ROBIN MYERS DONDE LA LUZ SE ASIENTA

Robin Myers por Robin Myers.

Traducción:
Ezequiel Zaidenwerg

Edición
Txetxu González
txetxugonzalez@thalamusmagazine.com
Madrid/New York/Ciudad de México 01/09/2021.


Robin Myers por Robin Myers.

Robin Myers es poeta, traductora y peatón. Nació en Nueva York en 1987, pero vive en Ciudad de México desde hace una década. Escribe en inglés, lengua en la que sus libros de poesía, incomprensiblemente, aún continúan inéditos. Para nuestra suerte, ha sido traducida al castellano y al gallego. A veces canta.

 

Refugio

Nuestros abrigos están colgados juntos

donde la luz se amolda

a ellos. Nos superan

en número, se tocan

imperturbables. No tener forma

no existe: acompañan

desapegados. Y todo el día

nuestra multitud:

paciente como abono,

sin pulmones.

 

Robin Myers nos recita ‘Refugio’ en su versión original: 

 

 

No llegar viva al fin

Las luciérnagas de los suburbios me sobrevivían:
la hora de dormir era la privación de los sentidos, y ellas
eran puro sentido. El chico del barrio que aplastó una

con la suela de su zapatilla en la vereda:
me pregunto a qué se dedicará ahora. Me refiero
a cómo se ganará la vida, a qué hará con el cara y ceca

entre el capricho personal y la crisis planetaria
y esas cosas. Aquellas noches, me manchaba con pasto
hasta que algún adulto me ordenaba renunciar al crepúsculo

y a los robles y al asfalto que se enfriaba como teflón
debajo de mis pies y a esas apariciones silenciosas y aladas
que seguían brillando horas después de que yo entrase.

A veces capturaba un par en algún Tupper,
para susurrarles cosas. No me acuerdo
si vivían o morían. Soy un producto más de mi época.

 

 

Robin Myers nos recita ‘No llegar viva al fin’ en su versión original: 

 

 

Elegía involuntaria

El poeta viejo verde me pidió si podía agarrarme del brazo
mientras cruzábamos el patio en dirección al auditorio,
y yo lo dejé.

Se oían sus pulmones
inflarse y desinflarse con esfuerzo, el tintineo a oscuras
de las petacas de vodka en la bolsa
de plástico negra que tenía aferrada en la otra mano.

“Gracias, nena”,
me dijo cuando nos apostamos
bajo las luces fluorescentes.

Ahora se murió.

Sentada en la azotea de mi casa, pienso en él
con los brazos cruzados.

Tal vez la muerte sea sólo
un ascensor
donde nadie se toca.

 

 

Robin Myers nos recita ‘Elegía involuntaria’ en su versión original: 

 

 

País

Si dices que no te gusta,
te preguntan por qué lo
detestas. No lo detesto.
Si me gusta, me gusta
de la forma en que me gustan
las primeras cucharadas
de papilla de frutas que me
dieron antes de las palabras
y de las decisiones: no podría
sacármelas de adentro
ni se me ocurriría;
me irrigaron las células;
podrían haber tenido
minerales de otro
clima; pero no. Lo arbitrario
es lo que más me gusta
de todo. Me acuerdo
de la primera vez que volví
después de varios meses
afuera, de un lugar tan lejano
que jamás coincidían
los horarios: todavía
recorre la aeronave de mi esternón
un estremecimiento, el repentino
asombro melancólico
del descenso.
Al ver mi ciudad
más íntima desde
el aire, de repente
se me ocurrían con facilidad
impersonal motivos para odiarla,
el horizonte de brillantina,
el lucro sanguinario,
esa iglesia chiquita
sobre Wall Street, los ladrillos
nuevos que parecen viejos
y viceversa, mientras ruge
la guerra en la trastienda
a la que nunca van a obligarme
a ir. Ahí estaba el deseo
de lesionarse al estirar el cuello
para captar al máximo
ese deslumbramiento
que entraba por los ojos
a la fuerza. Y el puente
en todo su esplendor,
y no sólo el asombro,
el deseo también, que
se aprovecha del amor
sin siquiera molestarse
en tratar de convencerte
de que podía o debería
ser para siempre. No
va a ser para siempre. Es un lugar
y nada más, y el mundo
siempre ha estado lleno
de islas ajenas
al agua que definía
sus contornos. Me gustó
nacer. Cuando digo que no
me gusta nada más
–el país en sí mismo,
la represa, el obelisco,
la idea– quiero decir
que no puedo llorarlo,
al menos no el país,
ni el túnel excavado
en la frontera a expensas
del río en cuyos brazos
en verdad nunca nadé.
Y además, quién podría
arrogarse el derecho
de sentirse orgullosa
de un río y para qué le podría
servir eso al destino misterioso
del agua en todas partes.

 

 

Robin Myers nos recita ‘País’ en su versión original: 

 

 

Poema para mí como madre soltera

O como alguien que se automedica,
o como cantora de canciones a dos
lenguas, o subsecretaria de caminatas antes
del amanecer, o de cualquier
otro organismo público. Son sólo
conjeturas. Sigo agendándome en la mano
todos mis compromisos, tiendo
siempre a cumplir.

Conozco un par
de cosas
a esta altura: los fideos con queso, el perro
boca abajo, cómo hacerme una trenza
por encima del hombro izquierdo, que tenemos derecho
a desilusionarnos les unes a les otres,
sólo la melodía
del himno honorífico de un país en donde
jamás voy a volver a vivir.

La hija que tenga me tendrá
que esperar,
como yo a ella.

Algunos días siento
su latido mientras va acumulándose
en mí, pruebo
mi cucharada de vino.

Siento cómo mi cuerpo
se tambalea,
cambia.

 

 

Robin Myers nos recita ‘Poema para mí como madre soltera’ en su versión original: 

 

 

Diego de Montemayor

Que un hombre sea capaz de una masacre
o de supervisar
una masacre, que es
lo mismo, ¿también lo hace
capaz
de matar a su mujer?
Dicho de otra manera,
que un hombre sea capaz de agarrar
una espada y clavársela
a su mujer hasta matarla al enterarse
de que se agenció un amante aprovechando
una de sus incursiones imperiales a la sierra, a masacrar
o a supervisar una masacre,
que es lo mismo, a propagar
la viruela, a enarbolar
el catolicismo, a azotar a quienes
hablaran las lenguas
habladas en las tierras
que se había propuesto conquistar
en nombre de la corona española,
en fin, para qué mierda
el subjuntivo, porque sí
que lo hizo, todo
eso, y yo me sé
su nombre, no el de su esposa ni el nadie
que masacró o violó
u ordenó que masacraran o violaran o
a los hijos que
engendraron o a sus hijos que
siguieron engendrando, con el tiempo, tantos
hijos que al fin
los llamaron nación
arrojada a la diáspora, generaciones de hijos
asentadas como el polvo,
de las cuales soy hija,
porque
así
funciona
la familia.

 

 

Robin Myers nos recita ‘Diego de Montemayor’ en su versión original: 

 

 

 

 

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