REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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La vida cotidiana arrasa Europa MAITE MARTÍ VALLEJO

Por David Aceituno

Edición: Sara B. Del Rey
daceitunopadilla@gmail.com
Barcelona 26/07/2019.


MATERIA ORGÁNICA

 

Hay materia orgánica en La vida cotidiana arrasa Europa. Puedes olerla en las dos preguntas que abren el poemario.

¿Un libro entero dedicado a la familia?
¿Y qué vas a contar?

No solo a la familia. Y lo que distingue a la poesía de Maite Martí Vallejo no es el qué sino el cómo.

Cuando un hogar se debe a muchos aromas,
una serie de excepciones se extraen de cualquier deriva.
Destilados hacen lo propio con nuestra idea de retomar
lo que dañó la familia, causándole graves quemaduras.

La materia orgánica se da cuando los sentidos trabajan al servicio del criterio. El de la poeta barcelonesa se mueve por zonas no asediadas todavía por el turismo literario: en estas páginas no hay intención confesional ni forcejeos metatextuales, y los desplazamientos de sentido están escogidos con elegancia. En La vida cotidiana arrasa Europa los referentes transitan por densidades muy distintas, la herencia de la tradición anglosajona está integrada con celo castizo, y lo castizo aparece también bajo sospecha, pese a estar diseminado sin complejos a lo largo de todo el poemario. Martí Vallejo no necesita huir de los lugares comunes: los conoce tan bien que planta ahí una casa y nos abre la puerta.

Teníamos una casa preciosa. Mentira. Se caía a trozos.
Mis padres eran fabulosos. Verdad. Y mentirá también.
No eran austrohúngaros, jamás habían sentido
una libertad increíble.

Otro de los rasgos que singularizan La vida cotidiana arrasa Europa es la confluencia de géneros y tonos, que la autora es capaz de distorsionar hasta la disonancia: las epifanías envuelven la miseria, el ritmo aforístico de algunos versos se quiebra, el ensayo sociológico delimita zonas de sombra y la crónica negra de España cambia de halo. Y de entre ese magma, fogonazos de sentido incontestables.

¿Quiénes son las personas sobre las que escribes?
¿Puedes decirme sus nombres? ¿Dónde están?
¿Por qué están allí?
¿Cuál es la persona con la que más te gusta estar? ¿Por qué?
¿Cuál es el más feliz? ¿Por qué?
¿Cuál es el menos feliz?
¿Por qué? ¿Y tú en esta familia a quien prefieres?

Las preguntas son también materia orgánica. A medida que se abren paso en el poemario, se arraiga otra sospecha: lo orgánico no se deja intelectualizar. La respuesta es el ruido que cada pregunta deja en el aire.

El amor a pesar de ser tan corto cumple una misión: todos queremos uno.

Hay quien juzga la poesía en función de los censores internos. Entre los censores atribuibles a Maite Martí Vallejo estarían una alumna de las Dominicas de la Anunciata, un actor de cine clásico, una hija quebrada, una madre que mira de reojo a otras madres, una poeta que odia la poesía, un niño cruel y una joven que no se cree digna de amor y quiere uno.

No es lo mismo desnudarse en la ducha de casa, en una exploración
ginecológica, en una playa, ante la pareja sexual en el dormitorio,
en plena calle ante los transeúntes o aquí.

Esos versos pertenecen en realidad a su primer poemario. La comparación en literatura es también un ejercicio vulgar, la persecución de pistas falsas con las que armar una falsa idea de orden, una manera de anunciar el final. Por eso es recurrente. Al contrastar la lectura de Todos vienen al funeral de Rick, la contundente carta de presentación de Maite, con la digestión más inquietante de La vida cotidiana arrasa Europa, empiezan los malentendidos. ¿Cuál nos ha gustado más? ¿En qué se parecen y en qué se distancian? ¿Qué papel ocupan los hombres en cada libro? ¿Y la familia? ¿De qué tipo de violencia son víctimas las mujeres? Porque «todo lo impreso es un drama», es mejor señalar lo que persevera en su poética. Por ejemplo, la inteligencia de la mirada, el atrevimiento a la hora de escoger contextos y ensamblar movimientos dramáticos. Y por debajo de todo, una convicción perceptiva: lo que se nos escapa de la poesía de Maite Martí Vallejo es lo que nos atrapa.

Collage de la propia autora Maite Martí Vallejo.

 

 

NATALIA LITVINOVA El viento que atraviesa el hueco

Edición:
Txetxu González
thalamusxmagazine@gmail.com
Madrid/Buenos Aires/Gómel. 08/03/2019.


NATALIA LITVINOVA

Nací en Gómel, Bielorrusia, a 12,935 kilómetros de done vivo actualmente. En Bielorrusia hay lagos y bosques, en Bielorrusia nació Chagall, en Bielorrusia también hay radiación desde 1986, el año en que nací, el año de la explosión de la Central Nuclear de Chernóbil. Vivo en Buenos Aires desde los 10 años, escribo poesía, soy editora, traduzco poesía rusa y a veces pienso en todos esos kilómetros que separan el ayer del ahora.

 

EL CRUCE DE LOS CAMINOS

 

I went to the crossroad, fell down on my knees
Robert Johnson

 

El cuerpo es un vehículo que nos arrastra
hacia el pasado. Hoy me condujo
al lago de mi infancia: hacía calor,
las mujeres se escondían bajo las sombrillas
y los niños en los árboles.
Mi padre se levantó y caminó hacia el agua.
Vi su espalda, como la de un soldado que marcha.
El agua lo cubrió por completo.
No pude salvarlo desde acá,
sólo contemplé el trazo de su figura.

