REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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ROSETTA KEDZIERSKI La espía que me amó

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en París. Pocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

Este es el primer poema que comparte con las multitudes. Esperamos que no sea el último. No saben lo que nos costó convencerla.

 

Rosetta Kedzierski por Vicente Madness

 

 

 

IXXDVIIC

 

Uno.
Con hilo de plata.
Lo obtuve de la venta del reloj de bolsillo de la abuela Czeslawa.
Uno pues las palabras.
Hemos llegado hasta aquí y, ¿ahora qué?
¿Dónde está la gracia?
Una se pasa la vida encerrada en casa.
Obstinada, creciendo hacia dentro, como si lo que apremia alrededor solo fuera una burda
excusa para seguir viva.
LANGUIDECER es un verbo demasiado largo, imperfecto para describir los días que sajan
las vueltas de tuerca:/klak-klak-klak-klak-klak-klak/y pasa una nube y pasan dos/y así
hasta nombrar lo sucesivo/hasta penetrar el tejido adherido al alumbre.
¿Quién necesita a los demás?
¿Por qué he de hacer caso a mi perra?
Apaga ya la luz.
Búscate nuevas amantes.
¿Has leído ya a Jean?
Intenta hacerlo vibrar.
En el pasado las cosas no fueron demasiado distintas.
El padre de mi perra mordía a otras perras cuando se acercaban a olisquear su comida.
Mi propio padre hacía más o menos lo mismo con mi madre.
Odiaba que se enceraran los suelos cuando él estaba en casa.
Creo que porque resbalar boicoteaba su pose infalible de guardián y le hacía parecer torpe.
Os preguntaréis quién demonios encera hoy el piso, ahora que la fiebre de la tarima
flotante se ha convertido en epidemia.
Aquí una servidora.
Me ha traído muchos problemas con casi todos los amantes que he tenido.
Sobre todo con los más perros, claro.
El género de mis acompañantes es una excusa para duplicar el hastío que siento por la
especie que nos solicita.
Ellas también resbalan, no crean, sobre todo las que entre los muslos tienden,
inequívocamente, a tomar el control.
No me gustan las mujeres que en la cama, en la playa, en el supermercado o en la iglesia
actúan como esa subespecie del lobo.
Los machos son impulsivos.
Los machos son previsibles.
Los machos evitan regresar al principio.
Los machos pueden ser arañas.
Los machos traccionan.
Los machos son figuras oblicuas.
Los machos son hormigón.
Los machos que no son hormigón siguen siendo machos.
Ya saben a lo que me refiero.
No saben a lo que me refiero.
En el caso de mi madre, yo pensé que cuando él ya no estuviera, ese asunto de encerar el
suelo —y tantos otros— se desvanecerían.
Confieso que me duele, ocasión tras ocasión, comprobar que no ha sido así.
Ella continúa encerando el suelo y yo me he unido a la causa.
Con mayor fervor en los días en que se ha olvidado comprar vino.
No se lo digan a nadie, pero a veces también deseo que ella resbale.
No pretendo su torpeza, pretende mi rabia condecorar así el castigo que jamás perpetré.
Sus ataques de amnesia me dan ganas de abofetear a alguien y a menudo suelo acabar
desbarrando.
Lo mejor que puede pasar entonces es que decida no recoger las bragas sudadas del suelo
del comedor.
A mis acompañantes les gusta ese lugar.
¿Qué puedo decir?
En casa siempre se castigó la falta de pudor.
Me sabe tan raro como el tracto de las lombrices.
No lo supe hasta el día en que, por omisión de mis obligaciones como hija, mis labios
acabaron probando la tierra del bancal más pequeño.
Hace unos días, tomando zumo de chirimoya con una amiga, me confundí de palabra y dije
la bancal más cerda y extraña que puedas imaginar.
Le contaba la pesadilla más recurrente del siglo anterior.
El vino se ha convertido en el principio de un pequeño problema.
Es probable que eso sea lo único que compartimos Bukowski y yo.
Creo que a la gente le gusta porque es primitivo y obsceno.
A la gente le gusta que otra gente diga lo que cree que la mayoría piensa, sin tapujos.
Es un hecho que la existencia de las mayorías evoca la concentración del (des)poder.
Yo misma, cuando me dejo crecer las uñas, siento que he de actúar como si jamás hubiera
conocido la muerte.
Habrán comprendido que las multitudes que engendro ejercen la más abyecta de las
tiranías.
El problema se asemeja más a la mucosa infectada de una manada de rinocerontes.
Mis amantes han descuidado el misterio.
Mis amantes me han acabado tratando como a un problema de humedades en un baño
compartido.
Ninguno ha tenido, ni en este siglo ni en el anterior, la más remota idea de lo que es el
amor.

