REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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SARA B. DEL REY Cuenta atrás

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Madrid. 12/04/2019.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los dieciséis, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

CUENTA ATRÁS

10. Más de dos horas en silencio. A veces hago eso. Cuando alguien duerme a mi lado y yo permanezco despierta me concentro en sus sonidos. Salgo de mi cuerpo y entro en la otra respiración. La escucho, la siento. Ritmos y exhalaciones que no son míos pero que son indicio de vida. Es muy relajante saber que la vida se expresa así, de esa forma tan lenta y sosegada. La vida es esto. Respiraciones. Yo ya no creo en el amor, pero sí en las respiraciones. Te toco la boca con la punta de mis dedos, como decía Cortázar. Y solo el tacto me hace sentir viva.

9. ¿No te ha pasado nunca que te preguntas cómo acabaste ahí? ¿Cómo es que estás en ese lugar en el que realidad no tienes tanto que hacer ni que sentir, pero al que has llegado casi por aburrimiento? Mirando las estrellas me dices que el paracetamol se ha inventado para acallar las revoluciones. Bueno, no sé si esas son tus palabras o yo las mejoro, las maquillo, las reinvento para crear un recuerdo diferente. Y después de decirlo te quedas dormido.

8. La anestesia. Narcolepsia. Asepsia. El periodo del desierto. A veces, aún, la frustración se apodera de mis garras de monstruo herido y no soy capaz de hablarte. La piel cuarteada, los labios secos, el pelo estropajoso y enredado. La tierra y yo somos del mismo color. No hay poesía que pueda calmar la sed. Sopla el viento y eso es lo único que pasa, pero mi rostro no se mueve y mi voz no rebota sino que se pierde, se eleva, se va. Tampoco recuerdo cómo caminar. Me dejé fagocitar por el plástico de la soledad pensando que sería de carne y hueso. Yo creía que… Yo pensaba que… Yo sentía que… Mentira. Yo no sentía, ni creía, ni pensaba nada. Yo necesitaba caerme, estrellarme sin paracetamol. Hoy estoy aquí, recomponiendo las piezas que no encajan.

7. Sentados en lo alto del acantilado, allí donde estaba el castillo. Tumbados mirando al cielo y rozándonos con la punta de los dedos. En ese instante, una llamada de alguien que nos quiere mucho: “El mundo empieza en vosotros”, dice entre sonrisas. Yo te miro y te agradezco hacerme perder el miedo y el tiempo, convencerme para el riesgo ante las olas contra las rocas y hacerme saltar desde las alturas para hundirme hasta el fondo del mar. Gracias por existir, gracias a ti, soy. Contigo me atrevo, contigo. Y estaremos juntos para siempre, ¿no?

6. Te imagino pero no sé si existes. Imagino que te conocía, que teníamos una aventura fantástica y un viaje en motocicleta a lo largo de una isla soleada de un mar bravo pero amable. Escribo con palabras en soledad el brillo, casi travieso, de tus ojos al mirarme. Y canto canciones adolescentes al calor del verano, a pesar de las decepciones y la desconexión. No tiene nada que ver lo que soy fuera con lo que soy dentro.

5. Hoy he tenido mi primer orgasmo cuando flotaba boca abajo en el mar, o eso creo. Me gusta dejarme estar sobre la superficie y luego sumergirme. Notar el sol en la espalda y el silencio sordo de los oídos sumergidos que me dejan oír los latidos de mi corazón. Me gusta concentrarme en ellos, como si fueran los de otra persona. Me recuerdan que hay vida. Que la vida es eso. Latir, latidos, falta de aire.

4. Quiero decirte cosas pero no se me ocurre nada porque todos me están mirando. Ya estás aquí, por fin. Rojo, arrugado y feo. Eres muy raro, muy pequeño, mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Tengo muchas ganas de tocarte y de abrazarte. Pero no me dejan, solo me dejan mirarte asomada a la cuna y ver cómo abres un poco los ojos y te mueves despacio. Siento mi corazón muy acelerado. Hueles a algo que no sabía. Me da vergüenza que se den cuenta de que tengo ganas de llorar, así que trato de quedarme quieta. No puedo dejar de mirarte y escuchar cómo respiras. Quiero quedarme siempre así.

3. Las olas me dan vueltas y es tan divertido que no tengo miedo y eso que hace poco sí lo tuve, el día que no podía respirar, cuando me quedé sin aire y no veía la salida porque una colchoneta gigante estaba encima de mí. Igual no era tan gigante, igual es que yo soy muy pequeña. Pero no me da miedo morir. Lo único que me da miedo es que no estés cuando salga del agua para respirar. Mi mamá me llama desde la orilla. Es la hora de ir a comer.

2. Ese olor es muy bonito, es de color verde, viene de la ventana, pero me tendría que subir en la silla para ver al jardinero. Me gusta rodar por el césped en la cuesta del parque. Y cuando papá vuelve del trabajo y me pregunta cómo se dice algo en francés. Abrazo a mi muñeco de cabeza dura que es un mono, pero al mismo tiempo tiene un disfraz de arlequín y otro de payaso. “Es la hora de dormir, monkiki”, le digo quedito. Mi cuerpo desaparece al quedarme dormida. Me separo y, por fin, vuelo.

1. No recuerdo nada. Solo soy un puntito “amable”. Debería bastar para volver a empezar.

0. Cero.

ROSETTA KEDZIERSKI A little rollercoaster ride

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Gdansk/Extremadura. 07/01/2019.


ROSE EMBADURNADA.

Rosetta Kedzierski (Gdansk, 1979). A los tres años de edad su familia emigró a una conocida barriada del centro del imperio que nos provoca, aprieta y ahoga. Su padre, un fanático puritano, trató de educar a su hija en la fe. Pero el destino tenía otros planes reservados para ella. En 1997, deseando profundizar en algunos aspectos del movimiento, inicia estudios de kinesoterapia y ortopedia en ParísPocos años después escapa a Helsinki, desde donde inicia un periplo misterioso e imparable que le lleva a vivir y sobreponerse en San Petersburgo, Viena, Trieste, Fuerteventura, Barbados y Turín. En la actualidad, vive en algún lugar de Extremadura, en una aislada casa de campo, con sus tres gatas y una podenca a la que salvó —ab ovo— de la horca.

                                                         

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Es un día 1. De un mes 11. De este año. De 2018. Sí. Son ‘aprox’ las 18.37. ‘Aprox’. Sí. ‘Aprox’. ‘aprox’. Lo escribo y lo reescribo con saña y como me da la gana. Enfundada en mi propia cabeza gigante de papel maché. ¿Por qué lo hago? Por el placer de abonar el terreno del odio. Por venganza con mi ex, la doctora en filología. Si lees esto, jódete.

Es día 1. De un mes 11. Las 18.37 o las 18.47. No lo recuerdo. No importa. Y recibo una llamada. Y prometo que, justo antes de descolgar el teléfono rojo que tengo en la cocina ―regalo imaginario de mi abuela Czeslawa―, pienso en la ‘dulce’ cotidianidad que se omite, tantas veces, de tantas maneras distintas, al escribir. Sí, se omite. No, no tiene nada que ver con la cotidianidad del **** Carver o con la cotidianidad del **** Dennis Cooper o con otras cotidianidades en las que pensáis, para armar por ejemplo, por adelantado, un argumento en contra de quien está, casi casi por defecto, escribiendo esto.

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Defecto: X me pide que escriba un relato, un cuento, un texto, una cosa extraña para esta revista. Que van mal para el siguiente número. Que siempre me lo pide. Que venga. Que por favor. Que la ilusión. Que los efectos secundarios del último mes de los doce. Que no sea así. Que sea así. Que no deje de ser así. NUNCA. Eso NUNCA. Que Sanel Kurbegovic, que el abrevadero en construcción, que el triptófano, que el escitalopram, que Kjell Askildsen, que María Sánchez, que las falsas promesas con tatuajes, que un tal Rubén, que mi abuela.

No mentes a mi abuela.
Tu abuela escribía poemas, cuentos de terror, salmos, testamentos, mientras zurcía bragas o se purgaba los sabañones con su propio pis.
Ya lo sé, ¿y?
Se lo debes.
Vete a la mierda.

Mi acepción favorita del verbo purgar: corregir las pasiones.

Das puto asco.
Ya lo sé.
Eres gilipollas.
Lo sé. Es verdad. No tenía que haber utilizado a tu abuela.
No, puto nazi.
Olvídate de todo.

Que ya se calla. Pero NO. Él nunca se calla, ni siquiera cuando abusa del silencio. Que ya sé yo lo que él quiere decir. Mi respuesta es NO. Generalmente, valga la fealdad del adverbio, suelo decir NO a TODA propuesta venga de donde venga y de quien venga, salvo que esa propuesta tenga que ver con hacer nada, con dar una paseo entre los helechos (ahora húmedos), con salvar la vida a un animal no bípedo o con quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica.