Una mañana de septiembre
me tomó de la mano y bajamos
por una calle que no conocíamos.
Vimos una casa parecida a la de la abuela,
doblando hacia la derecha estaba el mar.
Nos quedamos quietos
en el cruce de los caminos.
Me pregunté a dónde podríamos llegar
si todas las direcciones
parten de la memoria.

Hay un desfasaje entre la vida y los labios.
Ahora detengo este momento.
El viento se levanta y trae a la casa
el rumor de la arboleda.
Cuando el tiempo recobre su ritmo natural
el susurro de las hojas habrá muerto.

No hubo mar. Seguimos caminando de la mano,
nos detuvimos frente a un gato
que se lamía pronunciando
mi nombre en su mirada. Cuando era niña,
mi padre hablaba con la lluvia
y sus frases la cortaban por la mitad.
Una parte quedaba por encima de sus palabras
como si regresara al cielo
y la otra se concretaba en la caída.

¿Cómo desaparecieron el mar
y la casa de la abuela?
Cuando los vivos van hacia la muerte,
como un remolino,
lo arrastran todo.

Para un funeral la abuela bordó
un manto tan hermoso
que el pueblo marchó tras el ataúd
y admiró el tejido de cerca.
Al saber que era obra suya,
fue pretendida por dos hombres,
un rubio y un pelirrojo se enamoraron de ella.
Entonces les dijo: el que encuentre
la flor del helecho me tomará por esposa.
Ambos corrieron hacia el bosque.
A uno lo encontraron bajo la nieve
y el otro huyó.

Él yace en el hielo, otra nieve lo cubre.
Mueve los dedos y la mano responde de a poco.
Como un caballo que lucha por salir
de un lago que se congela.
Brilla la nieve en los ojos del animal
mientras se apaga en los del hombre.

Los animales presienten su muerte.
Cuando mi abuela se acercaba con el rifle,
el cerdo cerraba los ojos
y los abría por última vez.
Con pupilas en forma de pica
hería sus propios párpados.

Llevo mi mano hacia el pecho
para mostrar donde me duele.
En el hospital me tocan con ternura.
El médico dice:
no es grave, vas a vivir.
Le pregunto cómo.

La enfermera entra y apaga la luz,
toma mi mano y me lleva a su cuarto,
abre un cajón y me muestra los relojes
que les roba a los enfermos.
Le digo que tengo miedo porque voy a vivir.
Todos vamos a vivir en algún momento,
responde.

Robamos el auto de mi padrastro
y vamos hacia el mar.
La enfermera dice que para curar el corazón
el viento marino debe atravesar el hueco,
los hilos de sal le harán un parche.

El mar tiene furia como cada cosa
que no sabe vaciarse de recuerdos.
Entro, lo profundo es egoísta.
El viento me trabaja el músculo
y en mi boca baila la náusea.
La sal expulsa lo dulce que hay en mí.

Nos alejamos de la playa,
brilla como un jardín abandonado.
Ignoraba que mis recuerdos
podrían construir la realidad.
Navego hasta la casa de la abuela
a través del agujero de mi pecho.

Ella me pide que le enseñe mi parche,
le divierte adornarlo con flores, cintas
y la trenza de mi madre.

Pero se duerme antes de empezar.
Su nariz en mi herida
hace que la cicatriz respire.

 

Escucha a continuación un fragmento de EL CRUCE DE LOS CAMINOS, recitado por la propia Natalia Litvinova:

 

 

UN DÍA SE INICIÓ EL OLVIDO

Las partículas de tu rostro
comenzaron a desintegrarse.
Ahora todos los hombres
te retienen en sus rasgos.
Tus gorros roídos por las polillas
y los guantes deformes
por la ausencia de manos.
Un día todos los hombres
que caminaban bajo la lluvia
estuvieron hechos
a la medida de tu cuerpo.
Ya no recuerdo cuán ancha la espalda
o cuán suave la tela del abrigo,
un día el olvido comenzó,
estaba sola en el andén
y las puertas del vagón
se cerraban y se abrían
como si ingresara
una multitud de fantasmas.
La luz de la luna oscilaba
como un farol y las estrellas
parecían colmillos
de un animal al acecho.
Cesaron mi infancia y tu vejez
pero tu voz no,
campana indestructible,
trina en mi sien,
enferma de misterio.

 

 

FLORES DE CHERNÓBIL

Nuestros hombres comienzan a extinguirse,
nadie sabe por qué las mujeres resisten más.
Mi padre llora al sacrificar a un animal
mientras mi madre cambia el empapelado de las paredes.
No nos dejan exponernos al sol, empalidecemos
como flores que crecen bajo la nieve.
Huimos al bosque, lejos de este edificio,
yo con mi blusa infantil y mi hermano con su remera lisa.
Qué ganas de volver al lugar donde nacimos
y correr con los brazos extendidos,
limpiar el aire como uno de esos aviones
que arrojan espuma
sobre el sarcófago humeante.

 

 

LA SUELTA

Me retoco los labios en el tren
al lado de un hombre
que mira hacia otro lado,
animo la suelta de perfumes,
deshago la trenza,
enfurezco el color de mi boca
después de haberlo atormentado.
Una parte mía se escapa en este instante.
Como un caballo negro,
cabalgo velada por mi propia oscuridad,
montada por jinetes
que conducen a la guerra.