 

 

 

DAFNE BENJUMEA Hermana de guerra

Dafne Benjumea (Sevilla, 1993) es graduada en Filología Hispánica y trabaja como editora en la revista literaria Oculta Lit junto a unos curiosos selváticos. Ha colaborado con poemas y reseñas en las revistas Anonimato (2013), Telegráfica (2014-2017.), Heterónima (2017), Digo.Palabra.Txt (2017), Clarín (2017), Anáfora (2017), Kokoro (2018), entre otras, y en la antología de poesía joven sevillana La generación de la sangre (Editorial Ultramarina Cartonera y Digital, 2014). Actualmente escribe su primer poemario. Su página web es dafnebenjumea.com

Dafne Benjumea por Manuel Heredia

El fuego modifica las formas y se alimenta con azufre. La voz de Dafne conserva la información transportada por el fuego, que calienta y hace posible la vida pero puede resultar impredecible y difícil de dominar.  En el mapa del cuerpo, el fuego se sitúa debajo del esternón y por encima del ombligo, donde están situados los órganos más responsables de la transmutación. La poesía del hígado y del diafragma.  No olviden respirar antes de leer, sin aire es imposible arder.

CRÁTERAS ROTAS, BRAMIDO FUERTE

 

 

¿Dónde está la guerra?

¿Dónde está la paz que me la como?

¿Dónde están los hombres?

MALA RODRÍGUEZ

Una carcasa con más de cien golpes en los costados,

una nube que suena a City Boom on the Mirror,

una habitación abierta en mitad de nuestro pecho,

timbales que taladran el futuro invierno en un fraternal abrazo,

un arrebato de selva ​​ 

que frena de golpe en una contemplación,

el estallido enorme de un nido de pájaros grises en la cara sucia de una medalla,

el bosque perfecto —que ya no sirve—,

la reverberación sublime de una pagoda abatida,

un zafiro renacer entre remojos,

una estimulación sin nombre,

cinco buitres de una pata suman cinco,

los pedazos de deseo lanzados a los buitres suman mil,

un largo otoño sin frente —tatuaje de una gacela muerta—,

mi corazón impreso en 3D,

 el tuyo,

  el nuestro,

la depresión que se extiende al final de la escalera donde nace un olivo,

un olivo negro, podrido, seco,

 un olivo asqueroso;

los amantes que no consiguieron cambiar nuestros nombres,

 los hijos que no tengo,

los centenares de embarazos internos que perecieron en mitad del camino,

abortos de constelaciones ya perdidas,

complementos directos que nunca llegan;

las plantas que quieren crecer en el pérfido suelo del metro y siegan los guardas,

el vigilante que exprime el faro que no vemos,

la estrella que vomita en mitad de una autovía

 y frena coches,

la ciudad que escapa de rodillas hacia el monte y se vuelve en la primera señal que reflecta

 —y la roca ríe—,

la puerta que no abre al quejido humano,

y siempre el Sol

caerán,

 caerán sobre vosotros,

junto a la rama seca que toca el río donde el ciervo no bebe,

río del metro que hace algún tiempo

nosotras abandonamos.

 

Si supieran que gritar, nos quema,

si supieran que hablar, revienta ventrículos,

si supieran que la calle, escuece,

arquearían las cejas del revés hacia la noche y

recuperarían de lleno la costumbre de lo humano

por el cielo dos veces sonreído.

Y por los que no tienen voces,

las hermanas despiertan la ciudad a golpes de bailes,

 de martillos,

  canciones,

arrancan colonias baratas a las tullidas creencias

y se llenan la cama de valientes.

Mis hermanas son música libre,

música libre en un asfalto de persas,

música libre en un jardín de cerezos,

 de grebas,

en el aula de una universidad

donde nadie aprende nada;

son música,

música de tambores que acelera el retumbar fiero de las armas.

 

¡Hermanas de guerra!

¡Alcemos las lanzas nuestras!

