REVISTA DE ARTE CONTRA LA CORDURA

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Sara B. Del Rey

SARA B. DEL REY Cuenta atrás

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid/Madrid. 12/04/2019.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los dieciséis, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

CUENTA ATRÁS

10. Más de dos horas en silencio. A veces hago eso. Cuando alguien duerme a mi lado y yo permanezco despierta me concentro en sus sonidos. Salgo de mi cuerpo y entro en la otra respiración. La escucho, la siento. Ritmos y exhalaciones que no son míos pero que son indicio de vida. Es muy relajante saber que la vida se expresa así, de esa forma tan lenta y sosegada. La vida es esto. Respiraciones. Yo ya no creo en el amor, pero sí en las respiraciones. Te toco la boca con la punta de mis dedos, como decía Cortázar. Y solo el tacto me hace sentir viva.

9. ¿No te ha pasado nunca que te preguntas cómo acabaste ahí? ¿Cómo es que estás en ese lugar en el que realidad no tienes tanto que hacer ni que sentir, pero al que has llegado casi por aburrimiento? Mirando las estrellas me dices que el paracetamol se ha inventado para acallar las revoluciones. Bueno, no sé si esas son tus palabras o yo las mejoro, las maquillo, las reinvento para crear un recuerdo diferente. Y después de decirlo te quedas dormido.

8. La anestesia. Narcolepsia. Asepsia. El periodo del desierto. A veces, aún, la frustración se apodera de mis garras de monstruo herido y no soy capaz de hablarte. La piel cuarteada, los labios secos, el pelo estropajoso y enredado. La tierra y yo somos del mismo color. No hay poesía que pueda calmar la sed. Sopla el viento y eso es lo único que pasa, pero mi rostro no se mueve y mi voz no rebota sino que se pierde, se eleva, se va. Tampoco recuerdo cómo caminar. Me dejé fagocitar por el plástico de la soledad pensando que sería de carne y hueso. Yo creía que… Yo pensaba que… Yo sentía que… Mentira. Yo no sentía, ni creía, ni pensaba nada. Yo necesitaba caerme, estrellarme sin paracetamol. Hoy estoy aquí, recomponiendo las piezas que no encajan.

7. Sentados en lo alto del acantilado, allí donde estaba el castillo. Tumbados mirando al cielo y rozándonos con la punta de los dedos. En ese instante, una llamada de alguien que nos quiere mucho: “El mundo empieza en vosotros”, dice entre sonrisas. Yo te miro y te agradezco hacerme perder el miedo y el tiempo, convencerme para el riesgo ante las olas contra las rocas y hacerme saltar desde las alturas para hundirme hasta el fondo del mar. Gracias por existir, gracias a ti, soy. Contigo me atrevo, contigo. Y estaremos juntos para siempre, ¿no?

6. Te imagino pero no sé si existes. Imagino que te conocía, que teníamos una aventura fantástica y un viaje en motocicleta a lo largo de una isla soleada de un mar bravo pero amable. Escribo con palabras en soledad el brillo, casi travieso, de tus ojos al mirarme. Y canto canciones adolescentes al calor del verano, a pesar de las decepciones y la desconexión. No tiene nada que ver lo que soy fuera con lo que soy dentro.

5. Hoy he tenido mi primer orgasmo cuando flotaba boca abajo en el mar, o eso creo. Me gusta dejarme estar sobre la superficie y luego sumergirme. Notar el sol en la espalda y el silencio sordo de los oídos sumergidos que me dejan oír los latidos de mi corazón. Me gusta concentrarme en ellos, como si fueran los de otra persona. Me recuerdan que hay vida. Que la vida es eso. Latir, latidos, falta de aire.

4. Quiero decirte cosas pero no se me ocurre nada porque todos me están mirando. Ya estás aquí, por fin. Rojo, arrugado y feo. Eres muy raro, muy pequeño, mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Tengo muchas ganas de tocarte y de abrazarte. Pero no me dejan, solo me dejan mirarte asomada a la cuna y ver cómo abres un poco los ojos y te mueves despacio. Siento mi corazón muy acelerado. Hueles a algo que no sabía. Me da vergüenza que se den cuenta de que tengo ganas de llorar, así que trato de quedarme quieta. No puedo dejar de mirarte y escuchar cómo respiras. Quiero quedarme siempre así.

