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Yo estaba escribiendo una nota muy sentida y muy larga que terminaba así: ‘A la reverberación de mi cabeza gigante de papel maché me entregó y, como Michael Fassbender en Frank, concluyo cantando: I love you all. Pero no me alegro de veros. Nunca me alegro de veros. La alegría no sucede mucho por aquí, ¿sabéis? No, no lo sabéis. Es agotador morir así. Adiós’.

Y el teléfono rojo, regalo imaginario de mi abuela Czeslawa, sonó entonces.

Eh tú …
¿Qué haces llamando a estas horas un jueves?
Son las siete menos veinticinco.
Las 18.37 para ser exactas. ¿Ya no trabajas o qué?
Hoy no. Estoy malo y tenía que decirte algo.
Pues rápido, que tengo que irme.
¿No vas a preguntarme qué me pasa?
No.
¿Dónde vas?
Da igual. ¿Qué querías decirme?

Jaque, Rosetta …

RUBÉN BLEDA El mito fuera de Ítaca

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Madrid/Murcia. 19/12/2018


Rubén Bleda

Rubén Bleda, hasta los veinticinco años escribió y soñó, creyendo que eran el mismo verbo, en un siglo XIX esteta y francés. Cuando despertó, el existencialismo aún estaba allí. Fue concebido por los días aproximados en que moría Cortázar, y eso tenía que significar algo. Actualmente escribe en WhatsApp su mejor prosa. Tiene una novela en el cajón (literal), titulada La vida donde la dejaste, una cosa barroca y psicoanalítica con un final que no se entiende. Y mucho fondo de armario de cuentos empezando a apolillarse. Y poco más.

 

 

Penélope no está loca

 

 

El mito es una realidad en gerundio: siempre está ocurriendo.
El mito, al contrario que el cometa, incorpora sustancia cuando atraviesa
las atmósferas de cada siglo y cada nuevo espectador
que lo busca, que lo piensa, que lo contempla.

                                                                                  Enrique Vila-Matas

 

Llegué a pensar que Penélope estaba loca. Penélope vivía enclaustrada en sus aposentos, adonde iba a despertarla todas las mañanas Heleia, su criada. Aparatosas vueltas de llave descorrían los cerrojos de su puerta, y luego el desabrido violín de los goznes, y una alfombra de luz que rodaba por el suelo y trepaba rauda la pared. Heleia avanzaba unos pasos. A la izquierda, junto a la cama, resollaba la llama de un agotado candil sus últimos bríos, y en el silencio anonadado por este aleteo de lumbre tenía incrustados Penélope unos ojos de estatua, abiertos y duros, y el cuerpo descubierto aunque hiciese frío, estirado desmayadamente sobre las sábanas, rígido como el bronce y blanquísimo. Buenos días, señora, y sólo después de unos segundos reparaba Penélope en su criada, y sólo después de otros segundos, más largos, tensaba el arco mediolunar de una sonrisa; turbia, difícil sonrisa que de nada era signo o respuesta.

Todas las mañanas lo mismo. Pedía a Heleia que abriera los postigos de las ventanas. Entraban lienzos de mar y cielo, empujando ese olor inmenso que desprende todo lo azul. Heleia le llevaba el desayuno a la terraza, a la que se accedía por unas escaleras de caracol. Penélope se lavaba la cara en la brisa cargada de sol, repentinamente jovial, con algo de pubertad que despierta en vacaciones. Preguntaba entonces, escudriñando el mar, si durante la noche había llegado algún emisario, algún barco, algún… cadáver; y añadía esto último como estremeciéndose. No. Nada. Por el momento nada, señora. Todas las mañanas lo mismo. Con un suspiro se le llenaba la cara de madurez caída, de edad tardosa, estirada y arrastrada por añejas paciencias, y se le trasparentaba el monótono desamor de aquel matrimonio sin término, sin rumbo, sin razón, como bogando en las alturas ilimitadas del mar, como debía estar el propio Odiseo, muerto sin cuándo, sin dónde, sin duda. Penélope terminaba su café. Inmediatamente se ponía a tejer el sudario, a tejerlo febrilmente.

