REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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Ril Editores

VERGÜENZA DEL ORIGEN Una cruz en la casilla

Por Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Badalona/Barri de Gràcia. 24/05/2019


Vergüenza del Origen
David Aceituno
RIL Editores 2019

 

David empieza por la sangre este libro. Miento. No exactamente la sangre, sino ¿Qué sangre? 

Su madre es de un pueblo de Almería, Escúllar; la mía nació en Fiñana, a 15,6 km de Escúllar. No importa que la tuya sea de un pueblo de Escocia. Nada de eso responde al qué, únicamente al dónde. Crecí en Nou Barris. Entre mi barrio y el Santo Cristo no hay ni 5 km. Santo Cristo parece un nombre capaz de responder más allá del cemento defectuoso. Compartir esa herida del comedor ha embellecido la vergüenza propia, la de esos barrios que se construyeron a toda velocidad en la década de los 50 para acoger a miles de emigrantes de Andalucía, Extremadura, Murcia o Galicia. Así quedaron, los bloques y ellos, afectados por patologías estructurales, levantados con materiales de una calidad ínfima que se volvían porosos con la humedad y los años.
La aluminosis pertenece a los Vencejos. Es verano. Los vencejos suponen la adaptación extrema. Todo su ciclo vital se puede desarrollar en vuelo, excepto la nidificación. Y actualmente nidifican casi en exclusiva en zonas urbanas y a ser posible muy contaminadas, justo en el espacio entre balcón y balcón,/ entre las ventanas ojerosas de los bloques con aluminosis/ donde vivían nuestras abuelas. Mi abuela María vivía en el barrio del Turó de la Peira, donde primero se diagnosticó esta enfermedad. El 11 de noviembre de 1990 el derrumbe parcial de un bloque de la Calle Cadí, con víctima mortal, visibilizó un deterioro mil veces denunciado por los vecinos que veían sus viviendas deshacerse. El piso de mi abuela, dos calles más arriba, estuvo apuntalado durante años, con agujeros por todas partes. Si os explico el origen es porque en los poemas de David no se quiebra solo el vuelo de los vencejos.

Parece que todo estalla en Verano. También muere mucha más gente en verano. La luz evidencia la «fatiga». Te quedas quieto: renunciar al movimiento/ por el miedo de la luz a la quietud, de la quietud a la verdad. Dilo aquí, / en la habitación/ donde duerme un niño y las cortinas arden. Las Estrategias contra el equilibrio brillan por dentro y por fuera, a palo seco, sin guitarra, con Juan Talega, recuperan matices perdidos de gitanos viejos.
Baudelaire y Poe también eran grandes soñadores de cortinas. Pero cuando fuera hacía frío. El soñador pide un invierno difícil. La poética del espacio. Al nido se le exige que sea muy seguro. El nido, la casa, la patria, nuestro caparazón, nuestro hueco. El poder de los distintos refugios: un hombre y un edificio.

 

Leonor, la bisabuela de David.

 

He estado escuchando I´m new here, no importa lo mal que te hayas ido, siempre puedes dar vueltas, ¿me mostrarás todo?, “el deseo de entender la geografía”.
He estado escuchando How to disappear completely, that there, that´s not me, i´m not here. He visto también el videoclip oficial, he visto todos los del álbum. Lo he hecho mientras releía y pensaba en qué explicar de la vergüenza, de la traición: la traición es mi casa / entra, ponte cómodo/ avergüénzate conmigo. Así se desata la primavera, atravesando paredes, la edad de la traición. 
He estado releyendo Hogar (Olifante, 2015). En los poemas, la traición. En el epílogo, también la traición. En el prólogo, Luna Miguel escribe sobre belleza solitaria y migajas y rupturas y camas deshechas y dolor y libros negros y puerta dorada y gotitas de sangre e intemperie.
He estado escuchando Olé de Coltrane. Contiene las cuatro estaciones. David se disculpaba casi por haber estructurado así el libro. A mí me encanta: invierno, primavera, verano y otoño. El curso natural. El curso natural es una trampa.
“Bowie y Anne Carson en todas partes”, “la burguesía provinciana que pasea por la Calle del Mar”, el Pont del Petroli y El puente de Hart Crane. Qué importantes los puentes aunque sea para poder tirar algo: las “pertenencias”, el “Aire”, lo que no elegí. “Cuando pienso en el color de lo que no elegí” es uno de mis versos favoritos; hay muchos más, claro. Pertenece a Los amigos muertos. Me hace pensar en casi todo. La desvergüenza es «libertad demasiada». Entonces la vergüenza es muy poca libertad.