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Por suerte para el tálamo de X, con la misma ‘asiduidad’, suelo entregarme a la brusca e inútil tarea de cubrir algunos de mis muchos defectos con la debilidad que imploran ciertos afectos. Porque no hay nada que dé más grima y levante más ampollas que un afecto y, al mismo tiempo, no hay nada más enigmático (dicen). AQUÍ UN REDOBLE DE TAMBORES FALLIDO (usen la imaginación). Mi amor y mi odio por X es directamente proporcional a las ganas que tengo de ponerme a escribir algo ‘por encargo’ pero, llegadas a este punto, el peso está repartido, muy repartido. Y he de quebrar la inercia que se le presupone a toda rutina afásica así que, cuatro copas de vino después, digo SÍ. Digo VALE.

Puedes volverte loca, cuanto más loca mejor (dice el muy cabrón, sabiendo que él y yo nos conocimos hace muuuucho tiempo, en condiciones penosas, casi indigentes, en la sala de espera de un psiquiatra que no hizo bien su trabajo). No es coña.

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Yo sé que X me invita a hacer estas cosas por puro egoísmo pero que también lo hace para que intente salir del hoyo, de mi hoyo agorafóbico, de mi hoyo aislado y extremeño, para que me convenza de ciertas capacidades que otras y otros dicen que poseo. Me descojono. Se preocupa por mí. X se preocupa por mí y por todo. Se ocupa para no evitar, en lo posible, ocuparse de sí mismo (cosa que le da bastante trabajo, por cierto). Aprende de una **** vez, muchacho. Mira quién habla.

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¿Publicáis a modernos con tatuajes?
Todo dios nos dice que no, Rose.
Eso no es verdad. Qué mentiroso eres. Os leo. Sé a quién publicáis. Mucha gente guay os dice que sí.
¿Para qué preguntas entonces?
Porque no me apetece una mierda que me publiquéis junto a esas jóvenes promesas de la literatura que enseñan sus ‘tattoos’ ―estudiada pose mediante― en cuanto te descuidas.
¿Algún motivo en particular?
Aversión y repugnancia casi violenta, querido. Son ‘punks’ de pega que habitan en barrios bien donde la gentrificación que critican es la norma. Abrazan la corrección formal de la socialdemocracia. Consumen sus medios y se mezclan en sus redes. En el fondo, aman la fama, el dinero y la pompa. Se alejan de los suburbios y de la gente que los habita porque son incapaces de comprender su realidad, pues asumen que es vulgar y minoritaria. En la mayor parte de los casos, el valor literario de estos burgueses tatuados es discutible (por no decir otra cosa). Todo dios lo sabe, pero los mismos medios y editoriales que los encumbran aman su pose. Quedan bien en las fotos, tío. No se pierden ningún sarao (importante para la empresa), saben mezclarse, saben desempeñar el rol de hombres y mujeres liberados sanos, que no necesitan permiso, dinero ni estabilidad para ser madres o padres, para llevar un matrimonio en secreto, ejercer la sobreexposición o el llanto controlado.
Te conozco. Sé a quién lees. También a los tatuados.
Claro.
¿Entonces?
Entonces ni llueve ni truena, pero llueve y truena.

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2001. Yo y él fumamos hierba del parque subidos a una teta gigante. Nadie conoce aún a Mike Mills. Nadie conoce aún a Virginie la fake. Nadie, en las fiestas o en las casas, habla sobre feminismo, sobre equidad, sobre violencia, sobre género (esa tara). Las niñas tienen vagina, los niños tienen pilila. FIN. Nadie escribe #metoo en ningún muro. La red más popular era esa malla que servía para separar la verdura y la chicha de los garbanzos al hervir el cocido o, aun mejor, la que servía para cazar la escasa vida de las mariposas. No existe Instagram. No existe Tinder. La policía mata a Carlo Giuliani en la contracumbre del G8. En España, el gasto económico en antidepresivos no tricíclicos alcanza la vertiginosa cifra de 448 millones de euros. Estonia, con un tema llamado Everybody, logra imponerse en la XLVI edición del festival de Eurovisión. Tres meses antes, día arriba o abajo, Jorge Mario Bergoglio es nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II al que, por supuesto, no quiere todo el mundo. Antes de meterse en la cama, Francisco tararea, lleno de gozo, una melodía improvisada. Se parece extrañamente al Everybody estonio. Es una noche para la celebración en la iglesia de San Roberto Belarmino. Un hilo musical imaginario omnipotente, del todo sorrentiniano, se cuela entre los muros y atraviesa el cristal de las ventanas:

Come on, everybody, and let it out
And live the moment, here and now
Come on, everybody, ‘cause here’s a chance
To feel so light, to laugh and dance

A little rollercoaster ride – He’s going for a ride now
Right into the starry night – Around and around and around we go
And leave the windows open wide – Why nobody can’t stay?
And let the music pour inside – Aha

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¿Recuerdas si aquella mierda nos subía?
No, no lo recuerdo.
Recuerdo que fue la primavera en la que descubrí que era alérgica a las gramíneas. Recuerdo a tu madre poniéndome bolsas de manzanilla en los ojos mientras cantaba aquella canción de Edith Piaf en la cocina de tu casa.
Era ‘La foule’.
Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure …

(Silencio).
No sé si todo era un poco más fácil entonces.
Habla por tu familia.
(Silencio).
Perdón.

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El absceso que provoca la enfermedad mental, con el tiempo, deja una marca asombrada en los ojos. Esa misma marca obliga al cuerpo a sobreponerse, cada día, cada instante, al desmayo, al derrumbamiento o a la amenaza del colapso. Y el cuerpo, en esta época extraña que superpobláis con toda clase de infecciones, es la gallina y no el huevo, aunque un poco mejor nos iría si fuera al revés. No obstante, la mayoría no tenéis ni idea de qué va todo esto. Vuestra arrogancia es el problema. Esta última frase también es el problema. Y la de un poco más arriba también, claro que sí. Y no hay tantos problemas como soluciones, no. Que haya gente que todavía se crea esa porquería new age es una de las grandes catástrofes de la cotidianidad sobre la que patinamos. Cotidianidad que, desde que recuerdo, no es otra cosa que un gigantesco ‘sálvese quien pueda’ de la hostia pariendo mamarrachos. Tal vez por eso estoy escribiendo esto, porque en realidad se parece mucho a no hacer nada.

Para que quede claro: yo tampoco tengo ni idea de muchísimas cosas, pero escucho millones de voces al mismo tiempo. Y eso, para quien no sepa de qué va, tiene un mérito exasperante. Cuando logro atrapar, al azar, una sola de esas voces con mis palillos chinos, me pongo a escribir o me pongo a llorar. No hay término medio. Lo que viene después es lo más parecido a la calma. No puedo acercarme más a ella de ninguna otra manera, salvo con ciertas drogas. X me cuenta que ha dejado las suyas, su montón de mierdecitas recubiertas con película EFG. Lo celebro. No lo celebro. Por lo demás, todo va bien. No se lo cree ni él.

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Si volviéramos a aquellos años, si viviéramos en la misma ciudad o en el mismo pueblo sería insufrible. Cuando viene a visitarme, X incide en la evocación de esa nostalgia enfermiza, tentadora y algo hortera. Yo solo sé que nos queda la escritura, el sílex, los animales, la lluvia, el estruendo, la música, los termostatos, el refugio del volumen, esa especie de brand new start cantada en un cuarto piso de la Nußdorfer Straße por el mismísimo Paul Weller y que solo puede acompañar el fuego de entonces, lejos de parecerse al sol. Porque cuando sale el sol entiendo mejor eso que llaman mala suerte. Él y yo nos hicimos ÍNTIMOS gracias, en parte, a esta ‘condición’: el amor por el diluvio, la oscuridad, el recogimiento y el frío. Aunque, ya que hemos entrado en materia, he de decir a modo de ‘confesión’ que, tras aquel año que pasó en Dinamarca temí, por un momento, que se pasara al otro lado. Allí arriba fue la primera vez que le vi tomando el sol en un parque, como si de repente toda la vejez a la que inexorablemente se encamina la materialidad que nos rodea, le hubiera acorralado. Cuando por fin le vi salir por la puerta de la terminal 2 del aeropuerto (menos mal) percibí en sus ojos algo que trascendía el absceso. Días más tarde, en mitad de un desayuno extremeño y aislado, me dijo: Creo que me ha crecido un quiste de roca en algún sitio. Creo que he dejado de ser quien creía que era. En ese momento, no le odié tanto como hoy.

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Escribir es pretender la ilusión de la independencia total. Escribir es un acto odioso de superioridad. Escribir es puro nacionalismo (me urge pensar, no sé el motivo). Esta cosa, aquí y ahora, es otro decorado vintage con mueble bar. En la parte posterior de la silla del director, más allá de las marcas, no hay escrito ningún nombre, solo la palabra juEGO. Escribir es la religión de los malditos. ¿Qué nación más enorme y orgullosa existe si no, que la del acto irrefrenable de perforar el mundo, desde el ombligo de una misma? Y a los hombres no es que les pese más esa cicatriz tras la rotura, es que les pesa más, mucho más, no ser más el centro de nada. Error. Quien afirme que en esa cicatriz, que en esa rotura que cada cual arrastra no existen banderas, jefes, cachorros, abuso y, por lo tanto, agresión … M I E N T E.