(de Siguiente vitalidad, edición española, La Bella Varsovia)

 

 

LA PIEL NO SE RENUEVA

Enamorada y sola
voy a arrancar mi corazón
de la lluvia
y lo voy a nutrir

*

La piel no se renueva, recuerda.
Es corteza de un árbol tatuado con una navaja
o el caparazón de un grillo que se raspó contra la amapola.
Soy un sol blanco que rueda por el desierto,
y los hombres me miran cubriéndose la cara.

*

Lloramos para interrumpir
el desierto de los ojos
así como indagamos la vida
para descansar de la muerte.
Los recuerdos que oculto
terminarán aullando.

*

¿Madre, te acuerdas de los niños
que lanzaban piedras a nuestra casa?
¿Por qué no les dijiste que sus sueños
caerían con más violencia?

*

Soy el bolsillo expuesto de mi cuerpo.
Los días como una tijera.
Despierto y digo en voz alta la oración
de mi abuela analfabeta
y corto el miedo con mi lengua.

 

(de “Esteparia”)

 

Escucha a continuación dos fragmentos de LA PIEL NO SE RENUEVA, recitados por la propia Natalia Litvinova: 

ROSA BERBEL La ilusión fantasmal de los descubrimientos

Edición:
Txetxu González
thalamusxmagazine@gmail.com
Madrid/Granada. 10/03/2019.


ROSA BERBEL

 

Rosa Berbel nació en Estepa (Sevilla) en 1997, aunque reside en Granada desde 2015. Es estudiante del Grado en Literaturas Comparadas por la Universidad de Granada. Su primer libro, Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018), fue ganador de la XXI Edición del Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal. Asimismo, fue ganadora de la IV Edición del certamen Ucopoética y ha publicado en antologías como La pirotecnia peligrosa. 11 poetas sevillanos para el siglo XXI (Ediciones en Huida, 2015), Supernova (Bandaàparte Ediciones, 2016) o Algo se ha movido (Esdrújula Ediciones, 2018). Feminista, encantadora y vulnerable ante todos los vicios millennials, se aferra a la ficción como una forma de pensar un mundo menos a la intemperie.

 

CRECER ES

Andar más, con más miedo,
por calles más vacías,
no creer en otros mundos
posibles o imposibles,
hacer daño a los otros sin palabras,
comprar cosas usadas por el placer
extraño de su tacto,
vender cosas,
romper cosas que nunca hemos tenido,
arrojarlas al fuego como quien cambia
la hora
de todos los relojes de la casa
para poder perder un poco el tiempo.

 

 

MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA SALIR DEL NIDO

 

1. Hablar más de la cuenta. La calidad
sucede en la abundancia.
Cuídate del silencio de los otros.
2. Acumular tarjetas de visita
como valiosos restos arqueológicos.
Nunca sabes qué pueden revelarte.
3. No perdonar jamás a quien olvida
tus fechas importantes.
No acumules amores sin memoria.
(No olvidar este punto).
4. No simular congoja ni tristeza
cuando olvides las fechas importantes.
No acumules amores rencorosos.
5. Al menos una vez cada dos meses,
redescubrir objetos olvidados.
¿Sigue siendo posible, todavía,
la ilusión fantasmal de los descubrimientos?
6. No olvidar tus orígenes.
Escarba, si es preciso, la tierra de los parques
con manos de urbanita.
7. Mantener intachables los prejuicios.
Las cosas suelen ser, salvo excepciones,
igual que parecían.
8. Cuidar la superficie.
Líbrate de quien teme las fachadas.
El interior real de las cosas reales
provoca claustrofobia.
9. No tener nunca ganas de marcharse.
Decir adiós es triste y es mentira.
10. Dejar que entre la luz.
Deja que entre la luz
y te despierte.

 

 

PRIMER AMOR

Era verano entonces y a nosotros
nos picaban las piernas del sudor
y la euforia.

Desde aquel día parece que los demás
tan tibios
se quieren siempre menos.

 

 

Escucha aquí ‘Sisterhood’, recitado por la propia Rosa Berbel para Thalamus Magazine:

 

CARLA CHINSKI Ese horizonte que emblanquece

Edición:
Txetxu González
thalamusxmagazine@gmail.com
Madrid/Buenos Aires. 26/04/2019.


CARLA CHINSKI

Carla Chinski (Buenos Aires, 1995) es escritora y traductora. Tiene estudios en Artes Combinadas, gestión cultural y traducción literaria (UBA). Realizó talleres de escritura con Laura Galarza y Federico Falco, y taller de poesía con Natalia Litvinova. Su primer poemario será publicado próximamente por Editorial Llantén.

 

Mi madre no está muerta pero
le están cortando
la pierna en dos.
Mientras el cuchillo
se inserta en la carne,
el llanto de un recién nacido
suena en el quirófano
como si el niño estuviera
observando la escena
de sus pesadillas tempranas.
Mi madre es
una pobre niña, nada más.
Ella, que nunca fue tranquila
hoy duerme
de manera artificial
mientras camina en sueños
y el médico, como un partero,
la saca al mundo
de los que
viven sin dolor, no ese
que separa los vivos de los muertos
sino a los heridos de su propio
horizonte blanco,
en ese horizonte que emblanquece
lentamente con el pasar
de la espera.
En la sala de parturientas
las mujeres agonizan, eso
tienen en común: el dolor
que un día llega,
levantándose como un
accidente geográfico.
Los guantes
de goma blancos, ahora rojos,
dedos como pétalos de rosas
caen sobre la tierra de la carne.