¡Alcemos la inteligencia que nos negaron!

que asoman días duros

y a veces con sangre el fotograma es bello,

y en sus abdómenes plantamos árboles,

y en sus frentes dibujamos escarchas de sangre

y no desesperemos,

 no,

que a pesar del frío

 o la muerte,

¿Hay algo más grande que nuestro bíceps?   ¿Nuestras voces?

¿Más enorme que la esencia que se levanta cuando se gime?

         ¿Nuestras voces?

Como soldados,

 como garzas,

  como robles,

vertemos gargantas hacia la arena del cielo, grabamos coxis a las hojas, a la tierra,

quemamos la ausencia de movimiento con el trote trasatlántico de caballos gigantes,

tizones, salvajes, caballos libres,

que con sudor fueron

ágilmente amansados.

 

Y no desesperemos,

 no,

que a pesar del frío

o la muerte,

lloramos ante músculos de llamas funerarias,

y así la vida se nos agarra de costado

y así la vida es relectura,

 es revuelta,

enigma,

giro de una definición,

manchas de una luna con anemia,

malla amarilla que las manchas filtra,

el leopardo que nace,

el leopardo que nace de la malla,

y mira el poema y seguimos con el trote

 soldado,

  garcesco,

   roblado,

pisando, ritmo de asteroides emergentes,

 fuerte,

como viento que gira la historia primera.

 

Los ventrículos estallan por la noche cohetemente

 

—y a veces con sangre el fotograma es bello,

a veces con sangre el fotograma es bello—.

 

 

 

 

Madrid, 2016

Dafne nos regala la lectura de este poema. Dadle al play:

 

 

 

 

Centro de serenidad Entrevista a MARÍA ALCANTARILLA

Con María Alcantarilla nos ha sucedido la agitación. Una suerte de persistente agitación de respuestas que nada tienen que ver con la falsa certeza de los arrogantes. Lo que ella escribe, lo que muestra, lo que expresa y lo que dice tiene mucho más que ver con la autenticidad de quien emerge humilde y libre, a pesar de cierta cotidianidad de inercias que ya nos es demasiado familiar. Y qué bien sienta el hallazgo. Y cómo nos invita a sacudirnos la caspa y la purpurina y la lozana farfolla (que también la hay, y bastante chunga, por cierto). Porque, a veces, cierta ‘familiaridad’ mata, pero no por cercana, sino por repetitiva, laxa, hueca, artificiosa. El arte de María nos devuelve siempre el cambio, es honesto, ‘stendhaliano’ (porque provoca vértigo, sudoración y lágrimas); el tiempo invertido leyéndola, mirando a través de sus fotos, sus imaginadas fobias y estancias, nos compensa como solo lo ha hecho la belleza concreta de las más grandes. Me atrevo a desmentir a su editor, Chus Visor. Me atrevo a contradecirle, sabiendo que me faltan tablas y sabiduría, pero me sobran antenas: María es ya una de las poetas más grandes en lengua española y además supera, con diferencia, a muchos de los hombres poetas de su generación y anteriores.  Y sabemos que no está sola: Elena Medel, Miriam Reyes, Chantal Maillard, Rosalía, Gloria, pero también Ángela Figuera Aymerich, Alfonsa de la Torre, María Teresa Cervantes, Trina Mercader, Margarita Ferreras y tantas otras que escribieron y lograron publicar o no, pero que jamás encontramos en las páginas de nuestros libros de texto. María nos reconcilia con la voz silenciada de aquellas heroínas y, en su particular ámbito de maestría, sabe lo que dice y lo que se hace. Con cada poema, su huella resiste al tiempo que es y que vendrá; con cada fotografía, la retina se guarda un as para cuando vuelva la tormenta. Su inocencia respira a prueba de provocación y de cortes, su edad es lo de menos, la niña que fue supura más allá de pertinentes comas, puntos finales y títulos. Y eso es precisamente lo que la diferencia del resto: María no pretende, pero María nos hace encontrar y cuestionar hasta la suela del piso que nos gobierna por debajo, sin apenas notarlo. En su voz existe profundidad y eco. ¿Quién sabe de dónde le nace? Tal vez de la oscuridad y de la pérdida, tal vez de la nicotina o del desafío de la neurastenia, del exceso de análisis, de la grieta del tiempo. No importa demasiado, pero una cosa es segura: leer a María equivale a entender un poco mejor las claves de la vida. Prueben.

MARÍA ALCANTARILLA.

