TXETXU GONZÁLEZ Orígenes de la hiperestesia

Edición: 
Maite Martí Vallejo
maite.mart.vall@gmail.com
Barcelona/Madrid. 20/02/2021.


Txetxu González (1980). Vive en la sierra de Madrid. Cada día, en el interior de un autobús de la línea ***, se le puede ver mirando a través de la ventana mientras escucha L’invitation au voyage de Henri Duparc, cantada por Jessye Norman. Su poesía aparece en la antología Cuerpos en los márgenes (Entropía Ediciones) y, a su vez,  ha sido publicado en numerosas revistas digitales de referencia como Oculta Lit o Revista Kokoro. Hace no tanto, la familia Windsor le regateó cincuenta euros por uno de sus cuadros.

Txetxu González por Txetxu González.

 

Una pareja joven cruza la frontera.
Ejemplo de la enajenación social de un limbo a la deriva.
Efecto de la botánica demudada.
Cacofonía rohingya.
Cacofonía siria, sudanesa, congoleña.
Anticipo cinematográfico de la inconsciencia.
Como la pesca de arrastre.
Ciento cuarenta y tres días después es noche cerrada y, al salir de la estación, camino de la Clinique du Château, el silencio invoca cierta música interior.
Los lobos atacan a ciegas.
Alimentan su hambre y el ciclo se perpetra hasta hoy.
Indiscriminadamente es una palabra llana de ocho sílabas.
Les advierto no aguantar la respiración tratando de imitarme porque convivirán con la historia de gente ociosa y sin escrúpulos.
Asisten al advenimiento del monstruo que engulle adoquines huecos.
El anís del mono es el ansiolítico de las novicias y la adicción confesable de las madres superioras.
Les persigue una lancha con la luna teñida.
Se salvan de ser torturados como Junko Furuta.
No saben que el futuro es una trampa.
La raza criada en la explotación está lejos de desaparecer.
La presente copia se debate entre el innatismo moral y sus vanas aplicaciones en relación al tráfico de órganos.
Ella tiene un aborto años después.
Él desarrolla un trastorno obsesivo, silenciado por el éxito de ventas de la multinacional finlandesa para la que trabaja.
Por entonces, nadie se atreve a ponerle nombre a las curas de reposo, a los corderos degollados o a sus víctimas.
Dan a luz cuatro veces más.
La luz a veces también se amorata.
Atardeceres de tonos violeta que nada tienen que ver con la belleza oculta de los hipódromos o las habitaciones del personal de servicio.
Así llegué yo: siempre supe que en las estrías del muro, entre los restos de estropajo, tras el armario que arrastró la crin de la bestia, se escondía la estela que muda con la muerte.

*

Me detengo frente a un cuadro.
El cuadro es una navaja entreabierta.
Si la pintora hubiera decidido abrir más la navaja ese cuadro también seguiría siendo nuestra vida.
Antes, no existían servicios especializados de limpieza.
La peor manera de suicidarse es tirarse al vacío desde, digamos, un séptimo piso.
Las madres limpiaban los restos de sangre cuando sus hijos o sus yernos decidían volarse la cabeza en la casa de campo familiar.
Estamos en 1877 o en 1908, en el caserío de algún lugar del País Vasco.
Es verano.
Las moscas están de celebración.
INTERIOR/DIA.
Las madres se dejaban las uñas para que de aquellos muros salieran los restos de plasma y de cochambre.
Lo hacían mientras el gramófono emitía melodías antiguas e ininteligibles.
Alguien tuvo que aprender sobre la marcha a hacerse cargo de la sombra.
Y cuando la aguja de diamante se partió por la mitad, construyó una de cristal con la que, sin querer, se acabó cortando.

 

 

 

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