Pienso en el superpoder androcéntrico de Italia, Almería, Hungría, Polonia, Holanda, Dinamarca, Estados Unidos, Israel, Austria en el año 2019 y venideros y solo veo el mismo viejo afán ilusorio de protección y soberanía, una obsesión desmedida por los controles de plagas, persecución de lo que desea expandirse, desdén y paranoia neofascista, plumillas, corporaciones de plumillas, locutores e hipocresía socialdemócrata, tibia como un vaso de leche cortada, al servicio del desastre.

Alguien, después de X, al otro lado del mismo teléfono rojo, me cuenta: Menos mal que existe un límite. Un límite para la vida, también para la de los que defienden la vida o, mejor dicho, la propia antes que otras, como si valiera más. Yo guardo silencio, pero logro escuchar en mi interior a una voz que responde: Polonia se ha convertido en un país con más de treinta y seis millones de católicos y tu amado mediterráneo, cada vez menos cristalino, seguramente sea el mar con mayor ecosistema cadavérico del mundo.

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Mi hoyo extremeño: mi casa. Una casa aislada entre un bosque de pinos y frutales. X dice que se quedaría a vivir aquí. Él seguro que podría. Su psique está hecha para lugares como este, pero por algún motivo que aún no termino de comprender se sigue aferrando a su particular proceso: aferrarse a lo que queda de la vida real. Nadie ha aguantado aquí más de dos semanas seguidas.

Yo no quiero que salgas de tu hoyo extremeño.
Ya lo sé.
Solo quiero que una parte sepa y no se pierda quién eres.

Ay, los jaques. Ay, los afectos. La comunión invisible de los afectos: la sangre, el cuerpo, el ritual, las colecciones de agravios y de promesas, la hostia, la pedanía más cercana a la muerte. Los afectos son la alfombra roja, verdaderamente roja, sobre la que se despliegan todas y cada una de las contradicciones que nos definen como humanos.

Si la libertad está en jaque y no puede moverse, el riesgo de perder la partida es más que elevado.

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Si digo Treblinka, si digo Auschwitz, si digo Sobibor, Chelmnoy, Belzec. Si digo tres millones de polacos, si digo tres millones de estrellas, ¿os evoca algo? El amor de la doctora en filología primero fue un amor de tres, luego de cuatro y, al tercer año, dobló la marca. El mío, mi amor, tal y como decía la abuela, vale por lo menos tres millones. Nunca sabré qué quiso decir con aquello, por mucho que me empeñe en otorgarle un dignificante significado a cada cosa que ella era. Pero para que le quede claro a la doctora: mi amor es, fue y siempre será de dos. Para alguien que escucha millones de voces al mismo tiempo, este afirmación nada tiene que ver con militar en esa cochina tradición binaria que lo ha engullido todo, sino con la cruel precisión de lo insostenible. No puedo y no debo permitirme más ruido. A día de hoy, después de todo, asumo la tiranía del amor romántico como un vicio ceremonioso y animal, culturalmente aceptado, basado en el autosabotaje. No digo nada nuevo, pero ya ha existido demasiada tiranía en mi historia, como para desear multiplicarla con más gente que dice amarte cuando, en realidad, cada vez que abren la boca para pronunciar esas dos palabras, solo buscan su dosis injusta de redención (entre otras tantas consideraciones políticas). Odiando a casi la totalidad de especies bípedas existentes y sin cerebro, hete aquí mi vergüenza y confesión en la era del polyamory.

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La familia está ahí para decirte la verdad. Para recorrer la semántica de la sangre una debe enfrentarse a los armarios y, sobre todo, a las pellizas del padre, del hijo y del espíritu de la casa. Los hashtags han servido como raquítica excusa para deciros que todo tiene un final pero que, a veces, ese final no es otra cosa que una transformación compleja, incluso determinada en la inercia de sobrepasarnos.

Yo no quiero escribir. Yo solo quiero convertir la previsibilidad en muchos segmentos paralelos y secantes.
¿En una almohadilla infinita?
Para pulsar y terminar ‘la llamada’ o ‘las llamadas’ todas las vOces cuando me plazca, sí.

Hasta donde sé, soy tataranieta y nieta de judíos e hija de una atea y un católico. La muerte, el desastre, la manipulación están grabadas en las marcas de mi código vital genético y cultural, desde su recreación hasta su fina(fata)lidad. La madre, también inexistente, fue mi única ligazón con lo objetivo y, por lo tanto, con una media verdad. La servidumbre, la iniciativa que han ejercido y ejercen los capos religiosos para con la muerte forman parte de esa mitad. El resto, como todo, es una incógnita, como acudir a un templo para encontrar el silencio, como el hermano desconocido que vive en Concord y que no sé si conoceré algún día, como el asterisco que pulsas por error cuando necesitas saber el saldo que le queda a tu tarjeta prepago.

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No sé quién soy salvo cuando hablo de esto con dos o tres personas. Nada ni nadie sabe contarme en qué consiste recuperarse de semejante desbarajuste identitario. Únicamente me siento a salvo con aquellos que han conocido la profundidad de los cortes que intentan desafiar alguna modalidad de resistencia: algunas directoras de cine, escultoras, vagabundas, pintoras, algunos poetas, algunas presas, algunas madres, algunas tardes, todas las noches, todos los animales. Me he acercado hasta aquí con todos ellos. Lo sé y digo lo que he visto. Este hashtag multicefálico, este relato, esta cosa es un episodio único de afirmación al devenir conflictivo, entregado de todos ellos y, en particular, a la locura de un ‘amienemigo’ que en realidad no se llama X, pero que siempre me trae semillas, música y otro dolor cuando se lo pido.

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Yo estaba escribiendo una nota muy sentida y muy larga que terminaba así: ‘A la reverberación de mi cabeza gigante de papel maché me entregó y, como Michael Fassbender en Frank, concluyo cantando: I love you all. Pero no me alegro de veros. Nunca me alegro de veros. La alegría no sucede mucho por aquí, ¿sabéis? No, no lo sabéis. Es agotador morir así. Adiós’.

Y el teléfono rojo, regalo imaginario de mi abuela Czeslawa, sonó entonces.

Eh tú …
¿Qué haces llamando a estas horas un jueves?
Son las siete menos veinticinco.
Las 18.37 para ser exactas. ¿Ya no trabajas o qué?
Hoy no. Estoy malo y tenía que decirte algo.
Pues rápido, que tengo que irme.
¿No vas a preguntarme qué me pasa?
No.
¿Dónde vas?
Da igual. ¿Qué querías decirme?

Jaque, Rosetta …

SARA B. DEL REY Septiembre en el intertiempo

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

SARA B. DEL REY

 

 

SEPTIEMBRE EN EL INTERTIEMPO

Un día me di cuenta de que mi vida es una figura de círculos concéntricos. Fue una noche, en la terraza trasera de mi apartamento en México, hace un par de años. Desde ahí se veían las paredes desconchadas del patio interior y un lateral del edificio contiguo, con ventanas enormes. A través de ellas se podía espiar la vida interior de sus habitantes. Cada tarde veía la misma imagen cuando salía a respirar en silencio, pero aquella vez fue diferente. Había luz de verano, hacía calor de Luna. El azar hizo que ese lugar cotidiano trasladara mi memoria a otro tiempo, a otro momento concreto de mi vida: Londres, diez años antes. Mi compañera de piso llora en su habitación asiática. Yo observo la noche, que amanece pronto, a través de una ventana gigante desde la que me pueden ver los que están afuera. Quisiera abrazarla, abrazarme. Pero estamos aún en el extrañamiento.

De forma instantánea, mi recuerdo del pasado cambió. Mi propia historia se transformó. Recordé el futuro desde el pasado. Ahora estaba en Londres sabiendo que estaría en México y, al mirar por la ventana, me saludé y cambié de nivel. Dos puntos concretos aparentemente desconectados eran parte del mismo presente. La sensación era la de haber recorrido una circunferencia entera hasta llegar “casi” al mismo punto. Pero estaba en otra órbita, más arriba o más abajo, no sabría decirlo. Fue así como descubrí el intertiempo.

Los electrones al pasar de un nivel a otro ganan o pierden energía, me dijo alguien una vez. La incertidumbre es no saber qué ocurre exactamente en el momento del cambio. No he encontrado todavía el patrón, así que juego con los espejos para hallar otro punto de vista que me permita habitarme en ese espacio-tiempo.

 

Primera ley del espejo: Todo lo que odias del otro está dentro de ti.

En algún momento quise explicarte que la vida era algo más que imaginarnos juntos, pero no me salían las palabras. Hilos de voz de pesadillas en las que el aire denso ahoga. Algo así. Luego me miré al espejo y se me olvidó.

Espero.

Y no pasa nada cuando lo hago.

Las horas, claro.

Y se escurre la miseria al borde de la mesa derramándose en el suelo cada vez más sucio.

Las baldosas blancas están hechas para guardar manchas de recuerdos. Las grietas en la pared, sin embargo, existen para mostrar que todo se puede derrumbar en cualquier momento. Me concentro tanto en la grieta que cada vez que la miro se hace más grande. A veces, dudo de su veracidad.