3. Las olas me dan vueltas y es tan divertido que no tengo miedo y eso que hace poco sí lo tuve, el día que no podía respirar, cuando me quedé sin aire y no veía la salida porque una colchoneta gigante estaba encima de mí. Igual no era tan gigante, igual es que yo soy muy pequeña. Pero no me da miedo morir. Lo único que me da miedo es que no estés cuando salga del agua para respirar. Mi mamá me llama desde la orilla. Es la hora de ir a comer.

2. Ese olor es muy bonito, es de color verde, viene de la ventana, pero me tendría que subir en la silla para ver al jardinero. Me gusta rodar por el césped en la cuesta del parque. Y cuando papá vuelve del trabajo y me pregunta cómo se dice algo en francés. Abrazo a mi muñeco de cabeza dura que es un mono, pero al mismo tiempo tiene un disfraz de arlequín y otro de payaso. “Es la hora de dormir, monkiki”, le digo quedito. Mi cuerpo desaparece al quedarme dormida. Me separo y, por fin, vuelo.

1. No recuerdo nada. Solo soy un puntito “amable”. Debería bastar para volver a empezar.

0. Cero.

SARA B. DEL REY Septiembre en el intertiempo

Edición:
Txetxu González
txevinuesa@gmail.com
Madrid. 01/09/2018.


Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). Periodista, actriz y exploradora de los multiuniversos. A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

 

SARA B. DEL REY

 

 

SEPTIEMBRE EN EL INTERTIEMPO

Un día me di cuenta de que mi vida es una figura de círculos concéntricos. Fue una noche, en la terraza trasera de mi apartamento en México, hace un par de años. Desde ahí se veían las paredes desconchadas del patio interior y un lateral del edificio contiguo, con ventanas enormes. A través de ellas se podía espiar la vida interior de sus habitantes. Cada tarde veía la misma imagen cuando salía a respirar en silencio, pero aquella vez fue diferente. Había luz de verano, hacía calor de Luna. El azar hizo que ese lugar cotidiano trasladara mi memoria a otro tiempo, a otro momento concreto de mi vida: Londres, diez años antes. Mi compañera de piso llora en su habitación asiática. Yo observo la noche, que amanece pronto, a través de una ventana gigante desde la que me pueden ver los que están afuera. Quisiera abrazarla, abrazarme. Pero estamos aún en el extrañamiento.

De forma instantánea, mi recuerdo del pasado cambió. Mi propia historia se transformó. Recordé el futuro desde el pasado. Ahora estaba en Londres sabiendo que estaría en México y, al mirar por la ventana, me saludé y cambié de nivel. Dos puntos concretos aparentemente desconectados eran parte del mismo presente. La sensación era la de haber recorrido una circunferencia entera hasta llegar “casi” al mismo punto. Pero estaba en otra órbita, más arriba o más abajo, no sabría decirlo. Fue así como descubrí el intertiempo.

Los electrones al pasar de un nivel a otro ganan o pierden energía, me dijo alguien una vez. La incertidumbre es no saber qué ocurre exactamente en el momento del cambio. No he encontrado todavía el patrón, así que juego con los espejos para hallar otro punto de vista que me permita habitarme en ese espacio-tiempo.

 

Primera ley del espejo: Todo lo que odias del otro está dentro de ti.

En algún momento quise explicarte que la vida era algo más que imaginarnos juntos, pero no me salían las palabras. Hilos de voz de pesadillas en las que el aire denso ahoga. Algo así. Luego me miré al espejo y se me olvidó.

Espero.

Y no pasa nada cuando lo hago.

Las horas, claro.

Y se escurre la miseria al borde de la mesa derramándose en el suelo cada vez más sucio.

Las baldosas blancas están hechas para guardar manchas de recuerdos. Las grietas en la pared, sin embargo, existen para mostrar que todo se puede derrumbar en cualquier momento. Me concentro tanto en la grieta que cada vez que la miro se hace más grande. A veces, dudo de su veracidad.