Como mujer, como poeta, como artista ya consagrada ¿te sientes más cerca de la mirada que observa, del paisaje que se deja observar o del don o látigo que se le presupone a toda persona creativa?

Me siento más cerca de los sentidos que reciben y, sin embargo, me gustaría ir caminando hacia el paisaje que se deja observar. No por el hecho de ser foco de atención sino, más bien, por la tranquilidad subsiguiente que otorga el estar o el existir sin mayores pretensiones.

Un árbol, una roca, el mar. Inmóviles, en parte, pero centros de serenidad, muy lejos de intenciones añadidas, a diferencia de todo lo que nos es propio como humanos.  

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Desde ese ‘estar o existir sin mayores pretensiones’, arraigado en la matriz de la naturaleza, parecen nacer muchos de tus poemas. También se percibe una especie de íntimo ‘deambular cotidiano’ en tus fotografías: existir, estar y al mismo tiempo deambular, como si tu proceso vital y creativo radicase en una búsqueda sin descanso o en un encuentro parcial contigo misma. 

Es muy cierto eso que dices y es curioso cómo, normalmente, somos capaces de vernos con mayor claridad a través de los demás. Como si ellos, los de afuera, te devolvieran ciertas realidades sanas y salvas, aquellas que uno mismo no es capaz de entender o de verbalizar. Incluso, el propio concepto de yo.

Mi proceso vital y, por tanto, también el creativo, radica en una búsqueda constante, en una pregunta diariamente abierta que, me temo, no tiene respuesta alguna más allá del mero proceso de indagación.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

A veces, parece como si nos fuese toda la vida en ese proceso de indagación del que hablas. Cuando escribimos, cuando pintamos, fotografiamos o damos de comer al perro o al gato intervienen remanentes de lo cotidiano que son muy controvertidos o que sencillamente nos es imposible abarcar. ¿Tú cómo te llevas con esa parte de ti o del lenguaje que aún no has podido desvelar o comprender por completo? ¿Tienes algún antídoto contra la frustración de lo no escrito/expresado/sobrevivido?

Ya me gustaría conocer ese antídoto que, por otro lado, me parece el gran Talón de Aquiles con el que la mayoría bregamos. Aunque, por otro lado, a veces me pregunto qué sería de mí sin esa inquietud perpetua. Todo lo que no he vivido, todo lo que no he amado, todo lo que abandoné o todo aquello en lo que me equivoqué de pleno; aquello que echo de menos aunque no lo conozca —y aun conociéndolo—, todo el deseo frustrado o todas esas ganas de ser algo o alguien diferente. Me pregunto si habría podido llegar al punto en que me encuentro sin todo esto. Me temo que no.

La necesidad es tramposa y nos engaña. La frustración nace de ella o de cierta insatisfacción aprendida, familiar o socialmente, cuando lo cierto es que, sin dar demasiadas vueltas, podemos reparar en lo tremendamente afortunados que la mayoría somos. Es curioso, cuando le doy de comer a mis animales —o cuando cuido de mis plantas—, la vida es más sencilla. Como si, de verdad, todo fuese más fácil que este empeño, en la mayoría de casos un tanto inútil, de seguir buscando.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

En la búsqueda, en la pérdida, en la imagen que resta y se instala, en el aprendizaje y sus contrarios, en la belleza que nos transforma desde las entrañas … en todos esos elementos (entre tantos otros), podemos dar con los ingredientes para la construcción de un libro o una obra-símbolo. ¿Cómo te enfrentas tú a ese primer instante en el que se cree intuir la posibilidad de un comienzo? ¿Escribes primero las coordenadas o los fogonazos? ¿Es la disciplina un animal al que también hay que alimentar y dedicar ‘cuidados especiales’? 

En general soy bastante caótica y suelo moverme por intuiciones. Prefiero abocetarlo todo y, una vez que la forma se hace relativamente visible, comenzar a perfilarla. Tanto en la fotografía como en las letras. Lo de ser disciplinada en una asignatura pendiente. Aunque, en realidad, tampoco sé si la disciplina es necesaria. Creo, en todo caso, que cada cual debe buscar su manera de estar en el mundo y de enriquecerlo. Sea día a día o a través de movimientos alternos.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Hablando de ‘maneras de estar en el mundo’… ¿cómo te llevas con el actual? La ansiedad, la abulia, la incertidumbre, la competitividad o el hartazgo parecen tomar el control sobre muchos de nuestros conocidos. Por otra parte, la rebeldía -dicen- se desvirtúa interesadamente cada día. ¿Percibes la presencia de esas ‘corrientes epidémicas’ a tu alrededor? ¿Crees que la poesía, la fotografía, el arte en general deben ejercer un rol determinante a la hora de desperezar y proponer alternativas al desorden establecido?