 

Segunda ley del espejo: Todo lo que quieres olvidar se convierte en deseo.

Los aeropuertos son espejos líquidos de las conciencias. No hay tiempo ni espacio. Todo está diluido entre el pasado y el futuro, el olvido y la expectativa. Hay un cartel en rojo que anuncia la posibilidad de cambio. Es un tiempo de suspensión, de intervalo, que se alarga y se expande, donde no hay acción y tampoco es fácil concentrarse. Igual que ahora.

Una mujer de sesenta años con vestido de flores y cabellos largos mira nerviosa el reloj, las pantallas y los aviones. La gota de sudor se resbala arrastrando maquillajes antiguos.

Un joven sentado con la cabeza entre las piernas revisa el móvil repetidamente, con la tristeza zozobrando por sus manos.

Un hombre serio se mantiene recto, con la mirada fija, envidiando un infinito imaginado.

Mi abuelo, sin embargo, sonríe como un niño asombrado preguntándose cómo es posible que tales máquinas se eleven en el aire.

Los aeropuertos son el tiempo de lo vulnerable.

Yo, mañana, cuando despierte, ya estaré a salvo, me digo.

 

Tercera ley del espejo: A oscuras se puede atravesar.

Cuando pasé al otro lado comprobé que no hay reyes ni reinas de corazones. Me siento tan inmóvil desde ahí, con el cuello rígido, las manos cerradas, los ojos bolas de cristal, que me entretengo en el intertiempo. Por ejemplo:

Un día, esperando a cruzar una calle, me encuentro contigo y nos reconocemos, como dos viejos amigos. Madrid, hace cinco años. En el brillo de la esquina del ojo repasamos lo que nos conecta y sonreímos porque sabemos que nos habíamos conocido en el futuro. A tan solo tres centímetros de distancia me preguntas si me acuerdo de aquella vez que bailaremos sin música, como si fuera una peli cursi de los ochenta. Y yo me río. Claro que me acuerdo. Cómo no acordarme de aquella noche en la que jugaremos en los charcos oscuros hasta que la alegría se hizo día en silencio. La Luna es un espejo en el que tú y yo nos reflejamos una vez y no quisimos ver los harapos descompuestos, te digo. ¿Te acuerdas de que nos despediremos un día de frío en medio de cristales rotos y una maleta cayendo al vacío? Claro que me acuerdo, y de los besos. El bombeo de mi sangre en la punta de los dedos. ¿Por qué no ahora?, le repito, me repito.

Te acercas, tanto, tanto, que la posibilidad existe. Pero es peligroso cambiar el pasado desde el otro lado del espejo. No deberíamos siquiera estar hablando, va contra las normas del espacio-tiempo. Mejor seguimos cada uno nuestro camino, sin despedirnos, y hacemos como si esto solo lo hubiéramos soñado. Me iré a mi casa, haré mis maletas y mañana estaré temprano en el aeropuerto. Y no te conoceré hasta dentro de muchos años.

¿Por qué no ahora?, me preguntas, de forma retenida. Corazón tostado, tambor de sexos y tactos de verano… Porque aún no nos conocemos. ¿Te acuerdas?

Al fondo hay un edificio con grandes ventanas transparentes a través de las cuales se puede espiar la vida de sus habitantes. Alguien me saluda desde el tercero.

 

Sexta ley del espejo: Todo lo que amas en el otro está dentro de ti.

Tal vez es eso. Que el amor se quedó dentro y no salió hacia afuera. El amor, si es que existe, es como un helado de chocolate que parece apetecible pero luego empacha o se derrite, porque está demasiado usado como frase de auto ayuda. Prefiero describirlo como tu sonrisa perdida en los huecos que abren los cangrejos en la arena.

No sabemos nada hasta que nos miramos a los ojos. No tenemos ni idea de lo que sentimos hasta que me tocas. Y entonces ya nada importa porque me resbalo por las esquinas de las rocas y llego hasta el mar para convertirme en plancton y ser el alimento de las ballenas. Tú y yo en el estómago de una ballena, como dos fetos bailando en otra época. Eso es, te conocí en el estómago de la ballena antes incluso de conocerte.

Creo que estoy viendo las cosas del revés. No quiero quedarme paralizada por el miedo, pensando en ballenas y la arena en los ojos.

Tengo que escuchar.

Hay gente gritando bajo los escombros.

El espejo no existe, se hizo añicos cuando se movió la vida. Los órganos cambian de lugar al ver mi reflejo en sus pedazos. El corazón ya no está a la izquierda ni a la derecha, el ojo está en la oreja y el ombligo en la boca.

Me he cortado los dedos al tratar de recomponerlo.

 

Morir es salir del espejo

Imagina que un día tiembla la tierra bajo tus pies y todo cambia. Y caen casas y paredes y suelos. Y quieres salir pero también entrar. Nada es seguro porque no hay suelo. Solo silencio de miedo. Todo cimiento desaparece y en la mente solo ves imágenes del pasado y del futuro que se entremezclan creando asociaciones, cambiando la historia.

Imagina que un día hay un terremoto en septiembre que arranca árboles y todo lo que conocías se traslada a otro nivel, como un electrón, como millones de electrones. Entonces, te miras al espejo y te des-conoces. No te encuentras bajo las ojeras y las miradas viejas. Eres otra, pero eres la misma, y la grieta en la pared es un agujero de tu existencia.

Me acerco despacio al agujero y miro. Estaba ahí desde el principio. Otro círculo.

He atravesado tantas veces las puertas de mi pecho que las esfinges me saludan, atentamente.

La salida está marcada desde el origen de los tiempos.

Creo que, pronto, volveré a cambiar de nivel.

Madrid, 2018.

DRY SHAVINGS De luces, sombras y Belmondo

Edición:
Txetxu González / Sara Del Rey
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


FOTOGRAFÍA de DRY SHAVINGS que inspiró su relato.

De instantes. De parpadeos y recovecos en una cámara réflex nació Dry Shavings. Cada fotografía cuenta una historia, pero no todas son interesantes. La necesidad, aquí, era de encontrar aquellos chispazos, aquellos relatos cortos o más que cortos que se encierran detrás de cada instante capturado. Desde ángulos inocentes se generan historias culpables. Dos años y muchos relatos después, Dry Shavings ha ido extrayendo esas historias como virutas de vida en las manos de un ebanista, y como virutas que son, es imposible encontrar dos iguales.

 

DE LUCES, SOMBRAS Y BELMONDO

SANEL KURBEGOVIĆ Los tiempos están cambiando

Sanel Kurbegović (Sarajevo, 1973). 

De haber vivido en los años veinte se hubiera ido a Moscú a engañarse con la esperanza de un mundo nuevo donde los patronos vivirían de las limosnas de los obreros. De haber sido cubano se hubiera refugiado en Sierra Maestra con los barbudos que después de conquistar La Habana empezaron a olvidar todas sus promesas de libertad, fraternidad e igualdad. De haber sido un yanqui de los sesenta, entre viajes de ácido y jornadas de intensa euforia en las playas de California, hubiera compuesto canciones comprometidas que treinta años después una marca de coches utilizaría para publicitar sus máquinas. Por supuesto, de haber sido judío polaco, habría llevado orgulloso la estrella amarilla que lo condenara a muerte y uno se lo hubiera imaginado en alguno de aquellos trenes del horror que iban a Auschwitz, tarareando canciones infantiles solo para animar a los demás, escondiéndose el dolor propio en algún bolsillo del alma, allí donde nadie pudiera descubrirlo. De haber sido Armstrong, Aldrin o Collins, se hubiera quedado a vivir en la Luna. De haber sido de cualquier otra parte, hubiera soñado con ser andaluz. Sanel Kurbegović tiene estudios superiores, un repertorio de chistes inacabables y el récord mundial de ingestión de capuccinos en una mañana. De haber sido siciliano de principio de siglo, Robert de Niro hubiera interpretado su personaje. De haber sido futbolista hubiera estado lesionado todas las temporadas. Si le hubiera tocado tomar partido en la Guerra Civil Española … bueno, ya pueden imaginarse cómo hubiera acabado.

(Juan Bonilla, biógrafo accidental. Roma, primavera de 2001).