El sudario que siempre estaba igual. Penélope tejía toda la mañana. Tejía con un ardor, con una vehemencia que no tenía nada que ver con el sudario mismo. En el curso de sus quehaceres cotidianos Heleia entraba y salía de sus aposentos, cambiaba las sábanas, perfumaba los armarios; Penélope tejía. El ronquido majestuoso del mar, la frescura salada de la luz; Penélope tejía. Si una nave destacaba su casco en la bruma azul de lontananza, Penélope encargaba perentoriamente que se indagara acerca de sus ocupantes y del motivo de su viaje. Nunca le devolvían noticias de Odiseo. Penélope seguía tejiendo. Pero había en su tejer algo que se sobrepasaba a sí mismo. Era un tejer que no servía exactamente para tejer, sino que, sin dejar de ser por un momento la actividad inequívoca de tejer, era al mismo tiempo otra cosa, algo que, desentendiéndose del sudario, significaba mucho más que tejerlo; algo que yo no dejaba de adivinar en la precisión crucial de su boca, en la agonía consciente de su cuello, en el nudoso esfuerzo de sus brazos. Penélope tejía como si nadara hacia una orilla. En el acto de tejer, Penélope se estaba salvando. Ahora lo comprendo. Pero llegué a pensar que estaba loca.

Penélope regañaba a la criada por insistir en que el almuerzo estaba servido. Penélope, rubia y tenebrosa, aún estaba con tiempo para otros amores, pero con el tiempo caedizo y sin alas de la madurez. Heleia se lo decía, señora, tendría que volver a casarse, ha pasado mucho tiempo, señora, Odiseo no regresará. La belleza no dura para siempre a los mortales. Todas las mañanas lo mismo. Pero cada mueble de la habitación, cada debajo de cada mueble de la habitación, cada tejido y cada predecible cartografía de sombra en el entarimado, hasta los huesos de Penélope, se habían impregnado en demasía de lo azul, de lo indistinto y sin respuesta del mar.

Penélope tejía, no hacía otra cosa que tejer. Penélope comía frugales viandas con desgana y deshora, y cuando a media tarde acudía Heleia a servirle el té, la encontraba suspensa en una mueca espantosamente lívida, con toda la cara entrecruzada de crueles arrugas, cicatrices de algo encarnizado, brutal, que se había debatido en su conciencia. Estaba todavía frente al bastidor, con el sudario casi terminado, pero tenía las manos crispadas e inútiles como arbustos. Llegué a pensar que estaba loca. A menudo un llanto seco, romo, que le salía de los nervios y la retemblaba toda. La criada quería ayudarla pero sólo le arrojaba miedo y preguntas. El aroma del té amansaba lentamente a Penélope.

Lo siguiente era una lúgubre frivolidad. Penélope ordenaba cerrar las ventanas, que le molestaba la insistencia del azul. La habitación se teñía de contraluces rojos. Entonces se pasaba las horas frente a su tocador. Penélope se disfrazaba de la princesa Penélope, de la joven Penélope, de la esposa Penélope que había triunfado en las noches de Palacio, iluminadas de champagne y porvenir. Se enmascaraba minuciosamente de maquillaje, pero ahí estaban, inconfundibles, los pespuntes de la edad y la impotencia. Viejos vestidos le envolvían el cuerpo de pasado y anécdotas, y Penélope le contaba a Heleia sus anécdotas, siempre las mismas anécdotas con la misma locuacidad aristocrática con posos de un desencanto frío y freático, y aquellas anécdotas eran ya el mobiliario de las tardes, el polvo y los espejos marchitos de una felicidad rancia de tanta memoria y tanto baúl.

