CAROLINA OTERO LA TRISTE CAN SIN PAN

Edición:
Maite Martí Vallejo

maitemartivallejo@thalamusmagazine.com
Barcelona/Valencia 17/03/2022.


Carolina Otero Belmar (Valencia, 1977) es licenciada en Filología Hispánica e Inglesa y profesora de Lengua y Literatura en un instituto. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Versos para un hombre de pero en pecho (Premio “Sargantas” de Poesía, Ayto. de Chiva, 1997), Anunciado en televisión (Premio “Ángel Urrutia Iturbe”, Ayto. de Lekunberri, 2011), 43m2 (Editorial Olifante, 2013), Balada del rímel corrido (Ediciones en Huida, 2015), No te hagas el muerto (Ediciones Lupercalia, 2017), así como la plaquette La pena y el blíster (Premio de Literatura Breve “Vila de Mislata”, modalidad de poesía, 2017). En 2019, el sello Trifaldi editó Piscina fuera de temporada, su antología personal, dentro de la colección de poesía Ay del Seis. Pertenece al grupo literario Hotel Postmoderno y mantiene su proyecto musical desde 2009 en el que compone, canta y es guitarrista: Carolina Otero & The Someone Elses. Curso avanzado de perra es su nuevo libro (V Premio Irreconciliables de Poesía, Ed. Cántico, 2022). Blog: http://carolinaoterobelmar.blogspot.com

 

LA TRISTE CAN SIN PAN 

Cuando giré el verano,
Johnny ya no estaba.
Yo tenía sus cosas, él las mías.
Además, estaban las palabras que me puso; 
martilleo del Perrito, te quiero, can,
pero ni pan te doy. 

Me dijo que yo, que él a mí,
que, mi amor —nadie entendía nada
en el parking del centro comercial:
me dejó en su Chrysler de segunda mano 
—al fin y al cabo, Chrysler era—,
me dejó, pero me puso una cinta al cuello, 
del tipo Vete que no puedo pero después 
gira la nuca hacia mí, anda—. 

Y giré la nuca 3 veces.
Y giré la nuca 100 veces.
Y giré la nuca 300.000 veces hacia su holograma. 
Qué bonita estaba con la cinta al cuello,
daba vueltas y vueltas
en mi danza llorona,
bailaba en la sala enorme del bucle, descoyuntada, 
el cuerpo como aspersor de mi propia materia. 

—Ojalá te hubieras ahogado, mujer, 
con aquella cinta de raso. 

—Ojalá me hubiera ahogado, Johnny, 
con aquella cinta de raso
como Isadora Duncan
en la Niza del 27. 

Permíteme que te pida ahora,
que ya no eres mi amor,
¿no podrías haberme arrastrado del cuello
con la cinta y tu coche automático
antes de tu balbuceo de cuatro años:
mi amor, mi mazapán, mi nena,
no puedo, yo, es que tú, perdona?
Solo te pido un viaje hacia atrás,
hinco la rodilla
para que hagas de mí
—disculpa—
una guirnalda de carne muerta, que no pueda ya 
estorbarte
ni a ti ni a tus montañas. 

Desde que Johnny me abandonó
en el parking de aquel día,
cruza una perra fea y cabizbaja
de lunes a lunes, religiosa. Nada pide 
a los testigos del abandono. 
Entre el brillo del burger y el gasoil autoservicio, 
aparece, cojea un baile, con una cinta en el lomo, 
y desaparece
sin pan que echarse al buchecito deforme.

 

 

 

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