 

Segunda ley del espejo: Todo lo que quieres olvidar se convierte en deseo.

Los aeropuertos son espejos líquidos de las conciencias. No hay tiempo ni espacio. Todo está diluido entre el pasado y el futuro, el olvido y la expectativa. Hay un cartel en rojo que anuncia la posibilidad de cambio. Es un tiempo de suspensión, de intervalo, que se alarga y se expande, donde no hay acción y tampoco es fácil concentrarse. Igual que ahora.

Una mujer de sesenta años con vestido de flores y cabellos largos mira nerviosa el reloj, las pantallas y los aviones. La gota de sudor se resbala arrastrando maquillajes antiguos.

Un joven sentado con la cabeza entre las piernas revisa el móvil repetidamente, con la tristeza zozobrando por sus manos.

Un hombre serio se mantiene recto, con la mirada fija, envidiando un infinito imaginado.

Mi abuelo, sin embargo, sonríe como un niño asombrado preguntándose cómo es posible que tales máquinas se eleven en el aire.

Los aeropuertos son el tiempo de lo vulnerable.

Yo, mañana, cuando despierte, ya estaré a salvo, me digo.

 

Tercera ley del espejo: A oscuras se puede atravesar.

Cuando pasé al otro lado comprobé que no hay reyes ni reinas de corazones. Me siento tan inmóvil desde ahí, con el cuello rígido, las manos cerradas, los ojos bolas de cristal, que me entretengo en el intertiempo. Por ejemplo:

Un día, esperando a cruzar una calle, me encuentro contigo y nos reconocemos, como dos viejos amigos. Madrid, hace cinco años. En el brillo de la esquina del ojo repasamos lo que nos conecta y sonreímos porque sabemos que nos habíamos conocido en el futuro. A tan solo tres centímetros de distancia me preguntas si me acuerdo de aquella vez que bailaremos sin música, como si fuera una peli cursi de los ochenta. Y yo me río. Claro que me acuerdo. Cómo no acordarme de aquella noche en la que jugaremos en los charcos oscuros hasta que la alegría se hizo día en silencio. La Luna es un espejo en el que tú y yo nos reflejamos una vez y no quisimos ver los harapos descompuestos, te digo. ¿Te acuerdas de que nos despediremos un día de frío en medio de cristales rotos y una maleta cayendo al vacío? Claro que me acuerdo, y de los besos. El bombeo de mi sangre en la punta de los dedos. ¿Por qué no ahora?, le repito, me repito.

Te acercas, tanto, tanto, que la posibilidad existe. Pero es peligroso cambiar el pasado desde el otro lado del espejo. No deberíamos siquiera estar hablando, va contra las normas del espacio-tiempo. Mejor seguimos cada uno nuestro camino, sin despedirnos, y hacemos como si esto solo lo hubiéramos soñado. Me iré a mi casa, haré mis maletas y mañana estaré temprano en el aeropuerto. Y no te conoceré hasta dentro de muchos años.

¿Por qué no ahora?, me preguntas, de forma retenida. Corazón tostado, tambor de sexos y tactos de verano… Porque aún no nos conocemos. ¿Te acuerdas?

Al fondo hay un edificio con grandes ventanas transparentes a través de las cuales se puede espiar la vida de sus habitantes. Alguien me saluda desde el tercero.

 

Sexta ley del espejo: Todo lo que amas en el otro está dentro de ti.

Tal vez es eso. Que el amor se quedó dentro y no salió hacia afuera. El amor, si es que existe, es como un helado de chocolate que parece apetecible pero luego empacha o se derrite, porque está demasiado usado como frase de auto ayuda. Prefiero describirlo como tu sonrisa perdida en los huecos que abren los cangrejos en la arena.

No sabemos nada hasta que nos miramos a los ojos. No tenemos ni idea de lo que sentimos hasta que me tocas. Y entonces ya nada importa porque me resbalo por las esquinas de las rocas y llego hasta el mar para convertirme en plancton y ser el alimento de las ballenas. Tú y yo en el estómago de una ballena, como dos fetos bailando en otra época. Eso es, te conocí en el estómago de la ballena antes incluso de conocerte.