 

 

Mi madre no está muerta pero
cuando lo esté,
cuando finalmente nos deje,
yo me quedaré con sus restos.
Madre tierra, lengua madre
la he estado sirviendo
fielmente,
durante tantos años
¿quién sería sin vos,
creación de mi creación?
¿Cómo decir aquello
que quedaría expulsado
al blanco
con tu muerte?
Lo que se necesita
en toda esta desgracia
es un poco de belleza
y orden, aquel que tanto
le ha dado sentido
a su vida. Por eso,
ordenaré en filas sus pestañas,
recompondré sus labios
con alfileres,
las cavidades de la nariz
serán las mías, con las que
respiraremos siempre juntas.
Los ríos se hacen más pequeños.
Las playas se abandonan al desastre.
Pero ella se hace
cada día más grande, hasta que un día
su rostro será lo único
que cualquiera podrá recordar: solo eso
le hará justicia.

 

 

Mi madre no está muerta pero
su muerte me lleva
a un estado poético,
como si tuviera
espadas en vez de brazos
con los que luchar por ella.
Estoy maravillada
por el espectáculo de su cuerpo.
Me hace entrar en un espacio
de ensueño:
estoy atenta a todas las cosas,
cada acción parece encadenarse
a la siguiente con la paciencia
de la línea en un verso nuevo.
Tengo la tentación
de verla con otros ojos, que no son
los de una hija sino
de aquel que ama;
completamente desolados
y a la vez innecesarios
donde me asombro
por lo que puede hacer,
sabiendo que ella,
florecida de vendas, pronto acabará.
Caerán las bombas
sobre su bosque
construido de familia.
Una época, un tiempo, se dejará atrás
nunca me he figurado nada
que no sea su muerte.
Mi compasión por ella solo está
atada a la sangre, lo cual es
demasiado poco.
Pero, si me acerco,
puedo ver en las vendas una sutura
que tiende puentes en su boca como un rezo.
A través de ella murmura la muerte
en su propio estado poético:
solo entonces,
escribiremos juntas.

 

 

Mi madre no está muerta pero
me despido de ella como si el día
hubiese terminado y ella fuera
una mariposa.
Semejante belleza,
el revés blanco del ala
late hoy en el carnoso torso
que intenta voltearse, manco,
ante las habilidosas enfermeras.
De ella se puede decir, igual que
la vida de un insecto,
que ha vivido. Se puede decir
que está ya muerta, capturada
en su ser perecedero
por un rayo de sol o mi mano
de coleccionista que la examina
desde todos los ángulos,
un hallazgo raro y precioso.
Se va de mí, hace volar
su corazón, el centro viejo de madre.

 

 

El cielo deja de su blanco
un resto de azul; el sol
se amontona con las nubes
con la claridad de un pensamiento,
sus formas abstractas y ridículas.
Los pájaros se desentienden
de las hojas.
Mi madre pide que abran la ventana.
Ella, que siempre promete
decir toda la verdad, hoy está sometida
a lo cruel del tiempo.
Lo permite entrar con el viento
y circular en torno a ella, empujándola
de la infancia a la vejez, los dientes
cayendo amarillos como pétalos
de una flor silvestre, mientras
un río de saliva incontrolable
se le acumula en la boca.
Un cuerpo sabe siempre
a dónde va, como lo sabe
el pájaro, la nube, el sol.
No necesita de horas ni minutos.
Yo mido el tiempo con la vida
de mi madre. Me bastarán
sus días para contar la historia
de la naturaleza entera.

 

 

Mi madre no está muerta pero
su herencia está en todo lo que toca.
Ella me toca la frente,
un gesto contra la fiebre
que resulta ser una bendición oculta
para la enfermedad que tendré,
la misma que ella tiene ahora,
no bastará el tacto para ahuyentar
la creciente del dolor.
Hago arder su mano con mi piel,
son estas las formas de acercar
el fuego al fuego.
Si me diera otra vida, cantaría
mil canciones de cuna
pero la vida que me dio es esta
y con ella, el futuro de mi carne:
guardo dentro de mí las marcas
que se abrirán como flores de invierno
creciendo tímidas y nuevas
sobre las alas de hojas carnosas
de la madurez. Creía que ser hija
era amar, pero solo compartimos
este viaje a medianoche,
el mismo dolor.
Mi madre en su quietud
es el tiempo que corre:
la luz aprende su límite
porque pronto en ella se apagará;
la repentina flor de invierno insiste
con su presencia, transformando
al campo entero en su altar.
Todo cuerpo es una premonición.

 

 

 

 

 

 

 

ROSETTA KEDZIERSKI A little rollercoaster ride

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Gdansk/Extremadura. 07/01/2019.


ROSE EMBADURNADA.

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en ParísPocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

                                                         

1 e4 e5 2 Ac4 Ac5 3 Dh5 Cc6 4 Dxf7

#
Es un día 1. De un mes 11. De este año. De 2018. Sí. Son ‘aprox’ las 18.37. ‘Aprox’. Sí. ‘Aprox’. ‘aprox’. Lo escribo y lo reescribo con saña y como me da la gana. Enfundada en mi propia cabeza gigante de papel maché. ¿Por qué lo hago? Por el placer de abonar el terreno del odio. Por venganza con mi ex, la doctora en filología. Si lees esto, jódete.

Es día 1. De un mes 11. Las 18.37 o las 18.47. No lo recuerdo. No importa. Y recibo una llamada. Y prometo que, justo antes de descolgar el teléfono rojo que tengo en la cocina ―regalo imaginario de mi abuela Czeslawa―, pienso en la ‘dulce’ cotidianidad que se omite, tantas veces, de tantas maneras distintas, al escribir. Sí, se omite. No, no tiene nada que ver con la cotidianidad del **** Carver o con la cotidianidad del **** Dennis Cooper o con otras cotidianidades en las que pensáis, para armar por ejemplo, por adelantado, un argumento en contra de quien está, casi casi por defecto, escribiendo esto.