Penélope solicitaba pesquisas sobre el destino de su esposo. Nadie conocía la enigmática suerte que había corrido en sus viajes. Ahora comprendo que Penélope no deseaba ya el retorno de Odiseo, aunque durante mucho tiempo interpretara lo contrario, que mantenía con celo la esperanza de verlo regresar, y al percibir su desorbitada expectación cuando aparecía un barco, cuando se anunciaba la visita de viejos camaradas de Odiseo, portadores tal vez de nuevas, llegué a pensar que estaba loca. A veces, cuando entraba en su habitación y encontraba a Penélope de espaldas, vuelta hacia el mar, Heleia la escuchaba preguntarse qué habría sido de Odiseo, a qué confín habrían ido a perderse el aliento y los huesos del remoto Odiseo. Nadie confiaba en que su esposo siguiera con vida, y que anduviera todavía perdido en el piélago incesante, en el vinoso mar, en las islas habitadas de magas y diosas, eso nadie lo creía.

Jóvenes pescadores habían divisado al alba, cuando salían a faenar, un cadáver flotando cerca de la playa. Se había atollado entre varios riscos, donde ahora la corriente, como una gata, lo jugueteaba a su antojo. Los pescadores tuvieron que ahuyentar a las aves que revoloteaban a su alrededor y le devoraban el rostro. De poco sirvió. El cuerpo ya no tenía cara, pero podía pensarse que se tratada de Odiseo por la rizada melena castaña, y por los gastados jirones de un ropaje distinguido que quedaban entre sus miembros, todavía vigorosos. Lo sacaron del agua y sin más dilación lo condujeron a la morgue, en respuesta al imperioso mandato de Penélope que todos conocían. Al ser ella informada, fue presa de indescriptible agitación, de un precipitado frenesí que tenía toda la apariencia de esas euforias apenas contenidas, casi desbordantes, de cuando está a punto de conocerse una alegría eximia. Al principio pensé que no había entendido bien la noticia, esto es, que era un hombre muerto el que había llegado a la playa. Luego fui testigo de su impotencia, nada sentimental, cuando se enfrentó a aquel volcánico puré de carne sanguinolenta y aguada, imposible como rostro, plana trituración sin ojos, sin nariz, sin labios, con aquella sonrisa desencajada y tirante que sólo inspiró a Penélope la idea de examinar la forma de los dientes. Poco después se supo, sin espacio de duda, que los restos no pertenecían a Odiseo. Penélope se consumió en un llanto de rabia y desesperación. Yo empecé a pensar que no estaba loca.

Penélope había puesto plazo a su fiel espera. Tejía el sudario todas las mañanas. Decía: cuando lo termine, daré por muerto a Odiseo. Quedaré libre de mis deberes maritales y volveré a casarme. Pero el sudario siempre estaba igual. Yo pensaba: Penélope, pobre ingenua, debe estar loca, aún ama a Odiseo, aún le parece posible que retorne el remoto Odiseo, de ahí lo de ponerse plazos, excusas, condiciones, lo de tejer el sudario es porque imagina que Odiseo está a punto de volver, que si espera un poco más… Pero no. Penélope entendía, como todos, que Odiseo estaba muerto, que su muerte era la única explicación posible de su ausencia, pues ningún otro motivo le habría impedido regresar a Ítaca después de tantos años. La ausencia de Odiseo servía como prueba lógica de su muerte. Era esta ausencia lo que atribuía a Odiseo el estado secular de muerto, y operaba como su muerte a todos los efectos, físicos y metafísicos. A Penélope la soledad le duraba ya demasiado. Se lo decía a su criada, a la hora del aseo, pálidamente desnuda en la bañera: no quiero estar sola. Todavía puedo amar, todavía alguien puede… amarme. Heleia la alentaba: señora, hace tantos años que desapareció su marido… Debió ahogarse en un naufragio, ¡valiente, desdichado Odiseo! Tendría que volver a casarse, señora, ha pasado mucho tiempo. Y Penélope: no quiero envejecer sola. No quiero morir sin amor. No quiero esperar más. Heleia, en silencio, le ayudó a ponerse el albornoz. Yo me quedé pensativo.