Creo que estoy viendo las cosas del revés. No quiero quedarme paralizada por el miedo, pensando en ballenas y la arena en los ojos.

Tengo que escuchar.

Hay gente gritando bajo los escombros.

El espejo no existe, se hizo añicos cuando se movió la vida. Los órganos cambian de lugar al ver mi reflejo en sus pedazos. El corazón ya no está a la izquierda ni a la derecha, el ojo está en la oreja y el ombligo en la boca.

Me he cortado los dedos al tratar de recomponerlo.

 

Morir es salir del espejo

Imagina que un día tiembla la tierra bajo tus pies y todo cambia. Y caen casas y paredes y suelos. Y quieres salir pero también entrar. Nada es seguro porque no hay suelo. Solo silencio de miedo. Todo cimiento desaparece y en la mente solo ves imágenes del pasado y del futuro que se entremezclan creando asociaciones, cambiando la historia.

Imagina que un día hay un terremoto en septiembre que arranca árboles y todo lo que conocías se traslada a otro nivel, como un electrón, como millones de electrones. Entonces, te miras al espejo y te des-conoces. No te encuentras bajo las ojeras y las miradas viejas. Eres otra, pero eres la misma, y la grieta en la pared es un agujero de tu existencia.

Me acerco despacio al agujero y miro. Estaba ahí desde el principio. Otro círculo.

He atravesado tantas veces las puertas de mi pecho que las esfinges me saludan, atentamente.

La salida está marcada desde el origen de los tiempos.

Creo que, pronto, volveré a cambiar de nivel.

Madrid, 2018.

SARA B. DEL REY Si fui cuerpo posible

Sara B. Del Rey (Madrid, Febrero de 1979). A los once años su abuelo le regaló una máquina de escribir para que sus relatos quedaran más bonitos, con letras como las de los libros. Era doloroso, sobre todo para los dedos meñiques que se colaban entre las teclas. A los doce, acumulaba diarios de historias inventadas. A los 16, se subió a un escenario con un monólogo de Lope de Vega y supo que exponer los quiebres de la imaginación era necesario para sentirse vulnerable. Hoy, su reto es no guardar en el cajón los territorios descubiertos y desnudos. Y, pase lo que pase, seguir saltando al vacío, aunque duelan los meñiques y las obsesiones.

SARA B. DEL REY

Empezaré generalizando. La gente cuando crea, baila. Baila raro. A veces, las ideas se agolpan tanto que las manos no alcanzan a traducir el embrollo de madejas de hilos de colores desorbitados, es decir, salidos de la órbita. Las ideas se van volando hacia el espacio exterior y, al intentar atarlas, surge la angustia y el terror de que se escapen para siempre. Porque si las atas mal, o demasiado fuerte, o con una cuerda inadecuada, se desintegran. Entonces paras de escribir (podría parecer que paras de crear, pero no hay interrupción posible, generalizando, quiero decir). Y bailas. Incluso si no hay música que te acompañe. Bailas raro. Como si el movimiento fluido del cuerpo pudiera hacer tangibles las ideas, haciendo que se cocinasen a fuego lento las emociones y se fundiesen en la piel, en el ombligo o en la respiración.

Pero, un día, el baile se convierte en catástrofe. Bailas raro y el caos se descalabra, y se precipita hacia la nada, como cuando agitas con fuerza el bote de champú para que salgan las últimas gotas de jabón y piensas: mierda, se me olvidó comprar más y ahora mi pelo quedará medio sucio, medio limpio. Justo hoy que, después de olvidar al último que me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, iba a ser el día ese especial para hacer algo más que pasear inerte.

∗∗∗∗

Dicen que, a veces, cuando se pierde el conocimiento es posible realizar un viaje astral. No lo tengo claro. Imagino que será un viaje a través de los astros, pero yo no he visto estrellas. Yo solo recuerdo un acantilado-montaña. ¡Desde la montaña se ve todo tan pequeño!, decía una voz de fondo. Desde la montaña me olvidé de ti, contestaba el eco. Desde la montaña se podía ver el río del valle, que parecía medir un centímetro de ancho y, a su alrededor, un montón de seres-hormiga arrojándose al agua para morir ahogados.