#
Defecto: X me pide que escriba un relato, un cuento, un texto, una cosa extraña para esta revista. Que van mal para el siguiente número. Que siempre me lo pide. Que venga. Que por favor. Que la ilusión. Que los efectos secundarios del último mes de los doce. Que no sea así. Que sea así. Que no deje de ser así. NUNCA. Eso NUNCA. Que Sanel Kurbegovic, que el abrevadero en construcción, que el triptófano, que el escitalopram, que Kjell Askildsen, que María Sánchez, que las falsas promesas con tatuajes, que un tal Rubén, que mi abuela.

No mentes a mi abuela.
Tu abuela escribía poemas, cuentos de terror, salmos, testamentos, mientras zurcía bragas o se purgaba los sabañones con su propio pis.
Ya lo sé, ¿y?
Se lo debes.
Vete a la mierda.

Mi acepción favorita del verbo purgar: corregir las pasiones.

Das puto asco.
Ya lo sé.
Eres gilipollas.
Lo sé. Es verdad. No tenía que haber utilizado a tu abuela.
No, puto nazi.
Olvídate de todo.

Que ya se calla. Pero NO. Él nunca se calla, ni siquiera cuando abusa del silencio. Que ya sé yo lo que él quiere decir. Mi respuesta es NO. Generalmente, valga la fealdad del adverbio, suelo decir NO a TODA propuesta venga de donde venga y de quien venga, salvo que esa propuesta tenga que ver con hacer nada, con dar una paseo entre los helechos (ahora húmedos), con salvar la vida a un animal no bípedo o con quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica.

#
Por suerte para el tálamo de X, con la misma ‘asiduidad’, suelo entregarme a la brusca e inútil tarea de cubrir algunos de mis muchos defectos con la debilidad que imploran ciertos afectos. Porque no hay nada que dé más grima y levante más ampollas que un afecto y, al mismo tiempo, no hay nada más enigmático (dicen). AQUÍ UN REDOBLE DE TAMBORES FALLIDO (usen la imaginación). Mi amor y mi odio por X es directamente proporcional a las ganas que tengo de ponerme a escribir algo ‘por encargo’ pero, llegadas a este punto, el peso está repartido, muy repartido. Y he de quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica así que, cuatro copas de vino después, digo SÍ. Digo VALE.

Puedes volverte loca, cuanto más loca mejor (dice el muy cabrón, sabiendo que él y yo nos conocimos hace muuuucho tiempo, en condiciones penosas, casi indigentes, en la sala de espera de un psiquiatra que no hizo bien su trabajo). No es coña.

#
Yo sé que X me invita a hacer estas cosas por puro egoísmo pero que también lo hace para que intente salir del hoyo, de mi hoyo agorafóbico, de mi hoyo aislado y extremeño, para que me convenza de ciertas capacidades que otras y otros dicen que poseo. Me descojono. Se preocupa por mí. X se preocupa por mí y por todo. Se ocupa para no evitar, en lo posible, ocuparse de sí mismo (cosa que le da bastante trabajo, por cierto). Aprende de una **** vez, muchacho. Mira quién habla.

#
¿Publicáis a modernos con tatuajes?
Todo dios nos dice que no, Rose.
Eso no es verdad. Qué mentiroso eres. Os leo. Sé a quién publicáis. Mucha gente guay os dice que sí.
¿Para qué preguntas entonces?
Porque no me apetece una mierda que me publiquéis junto a esas jóvenes promesas de la literatura que enseñan sus ‘tattoos’ ―estudiada pose mediante― en cuanto te descuidas.
¿Algún motivo en particular?
Aversión y repugnancia casi violenta, querido. Son ‘punks’ de pega que habitan en barrios bien donde la gentrificación que critican es la norma. Abrazan la corrección formal de la socialdemocracia. Consumen sus medios y se mezclan en sus redes. En el fondo, aman la fama, el dinero y la pompa. Se alejan de los suburbios y de la gente que los habita porque son incapaces de comprender su realidad, pues asumen que es vulgar y minoritaria. En la mayor parte de los casos, el valor literario de estos burgueses tatuados es discutible (por no decir otra cosa). Todo dios lo sabe, pero los mismos medios y editoriales que los encumbran aman su pose. Quedan bien en las fotos, tío. No se pierden ningún sarao (importante para la empresa), saben mezclarse, saben desempeñar el rol de hombres y mujeres liberados sanos, que no necesitan permiso, dinero ni estabilidad para ser madres o padres, para llevar un matrimonio en secreto, ejercer la sobreexposición o el llanto controlado.
Te conozco. Sé a quién lees. También a los tatuados.
Claro.
¿Entonces?
Entonces ni llueve ni truena, pero llueve y truena.