 

SANEL KURGEGOVIĆ

Cada mañana era una coreografía que empezaba con bostezos, estiramientos sonoros y la inevitable travesía hacia el baño. Más sonidos, agua, café, alguna que otra pastilla y el definitivo portazo de salida. Si había suerte de no encontrarse a vecinos jubilados sacando al perro, evitaba el primer saludo de la mañana que le suponía el esfuerzo sobrehumano de tener que desconectar el piloto automático camino al trabajo. No era hasta llegar allí cuando realmente sentía que había despertado; la media hora en Metro más los quince minutos de caminata podían incluirse en el apartado “modo avión”. Ser funcionario nivel 24, con varios trienios y algún quinquenio, no le exigía estar totalmente despierto aun habiendo llegado a su puesto, en un rincón sin luz natural y semiescondido entre enormes pantallas de ordenador. A las diez y media en punto, el resorte del desayuno le hacía visible entre el laberinto de mesas y archivadores en busca de la salida de la oficina. El eterno ritual incluía pasar su tarjeta de empleado público por una cajetilla, algo descolgada de la pared, que controlaba su tiempo de trabajo/descanso y el saludo con la cabeza
al guardia de seguridad al salir por la puerta principal. Elegía un bar cerca para aprovechar el máximo tiempo posible la tostada de tomate y aceite, descafeinado de sobre con leche desnatada y, si había suerte, ponerse al tanto con el diario deportivo que estuviese libre en ese momento. Todos los días eran iguales, salvo que la climatología le forzara a llevar un paraguas o unas gafas de sol hasta que una simple frase del camarero le despertó de su eterno letargo: La semana que viene cerramos. Como funcionario nivel 24, tenía el don de saberse el calendario laboral del año, festivos nacionales, festivos locales, y no le cuadró aquella afirmación. Su mente no asimiló un posible cambio de rutina y le originó un torbellino de posibles razones para que su bar cerrara la siguiente semana. Al ser habitual del local, en los últimos años ni tan siquiera tenía que pedir su desayuno, el camarero lo sabía, luego … el mundo lo sabía. Así, preguntar las razones del cierre no fue su primera opción. No estaba acostumbrado a hablar con el camarero, cuyo nombre había olvidado o quizás jamás se había preocupado por saber.

-¿cóomo, que cerráis? ¿vacaciones o algo?- dijo tartamudeando.
-Ná de eso.- señalando un cartel en la puerta que anunciaba el cese de
negocio.- Van a tirá el edificio y Paco el dueño ha vendío el locá pa
jubilarse y irse al pueblo. Yo me voy con mi cuñao a trabajá el taxi, lo
justo pá cotizá lo que me falte pá jubilarme también. Los tengo a tós
casaos y para mí y mi mujer no necesitamos má ná….

Tras escuchar tanto en tan poco, no supo qué decir al camarero. Negó con la cabeza en señal de duelo, pagó y salió cabizbajo. Ya en la calle, con paso lento y meditabundo, se paró, dio media vuelta y observó por primera vez el edificio que albergaba su bar. Ladrillo rojo, pequeños balcones de forja, una plancha de piedra incrustada con la frase “Asegurada de Incendios” y una fecha torneada en hierro en el portón de entrada: eso era todo y pronto sería nada. Tardó algo más en volver a la oficina ese día. De repente, se sentía indefenso ante un mundo que no podía controlar desde una hoja excel o la certeza de cobrar el mismo día de cada mes durante años o dar por hecho que el 25 de diciembre no trabajaría. Ahora, cada esquina, cada semáforo, cada rayo de sol le parecía algo nuevo, había descubierto que el mundo giraba sin pedirle permiso. Su mente luchaba para dar forma a las preguntas que necesitaba responderse, comprender cómo era posible que desayunara en el mismo bar durante años y no se hubiera percatado de aquel precioso edificio decimonónico o ni tan siquiera supiera el nombre de aquel camarero sesentón. Aún aturdido, en el mismo instante que iba a sentarse en el puesto de trabajo escuchó con toda nitidez en su cabeza aquel refrán que el abuelo repetía tanto … La rutina convierte al hombre en burro con orejeras. Cerró por un instante los ojos y siguió trabajando.

José había asumido a lo largo de su existencia que sus horarios vitales diferían mucho de los del resto de la humanidad. Recordaba con ternura su niñez, el ritmo diario de levantarse a las siete de la mañana, ir a la escuela, almorzar a la una y, llegadas las diez, besos a sus padres y a la cama. Fue en la adolescencia cuando, al entrar de aprendiz de relojero con su abuelo, sus ritmos circadianos cambiaron. Poco a poco, fue postergando la hora de irse a la cama en pos de colocar algún engranaje rebelde; ser el cuarto de seis hermanos no le garantizaba estudios más allá de la secundaria y el oficio de su abuelo le permitiría ganarse la vida honradamente. Así, quedó unido a ese misterioso gremio de seres capaces de crear la ilusión mecánica del tiempo y cuyos horarios no los marcan sus relojes, sino los propios relojeros.
En una época donde el centro de las ciudades quedó apenas con residentes, José mantuvo su apartamento-taller asumiendo la orfandad vecinal como mal menor. Las ventajas para él eran la tranquilidad nocturna de calles vacías y un horario comercial de diez a cinco de la tarde. Su edificio era el reflejo del abandono de la generación que había huido a las afueras en busca de casas pareadas, calles recién alquitranadas y domingos consumistas en centros comerciales en medio de la nada. En dos semanas, el relojero tendría que empaquetar más de cuarenta años de existencia y marchar sin rumbo, sabiendo que su universo se convertiría en un solar con aspiraciones de apartamentos de lujo. Ya no podría trabajar hasta altas horas de la madrugada en el silencio de un edificio vacío ni tener sus tertulias con otros insomnes o cenar cuando el resto del mundo desayunaba… Aquel edificio era algo más que ladrillos o un número en un plan urbanístico: era su vida. Hacía años que no tenía televisor ni radio, escuchaba viejos discos de la Deustsche Grammophon heredados de su abuelo, sus trabajos les llegaban por mensajería desde Suiza y apenas trataba con clientes en persona: era lo que tenía ser uno de los mejores relojeros artesanos en un mundo digital.
La cuenta atrás había comenzado. De los 20.160 minutos que le restaban para seguir siendo José, gastó la mitad en montar su último reloj, un modelo de bolsillo en oro blanco con esfera celeste cielo y números romanos. 2880 tardó en despedirse de sus compañeros noctámbulos y los 7200 del final los dedicó a intentar dormir de noche y trajinar con un pico y una pala en el sótano del edificio durante el día.
Llamaron a la puerta las dos preceptivas veces, con sus dos preceptivos minutos antes de poner a trabajar al cerrajero, que cumplió con su preceptivo trabajo. Como no podía ser de otra manera según el protocolo de lanzamiento, el agente judicial entró protocolariamente con dos policías, con la notificación en la mano y alzando una voz desagradable a la vez que indicaba, con la protocolaria retahíla de referencias legislativas, su invasión territorial. Al fondo del pasillo sonaba E lucevan le stelle de Puccini. Siguieron la música, como podencos a la caza del zorro, hasta llegar al salón-taller. Sentado en un sillón orientado hacia el ventanal que daba al sol de la mañana, José sostenía en la mano su último encargo con una nota: Entréguese este reloj a su propietario, cuya dirección está al dorso, con la siguientes indicaciones de uso: Doce giros de cuerda al día (preferiblemente) por la mañana y a la misma hora. Y al señor Juez, que tenga a bien bajar al sótano del edificio.

La reforma urbanística de finales del XIX transformó algunas viejas ciudades europeas en modernas urbes de trazado rectilíneo. Se sacrificaron calles y edificios centenarios para crear amplias avenidas y bulevares en honor a los nuevos dioses del diseño. La racionalización ganó la batalla a la superposición arquitectónica de tiempos anteriores y como muestra de adhesión inequívoca al progreso, cualquier edificio que rompiera con ello era derribado sin miramientos. Comenzó, entonces, un éxodo de familias numerosas en busca de un lugar donde volver a continuar con sus vidas decimonónicas de empleos extenuantes, miseria, tuberculosis y muertes prematuras. Nuestra calle se salvó de la expiación gracias a vaivenes políticos que postergaron el progreso en favor del statu quo del pasado, ventajas de un país que caminaba dos pasos adelante y uno atrás, a pata coja y solo cuando no había más remedio que hacerlo… Fuera por la vergüenza que pasaba la burguesía cuando viajaba al extranjero, por los agravios comparativos de sus pobres con los pobres de aquellos países o que la involución social no es rentable a largo plazo, los nuevos “nuevos tiempos” comenzaron, esta vez, mirando hacia las afueras. Tras ocho décadas, tres cambios de nombre y uno de saneamiento público, nuestra calle acabó desdentada de edificios a la espera de la siguiente especulación urbanística. Con cada derribo, varios bolsillos se llenaban: El descendiente del burgués que no arrastraba la vergüenza de poseer infraviviendas de renta antigua, el funcionario público corrupto que aceleraba el procedimiento o el promotor sin escrúpulos que invitaba a los vecinos ancianos a salir sin hacer mucho ruido o padecer accidentes fortuitos.
El último diente por extraer tenía en los bajos el bar de Paco, historia viva de aquella calle. Ahora, antes de echar el cierre definitivo, se había convertido en cafés bebidos en dos tragos a primera hora de la mañana, desayunos con prisas a funcionarios sin prisas a media mañana, aliviadoras cañas y vinos al finalizar jornadas laborales y algún licor de 40o a incondicionales parroquianos del barrio antes de cerrar. En la parte trasera de un cartón y con faltas de ortografía, pegado en el cristal de la entrada, avisó Paco una semana antes o asta acabar ecistensias que cerraba. Empastada la raíz de la pieza, aún quedaban dos caries de renta antigua imposibles de sanear en la corona del diente: El pintor del primero y el relojero del ático.
El pintor había tenido la fortuna de haber nacido en una familia donde nadie trabajaba para vivir. Con apellidos compuestos y descendiente de una aristocracia quijotesca, vivía de ser el consorte de una rica burguesa que pagaba sus caprichos artísticos a cambio de un título nobiliario, siempre y cuando no se pronunciara la palabra divorcio y cada uno llevara su vida con discreción.El promotor inmobiliario sabía que el problema con el pintor no lo podía arreglar con billetes de 500 € porque quien desconoce el valor del trabajo como sustento, desconoce el valor del dinero. Así, pensó en la fauna humana que conocía y llegó a la conclusión que al artista lo único que le haría cambiar de parecer sería su ego. Con algunos billetes de 200 € y la recogida de favores pasados, consiguió su penúltimo apartamento haciendo famoso al pintor, intercediendo para que su nombre no parase de sonar en los círculos precisos. Con menos inversión, nuestro promotor logró sus 150 m2 y el pintor, acostumbrado al hedonismo, exponer sus delirios artísticos en medio mundo bajo patrocinio oficial y cumplir su sueño de pintar en París, aunque fuera con un siglo de retraso y sin ninguna maestría. Ahora quedaba el relojero, pero esa era … otra historia …