Sinceramente, estoy en un intento continuo de reconciliación con el mundo —al menos con el que me rodea—. Más que la ansiedad, la competitividad o la incertidumbre a la que has hecho referencia, lo que me parece más gravoso es la abulia y el desinterés general por todo —aunque, paradójicamente, muchos y muchas vendan su compromiso como una suerte de estar salvífico, sin precedentes—. No creo en el compromiso con la humanidad cuando ni siquiera existe el compromiso con uno mismo, con las personas con las que convivimos a diario. Somos especialistas en mentirnos, en seguir buscando afuera lo que nos negamos a ver dentro. Es decir, ¿a qué ese empeño en la defensa de “grandes causas” cuando ni siquiera somos capaces de ponerle nombre a un sentimiento propio, cuando ni siquiera somos capaces de decir lo que realmente pensamos? Es como querer construir una casa desde el tejado.

La función social (en sentido puramente teatral) me parece la misma desde hace siglos: una fiesta de máscaras en la que todo el mundo parece sentirse cómodo, interaccionar, bailar muy juntos pero la realidad es que nadie se conoce y, lo que es peor, muy pocos abandonan el salón y dicen: ¡basta!

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Entonces, en esta fiesta de presentables máscaras, donde nadie en realidad conoce a nadie … ¿’abandonamos el salón’ para escribir, para vivir el espejismo de la lucidez, para dar de comer a los animales y condimentar el guiso, para des(a)nudarnos o … escribimos porque es nuestra manera de decir ‘basta’?

Creo que la escritura —y cualquier manifestación artística— tiene dos objetivos que pueden parecer muy difusos: dejar constancia de una época y rebelarse contra la mascarada, sí. El silencio que requiere el acto creativo cada día me parece más subversivo. Estar a solas con uno mismo y escucharse —no oírse, escucharse— debería ser el principio y terminamos por colocarlo a la cola de todo. Es necesario ese “¡basta!” en soledad para poder formularlo con coherencia en sociedad, donde todo suele volverse más difuso.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

‘La edad de la ignorancia’ es el título de tu libro, galardonado en 2017 con uno de los premios de poesía más prestigiosos de este país, el ‘Hermanos Argensola’. ¿Es la infancia ese ‘nudo gordiano’ que a la sobrevalorada ‘madurez’ le cuesta toda una vida desenredar? ¿Cómo hacer para salir indemnes de nuestra propia insignificancia, de nuestra limitada capacidad para comprender y abarcar las claves que se nos presentan a lo largo del camino? 

Creo que la infancia está en todo lo que somos como adultos y que, por tanto, a la infancia hay que volver o, en la medida de lo posible, no relegarla a ese segundo puesto donde la solemos ubicar.

En realidad, lo adulto no existe. Es otra de esas ficciones mediante la cual se nos reconduce desde niños: en un primer momento, observada con admiración y, más tarde, con cierto tedio. No creo que el niño se haga adulto, creo que el niño crece y, si está sano, aprende que hay muchas maneras de estar en el mundo, no necesariamente más serias, no necesariamente más calladas y no necesariamente más aburridas. El niño que ha crecido y está sano es sólo un hombre más alto que mira hacia el cielo con la misma lejanía con la que lo observa el niño más bajo. Y también, con la misma admiración.

En cuanto a las claves para salir indemnes de esa insignificancia a la que te refieres, creo que la risa es importante. No la que se queda en el gesto, sino la que viene de la barriga y nos arruga los ojos y las camisas tan bien planchadas.

Todos conocemos a algún amigo o amiga poeta, actriz, directora de cine o de teatro, pintora, artista visual que en estos últimos años ha estado sobreviviendo ‘gracias’ a un trabajo paralelo precario o subsidio de apenas cuatrocientos euros al mes. Los hay que ni eso, pero incluso en esas circunstancias adversas han seguido creando y de alguna forma generando reflejos de la realidad que les ha tocado vivir. Esos reflejos no suelen ser complacientes. ¿Es la complacencia el enemigo principal de cualquier artista, María? 