#
2001. Yo y él fumamos hierba del parque subidos a una teta gigante. Nadie conoce aún a Mike Mills. Nadie conoce aún a Virginie la fake. Nadie, en las fiestas o en las casas, habla sobre feminismo, sobre equidad, sobre violencia, sobre género (esa tara). Las niñas tienen vagina, los niños tienen pilila. FIN. Nadie escribe #metoo en ningún muro. La red más popular era esa malla que servía para separar la verdura y la chicha de los garbanzos al hervir el cocido o, aun mejor, la que servía para cazar la escasa vida de las mariposas. No existe Instagram. No existe Tinder. La policía mata a Carlo Giuliani en la contracumbre del G8. En España, el gasto económico en antidepresivos no tricíclicos alcanza la vertiginosa cifra de 448 millones de euros. Estonia, con un tema llamado Everybody, logra imponerse en la XLVI edición del festival de Eurovisión. Tres meses antes, día arriba o abajo, Jorge Mario Bergoglio es nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II al que, por supuesto, no quiere todo el mundo. Antes de meterse en la cama, Francisco tararea, lleno de gozo, una melodía improvisada. Se parece extrañamente al Everybody estonio. Es una noche para la celebración en la iglesia de San Roberto Belarmino. Un hilo musical imaginario omnipotente, del todo sorrentiniano, se cuela entre los muros y atraviesa el cristal de las ventanas:

Come on, everybody, and let it out
And live the moment, here and now
Come on, everybody, ‘cause here’s a chance
To feel so light, to laugh and dance

A little rollercoaster ride – He’s going for a ride now
Right into the starry night – Around and around and around we go
And leave the windows open wide – Why nobody can’t stay?
And let the music pour inside – Aha

#
¿Recuerdas si aquella mierda nos subía?
No, no lo recuerdo.
Recuerdo que fue la primavera en la que descubrí que era alérgica a las gramíneas. Recuerdo a tu madre poniéndome bolsas de manzanilla en los ojos mientras cantaba aquella canción de Edith Piaf en la cocina de tu casa.
Era ‘La foule’.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure …

(Silencio).
No sé si todo era un poco más fácil entonces.
Habla por tu familia.
(Silencio).
Perdón.

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El absceso que provoca la enfermedad mental, con el tiempo, deja una marca asombrada en los ojos. Esa misma marca obliga al cuerpo a sobreponerse, cada día, cada instante, al desmayo, al derrumbamiento o a la amenaza del colapso. Y el cuerpo, en esta época extraña que superpobláis con toda clase de infecciones, es la gallina y no el huevo, aunque un poco mejor nos iría si fuera al revés. No obstante, la mayoría no tenéis ni idea de qué va todo esto. Vuestra arrogancia es el problema. Esta última frase también es el problema. Y la de un poco más arriba también, claro que sí. Y no hay tantos problemas como soluciones, no. Que haya gente que todavía se crea esa porquería new age es una de las grandes catástrofes de la cotidianidad sobre la que patinamos. Cotidianidad que, desde que recuerdo, no es otra cosa que un gigantesco ‘sálvese quien pueda’ de la hostia pariendo mamarrachos. Tal vez por eso estoy escribiendo esto, porque en realidad se parece mucho a no hacer nada.

Para que quede claro: yo tampoco tengo ni idea de muchísimas cosas, pero escucho millones de voces al mismo tiempo. Y eso, para quien no sepa de qué va, tiene un mérito exasperante. Cuando logro atrapar, al azar, una sola de esas voces con mis palillos chinos, me pongo a escribir o me pongo a llorar. No hay término medio. Lo que viene después es lo más parecido a la calma. No puedo acercarme más a ella de ninguna otra manera, salvo con ciertas drogas. X me cuenta que ha dejado las suyas, su montón de mierdecitas recubiertas con película EFG. Lo celebro. No lo celebro. Por lo demás, todo va bien. No se lo cree ni él.

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Si volviéramos a aquellos años, si viviéramos en la misma ciudad o en el mismo pueblo sería insufrible. Cuando viene a visitarme, X incide en la evocación de esa nostalgia enfermiza, tentadora y algo hortera. Yo solo sé que nos queda la escritura, el sílex, los animales, la lluvia, el estruendo, la música, los termostatos, el refugio del volumen, esa especie de brand new start cantada en un cuarto piso de la Nußdorfer Straße por el mismísimo Paul Weller y que solo puede acompañar el fuego de entonces, lejos de parecerse al sol. Porque cuando sale el sol entiendo mejor eso que llaman mala suerte. Él y yo nos hicimos ÍNTIMOS gracias, en parte, a esta ‘condición’: el amor por el diluvio, la oscuridad, el recogimiento y el frío. Aunque, ya que hemos entrado en materia, he de decir a modo de ‘confesión’ que, tras aquel año que pasó en Dinamarca temí, por un momento, que se pasara al otro lado. Allí arriba fue la primera vez que le vi tomando el sol en un parque, como si de repente toda la vejez a la que inexorablemente se encamina la materialidad que nos rodea, le hubiera acorralado. Cuando por fin le vi salir por la puerta de la terminal 2 del aeropuerto (menos mal) percibí en sus ojos algo que trascendía el absceso. Días más tarde, en mitad de un desayuno extremeño y aislado, me dijo: Creo que me ha crecido un quiste de roca en algún sitio. Creo que he dejado de ser quien creía que era. En ese momento, no le odié tanto como hoy.

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Escribir es pretender la ilusión de la independencia total. Escribir es un acto odioso de superioridad. Escribir es puro nacionalismo (me urge pensar, no sé el motivo). Esta cosa, aquí y ahora, es otro decorado vintage con mueble bar. En la parte posterior de la silla del director, más allá de las marcas, no hay escrito ningún nombre, solo la palabra juEGO. Escribir es la religión de los malditos. ¿Qué nación más enorme y orgullosa existe si no, que la del acto irrefrenable de perforar el mundo, desde el ombligo de una misma? Y a los hombres no es que les pese más esa cicatriz tras la rotura, es que les pesa más, mucho más, no ser más el centro de nada. Error. Quien afirme que en esa cicatriz, que en esa rotura que cada cual arrastra no existen banderas, jefes, cachorros, abuso y, por lo tanto, agresión … M I E N T E.