Penélope tejía el sudario todas las mañanas, pero no podía terminar de tejerlo. El sudario nunca se convertiría en un sudario terminado, del mismo modo que la ausencia de Odiseo nunca se convertiría en su muerte. Ahora lo comprendo. No estaba loca Penélope. La ausencia de Odiseo no hacía sino impedir que estuviese muerto, en el sentido en que garantizaba la posibilidad de que estuviera vivo. De aquello no podía extraerse una ceremonia funeraria, un túmulo, una lápida, una viudedad, un luto. Para eso hacía falta un cadáver, o al menos un testigo, una pista que permitiera averiguar, inquirir, confirmar, y esto era lo que esperaba Penélope. No el regreso de su marido, sino una prueba de su muerte. Para ser libre. Ahora lo comprendo. Pero la ausencia de Odiseo, por más que se prolongara, jamás podría validar la hipótesis de que estaba muerto. Y lo que atormentaba más a Penélope: tampoco podría acabar con la posibilidad de que estuviese vivo. Y esta posibilidad, que no dejaba de existir ni por un momento, que no se desplazaba ni un centímetro, intransigente como una esfinge; esta férrea, inasible, remota, implacable posibilidad, condenaba a Penélope a aquel amor vegetativo, a aquella espera fiel, sin remisión, in perpetuum.

A Odiseo, la posibilidad de estar vivo le bastaba para prolongar indefinidamente sus derechos maritales sobre Penélope. Esta posibilidad se cernía sobre ella con la vigilancia de un Argos insobornable. Ningún marido habría igualado la obsesión con que la perseguía, a toda hora, aquella celosa posibilidad. Penélope tejía el sudario para salvarse. Ni todo el arsenal de inteligencia que defendiera su convencimiento de la muerte de Odiseo, podía conquistar aquel último reducto, inmutable, inexorable, torturador, de la posibilidad de que estuviese vivo. Penélope, que no estaba loca, sabía que la única manera de sobrepujar una posibilidad, consistía en crear otra posibilidad que le sirviera de antídoto. El sudario. Tejer el sudario. Cuando terminara de tejer el sudario, sería libre. Ella había proclamado: cuando lo termine, daré por muerto a Odiseo. Quedaré libre de mis deberes maritales y volveré a casarme. De pronto, había nacido la posibilidad de terminar el sudario y que ello la forzara a cumplir su promesa, a quedar libre. Tendría entonces que desistir de Odiseo. Si terminaba el sudario… si lo terminaba de tejer… El sudario le procuraba la posibilidad de volver a casarse. Tejiendo el sudario, Penélope avivaba esta posibilidad, cabalgaba en esta posibilidad, se embriagaba de esta posibilidad. La volvía cada vez más posible, y con ello, neutralizaba los efectos de la otra posibilidad, la de que Odiseo estuviera vivo. No la posibilidad como tal, sino sus efectos. Y había un instante loco, formidable, cuando la posibilidad de terminar el sudario llegaba a la inminencia de lo real, en que la posibilidad de que Odiseo estuviera vivo se reducía consecuentemente hasta rozar lo nulo, hasta casi lo imposible, y entonces Odiseo se convertía casi en un primer marido muerto años atrás, y aquello rompía en visiones, escenas de una vida posible, Penélope celebrando exequias oficiales en honor a Odiseo, Penélope emergiendo de su largo encierro, Penélope vistiéndose para un banquete, Penélope guardando a los ojos del nuevo amante los retratos de Odiseo. La salvación diaria de Penélope, tejer el sudario toda la mañana.

Pero más que una salvación, era un estar salvándose que nunca se convertía del todo en salvación. Porque el sudario siempre estaba igual. Llegué a pensar que Penélope estaba loca, pero ahora lo comprendo. Cuando a mitad de la noche Heleia se desveló con la tormenta, y se le ocurrió acudir a los aposentos de Penélope por si algo necesitara, suponiendo que estaría despierta, y la cerradura añadió sus pesadas notas de presidio a la opresiva batahola de la tempestad, y en los aposentos de Penélope, la llama del candil mecía y duplicaba en medio de un arco de luz naranja la hacedumbre incierta y frenética de una sombra, juego de manos, la espalda de Penélope, el bastidor, los hilos; tardé mucho en comprenderlo pero ahora sé que no estaba loca. Era destejiendo el sudario como Penélope dormía, con aquella mirada de estatua, dura y total. Heleia lanzaba alarmadas voces, señora, puede oírme, señora, le ocurre algo, señora; Penélope destejía. La metralla millonaria de la lluvia, la furibunda marabunta de las olas; Penélope destejía. Y seguía destejiendo cada noche hasta dejar el sudario apenas empezado, y entonces quedaba toda en calma, suave como una duna, con los brazos como dos flecos, el cuello como una bocha de cortina, la siempre lúcida Penélope, que por fin estiraba su cuerpo desmayadamente sobre las sábanas, más pálida que la aurora.