Pasaba de los cincuenta, casado, tres hijos y parado de larga duración. Desde los dieciséis, no había conocido más que largas jornadas laborales como peón de la construcción, ferrallista, técnico en demoliciones, operario de retroexcavadoras y un largo etcétera de ausencias en casa, trabajando, currando, bregando… Cobraba 420 € de un subsidio que daba para pagar la electricidad, el agua y algún recibo de IBI con retraso. Iba todos los días de lunes a viernes, horario de atención al usuario de 10h a 13h, al tablón de anuncios de la oficina de empleo a intentar conseguir cualquier trabajo o curso donde no lo rechazaran por seguir cumpliendo años. Cuando no era por ser menor de 30 años o no tener una discapacidad igual o superior al 33% o inglés nivel b2 o el nuevo certificado de movimiento de tierras 3.0 o imprescindible estar inscrito en la oficina de empleo de esta Comunidad, para su perfil no había nada. La palabra que más oía en aquella oficina era la de reciclaje, palabra que convierte al ser humano en simple basura y tan inanimado como un brick de leche. Convertido en desecho y sin alma, seguía cada día la última novedad para mejorar un curriculum que ya nadie tiene los dos minutos necesario para leerlo con dignidad. En aquella casa se podía sobrevivir gracias a la Gran Marisa, limpiaba casas a 10€/h y dos comunidades de vecinos por 6,5 €/h, pero sobrevivir no es vivir … Se casaron muy jóvenes y fue Marisa quien trabajó, curró, bregó con la familia, la casa, los problemas diarios, comprendiendo que el sacrificio de la ausencia era compartido. En parte, sentía lástima por él porque apenas había visto crecer a sus hijos y todo el esfuerzo en empleos extenuantes no había servido para nada.
Un día de noviembre recibió una llamada. La Administración responsable de gestionar los fondos para los desempleados debía gastar las subvenciones recibidas antes de finalizar el año o devolverlas (y no siempre cuadraban las cuentas). Sin necesidad de visitar tablones de anuncios, había sido elegido para el curso de formación para mayores de 50 años con posibilidad de contratación de tres meses. Primero recibió la noticia con frialdad, luego imaginó a una Marisa que no tuviera que deslomarse cada día, lloró de alivio, luego lloró de alegría. Empezó el curso con el erróneo convencimiento de que la utilidad es el principio de la formación a desempleados. A la media hora del primer día, las palabras del formador le recordaron aquella película francesa, ¿cómo se titulaba? … La ley del mercado, y su esperanza se tornó en desolación, esa que viene acompañada de una desagradable sensación en el estómago. El curso constaría de cuatro módulos para mejorar su reactivación laboral en el sector de la construcción: Inteligencia Emocional, Medio Ambiente, Igualdad y Prevención de Riesgos Laborales, este último con vídeos explicativos bajados de Youtube, producidos por el Comisionado del Trabajo de California (USA) y doblaje en español hispanoamericano. Finalizado el paripé de la formación, esperaba con inquietud la llamada para trabajar. Se hizo larga, bueno lo justo, si consideramos cuatro meses mucho tiempo para quién llevaba ya tres años sin empleo. La empresa que se acogía a la subvención por emplearlo le ofrecía 8.5 €/h brutos, con pagas extras prorrateadas y las horas extraordinarias ya se verían … Aceptó con un simple sí la propuesta, escuchando sin interrumpir el planning de su primer día de trabajo.

– Apunta… Lunes 21. Demolición y trasiego de escombros de edificio en el centro. Llevar
la máquina a primera hora de la mañana. La calle estará cerrada al tráfico. Esperar a
Don Miguel para empezar porque hay desahucio de por medio. El lunes antes de salir,
pásate por la oficina para firmar los papeles. Venga … hasta el lunes.

Llegó a las ocho de la mañana en la góndola que traía la gigantesca máquina de demolición, la bajó del trailer con la delicadeza que precisan 10 toneladas de acero y la dejó preparada frente al edificio. Mientras esperaba al resto de los operarios la arrancó, comprobó las mangueras hidráulicas y lubricó punto por punto todos los engrasadores. A las nueve, apareció el del juzgado y estuvo charlando con él entretanto llegara la policía. A las diez, llegó un BMW azul marino con cristales tintados. Bajó de él un tipo vestido de manera informal pero con ropa de marca, dio los buenos días y se presentó al funcionario como Don Miguel. Hablaron un par de minutos, pero en los gestos se podía adivinar la conversación. Se quitó las gafas de sol con rabia, empezó a caminar lentamente con el teléfono pegado en la oreja y a los quince minutos llegó el coche de policía. Cuando subió la comitiva judicial completa, Don Miguel se acercó a la máquina y dio instrucciones de empezar a tirar el edificio tan pronto salieran con el desahuciado. Se volvió a poner las gafas de sol y se fue en busca de un café. A la media hora, llegaron una ambulancia, dos patrullas de policía y un furgón negro. Bajó el agente judicial hablando por teléfono y esperó en la esquina del edificio a Don Miguel que llegó como si no se hubiera ido. Diez segundos después tiró las gafas de sol al suelo y con el móvil aún en la mano se dirigió a los operarios.

-¡Que se lleven la máquina a otro edificio! … ¡Me cago en la puta madre del relojero!

Hasta los treinta y cinco no pudo respirar con cierto alivio. De matrícula de honor desde su niñez, el recorrido hasta llegar a ser doctor en Historia Antigua no fue gratuito. De beca en beca, trabajando de negro para un catedrático sin escrúpulos y sabiendo que el camino académico está plagado de zancadillas y envidias, supo soportar todo ello porque su vocación era más fuerte que los rigores de la travesía. Los vientos y las corrientes les fueron favorables para desembarcar como técnico de bienes culturales en la Administración Regional, con buen sueldo, buen horario y sintiendo que el esfuerzo había tenido su recompensa. Lo extraordinario de una vocación es la capacidad para dar sentido a la existencia del individuo, formando parte de él pero al mismo tiempo exigiéndole un peaje que no todos están dispuestos a pagar. Desde fuera, el espectador tiende al error de confundir vocación con éxito y entender que la elección fue la correcta si proporcionó prosperidad a la persona, obviando que el alimento del alma no se puede cuantificar como las manzanas.
Esa semana no le tocaba trabajo de campo. Pasaba su jornada de oficina redactando informes, cotejando topografías de yacimientos, cerrando dosieres y valorando tener calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Los viernes, a última hora, preparaba su agenda de la siguiente semana para no olvidar sus herramientas de trabajo, como botas de goma, memorias para la cámara, notas de campo y un largo etcétera de detalles que denotaban su profesionalidad. Apagando las luces de su despacho sonó el teléfono, miró su reloj y pasaban quince minutos de su jornada. Dejó su maletín junto a la jamba de la puerta y descolgó.

-Antonio, sabía que te podía coger ahí a estas horas, soy Luis, Director de Patrimonio,
tenemos un marrón. Te cuento por encima … Hemos recibido de un juzgado un
requerimiento para valorar un posible yacimiento en los sótanos de un edificio que
estaban desalojando y tenía todo en regla para tirarlo.
-¿Dónde está el marrón?- preguntó Antonio con ingenuidad.
-Uff… resulta… a ver cómo te lo explico… emitimos hace más de un año un dictamen
negativo de ese mismo edificio sobre su valor histórico, el ayuntamiento lo dio por
bueno, lo declaró en ruinas y concedió la licencia de derribo. Ahora tenemos el derribo
paralizado, un dictamen respaldado con un informe que nunca existió y un juez
pidiendo explicaciones de algo “que no vimos”.
-¿Y por qué se hizo tan mal?- la ingenuidad se convirtió en enfado.
-Antonio, no seas tan inocente… Se nos pidió un favor y ya… ¡coño!… el problema está en
que al desgraciado que desalojaban se lo han encontrado muerto y con nota al juez,
copia de nuestro dictamen y medio sótano al descubierto.
-¿Y qué quieres que haga yo, Luis?- subiendo el tono de la voz al intuir hacia donde
iba a ir aquella llamada.
-Antonio, sé que no eres… bueno… del partido, que te sacaste tu plaza por méritos
propios y que eres un excelente profesional, que no debes favores a nadie pero… las
cosas están calentitas desde “la última” del Consejero… Tienes que hacer tú la
valoración como sea, que tiren el puto edificio y no nos salpique la mierda… si serán
cuatro esqueletos y dos vasijas… Me han asegurado que tan pronto tenga el juez tu
informe dando luz verde, lo tiran por la mañana y antes de media noche tienen echado
el hormigón de los cimientos… nadie se enterará de nada. Tras una pausa.– No quiero
presionarte Antonio…. el lunes te pasas por mi despacho y lo hablamos con calma.
Antonio… tienes una gran carrera aquí, no busques enemigos donde no los hay, te van
a deber una y muy grande… descansa bien el fin de semana y ya verás como arreglamos
“esto” en un plis-plas.