Pienso en el superpoder androcéntrico de Italia, Almería, Hungría, Polonia, Holanda, Dinamarca, Estados Unidos, Israel, Austria en el año 2019 y venideros y solo veo el mismo viejo afán ilusorio de protección y soberanía, una obsesión desmedida por los controles de plagas, persecución de lo que desea expandirse, desdén y paranoia neofascista, plumillas, corporaciones de plumillas, locutores e hipocresía socialdemócrata, tibia como un vaso de leche cortada, al servicio del desastre.

Alguien, después de X, al otro lado del mismo teléfono rojo, me cuenta: Menos mal que existe un límite. Un límite para la vida, también para la de los que defienden la vida o, mejor dicho, la propia antes que otras, como si valiera más. Yo guardo silencio, pero logro escuchar en mi interior a una voz que responde: Polonia se ha convertido en un país con más de treinta y seis millones de católicos y tu amado mediterráneo, cada vez menos cristalino, seguramente sea el mar con mayor ecosistema cadavérico del mundo.

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Mi hoyo extremeño: mi casa. Una casa aislada entre un bosque de pinos y frutales. X dice que se quedaría a vivir aquí. Él seguro que podría. Su psique está hecha para lugares como este, pero por algún motivo que aún no termino de comprender se sigue aferrando a su particular proceso: aferrarse a lo que queda de la vida real. Nadie ha aguantado aquí más de dos semanas seguidas.

Yo no quiero que salgas de tu hoyo extremeño.
Ya lo sé.
Solo quiero que una parte sepa y no se pierda quién eres.

Ay, los jaques. Ay, los afectos. La comunión invisible de los afectos: la sangre, el cuerpo, el ritual, las colecciones de agravios y de promesas, la hostia, la pedanía más cercana a la muerte. Los afectos son la alfombra roja, verdaderamente roja, sobre la que se despliegan todas y cada una de las contradicciones que nos definen como humanos.

Si la libertad está en jaque y no puede moverse, el riesgo de perder la partida es más que elevado.

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Si digo Treblinka, si digo Auschwitz, si digo Sobibor, Chelmnoy, Belzec. Si digo tres millones de polacos, si digo tres millones de estrellas, ¿os evoca algo? El amor de la doctora en filología primero fue un amor de tres, luego de cuatro y, al tercer año, dobló la marca. El mío, mi amor, tal y como decía la abuela, vale por lo menos tres millones. Nunca sabré qué quiso decir con aquello, por mucho que me empeñe en otorgarle un dignificante significado a cada cosa que ella era. Pero para que le quede claro a la doctora: mi amor es, fue y siempre será de dos. Para alguien que escucha millones de voces al mismo tiempo, este afirmación nada tiene que ver con militar en esa cochina tradición binaria que lo ha engullido todo, sino con la cruel precisión de lo insostenible. No puedo y no debo permitirme más ruido. A día de hoy, después de todo, asumo la tiranía del amor romántico como un vicio ceremonioso y animal, culturalmente aceptado, basado en el autosabotaje. No digo nada nuevo, pero ya ha existido demasiada tiranía en mi historia, como para desear multiplicarla con más gente que dice amarte cuando, en realidad, cada vez que abren la boca para pronunciar esas dos palabras, solo buscan su dosis injusta de redención (entre otras tantas consideraciones políticas). Odiando a casi la totalidad de especies bípedas existentes y sin cerebro, hete aquí mi vergüenza y confesión en la era del polyamory.

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La familia está ahí para decirte la verdad. Para recorrer la semántica de la sangre una debe enfrentarse a los armarios y, sobre todo, a las pellizas del padre, del hijo y del espíritu de la casa. Los hashtags han servido como raquítica excusa para deciros que todo tiene un final pero que, a veces, ese final no es otra cosa que una transformación compleja, incluso determinada en la inercia de sobrepasarnos.

Yo no quiero escribir. Yo solo quiero convertir la previsibilidad en muchos segmentos paralelos y secantes.
¿En una almohadilla infinita?
Para pulsar y terminar ‘la llamada’ o ‘las llamadas’ todas las vOces cuando me plazca, sí.

Hasta donde sé, soy tataranieta y nieta de judíos e hija de una atea y un católico. La muerte, el desastre, la manipulación están grabadas en las marcas de mi código vital genético y cultural, desde su recreación hasta su fina(fata)lidad. La madre, también inexistente, fue mi única ligazón con lo objetivo y, por lo tanto, con una media verdad. La servidumbre, la iniciativa que han ejercido y ejercen los capos religiosos para con la muerte forman parte de esa mitad. El resto, como todo, es una incógnita, como acudir a un templo para encontrar el silencio, como el hermano desconocido que vive en Concord y que no sé si conoceré algún día, como el asterisco que pulsas por error cuando necesitas saber el saldo que le queda a tu tarjeta prepago.

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No sé quién soy salvo cuando hablo de esto con dos o tres personas. Nada ni nadie sabe contarme en qué consiste recuperarse de semejante desbarajuste identitario. Únicamente me siento a salvo con aquellos que han conocido la profundidad de los cortes que intentan desafiar alguna modalidad de resistencia: algunas directoras de cine, escultoras, vagabundas, pintoras, algunos poetas, algunas presas, algunas madres, algunas tardes, todas las noches, todos los animales. Me he acercado hasta aquí con todos ellos. Lo sé y digo lo que he visto. Este hashtag multicefálico, este relato, esta cosa es un episodio único de afirmación al devenir conflictivo, entregado de todos ellos y, en particular, a la locura de un ‘amienemigo’ que en realidad no se llama X, pero que siempre me trae semillas, música y otro dolor cuando se lo pido.