 

 

BEGOÑA UGALDE Como esas escenas del mundo flotante: nos acompaña, prospera y desaparece.

Edición: Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Pisa. 12/08/18


Begoña Ugalde

Begoña Ugalde Pascual (Santiago, 1984). Es Licenciada en Literatura Hispánica en la Universidad de Chile y Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado los poemarios El cielo de los animales (Calle Passy), Thriller (PLUP),  La virgen de las Antenas (Cuneta), Lunares (Pez Espiral), Poemas sobre mi normalidad (Ril ediciones) y el relato Clases de Lenguaje (TEGE). Además es autora de numerosas obras teatrales.

 

EL AMOR NECESITA TIEMPO PARA FLORECER      

 

En principio no los ayudé por mi tendinitis. Y porque tenía la intuición de que la cosa no iba a durar mucho. Imagínate que en esa época mi hija se cambiaba cada seis meses de casa. Con prestarle la camioneta ya era más que suficiente ¡Si ni siquiera tenía licencia de conducir! Su pareja tampoco, por supuesto. Se la habían quitado por manejar borracho. Pero eso yo lo supe después. Cuando ella me contó todo. Porque siempre hace lo mismo: pasa meses sin apenas contestarme el teléfono, toma decisiones absurdas y después recurre a mí, cuando ya tiene el agua hasta el cuello.

Pero una nunca se acostumbra a esa manera de hacer las cosas. Cuando recibí su llamada pensé que era una broma ¡Se había mudado hace tan poco! Incluso arreglaron una pieza para los niños. Yo le advertí que uno no se convierte en una familia de la noche a la mañana. Ella se quedó callada.  Después cambió el tema. Habló de las últimas gracias de mi nieto, del tiempo, de sus ganas de viajar.

La casa que encontraron estaba casi en ruinas. Pero eso tampoco les importó. Pintaron juntos cada habitación de un color damasco, horroroso. Lo compraron porque estaba en oferta. Pero yo siempre digo que lo barato sale caro ¡La casa parecía una guardería infantil! Era obvio que a mi hija tampoco le gustaba, pero lo dejó pasar. Aunque le he dicho mil veces que esas pequeñas señales son las más importantes. Es una de las pocas cosas que tengo claras en la vida. También sé que no hay que decidir las cosas en caliente. Porque a quién queremos engañar. Ella nunca estuvo realmente enamorada de él. Tal vez estaba encantada, ilusionada, o, perdonado la expresión, enculada. Pero todo eso no es suficiente para tomar una decisión así.

¿Cuánta profundidad debe tener un sentimiento para que sea real? ¿Es esta una pregunta muy cursi? Tengo la respuesta a través de otra metáfora cursi. El amor necesita tiempo para florecer. Como las semillas. No germinan de la noche a la mañana.

Él nunca le regaló flores. Decía que era ecologista. Que la industria agrícola era perversa en todos los sentidos. Incluso estaba haciendo una investigación sobre ese tema. Hablaba mucho de las flores pero no en un sentido lindo, sino que lleno de reparos, de oscuridad y amargura. El día que inauguraron la casa, puso después de almuerzo un documental sobre las trabajadoras agrícolas que se enferman por los pesticidas. Aparecían los hijos de las temporeras con malformaciones. ¿Hay algo menos digestivo que ver niños sin brazos ni piernas después de almuerzo? Me pareció una enorme desubicación. Entonces traté de concentrarme en las imágenes del campo. Esos cultivos eran un verdadero ejército de colores. Entonces pensé que a pesar de todo ese horror las flores eran lindas. Y que veces las cosas lindas vienen de mundos monstruosos. Pero eso no hace que dejen de ser lindas.