Hubo un tiempo en que, el centro de las grandes ciudades no estaba invadido por tiendas con música que produce taquicardia y género fabricado en régimen de semiesclavitud. Los domingos a media tarde, las calles se quedaban casi desiertas y podías dar largos paseos sin ser atropellado por peatones cargados con bolsas de papel. Observar con detenimiento los edificios, su arquitectura, imaginar cuánta historia habían visto pasar, descubrir con sorpresa plazuelas encajonadas en lugares imposibles y saber, por ventanas abiertas o el olor de un guiso que allí seguían viviendo personas, que no sólo era un bonito decorado para el paseante. La iluminación de las calles era pobre y poco eficiente, con el encanto que apreciaba quien no vivía allí. Hoy esos domingos ya son imposibles, los edificios centenarios se reconvierten en alojamientos eventuales para turistas de guía en mano, en cafetería con magdalenas a tres euros o apartamentos de lujo a los que nadie llamará hogar … Es fácil endulzar aquellos recuerdos cuando se vive en casas con calefacción central, sin goteras y la puerta de la entrada no se hincha con la humedad. Quizás la añoranza provenga de sentir que esas calles, aquellos edificios, dejaron de tener alma el mismo día que perdimos las nuestras.

 

 

 

SARA B. DEL REY Si fui cuerpo posible

Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

SARA B. DEL REY

Empezaré generalizando. La gente cuando crea, baila. Baila raro. A veces, las ideas se agolpan tanto que las manos no alcanzan a traducir el embrollo de madejas de hilos de colores desorbitados, es decir, salidos de la órbita. Las ideas se van volando hacia el espacio exterior y, al intentar atarlas, surge la angustia y el terror de que se escapen para siempre. Porque si las atas mal, o demasiado fuerte, o con una cuerda inadecuada, se desintegran. Entonces paras de escribir (podría parecer que paras de crear, pero no hay interrupción posible, generalizando, quiero decir). Y bailas. Incluso si no hay música que te acompañe. Bailas raro. Como si el movimiento fluido del cuerpo pudiera hacer tangibles las ideas, haciendo que se cocinasen a fuego lento las emociones y se fundiesen en la piel, en el ombligo o en la respiración.

Pero, un día, el baile se convierte en catástrofe. Bailas raro y el caos se descalabra, y se precipita hacia la nada, como cuando agitas con fuerza el bote de champú para que salgan las últimas gotas de jabón y piensas: mierda, se me olvidó comprar más y ahora mi pelo quedará medio sucio, medio limpio. Justo hoy que, después de olvidar al último que me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, iba a ser el día ese especial para hacer algo más que pasear inerte.

∗∗∗∗

Dicen que, a veces, cuando se pierde el conocimiento es posible realizar un viaje astral. No lo tengo claro. Imagino que será un viaje a través de los astros, pero yo no he visto estrellas. Yo solo recuerdo un acantilado-montaña. ¡Desde la montaña se ve todo tan pequeño!, decía una voz de fondo. Desde la montaña me olvidé de ti, contestaba el eco. Desde la montaña se podía ver el río del valle, que parecía medir un centímetro de ancho y, a su alrededor, un montón de seres-hormiga arrojándose al agua para morir ahogados.

En la cima de ese lugar de vistas privilegiadas descubrí una exposición. La entrada era gratuita:

«No saber lo que me pasa por dentro, no es excusa para no olvidarte», decía el cartel, al principio del recorrido. «Exposición breve de algas marinas y vértebras de cristal»:

Nº1 RECUERDOS ESCUCHADOS AL SALTAR AL VACÍO.
(Grabación sonora).

«Vine corriendo. Huyendo. Sin saber. Y a mis espaldas he dejado un montón de
silencios. No encuentro la manera de regresar porque no dejé un camino de migas de
pan que, en cualquier caso, se hubieran comido las palomas sucias de esta ciudad. (…)
Corre, corre, que te pillo, como cuando era divertido (…) He llegado aquí sin aire en los
pulmones. Delante de mí hay un muro (de ladrillos). A mi derecha (…). A mi izquierda
(…). Por detrás, junto a la espina dorsal (…). He tomado la decisión irrefutable de
romperlo como sea. Que se abran las grietas, aunque sea con sangre (…) Y ver la salida.

Dar golpes con mis manos, con mi cabeza, con mi corazón (…)
Gritar las no-posibilidades.
Besos-miedo. Abrazameporfavorquememuero. 3, 2,1… 0».

∗∗∗∗

Bailo, bailo raro. Y, claro, nadie me ve cuando lo hago, como dice esa especie de refrán manido de los tiempos de Facebook. Es un tipo de baile extraño, un poco desajustado, desbaratado, de tal forma informal que el otro día me tropecé y me di de lleno en la cabeza con el pico del mueble de la entrada. Ahora mis ideas son latidos de dolor que recorren mi cuerpo. Y no puedo hacer nada más que mirar el techo de esta habitación de hospital. Mierda, agité demasiado el bote de champú y se derramó todo lo que quedaba. Ni siquiera podré aprovechar las últimas gotas viscosas. Tendré eternamente el pelo sucio. Diferente sería si estuviera en una cala de Ibiza observando el atardecer. Allí no hay suciedad. Allí el olor a mar es tan fuerte que nos fundimos con él, nos integramos en el paisaje, soleada nuestra piel, dorados nuestros corazones, los pies colgando en el vacío hasta que se hace de noche y, entonces, bajo las estrellas, me besas. ¡Qué romanticismos del siglo XIX! ¿Por qué te metes con el siglo XIX? Fue un gran siglo, fue un siglo como otro cualquiera. No sé, siempre que algo me parece casposo lo ubico en el siglo XIX. Supongo que eso es lo que nos trajo hasta aquí: la Revolución Industrial, las máquinas, Frankenstein… Y luego el siglo XX: el cine, el rock&roll, whatsapp… Tal vez, si hubiera nacido antes del siglo XIX, no bailaría raro. Como mucho, algún baile popular.

∗∗∗∗

Nº2 RECORRIDO POR EL PRESENTE: Patos y un estanque.

«Si miras a la derecha hay una “O” de círculo cerrado. En primer plano está la
aceptación del no y un pequeño y sinuoso hilo de baba de pulque que expresa
sutilmente que no hay nada más que decir y que no quiero que salgan más palabras de
mi boca y que ya no quiero porque no puedo querer ni creer que quiero querer y
querer creyendo que quiero cuando no hay más voluntad.

Respirar la no-puntuación.

Es hermoso, muy hermoso, (esto es el “0”, también círculo cerrado) ese contorno de
bordes colorados que me hace sentir que ya pasaron los tiempos de anestesias. Es tan
alto como para decirlo mirando a través del cristal del faro. Sonriendo a los barcos que
se acercan como
patos
en
un
estanque».

∗∗∗∗

Me duele la cabeza. Falta algo, una suerte de separación de retina, de división de rotura. En algún momento, podré introducirme en la grieta sin miedo a caer en el pozo. Tú estabas ahí, en un pozo, y yo te gritaba desde arriba. Me quedé sin voz, eso también lo recuerdo. Olvídalo, somos de pozos diferentes, ya no sé ni lo que digo. Iré, iré a buscarme y me lanzaré sin tapujos en el intersticio. Será como nacer, pero al revés. Entraré directamente en mi sexo para rebuscar entre mis entrañas lo ausente.

Pero aún no ha amanecido. Así que mejor me duermo y sueño con unas zapatillas grises con agujeros en las suelas, de las que dejan pasar el agua cuando llueve, para levantarme después con los pies y los centros mojados y con sensación de dolor en la frente. No me pegues más con la sartén en la frente, por favor, tratando de que te diga que sí, que tienes razón, que claro, que yo no sé, que yo soy tonta y me lo tienes que explicar todo. Basta de sartenazos en la frente de pies mojados. Esto parece del siglo XIX también, de aquella época en la que todavía creías que yo no sabía de lo que hablaba y que lo de bailar era prostituirse y provocar que me violaran por la calle. Deja ya la sartén y fríe un huevo, que ya eres mayorcito.