Es curioso cómo la falta de recursos agudiza el ingenio. Cuando todo se vuelve relativamente cómodo, las ideas, las buenas ideas, también se acomodan, se vuelven laxas y lo que antes era una búsqueda constante o un hallazgo, ahora ya no tiene el mismo sentido o la misma hondura. La tensión es necesaria, mantiene nuestro esqueleto mental en forma.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Cuando hablábamos de ‘crisis’, yo también pensaba en las crisis personales, en las más íntimas, las que atañen a uno mismo y a su rol dentro del mundo que hemos creado o destruido. Tal vez me equivoco, pero encuentro que los ‘mejores’ libros de poesía, las mejores películas, interpretaciones o fotografías casi siempre surgen de un proceso doloroso o al menos difícil de desentrañar. ¿Estás de acuerdo?

Este tema lo he tratado mucho con mis alumnos, por ejemplo. ¿Se crea más y mejor desde el dolor o desde la alegría? En mi caso particular, la alegría me llama a vivir. Sin más. El proceso sucede de fuera hacia dentro, sin grandes digestiones. Por eso los momentos en los que surgen ciertas ideas dignas no suelen ser fáciles, a nivel vital. Es un asunto muy personal, creo. ¿Eros o Tánatos?

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

Más allá del contexto geográfico, España nunca ha brillado por haber sido país que cuide a sus creadores. ¿No crees que los ciclos económicos, sociales, políticos más controvertidos son también ‘generadores colaterales’ de cultura?

Claro que sí.

Íntimamente creo que actuamos, crecemos, tomamos decisiones o creamos mediante dos mecanismos: por afirmación o por negación. Si atendemos a las dinámicas sociales, suelen llevarnos, más bien, a la segunda opción: planteamos maneras distintas de ver el mundo, de concebirlo y, por esta lógica, de interpretarlo negando sus mecanismos o sus engranajes. El arte como propuesta que mira hacia el futuro desde el interior de cada individuo. El arte como motor para crecer y para cambiar ciertas sinergias. Empezando por cada uno de nosotros. Por el individuo que está de lleno en la obra.

Fotografía cortesía de ©María Alcantarilla, perteneciente a la antología visual «La verdad y su doble». Editada por Sonámbulos Ed.

María, para terminar, ¿puedes contarnos un poco en qué andas ahora? ¿Tienes algún proyecto, libro, aventura ya en el fuego o de cara al futuro, sobre el que te gustaría darnos alguna pista? 

Pues acabo de terminar nuevo poemario y nueva novela y me gustaría encontrar un poco de tiempo para perfilar un proyecto fotográfico que me hace especial ilusión. Todo llegará, no me cabe duda. Lo que sí es importante, creo, es mantenerme alerta. Como observadora y como ser humano que aporta, no solo contenido, sino emocionalidad.

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

LOLA NIETO Acentos de realidad básica

Edición: 
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Barcelona. 11/03/2018.


Lola Nieto nace en Barcelona en 1985. Es Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Trabaja como profesora de lengua y literatura en un instituto de secundaria. Coordina, con Antonio F. Rodríguez y Laia López Manrique, la revista de creación artística KOKORO (www.revistakokoro.com) y la colección autónoma Kokoro Libros de la editorial Kriller71, en la que codirige además, con Aníbal Cristobo, la colección Púlsar. Ha publicado los libros de poemas Alambres (Kriller71, 2014) y Tuscumbia (Harpo libros, 2016).

Su voz está llena de excepciones, por no hablar de los acentos: de boca en boca, una sílaba final que se corta, una sílaba inicial que se añade.

Lola se vierte, lleva a otro sitio y el resultado no es cuestión de horóscopo.

LOLA NIETO por LOLA NIETO.

 

En el siguiente vídeo by Lola Nieto, la autora nos recita/regala ‘CAJITAS DESPRESURIZADAS’ y … mucho mucho más:

ALBA CERES polen, polen

Alba Ceres nace en Nápoles en 1986. Treinta y un años más tarde y en Barcelona, Kriller 71 publica su libro Luciérnaga en la colección Kokoro. La poeta altera la sintaxis, la morfología; llena su voz de tachaduras, de error-acierto, de grito sordo. El lenguaje funciona como cataplasma caliente. Podéis acercaros a su extraña forma de vida en devidaextrana.blogspot.com.es

 

Alba Ceres por Alba Ceres.