David Aceituno y los «pájaros de los que no supiste nada».

 

Aunque el poemario empieza en Invierno, el tercer poema se sitúa en Olmué, al noroeste de Santiago. A 10 de enero en Valparaíso es verano. En el pico del cerro La Campana, las palmeras chilenas, la fauna silvestre, el “vuelo imbécil” de los queltehues, los zancudos, los grillos.
Conocí a David en enero. Íbamos a compartir editor. Aquella tarde también estaba Eleonora Finkelstein, la jefa, huyendo del verano chileno. Pedí croquetas que él no podía comer y bebimos vino. Yo creo recordar que bastante. Salíamos a fumar. Vinieron también Mario y Unai. Y Paco, claro. Ellos bebían cerveza. El vino era para dos charnegos y una argentina de Chile con alma vampira.
He estado releyendo Sylvia & Ted (Olifante, 2010). Gonzalo Torné firma el prólogo que tituló «Desvergüenza». David Aceituno parte en dos la desvergüenza (no sé si la misma de Torné) y la precede de adversidad. El invierno es AUNQUE DES VERGÜENZA. ¿Qué ocurrirá a pesar de que des verguënza?

En la otra cara del fuego, Milosz y su profesión de fe en la poesía, «la aliada de la filosofía al servicio del bien», las márgenes del río, el río que lo arrastra todo, algunos libros bíblicos, el idioma, la lengua, de forma literal y metafórica, a veces susceptible, a veces despiadada, lo que tomamos para subir y bajar o esta definición del amor: aquel oscuro satélite de palabras/ que giraba alrededor de la vergüenza.

(Escribí «Una cruz en la casilla» porque Vergüenza del origen es además un formulario trampa. Es la segunda vez que digo trampa. Lo diré una tercera. Esto es también una reseña trampa. En la trampa también se anida. Se anida la vergüenza y se revienta la casilla).

 

 

FRANCISCO LAYNA RANZ La sospecha en los huesos

Edición:
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Vermont. 07/08/18


Francisco Layna por Elia Layna

 

Francisco Layna Ranz es profesor en varias universidades norteamericanas desde hace más de veinte años. Tiene una dilatada experiencia en la crítica académica, tres libros sobre literatura medieval, del Siglo de Oro  y de Cervantes, y decenas de artículos publicados en España, Alemania, Francia, México, Estados Unidos, Inglaterra… Co-dirige la revista eHumanista/Cervantes de la Universidad de California, Santa Bárbara. Dirige la editorial de poesía Ay del seis. Tiene tres libros de poesía: Y una sospecha, como un dedo. Madrid: Amargord, 2016. Espíritu, hueso animal. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2017. Tierra impar. Santiago de Chile / Barcelona: RIL, 2018.

Nos regala un poema de su cuarto libro (en curso), Oración en 17 años:

 

 Amor vincit omnia, se preguntaba abundante

Oía rozar los segundos, despierto el insecto mayor.
En el único lado que quedaba, cerca de palabras caídas, sin comas ni puntos.  El
sueño era una tela de araña en las manos del niño.

Cae en la oscuridad y se hace muro y cobijo y altura y semilla en el nervio y en el cansancio.

Una fila de centauros. Todos vienen a verme, decía abriendo las vocales blancas.
Harán de mi olor a ungido aceite el grito espeso y fecundo. ¡Cuánto dolía entonces
la sensación de rabia o edad debajo de tu nombre!

En este poema debiera intentarlo. Aquella esposa de voz y de voz en forma de aspa.
Ella sabría decirlo en ritmo de canción y coito con el tañido de los hombres.

¿Me estás escuchando? ¿Lees estas miserias que hacen del escozor un pan y un
vino y después una leyenda?

¡Se fue llenando lo objetivo de caricias en el ápice de la mirada! Soñé, crédulo, en
los orígenes de la necesidad. Cualquiera sabe que es error que la Historia aborrece.

Agua improbable a las diez y veinte, a las once y diez.

Llegan. Llegan y te alcanza el aullido ajeno, es humillación que entra por esa
vergüenza tan mía que tiene forma de exhalación. La reconozco incluso en los
momentos anteriores, cuando no tenía color alguno la tristeza.