Eso le diría, pero no puedo porque me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, tan larga que llegó a quebrar las vértebras de cristal. Cuando eso ocurre, una pierde el equilibrio y se da con la esquina del mueble feo de la entrada en plena frente. Y brota la sangre del cuerpo atravesado, por el hueco abierto en el cerebro. Por ahí se escapan las ideas, también, hasta el punto de que ayer, antes de dormir, tuve una pesadilla horrible: ya no tengo imaginación, me dije. No tengo imaginación. La he perdido. He perdido mi imaginación y se me olvidó comprar más. Ahora voy a tener las ideas sucias, imposibles de separar, como en una pelota de grasa y pelos con ojos, que llora un poco y hasta da ternura, a pesar del rechazo inicial.

No tengas tantos prejuicios, Pelota también tiene derecho a vivir. Le daré de comer un trozo de fuet a las dos de la mañana, para que se transforme en algo bonito que haga sonidos guturales y me mire con los ojos tan abiertos como redondos.

∗∗∗∗

Nº3 LO QUE VENDRÁ: Concierto nº 10: Vaticinios del no-tú.

«Llegará un tiempo en el que ya no será esta la música de fondo. Será una no-música.
Igual que ya ocurrió antes con otros no-cuadros y no-dibujos que se incineraron en
soledad. Incluso da risa sentarse a ver el espectáculo. Llegará ese tiempo en el que me
preguntaré cómo fue posible que ocuparas ese lugar en la esquina del ojo mientras me
bañaba desnuda en el mar.
Llegará también un tiempo en el que olvidaré la pregunta-estribillo y la violencia del
desgarro que aparecía en los reflejos y sueños involuntarios. Y sabré que haber vivido
este absurdo fue necesario.
Estribillo (bis) x2
Estribillo (bis) x2».

El final queda como suspendido… Y me da por cerrar los ojos y descansar en el sofá
que alguien abandonó, hace décadas, en los acantilados. Suena a Te echaré de menos
allá donde vaya, cuando seas no-tú, no-tú, no-tú…
Queren, queren, cum, cum, cum.

∗∗∗∗

El techo del hospital es demasiado blanco, ahí no se puede escribir. Debería ser de papel reciclado, estos hospitales no tienen ninguna conciencia ecológica. Al menos, el pollo que me traen a la hora de comer no sabe a pollo.

Me duele, me duele, pero no me quiero quejar en este escenario donde todo el mundo me está mirando para ver cuál es mi siguiente fracaso. No, no voy a parir ningún hijo aquí, delante de todos, solo para que me aplaudan. Ni me voy a poner a girar como un satélite. No voy a aullar, como loba en celo, dispuesta a dejarme devorar en la autopista. No voy a ser la Luna. Soy algo así como la tierra, o más bien la lombriz que la atraviesa. El público se ríe, parece que he dicho algo gracioso. Pero siguen ahí, esperando. Y yo no sé qué más tengo que hacer, si ya lo hice todo… De pronto, se enciende el cañón de luz que me ciega. El teatro está en silencio y solo oigo respirar a la multitud al otro lado. Respiran fuerte, como si les faltara el aire o estuvieran resfriados. Y, entonces, me decido y empiezo a bailar. A bailar raro.

 

 

MAITE MARTÍ VALLEJO El arte de pelar mandarinas

Ilustración cortesía de Maite Martí Vallejo.

 

EL ARTE DE PELAR MANDARINAS
O
EN CONTACTO CON ÉL ME CONVIERTO EN ESPUMA Y GOTAS SUELTAS

Celebrábamos nuestra séptima mandarina; ¡no nos lo podíamos creer!
Preguntamos a los novelistas para saber hasta dónde era posible llegar:
la emoción está en la página siguiente y en la hoja en blanco.
“Las rodillas de gelatina” es un ejemplo.

-Por favor, no te vayas- implora ella.
-Ya sabes que debo ir- responde él.
Ambos se miran profundamente a los ojos.
-Sabes que te quiero- le dice él.
-Sí, lo sé. Y también sé que debes partir- responde ella.
Él se gira y sale por la puerta para afrontar su destino, mientras su mujer, llena
de dolor y orgullo, contempla su marcha.

Es un dolor físico. Algunos fragmentos se desprenden con el viento y no me da
la oportunidad de defenderme.
“Si me volviera una con su respiración” no es un buen ejemplo.
Él no sabe que un bikini es un sándwich mixto. No se refería al amor.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, prometer que no existirá
ningún contratiempo.

Sacaba el jugo del gajo y después, lo escupía.
Gajo por gajo, yo se la pelo.

Así sentimos la carencia en ambas direcciones.
Siempre hay dos que siguen despiertos pero se cortará la luz igualmente.
En la naturaleza, la luz viene desde arriba.
Solo en caso de muerte de algún familiar o propia, la luz llega desde atrás.
Se adquiere un aspecto místico.
Llevaba una camisa a cuadros. Yo. La camisa de estar a gusto en mi piel.
Le Corbusier solía vestir camisas a cuadros, para no confundirse con el
entorno.

Una golosina natural de fácil consumo.
Mikamuki es el arte de pelar mandarinas. La palabra japonesa mikan significa
mandarina. Desearía utilizar palabras japonesas: me esfuerzo en decir a
vientre abierto: ¿por cuál de los dos caminos partió?

Es la clase de camisa que me defiende de ser derribada a causa de un disparo
o por un árbol que acaban de talar. No estamos en su cabaña de Cap- Martin;
una zona de acantilados casi en la frontera con Italia.
En 1932 Le Corbusier soñaba con un nuevo orden. Y lo soñaba en Barcelona.
El inicio de la guerra civil truncó su geometría.
Esto es el Parque de la España Industrial. Hay nueve torres faro y en una de las orillas del
estanque, sentada sobre una roca, está venus moderna.

(ELLA): Yo también soy muy moderna.
Me he casado. Tengo una hija. ¿Y tú?
(ÉL): No.
Me he acordado mucho de ti.
(ELLA): Pues no me ha llegado ninguna de tus cartas.
He cogido un poco de peso. Estoy horrible.
(ÉL): No. Estás genial.
(ELLA): ¿Te la pelo?

Solo existe una norma, pero ha de seguirse a rajatabla. Hay que aprovechar la cáscara
entera. No desaprovechar absolutamente nada.
No estamos en el Museo Nacional de Arte Occidental de Tokio.
Esto es el Parque de la España Industrial. Pelo mandarinas a contrarreloj.
Las chicas solo quieren divertirse. No he estado con nadie en los últimos siete años.
No me refiero al amor. Es el estómago. Se me ha cerrado.

Las olas mueren sobre la horizontal.

 

©Txetxu González para THALAMUS MAGAZINE.

IRENE CUEVAS Basura

Irene Cuevas nace en Madrid en 1991. Es profesora de Escritura Creativa en la Escuela de
Escritores.

Ella dice, como Silvina Ocampo, que “quisiera escribir un libro sobre nada». Separadas por casi
un siglo de revoluciones, la búsqueda de la identidad las une en esa “Autobiografía de Irene»
que la autora argentina publicó en 1948.

Acerca de lo que ocurrió o no ocurrió, acerca de las armas propias y ajenas; Irene usa la
escritura para sofocar el olor de la carne quemada.

 

Irene Cuevas por Irene Cuevas.

BASURA

La basura nos rodeaba por todas partes. Creaba siluetas.
Cuerpos extraños. La basura respiraba dentro de las
bolsas y, al hacerlo, el plástico se abría y caían fuera los
restos de otras vidas. Fue cuando le dije que nos
restregáramos, que follásemos en ese lugar.

Estás enferma.

Dijo ella. Su cara era lo más parecido al vidrio que había
visto nunca. Su piel tenía el color de la fruta de verano,
cuando se pudre y se derrama por las avenidas y nadie
llega a consumirla nunca. Pero era tan hermoso. Brillaba.
Todo a nuestro alrededor se podía acariciar.

Mira lo que tenemos.

Le dije y cogí de algún rincón una tierna muñeca de
plástico. Antes había tenido brazos, pero ahora tenía la
posibilidad de que pudiera crecerle algo de dentro. De
que pudiera existir vida en su interior. Frente a un vacío
siempre cabe la posibilidad. Y ahí había un vacío
enorme. No sé muy bien situarlo. En su rostro. En su
pecho. En aquellos brazos que ya no estaban.

Estás completamente enferma.

Dijo y de sus ojos derramó algo similar a la basura que
tenía en mis manos. Por eso digo que era tan hermoso.
Todo se compensaba. Sus ojos estaban sumergidos en
basura. Caía la basura por sus mejillas. Por el contorno
de su cuello. Lágrimas. Líquidos de colores oscuros. Y
yo sostenía la basura que ella iba derramando encima de
mí.

Imaginaos pilas enormes de cáscaras y de polvo, de
restos irreconciliables. Y luego pensad en la belleza. No
lo entendéis. Éramos un tándem. No necesitábamos
nada. Éramos basura y de esa fuente nos
alimentábamos.

 

©Maite Martí Vallejo para THALAMUS MAGAZINE.

 

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