 

polen, polen

 

Alces la piedra que alces – / tú despojas / a los que necesitan

la protección de las piedras: / desnudos, / renuevan

de inmediato la trama. // Tales el árbol que tales – / armas /

el lecho sobre el que / las almas de nuevo se acumulan

Paul Celan

 

 

se acaracolan, las geografías – es el baile imperceptible de milenios

que transcurren por debajo pero muy muy por debajo y sin embargo

a descobijo a la intemperie tenebrosa y corazona

de ir amando y desamando y oh – qué antiguas serpentinas

 

uhué lo ha comprendido al acercar su naricilla a los abismos casi

ciertos de los mil y un agujeros de su panza – se recurva se retuerce

se espirala en sí y en otros que la habitan como un pueblo que olfatea

con su púrpura ansiedad si se temblara y/o

 

alertara que los cuerpos tienen sueños y un cariño y una furia y/o

poseen como mentiras los corales que arrancaron del estar y/o-izados

y/o-anegados en las anchas primaveras del querer

 

había un suelo y era duro y las tortugas del silencio se agolpaban

contra el frío masticando palabrijas que encontraban deshuesadas

por los otros animales más veloces

 

mientras tanto casi es nada – remolinos de la brisa u-u-uuuh giraban

mucho en la cabeza helicoidal del universo – por la boca u-u-lular se

destrezaban reajustaban resquiciaban al venir llanto y azul de lo

primario

 

uhué huele los mundos su placenta sus edades en la piel bien

entramadas – hace hocico – se aproxima con su instinto roza y frota

los hallazgos son diríamos pequeños

 

en los dedos de pasadas criaturas que anhelaron y dañaron el estar

por poco tiempo sobre el tiempo los seísmos se rehacen los

principios se rehacen los afectos se rehacen sobre el lecho de sus

yemas todo es trrrr y es no es como el reposo de un lenguaje prenatal

del balbuceo

 

capa a capa polvo huella – polen, polen – uhué lo aspira todo y

estornuda – el asombro qué tenaz con sus milenios geoamados,

geoabiertos al encanto y al dolor

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

TXETXU GONZÁLEZ Orígenes de la hiperestesia

Edición: 
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Madrid. 20/02/2017.


Txetxu González nace en 1980. En Vallecas aprendió a encajar y a resistir mientras admiraba las dotes de sus progenitores para el afecto, el cuento, la cocina, la hipocondría, el dibujo y el ajedrez. Hoy es maestrillo en cremas y legumbres. Aprendiz de cactus. Adicto a los ansiolíticos del campo y la sombra desde la innombrable edad del caos. Ha cargado con la misma mochila y se ha colgado del cuello de sus lienzos en insuficientes geografías deformes. Tiene un hermano presente y otro que ha fundido sus sarcasmos a negro. Hace no demasiado tiempo, la familia Windsor le regateó cincuenta euros por uno de sus cuadros.

 

Txetxu González por Txetxu González.

 

ORÍGENES DE LA HIPERESTESIA

 

Me detengo frente a un cuadro.

El cuadro es una navaja entreabierta.

Si la pintora hubiera decidido abrir más la navaja

ese cuadro también seguiría siendo mi vida.

Antes, no existían servicios especializados de limpieza.

La peor manera de suicidarse

es tirarse al vacío desde, digamos, un séptimo piso.

Las madres limpiaban los restos de sangre

cuando sus hijos o sus yernos decidían volarse la cabeza

en la casa de campo familiar.

Estamos en 1909

en el caserío de algún lugar del País Vasco.

Es verano.

Las moscas están de celebración.

INTERIOR/DIA.

Las madres se dejaban las uñas

para que de aquellos muros

salieran los restos de plasma y de cochambre.

Lo hacían mientras el gramófono

emitía melodías antiguas e ininteligibles.

Su madre tuvo que aprender

sobre la marcha

a hacerse cargo de la sombra.

Y cuando la aguja de diamante se partió por la mitad

construyó una de cristal

con la que, sin querer,

se acabó cortando.

Escucha y goza aquí ‘Orígenes de la hiperestesia’ recitado por el propio Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE:

 

CACOFONÍAS

Mayo.

1968.

París.

Una pareja joven.

Ejemplo de la enajenación social de un limbo a la deriva.

Efecto de la botánica demudada.

Cacofonía rohingya

cacofonía siria

sudanesa

marfileña.