Después, la semana y los almanaques, la paciencia y la pérdida de la paciencia. Mi
madre murió una noche del mes de mayo.

He sufrido, debo decirlo. Rebusqué en la oscuridad de mis pulmones una solución
discreta. Y encontré lo de siempre,  los mismos misterios y la misma melodía.
Siempre es una palabra cuaresmal.

No estoy seguro, pero creo que  hubo alguna sonrisa suya en forma de carne
contraria. La egolatría del placer, pensé.

El puño completo en la consonante bilabial. De enero a enero. Drogas y sacrificio
de salón abierto, muy abierto a quien quisiera entrar. La palabra de Dios, en su
relato, se hizo interjección.

Yo tenía 60 años, una hija adolescente y un cuaderno con letras y números
desconocidos.

Veo la hilera de los ginkgos, árbol sin parientes vivos. Avisan una suerte de
plegaria para los rezagados.

Tendrás el café a tu gusto, me decía, me reiré horizontalmente y saldremos de
paseo por Boston y por las ciudades de tus amigos.

En su casa había un cenicero lleno de mañanas enteras.

Me negó el beso, me negó tres veces el beso.

Tres mil trescientos puntos suspensivos… Bebe este calor, me dijo omnisciente.
Luego duerme.

 

 

BEGOÑA UGALDE Como esas escenas del mundo flotante: nos acompaña, prospera y desaparece.

Edición: Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Pisa. 12/08/18


Begoña Ugalde

Begoña Ugalde Pascual (Santiago, 1984). Es Licenciada en Literatura Hispánica en la Universidad de Chile y Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado los poemarios El cielo de los animales (Calle Passy), Thriller (PLUP),  La virgen de las Antenas (Cuneta), Lunares (Pez Espiral), Poemas sobre mi normalidad (Ril ediciones) y el relato Clases de Lenguaje (TEGE). Además es autora de numerosas obras teatrales.

 

EL AMOR NECESITA TIEMPO PARA FLORECER      

 

En principio no los ayudé por mi tendinitis. Y porque tenía la intuición de que la cosa no iba a durar mucho. Imagínate que en esa época mi hija se cambiaba cada seis meses de casa. Con prestarle la camioneta ya era más que suficiente ¡Si ni siquiera tenía licencia de conducir! Su pareja tampoco, por supuesto. Se la habían quitado por manejar borracho. Pero eso yo lo supe después. Cuando ella me contó todo. Porque siempre hace lo mismo: pasa meses sin apenas contestarme el teléfono, toma decisiones absurdas y después recurre a mí, cuando ya tiene el agua hasta el cuello.

Pero una nunca se acostumbra a esa manera de hacer las cosas. Cuando recibí su llamada pensé que era una broma ¡Se había mudado hace tan poco! Incluso arreglaron una pieza para los niños. Yo le advertí que uno no se convierte en una familia de la noche a la mañana. Ella se quedó callada.  Después cambió el tema. Habló de las últimas gracias de mi nieto, del tiempo, de sus ganas de viajar.

La casa que encontraron estaba casi en ruinas. Pero eso tampoco les importó. Pintaron juntos cada habitación de un color damasco, horroroso. Lo compraron porque estaba en oferta. Pero yo siempre digo que lo barato sale caro ¡La casa parecía una guardería infantil! Era obvio que a mi hija tampoco le gustaba, pero lo dejó pasar. Aunque le he dicho mil veces que esas pequeñas señales son las más importantes. Es una de las pocas cosas que tengo claras en la vida. También sé que no hay que decidir las cosas en caliente. Porque a quién queremos engañar. Ella nunca estuvo realmente enamorada de él. Tal vez estaba encantada, ilusionada, o, perdonado la expresión, enculada. Pero todo eso no es suficiente para tomar una decisión así.

¿Cuánta profundidad debe tener un sentimiento para que sea real? ¿Es esta una pregunta muy cursi? Tengo la respuesta a través de otra metáfora cursi. El amor necesita tiempo para florecer. Como las semillas. No germinan de la noche a la mañana.