En la cima de ese lugar de vistas privilegiadas descubrí una exposición. La entrada era gratuita:

«No saber lo que me pasa por dentro, no es excusa para no olvidarte», decía el cartel, al principio del recorrido. «Exposición breve de algas marinas y vértebras de cristal»:

Nº1 RECUERDOS ESCUCHADOS AL SALTAR AL VACÍO.
(Grabación sonora).

«Vine corriendo. Huyendo. Sin saber. Y a mis espaldas he dejado un montón de
silencios. No encuentro la manera de regresar porque no dejé un camino de migas de
pan que, en cualquier caso, se hubieran comido las palomas sucias de esta ciudad. (…)
Corre, corre, que te pillo, como cuando era divertido (…) He llegado aquí sin aire en los
pulmones. Delante de mí hay un muro (de ladrillos). A mi derecha (…). A mi izquierda
(…). Por detrás, junto a la espina dorsal (…). He tomado la decisión irrefutable de
romperlo como sea. Que se abran las grietas, aunque sea con sangre (…) Y ver la salida.

Dar golpes con mis manos, con mi cabeza, con mi corazón (…)
Gritar las no-posibilidades.
Besos-miedo. Abrazameporfavorquememuero. 3, 2,1… 0».

∗∗∗∗

Bailo, bailo raro. Y, claro, nadie me ve cuando lo hago, como dice esa especie de refrán manido de los tiempos de Facebook. Es un tipo de baile extraño, un poco desajustado, desbaratado, de tal forma informal que el otro día me tropecé y me di de lleno en la cabeza con el pico del mueble de la entrada. Ahora mis ideas son latidos de dolor que recorren mi cuerpo. Y no puedo hacer nada más que mirar el techo de esta habitación de hospital. Mierda, agité demasiado el bote de champú y se derramó todo lo que quedaba. Ni siquiera podré aprovechar las últimas gotas viscosas. Tendré eternamente el pelo sucio. Diferente sería si estuviera en una cala de Ibiza observando el atardecer. Allí no hay suciedad. Allí el olor a mar es tan fuerte que nos fundimos con él, nos integramos en el paisaje, soleada nuestra piel, dorados nuestros corazones, los pies colgando en el vacío hasta que se hace de noche y, entonces, bajo las estrellas, me besas. ¡Qué romanticismos del siglo XIX! ¿Por qué te metes con el siglo XIX? Fue un gran siglo, fue un siglo como otro cualquiera. No sé, siempre que algo me parece casposo lo ubico en el siglo XIX. Supongo que eso es lo que nos trajo hasta aquí: la Revolución Industrial, las máquinas, Frankenstein… Y luego el siglo XX: el cine, el rock&roll, whatsapp… Tal vez, si hubiera nacido antes del siglo XIX, no bailaría raro. Como mucho, algún baile popular.

∗∗∗∗

Nº2 RECORRIDO POR EL PRESENTE: Patos y un estanque.

«Si miras a la derecha hay una “O” de círculo cerrado. En primer plano está la
aceptación del no y un pequeño y sinuoso hilo de baba de pulque que expresa
sutilmente que no hay nada más que decir y que no quiero que salgan más palabras de
mi boca y que ya no quiero porque no puedo querer ni creer que quiero querer y
querer creyendo que quiero cuando no hay más voluntad.

Respirar la no-puntuación.

Es hermoso, muy hermoso, (esto es el “0”, también círculo cerrado) ese contorno de
bordes colorados que me hace sentir que ya pasaron los tiempos de anestesias. Es tan
alto como para decirlo mirando a través del cristal del faro. Sonriendo a los barcos que
se acercan como
patos
en
un
estanque».

∗∗∗∗

Me duele la cabeza. Falta algo, una suerte de separación de retina, de división de rotura. En algún momento, podré introducirme en la grieta sin miedo a caer en el pozo. Tú estabas ahí, en un pozo, y yo te gritaba desde arriba. Me quedé sin voz, eso también lo recuerdo. Olvídalo, somos de pozos diferentes, ya no sé ni lo que digo. Iré, iré a buscarme y me lanzaré sin tapujos en el intersticio. Será como nacer, pero al revés. Entraré directamente en mi sexo para rebuscar entre mis entrañas lo ausente.