Anticipo cinematográfico de la inconsciencia.

Como la pesca de arrastre.

Entes que ni siquiera mandan sobre su propio hambre.

Les persigue un coche con las lunas tintadas.

Clinique du Château de Garches.

Conviven con la locura de la gente rica.

Asisten al advenimiento del monstruo

que engulle adoquines huecos.

El anís del mono es el ansiolítico de las novicias

y la adicción confesable de las madres superioras.

Les persigue una lancha con la luna teñida.

Se salvan de ser torturados como Junko Furuta.

No saben que el futuro es una trampa.

Ignoran que la familia es el primer escalafón de la explotación.

Ella tiene un aborto años después.

Él desarrolla un trastorno obsesivo

silenciado por el éxito de ventas

de la multinacional finlandesa

para la que se luce y trabaja.

Por entonces, nadie se atreve a ponerle nombre a las curas de reposo

a los corderos degollados

o a sus víctimas.

Dan a luz cuatro veces más.

La luz a veces también se amorata.

Atardeceres de tonos violeta

que nada tienen que ver con la belleza oculta de los hipódromos

o las habitaciones del personal de servicio.

Así llegué yo:

siempre supe que en las estrías del muro

entre los restos de estropajo

tras el armario que arrastró la crin de la bestia

se escondía la estela que muda con la muerte.

Escucha aquí ‘Cacofonías’ recitado por el propio Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE:

 

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MAITE MARTÍ VALLEJO El Superviviente

Maite Martí Vallejo (1979). Vive, se dispersa, sufre y conmueve desde Barcelona. Imposible no pensar en las hienas mientras la leemos. Tuvo un gato negro y una gata parda. Vivieron catorce años. Le dan miedo los caracoles y los ascensores. La próxima primavera publicará su primer poemario en Ril Editores (Sello Aérea) y desde ya les adelantamos que será uno de esos libros que dejan marca profunda.

 

Maite Martí Vallejo.

 

EL SUPERVIVIENTE

Había una vez un niño dispar.
Un gusano le hacía agujeros en el tronco.
Unos aviones lo bombardeaban.
Creció plagado de heridas y cicatrices.
Y era feo. Tenía la cara deformada y quería tenerla normal.
El alma ni viene ni se va.
Sorprende escribir mejor con los ojos cerrados.
De su futuro yo lo ignoraba todo.
Sus padres lo abandonaron en la calle y le atribuyo la edad que se plasma en los huesos.
El niño es su propio centinela; está flotando y es muy pequeño, pero está lleno de detalles.
Hace todo lo posible para no oír y no escuchar. El otorrino llegó a extraer de su oído más
de 20 bolitas de porexpan.
Se puede vivir en el misterio. Muchas personas serias han dado testimonio más allá de su
cuerpo.
Es posible experimentar el agua en el desierto y la paz durante un ataque cardíaco.
Aquel niño era un animal que buscaba un árbol para quedarse a vivir.
¿ Se se se pue e e de vi vi vir aquí?
Tartamudeó.
Cada día hay más tendencia a la tartamudez.
Es frecuente el empuje. El que repite sílabas respira con dificultad, comprime los labios,
expira con los pulmones vacíos, hace mímica, frunce las cejas, se coge la cabeza con las
manos.
¿Por qué has tardado tanto en contestar?
Repite la pregunta a media voz, levantando los ojos al cielo.
He buscado una cuerda pero como no la he encontrado voy a ver si tú puedes dejarme una.
Las frases hechas no sirven para tapar huecos.
La mejor manera de expresar el grado de tartamudez es contar las veces que tartamudea.
¿Se se se pue e e de vi vi vir aquí?
No quiero estar más
ostensiblemente
cruzando los brazos.
El niño pequeño molesta al grande porque le tira ramas viejas y le dice el viento que lo
despeine y le llama tonto.
Se suele preferir una respuesta positiva.
Presencia o ausencia aparecen en un lugar y un tiempo.
Recorremos el mundo fotografiando la piel del mundo.
Habitamos la corteza de una labor de hilo.
Un mal cierre puede echar a perder todo el trabajo. Se debe poner sumo cuidado en las
últimas vueltas para que nunca se suelten.
Eres un niño, un animal, un árbol, un soldado que sufrió heridas mortales durante la
Guerra.

Los recuerdos se ponen en tela de juicio.
¿Creéis que el niño se muere o solo se transforma?

 

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

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