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Yo estaba escribiendo una nota muy sentida y muy larga que terminaba así: ‘A la reverberación de mi cabeza gigante de papel maché me entregó y, como Michael Fassbender en Frank, concluyo cantando: I love you all. Pero no me alegro de veros. Nunca me alegro de veros. La alegría no sucede mucho por aquí, ¿sabéis? No, no lo sabéis. Es agotador morir así. Adiós’.

Y el teléfono rojo, regalo imaginario de mi abuela Czeslawa, sonó entonces.

Eh tú …
¿Qué haces llamando a estas horas un jueves?
Son las siete menos veinticinco.
Las 18.37 para ser exactas. ¿Ya no trabajas o qué?
Hoy no. Estoy malo y tenía que decirte algo.
Pues rápido, que tengo que irme.
¿No vas a preguntarme qué me pasa?
No.
¿Dónde vas?
Da igual. ¿Qué querías decirme?

Jaque, Rosetta …

Test para escritores y jardineros (Alba Ceres responde en color amarillo puro)

INTRODUCCIÓN

Un test es una herramienta útil para la evaluación de los conocimientos adquiridos.

Para conseguir plaza en Thalamus no es necesario opositar, pero nuestros autores son muy
valientes y han aceptado diluirse con el agua de riego, vivir sobre una planta hospedera,
quemar las malas hierbas e incluso regular la producción de plagas.

Véanse los resultados, a continuación:

 

¿Quién puede sondear esta agua?
¿Cabe en un cubo o colma el océano entero?

1. No es trabajo del escritor:

a) El barrido de praderas
b) Desbrozar
c) Elegir las palabras y ubicarlas ornamentalmente
d) La penetración del aire
e) La venta de almas para el municipio
f) Otras actividades

 

2. Aportar tierra alrededor del cuello del poema, para que no se
produzca podredumbre, se denomina:

a) Asfixia
b) Protección de las raíces
c) Razones de espacio
d) Conquista del medio terrestre
e) Pedir más tiempo
f) Esa tarea no existe

 

3. ¿Por qué se suelen preferir en literatura ejemplares masculinos de
álamo blanco?

a) Los femeninos huelen mal
b) Son más baratos
c) Son más fríos
d) Solo durante la etapa preescolar
e) Es culpa de Odiseo: apareció desnudo y cubierto de barro
f) Atraen a los insectos
g) Todas las respuestas son ciertas

 

4. ¿Cuál de los siguientes elementos está presente, generalmente, en
el poema, y no es necesario aplicarlo en exceso?

a) Hierro
b) Veinte palabras de frecuencia de uso alta, veinte de frecuencia
media y veinte de frecuencia baja
c) Variables como la edad
d) Ojos verdes como la albahaca
e) Los puntos suspensivos
f) Los espectadores saliendo
g) Clientes de un bar
h) Esta habitación
i) La fuente luminosa
j) Cementerios para perros o gatos
k) Todas las respuestas son falsas

 

5. El rascado del poema con cortes perpendiculares a la superficie
del poeta se llama:

a) Facilitar el riego
b) Acto del habla
c) Inversión en espejo
d) Bote de pintura vacío
e) Perfume para rociar la flor
f) Yemas dormidas
g) Frío
h) Comunicación de necesidades básicas
i) Las respuestas d y e son falsas conjuntamente

 

6. ¿Qué debemos tener en cuenta para que la literatura que germina
lo haga sin problemas?

a) Los ascensores
b) Abonar con gran cantidad de triángulos equiláteros
c) Echar una capa de metáfora gruesa para evitar perder humor
d) La frecuencia de exposición al riesgo
e) No frotar ni tratar de retirar las historias de amor incrustadas en
el ojo
f) Airear la gruta de la montaña varias veces
g) Las instrucciones del fabricante
h) La actividad de las lombrices
i) Que se adapte a la mayoría de la población
j) Utilizar las tijeras
k) Es indiferente

 

7. La acción de dar una segunda vuelta al poema para aflojarlo se
llama:

a) Cavar
b) Agramatismo
c) Madre
d) Padre
e) Sensibilidad sociolingüística
f) Religión

 

8. En general, la escritura debe realizarse:

a) Al final del verano, cuando las temperaturas empiezan a bajar
b) Con minúscula
c) Con todas las letras
d) Creo que eso que planteas no tiene sentido
e) Esforzando la vista o buscando una cosa
f) No dando una sed de agua
g) En olor de santidad
h) De Madrid a Londres, vía París
i) De esta manera

 

9. ¿Qué elemento es el más representativo para citarlo como
ejemplo en la producción de literatura?

a) Azufre
b) Columpios y toboganes
c) La mezcla de compost con futuro imperfecto
d) La puta verdad
e) La imputa verdad
f) La ausencia de balbuceo
g) El hondo pesar
h) La d y la e son ciertas conjuntamente

 

10. Aunque a veces puedan animar el texto, deben evitarse:

a) Las doce del mediodía
b) Nudos y dobleces
c) Beber y fumar
d) Las hojas cortantes
e) Zapatillas de caucho
f) Espantar la caza
g) Olvidar las llaves en el coche
h) Ninguna de las respuestas es correcta

 

Las estrellas no sirven para nada.
Ofrecen una imagen de luz petrificada y, al mismo tiempo, a punto de
desmoronarse.

¿Qué podré decir respecto del derecho a la salud del poema?
Que es una creencia que deberá ejercerse, siempre, por escrito.

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

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