Pero aún no ha amanecido. Así que mejor me duermo y sueño con unas zapatillas grises con agujeros en las suelas, de las que dejan pasar el agua cuando llueve, para levantarme después con los pies y los centros mojados y con sensación de dolor en la frente. No me pegues más con la sartén en la frente, por favor, tratando de que te diga que sí, que tienes razón, que claro, que yo no sé, que yo soy tonta y me lo tienes que explicar todo. Basta de sartenazos en la frente de pies mojados. Esto parece del siglo XIX también, de aquella época en la que todavía creías que yo no sabía de lo que hablaba y que lo de bailar era prostituirse y provocar que me violaran por la calle. Deja ya la sartén y fríe un huevo, que ya eres mayorcito.

Eso le diría, pero no puedo porque me clavó una astilla bajo mi pecho izquierdo, tan larga que llegó a quebrar las vértebras de cristal. Cuando eso ocurre, una pierde el equilibrio y se da con la esquina del mueble feo de la entrada en plena frente. Y brota la sangre del cuerpo atravesado, por el hueco abierto en el cerebro. Por ahí se escapan las ideas, también, hasta el punto de que ayer, antes de dormir, tuve una pesadilla horrible: ya no tengo imaginación, me dije. No tengo imaginación. La he perdido. He perdido mi imaginación y se me olvidó comprar más. Ahora voy a tener las ideas sucias, imposibles de separar, como en una pelota de grasa y pelos con ojos, que llora un poco y hasta da ternura, a pesar del rechazo inicial.

No tengas tantos prejuicios, Pelota también tiene derecho a vivir. Le daré de comer un trozo de fuet a las dos de la mañana, para que se transforme en algo bonito que haga sonidos guturales y me mire con los ojos tan abiertos como redondos.

∗∗∗∗

Nº3 LO QUE VENDRÁ: Concierto nº 10: Vaticinios del no-tú.

«Llegará un tiempo en el que ya no será esta la música de fondo. Será una no-música.
Igual que ya ocurrió antes con otros no-cuadros y no-dibujos que se incineraron en
soledad. Incluso da risa sentarse a ver el espectáculo. Llegará ese tiempo en el que me
preguntaré cómo fue posible que ocuparas ese lugar en la esquina del ojo mientras me
bañaba desnuda en el mar.
Llegará también un tiempo en el que olvidaré la pregunta-estribillo y la violencia del
desgarro que aparecía en los reflejos y sueños involuntarios. Y sabré que haber vivido
este absurdo fue necesario.
Estribillo (bis) x2
Estribillo (bis) x2».

El final queda como suspendido… Y me da por cerrar los ojos y descansar en el sofá
que alguien abandonó, hace décadas, en los acantilados. Suena a Te echaré de menos
allá donde vaya, cuando seas no-tú, no-tú, no-tú…
Queren, queren, cum, cum, cum.

∗∗∗∗

El techo del hospital es demasiado blanco, ahí no se puede escribir. Debería ser de papel reciclado, estos hospitales no tienen ninguna conciencia ecológica. Al menos, el pollo que me traen a la hora de comer no sabe a pollo.

Me duele, me duele, pero no me quiero quejar en este escenario donde todo el mundo me está mirando para ver cuál es mi siguiente fracaso. No, no voy a parir ningún hijo aquí, delante de todos, solo para que me aplaudan. Ni me voy a poner a girar como un satélite. No voy a aullar, como loba en celo, dispuesta a dejarme devorar en la autopista. No voy a ser la Luna. Soy algo así como la tierra, o más bien la lombriz que la atraviesa. El público se ríe, parece que he dicho algo gracioso. Pero siguen ahí, esperando. Y yo no sé qué más tengo que hacer, si ya lo hice todo… De pronto, se enciende el cañón de luz que me ciega. El teatro está en silencio y solo oigo respirar a la multitud al otro lado. Respiran fuerte, como si les faltara el aire o estuvieran resfriados. Y, entonces, me decido y empiezo a bailar. A bailar raro.

 

 

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