Sí, soy romántica. Me gusta leer poesía ¿Hay algo más romántico que eso? Pero ser romántica no es lo mismo que ser estúpida. Y con esto no digo que mi hija lo sea. Sólo que a veces siento que tiene la cabeza llena de pajaritos. Pajaritos que le cuentan cuentos. O tal vez es ella misma la que se los cuenta. Porque para que andamos cosas, ella siempre ha sido buena para inventar historias. Y no tengo problema si son sobre sí misma, o sobre personajes imaginarios. El problema es cuando nos involucra a todos, sus supuestos seres queridos.

Cuando me dijo que quería juntarse a tomar un café, que tenía que hablar conmigo, pensé que iba desahogarse, hablar de su ex. Y bueno, empezó por ahí. Habló  de que ella necesitaba un hombre que a través de detalles cotidianos la hiciera sentir como una reina. No pedía grandes lujos, sólo de vez en cuando un ramo de claveles, una cajita de chocolates o al menos desayuno a la cama.

Pero luego empezó a tartamudear diciendo que en realidad  las flores y los niños son incompatibles, porque su mejor amiga le había regalado rosas blancas por el día de la mujer y apenas las puso en su escritorio el niño botó de un pelotazo el florero sobre sus apuntes e incluso mojó su computador. Ahí entendí lo confundida que estaba porque su historia era inconexa. Lo único que me dejó en claro, es que no quería más de esas relaciones con hombres que lo cuestionan todo. Prefería para el futuro un tipo “adaptado”. Usó esa palabra con énfasis, como tratando de convencerse a sí misma.  Y yo le encontré toda la razón. Le dije que era hora ya de que la invitaran a comer. Ella asintió, hasta nos reímos.

Pero de repente se puso seria y empezó a decirme, de la nada, que en terapia le vinieron imágenes de su papá tocándola. Me habló de que siempre se había sentido desprotegida y que la culpable era yo porque nunca le hice conocer sus límites. Ahí reconozco que perdí la paciencia. Es que toda la vida me ha acusado de sus problemas. Imagínate que era muy chica y una vez me citaron del jardín infantil, porque ella había dicho que yo la maltrataba ¡Y yo jamás le pegué! A lo más los típicos zamarreos para que se terminara el plato. Es que era tan mañosa. Solo le gustaba la comida chatarra, y a veces ni siquiera eso.

Ahora, volviendo al tema de sus historias, yo puedo decir mil cosas de mi ex marido, pero pongo las manos al fuego de que no es un degenerado. Al contrario te diría, es un hombre muy poco sexual. Yo siempre fui la apasionada de la relación, la que andaba con ganas. Eso nos jugó un poco en contra, claro que sí, pero que quede claro que no fue la razón por la que terminamos. Nada que ver.

Nos jugaron muchas cosas en contra. El tema de la plata siempre fue problema. Acuérdate de la recesión terrible que hubo después de la Unidad Popular. Todos estamos de acuerdo en que el país estaba patas para arriba. Él tuvo que buscar trabajo afuera. Llegaba los fines de semana, super cansado, sin ganas de nada. Yo me quedaba con los niños y también andaba siempre cansada. Igual me daba el tiempo de ver sus tareas escolares, y todas las noches los acostaba, les leía un cuento, rezábamos. No eran de esos niños que se quedaban viendo televisión hasta las tantas. A mí siempre me importó que tuvieran horarios. Creo que he sido una buena madre. Por más que ella me acuse de haber hecho mal las cosas.

De lo único que me arrepiento es de haberle leído todos esos cuentos de princesas. Demasiados velos, demasiados encantamientos. Por eso la ayudé cuando me llamó llorando después de pelearse con el ecologista. Que quede claro que le presté de nuevo la camioneta para la mudanza. Incluso la ayudé a llevar un par de cajas. A pesar de mi tendinitis.

 

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