Él nunca le regaló flores. Decía que era ecologista. Que la industria agrícola era perversa en todos los sentidos. Incluso estaba haciendo una investigación sobre ese tema. Hablaba mucho de las flores pero no en un sentido lindo, sino que lleno de reparos, de oscuridad y amargura. El día que inauguraron la casa, puso después de almuerzo un documental sobre las trabajadoras agrícolas que se enferman por los pesticidas. Aparecían los hijos de las temporeras con malformaciones. ¿Hay algo menos digestivo que ver niños sin brazos ni piernas después de almuerzo? Me pareció una enorme desubicación. Entonces traté de concentrarme en las imágenes del campo. Esos cultivos eran un verdadero ejército de colores. Entonces pensé que a pesar de todo ese horror las flores eran lindas. Y que veces las cosas lindas vienen de mundos monstruosos. Pero eso no hace que dejen de ser lindas.

Sí, soy romántica. Me gusta leer poesía ¿Hay algo más romántico que eso? Pero ser romántica no es lo mismo que ser estúpida. Y con esto no digo que mi hija lo sea. Sólo que a veces siento que tiene la cabeza llena de pajaritos. Pajaritos que le cuentan cuentos. O tal vez es ella misma la que se los cuenta. Porque para que andamos cosas, ella siempre ha sido buena para inventar historias. Y no tengo problema si son sobre sí misma, o sobre personajes imaginarios. El problema es cuando nos involucra a todos, sus supuestos seres queridos.

Cuando me dijo que quería juntarse a tomar un café, que tenía que hablar conmigo, pensé que iba desahogarse, hablar de su ex. Y bueno, empezó por ahí. Habló  de que ella necesitaba un hombre que a través de detalles cotidianos la hiciera sentir como una reina. No pedía grandes lujos, sólo de vez en cuando un ramo de claveles, una cajita de chocolates o al menos desayuno a la cama.

Pero luego empezó a tartamudear diciendo que en realidad  las flores y los niños son incompatibles, porque su mejor amiga le había regalado rosas blancas por el día de la mujer y apenas las puso en su escritorio el niño botó de un pelotazo el florero sobre sus apuntes e incluso mojó su computador. Ahí entendí lo confundida que estaba porque su historia era inconexa. Lo único que me dejó en claro, es que no quería más de esas relaciones con hombres que lo cuestionan todo. Prefería para el futuro un tipo “adaptado”. Usó esa palabra con énfasis, como tratando de convencerse a sí misma.  Y yo le encontré toda la razón. Le dije que era hora ya de que la invitaran a comer. Ella asintió, hasta nos reímos.

Pero de repente se puso seria y empezó a decirme, de la nada, que en terapia le vinieron imágenes de su papá tocándola. Me habló de que siempre se había sentido desprotegida y que la culpable era yo porque nunca le hice conocer sus límites. Ahí reconozco que perdí la paciencia. Es que toda la vida me ha acusado de sus problemas. Imagínate que era muy chica y una vez me citaron del jardín infantil, porque ella había dicho que yo la maltrataba ¡Y yo jamás le pegué! A lo más los típicos zamarreos para que se terminara el plato. Es que era tan mañosa. Solo le gustaba la comida chatarra, y a veces ni siquiera eso.

Ahora, volviendo al tema de sus historias, yo puedo decir mil cosas de mi ex marido, pero pongo las manos al fuego de que no es un degenerado. Al contrario te diría, es un hombre muy poco sexual. Yo siempre fui la apasionada de la relación, la que andaba con ganas. Eso nos jugó un poco en contra, claro que sí, pero que quede claro que no fue la razón por la que terminamos. Nada que ver.

Nos jugaron muchas cosas en contra. El tema de la plata siempre fue problema. Acuérdate de la recesión terrible que hubo después de la Unidad Popular. Todos estamos de acuerdo en que el país estaba patas para arriba. Él tuvo que buscar trabajo afuera. Llegaba los fines de semana, super cansado, sin ganas de nada. Yo me quedaba con los niños y también andaba siempre cansada. Igual me daba el tiempo de ver sus tareas escolares, y todas las noches los acostaba, les leía un cuento, rezábamos. No eran de esos niños que se quedaban viendo televisión hasta las tantas. A mí siempre me importó que tuvieran horarios. Creo que he sido una buena madre. Por más que ella me acuse de haber hecho mal las cosas.

De lo único que me arrepiento es de haberle leído todos esos cuentos de princesas. Demasiados velos, demasiados encantamientos. Por eso la ayudé cuando me llamó llorando después de pelearse con el ecologista. Que quede claro que le presté de nuevo la camioneta para la mudanza. Incluso la ayudé a llevar un par de cajas. A pesar de mi tendinitis.

 

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